domingo, 18 de junio de 2017

California: ida y vuelta


Hugo José Suárez

Debo asistir a un congreso de sociología de las religiones en la Universidad de Claremont, en California, a dos horas de Los Ángeles. Tengo poca información sobre cómo llegar, pero también voy con fe -por algo es un evento sobre creencias- que todo saldrá como lo planeado. Me compro un boleto de avión que sale de la Ciudad de México a Tijuana, pues me dicen que hay un túnel fantástico que, sin salir del aeropuerto, te despacha al otro lado: San Diego, Estados Unidos, y de ahí es fácil llegar a mi destino.
Empiezo mi viaje. Cuando llego a la terminal aérea de Tijuana, camino cauteloso y desconfiado siguiendo las flechas del “Cross Border Xpress”. Paso por un estante donde un empleado me cobra 16 dólares por el uso del servicio, camino y luego de un par de vueltas laberínticas llego a una placa pegada en el piso dividida por una línea y un punto en dos partes idénticas. En el lado izquierdo dice en letras sobresalientes: “Boundary of the United States of America”, y en el derecho: “Límite de los Estados Unidos mexicanos”. Llegué. Le sigue un letrero parco que sólo anuncia “Welcome to the USA”. Unos metros adelante me reciben enormes imágenes pegadas en la pared con bellos paisajes californianos y varias frases en inglés: “All families welcome”, “All dreams welcome”, “All adventures welcome”.
Cuando llego a las casetas con los agentes de migración, no lo puedo creer, no hay fila, paso inmediatamente, el funcionario ve mi pasaporte y con una sonrisa en menos de un minuto me despacha. Y como cereza del pastel, una amiga me espera a la salida para ir en coche hasta Claremont (son sólo dos horas de autopista). Todo salió perfecto, es la entrada menos accidentada a Estados Unidos. Estoy gratamente desconcertado.
En California caigo en cuenta de la importancia de tener automóvil. Sólo puedo ir a la esquina a pie, pero ni pensar intentar llegar más lejos. El transporte público es desastroso y la relación tiempo y desplazamiento es insensata: si vas en coche llegas a todo lado en 10 o 20 minutos, si pretendes caminar e ingeniártelas para atravesar las autopistas sin ser atropellado, todo está a no menos de una hora. Conseguir un taxi, además de ser carísimo, es igual de difícil.
Lo más grave viene cuando termina el evento y tengo que volver un día antes de que lo haga la amiga que gentilmente me llevó. Pregunto por las opciones para el regreso y nadie me logra dar información precisa. Intento averiguar por internet mecanismos para volver al túnel fantástico y pasar a Tijuana para tomar mi vuelo, pero las combinaciones son confusas. Finalmente encuentro una ruta.
Salgo de la Universidad en un taxi -Uber- hacia la estación del tren más cercano (pago 7 dólares). Espero que pase el tren hacia Los Ángeles (otros diez dólares), tardo una hora más. Continúo hacia San Diego en otro tren que demora tres horas en llegar (37 dólares más). Ahora me toca un “Trolly” -que en México llamamos “tren ligero” urbano- otra hora hasta la frontera. Salgo y ya todo se ve mexicano aunque todavía estoy en Estados Unidos, busco un taxi que por 25 $us me lleva al fabuloso punto de partida de mi viaje. En el camino el chofer -que por cierto intenta engañarme un dólar- me indica dónde desembocaba uno de los famosos túneles ocultos del narcotraficante Joaquín “Chapo” Guzmán en el estacionamiento de un tráiler, a unas cuadras de las autoridades.

En resumidas cuentas, si a la ida tardé dos horas en llegar, la vuelta me costó siete horas y más de 80 dólares. Me quedó claro por qué una migrante le dijo a mi amiga que para integrarse en la sociedad californiana no es necesario saber inglés; lo imprescindible es saber manejar y tener automóvil. La próxima vez lo tomaré en cuenta.

Publicado en diario el Deber 18 de Junio del 2017

martes, 13 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Recuerdos con Francois Houtart



Hugo José Suárez
IIS-UNAM



La muerte de Francois Houtart (7/6/2017) me ha puesto a repasar varios episodios vividos a su lado y su enorme generosidad. Sabía de él por dos frentes: por un lado, era uno de los pilares académicos que desde la Universidad Católica de Lovaina (UCL) contribuyeron con la formación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria boliviano, profesor de líderes políticos que por lo pronto prefiero no nombrar, promotor de reflexiones sobre la izquierda y el socialismo; por otro lado, lo había leído como sociólogo de la religión, director de la revista Social Compass, director de tesis de latinoamericanos fundamentales para la sociología de la religión como el brasileño Pedro Ribiero de Oliveira, el venezolano Otto Maduro o el chileno Cristian Parker, todos grandes maestros. Religión y política eran los dos ejes de Houtart.
La primera vez que lo visité fue cuando tenía 24 años, en 1994. Pasé por Lovaina y me alojé en casa de unos conocidos suyos que él consiguió. Pude conocer a Genevieve Lemerciener, colega suya con quien publicó varios libros y artículos; poco después Genevieve murió, alguna vez acompañé a Francois a visitar su tumba.
Yo tenía la intención de estudiar un doctorado en la UCL y que él dirigiera mi trabajo, pero lamentablemente ya estaba jubilado. Eso no impidió que me diera todo su apoyo para conseguir una beca de estudios y que acompañara mi tesis hasta su defensa.
Dos años después ya era estudiante doctoral en la UCL. A mi llegada a Bélgica me encontré con la grata sorpresa del festejo de los 20 años del Centro Tricontinental (CETRI). Houtart fundó esa institución en 1976 para promover la solidaridad con los movimientos de liberación y movimientos sociales de Asia, Africa y América Latina. Con pocos recursos, convirtió su casa en Lovaina la Nueva en la sede del CETRI. Su recámara era lo único que él ocupaba; aparte había una sala de reuniones, cuartos para estudiantes, un centro de documentación y estudio, además de una biblioteca especializada que luego fue administrada por la UCL. Por el CETRI pasaban múltiples líderes políticos y sociales e intelectuales de la izquierda mundial.
Pero decía que tuve la suerte de asistir a la celebración de las dos décadas del CETRI; recuerdo haber visto a Pablo González Casanova, Samir Amín o Ernesto Cardenal, quien en esa ocasión recibía el Premio Cultura y Emancipación de los Pueblos que lo otorgaba el propio CETRI. Pedí permiso a Francois para cubrir fotográficamente el evento, y guardo hasta la fecha una simpática toma de Cardenal leyendo Mafalda.
Aprendí muchas cosas de Houtart. Sus libros fueron clave en mi formación, desde aquella fabulosa investigación sobre Sri Lanka (Religión e ideología), hasta sus reflexiones sobre su amigo Camilo Torres, sus estudios sobre Haití o Nicaragua, o sus textos de sociología de la religión (a propósito, hace un par de meses me encontré con una conferencia suya sobre ciudad y religión que apareció con inigualable pertinencia para mis inquietudes actuales de investigación).
Sostuve largas conversaciones, tanto en su casa como en mi departamento lovainense. Las tertulias abordaban muchos temas, contaba cómo fue su relación tensa con la propia UCL; sus intercambios con Vaticano en los distintos momentos, desde su participación en el Concilio Vaticano II hasta sus distancias con Juan Pablo II; su estancia en Chicago y su estudio sobre la religiosidad urbana; su relación con Cuba, Nicaragua, Bolivia y tantos países más. Alguna vez vino a casa luego de un viaje a La Habana, pues había sido invitado por Fidel como asesor cuando el Papa estaba de visita en la isla en 1998. Trajo una caja de puros regalados por el mismo Fidel que los compartió con nosotros. Aunque yo no fumaba en ese tiempo, por supuesto que lo guardé como un fetiche.
El CETRI siempre fue considerado un hogar para muchos estudiantes latinoamericanos. En mis años de doctorante, entre 1996 y 1998, abrió sus puertas para acoger al Foro Latinoamericano, que era un colectivo de jóvenes progresistas que nos juntábamos semanalmente a reflexionar sobre la situación de nuestros países. Además, los domingos, luego de seguir en la semana mis cursos de sociología de la religión, acudía al CETRI a las “misas sociológicas” -como las denominaba un amigo colombiano- de Francois. Era una reunión de no más de 5 a 7 personas, y en su homilía Houtart compartía sus actividades que siempre eran asombrosas: sus últimos viajes y encuentro con líderes religiosos o políticos, las publicaciones o nuevos movimientos sociales, todo a la luz de lo religioso.
Mi cariño hacia el Francois era enorme, por lo que le ofrecí vender la revista del CETRI, Alternatives Sud, en conferencias o eventos. Andaba con mi cajita de libros por las aulas de la UCL, acomodándolos al fondo de auditorios en una mesa en la espera de que algo se vendiera. En 1998, con otro sociólogo chileno hicimos un libro que juntaba mis fotos tomadas en Bélgica y los poemas que a él le nacían al verlas. Por supuesto no teníamos quién editara algo así; fue nuevamente Houtart que solidariamente se ofreció a publicar el libro que se llamó Destellos del norte, mirada y palabra del sur.
En el 2006 escribí Bolivia. País rebelde al calor de la llegada de Evo Morales al gobierno, es acaso mi libro más militante. Se lo mandé a Francois quien inmediatamente me sugirió publicarlo en francés, me conectó con una editorial y salió a la luz meses más tarde.
La última vez que lo vi fue en Bruselas hace unos diez años. Le regalé la reedición del libro póstumo de mi padre Luis Suárez Los cuatro días de la eternidad, le tomé una foto con el documento entre sus manos. Hace unos meses supe que venía a dar una conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM pero lamentablemente no pude acudir a escucharlo. Lástima, hubiera sido el un encuentro de despedida.
En su larga y fructífera vida, Francois Houtart articuló distintas dimensiones. Abrió brecha en la sociología de la religión utilizando las ciencias sociales -particularmente la clave marxista- para entender los procesos religiosos. Sus investigaciones representaron un giro a cómo se estudiaba la religión hasta mediados del siglo pasado, Houtart puso los datos en la lógica de explicación del fenómeno religioso. Fue un innovador intelectual que abrió una línea sociológica tremendamente pertinente, lo que se ve reflejado tanto en sus libros como en el sello que puso a la dirección de la revista Social Compass y en los estudiantes que formó.
Por otro lado, nunca dejó el compromiso político. Tenía claro que debía jugar el rol de vincular Asia, Africa, América Latina y Europa, promoviendo los movimientos sociales del sur. Por eso fundó el CETRI y sostuvo la revista Alternatives Sud. Fue uno de los pensadores del altermundismo y estuvo en centenas de foros y conferencias. Siempre con una palabra atinada y progresista. Así se entiende que su última trinchera haya ejercido como profesor y activista en Ecuador, donde murió.

Incansable, trabajador, lúcido, comprometido y solidario. Descansa, maestro.

domingo, 4 de junio de 2017

Carnaval de Iztacalco


Hugo José Suárez

Son múltiples los puentes que vinculan México con Bolivia, desde los grandes intelectuales que hicieron carrera -encabezados por Zavaleta-, hasta aquellos que llegaron a estudiar o trabajar en distintos momentos (tema que abordé en el programa México, un encuentro con el destino que pasó unos años atrás en Radio Deseo, en La Paz) . La película El Carnaval de Oruro en Iztacalco (2016) de Sergio Sanjinés se ocupa de una de las formas de intercambio, ahora apoyado en la religión y la cultura.
En el filme se cuenta la historia de la devoción a la Virgen del Socavón en Iztacalco (Ciudad de México). Empieza con el testimonio de Estela, una odontóloga mexicana casada con un médico boliviano que, al contraer una infección que puso en riesgo su vida, depositó su confianza en una imagen de la Virgen que su marido se prestó y llevó a casa. La mujer adquirió la figura cuando su dueño dejó México y desde entonces organiza una fiesta en carnavales en Iztacalco, de donde es originaria.
El carnaval reproduce en pequeño lo que ocurre en Oruro: hay caporales, morenada y tinkus que bailan por las angostas calles del barrio, abriéndose campo entre los automóviles estacionados, y llegan a la Iglesia donde se organiza una fiesta mayor. A la vez, en la película se le da la palabra a dos chicas mexicanas conquistadas por el folklore boliviano que, además de participar en grupos de baile en México, se aventuran a viajar al sur para danzar en Oruro.
En su travesía, muy a la boliviana, enfrentan todos los inconvenientes propios del país: tienen que sortear un bloqueo de caminos que casi les impide llegar a su destino, sólo lo logran contratando una avioneta particular. Queda claro que en Bolivia la fiesta va de la mano con el conflicto.
Las dos muchachas no ocultan los sentimientos de haber logrado pasar de rodillas frente a la Virgen del Socavón luego del intenso cansancio de una jornada carnavalera. Con lágrimas en los ojos, igual que Estela cuando comparte el nacimiento de su fe, confiesan su devoción y amor a la Virgen y a Bolivia. No hay duda: somos el país de las emociones.
Decía que el Carnaval de Iztacalco se une a una larga lista de vínculos entre ambos países. Pienso, por ejemplo, en la fiesta del Ekeko que organizan unos amigos mexicanos año tras año en la Ciudad de México, con decenas de personas que van a pedirle cosas a través de pequeñas cartitas y a agasajarlo. Siempre me he preguntado cuál es el contenido de sus mensajes, tengo una deuda conmigo mismo, lo averiguaré en algún momento.
En términos más sociológicos, lo que sucede con la devoción a la Virgen del Socavón -y con el Ekeko- en México responde al encuentro de las necesidades de fe de los mexicanos con la oferta de salvación de la propia Virgen en un contexto de intercambios globales. El relato de conversión de Estela es típico de la religiosidad popular mexicana: en situaciones críticas de salud se acude a la divinidad creando un lazo fuerte que será alimentado con fiestas y oraciones. Y por otro lado, no extraña que las expresiones coloridas, vistosas y musicales encajen sin dificultad en una colonia popular acostumbrada a peregrinaciones callejeras, cohetes e imágenes con danzantes alrededor. Se trata, siguiendo con el argumento sociológico, de una “afinidad electiva” entre tradiciones religiosas y culturas de dos países distintos.
En suma, la película nos invita a pensar los lazos culturales tan intensos y emocionantes entre México y Bolivia. La historia es inagotable.

Publicado en el Diario "El Deber" 04 Junio del 2017


miércoles, 24 de mayo de 2017

Luis Barragán en diamante


Hugo José Suárez

Podría ser una historia macabra. Luis Barragán (1902-1988) fue uno de arquitectos más importantes de México, responsable de obras de envergadura mayor como las Torres de Satélite en la Ciudad de México o el Faro del Comercio en Monterrey. Su reconocimiento nacional e internacional estuvo respaldado en los múltiples premios acumulados en el transcurso de su carrera, el más importante: el Premio Pritzker de Arquitectura. Tras su muerte, sus restos fueron a la Rotonda de los Jaliciences Ilustres (en su natal Guadalajara) donde descansan los personajes célebres. Hasta aquí, todo normal.
La cosa adquiere otro tono cuando hace un par de años la artista estadounidense Jill Magib realiza una serie de gestiones con algunos de los herederos –no tuvo hijos- y deciden exhumar los restos cremados del laureado arquitecto para realizar un diamante como parte de su propuesta estética y política.  Y proceden.
Transitando por oscuros pasillos que permiten la interpretación jurídica a conveniencia, con el beneplácito de las autoridades respectivas acuden a la tumba de Barragán, abren el sarcófago, sacan la pequeña caja con las cenizas, extraen los 500 gramos requeridos para el diamante en una bolsa de plástico, lo pesan en una moderna y precisa balanza electrónica, y vuelven a sellar todo como si no hubiera pasado nada. Cenizas en mano, Magib parte al extranjero a proseguir con su objetivo. Un detalle, para compensar, se deja entre las cenizas un caballito del mismo peso de lo extraído.
¿Por qué semejante profanación? Argumentos siempre existen. Por múltiples razones propias del mercado del arte, el archivo del arquitecto le pertenece a la Barragán Foundation y está en Suiza desde 1995. Se dice que la venta del anillo con el diamante permitiría devolver a México el acerbo, esa sería la intención de la artista.
En abril del presente, se inauguró en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo la exposición de Magib titulada Una carta siempre llega a su destino, donde se exhibe tanto el anillo en cuestión como un video con todos los detalles morbosos de la exhumación (además de otras piezas). En la presentación, se explica la propuesta transgresora de la artista que se caracteriza por “la intersección de los aspectos personales, legales y artísticos del legado cultural y examina la noción de propiedad en términos tanto del cuerpo de trabajo como del artista". Sobre la exposición particular en el MUAC se afirma que “el propósito no es sólo presentar el controversial conjunto de obras, sino también compartir con el público su cuestionamiento del modo en que el legado modernista ha pasado crecientemente a estar bajo el dominio privado y el corporativo en el marco del capitalismo global".


El episodio plagado de oscuros argumentos ha generado revuelo en el mundo intelectual mexicano. Se ha cuestionado a los herederos, a las autoridades que permitieron la exhumación, a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM que promovió la exposición, y por supuesto a la propia Magid.
El domingo pasado, decidí ir al MUAC con toda mi familia. Les conté a mis hijas la historia para que estuvieran al tanto de lo que iban a ver. Alguna vez asistí al Museo de las Momias en Guanajuato y fui al Museo Universum cuando exhibieron los cuerpos plastinados. Ahora el espectáculo era igual de sórdido pero con otras características. Pasé por cada una de las salas intentando entender o sentir la propuesta de Magid, pero cuando llegué al video y finalmente al diamante, me invadió el desconcierto. Estaba frente a los restos humanos transformados, y, con el perdón de mis lectores laicos como yo, finalmente mi herencia católica me obliga a persignarme ante los muertos. No pude y no quise ver el diamante como si visitara Tiffany en Nueva York. Estaba frente a los restos de un hombre extraordinario sometido, después de su muerte y sin su consentimiento, a los caprichos de quienes lo sucedieron, sean familiares, políticos, artistas o mercaderes.

Lo que pretende ser una crítica del "capitalismo global" -de acuerdo con Majib- provoca el efecto contrario: introduce al mercado las cenizas de Barragán permitiendo el manoseo propio de los hombres de negocios. ¿A dónde vamos a llegar si otras personas siguieran las ocurrencias de la artista? ¿cuánto costará un anillo hecho con los restos de John Lennon o del Che? ¿cuándo se legalizará profanar las tumbas de los célebres para someter sus restos a procesos de conversión en diamantes con un valor en el mercado? Majib abrió las puertas muy sensibles de la condición humana respecto del tratamiento de la muerte y de los cuerpos. Y lo hizo con una irresponsabilidad peligrosa que puede conducirnos a escenarios alucinantes. Por lo pronto, lo más conveniente parece ser o morir en el anonimato, o tener asegurada la entereza de los herederos.

Publicado en el Diario El Deber 21/05/17

martes, 2 de mayo de 2017

Whatsapp

Hugo José Suárez


Hace más de treinta años, cuando dejé La Paz y me fui a estudiar a México, el medio de comunicación con mi madre y hermana era el correo postal y, eventualmente, una corta llamada telefónica de no más de 10 minutos cada quince días. La economía familiar no daba para más, el segundo de comunicación por el auricular costaba una fortuna; había que ser preciso y rápido, ahorrarse las vueltas y los sentimientos para concentrarse en la información sustantiva: nada de llantos o formalidades de etiqueta que robaban tiempo a lo indispensable. Además, claro está, había que comprar o rentar una línea a alguna empresa luego de un trámite largo y complejo; si no se lograba tenerla, había que prestarse el teléfono de un amigo generoso. Recuerdo que una vez falló la coordinación con los dueños del teléfono, me hablaron desde Bolivia cuando no había nadie en el departamento y yo estaba afuera escuchando el timbre de la llamada pero sin poder entrar para contestar. Fue desesperante.
Con el correo el ritmo era distinto, imprimía su propio sello al intercambio. Los periódicos llegaban una vez al mes con el respectivo retraso, y las cartas traían novedades sucedidas semanas atrás. A menudo yo enviaba casetes grabados con canciones, relatos, llantos para transmitir lo que vivía en la distancia.
Y bien, sabemos que todo eso quedó atrás. Primero llegó el correo electrónico: era difícil concebir que un texto pudiera llegar a su destinatario en cosa de segundos. Luego Facebook, WhatsApp, Twitter y cuanto cobija lo que se viene a llamar “red social”.
De todas esas posibilidades de comunicación en internet, quiero referirme a WhatsApp. Me asombra la rapidez y contundencia de los mensajes, que acompañados por imágenes predeterminadas o no, facilitan la comunicación. Pero además establece una complicidad -a menudo involuntaria- pues el emisor puede saber si su texto fue efectivamente enviado, recibido y hasta leído. Hoy es difícil ocultarse bajo el pretexto de “no me llegó tu carta”, de ahí nace la frase “me dejaste en visto” cuando, habiendo tenido acceso al mensaje, deliberadamente se guardó silencio.
Otra particularidad del WhatsApp es la comunicación colectiva. Sirve para todo. A estas alturas todos “pertenecemos” -queramos o no- a varios grupos: la familia ampliada, la familia pequeña, los padres del curso de mis hijas, mi grupo religioso de la adolescencia, mi promoción del colegio al que pertenecía a mis 18 años, los compañeros de la universidad, los que me invitaron a cenar este sábado, y muchos más. Al final del día, si no se controla la participación en colectividades, el celular termina por recibir unos cincuenta mensajes innecesarios y sin importancia, la mayoría de ellos son “caritas felices”, sonrisas, oraciones, aplausos o “me gusta”. Tanto se ha abusado de los grupos que han surgido reglas espontáneas para regular el uso.
A estas alturas es difícil explicar a las nuevas generaciones cómo le hacíamos para comunicarnos un par de décadas atrás, y sin embargo las cosas fluían. No sé si me gusta o no esta sensación de estar constantemente conectado o “disponible”, en ocasiones me perturba, pero también me facilita la vida.
No reniego del WhatsApp, lo uso regularmente y agradezco sus múltiples posibilidades, aunque mi protocolo de redacción epistolar todavía sea a la antigua: no pongo la fecha y el lugar en la primera línea pero empiezo con una frase formal y amable (estimado, querido, etc.), continúo con la narración respectiva del asunto que me convoca, cierro con una palabra educada de despedida (atentamente, saludos, abrazo) y concluyo con mi nombre. Nada de caritas o aplausos. Además, intento cuidar la ortografía, los acentos, los puntos y comas.
Tal vez estoy un poco desfasado, pero ya sabemos que la modernidad es el tiempo de los desencuentros: todos estamos atrapados en distintas redes.

viernes, 21 de abril de 2017

Reacción a la reacción


Hugo José Suárez

La semana pasada, luego de que seis políticos hicieran pública la “Declaración conjunta en defensa de la democracia y la justicia” puse en mi muro de Facebook lo siguiente: “Harto recuerdo a los pactos de antaño me hizo ver la juntucha de ayer con la bandera boliviana y las palabras tan vacías como ‘Democracia y libertad’, palabras ahora de boca en boca y que dicen poco. Lamentable el reloaded”.
No voy a comentar el contenido del documento, su mensaje político, o quién ganan o pierde (de hecho creo que ganan los que sueñan con una venezuelización maniquea aunque el país se vaya al abismo, sus promotores están en el gobierno y fuera de él y se parecen tanto unos a otros…). Tampoco  voy a referirme a la descalificación personal que algunos añadieron en mi muro –“como tú no eres perseguido político tu opinión es cómoda y vacía” o “además de tu vista parcial del asunto eres precipitado y opinas como quien se baja del camión ‘al vuelo’”-, que por supuesto no merecen respuesta, ni a quienes muy respetuosamente en un espíritu de diálogo apoyaron o cuestionaron mis palabras con argumentos siempre sugerentes. Quiero concentrarme en lo que está detrás de algunos comentarios, en las premisas sobre las que reposan (y no lo hago en un clima de confrontación, en verdad agradezco la mayoría de las opiniones).
Tres son los pecados que se me inculpan.
i.      Estar afuera. Se me dice: “se nota que no vives en Bolivia”, “tal vez te está haciendo falta venir”, “sería saludable una vuelta prolongada”. Desde la primera vez que dejé el país he lidiado con la condena de vivir en el extranjero. Escribiré en algún momento un ensayo más largo, ahora solo quiero subrayar lo curioso que es escuchar repetidas veces el mismo argumento cuando alguien no concuerda con mi punto de vista. Como si “estar” implicara coincidir con sus opiniones. Por supuesto que jamás se me invita a repensar mis posiciones si éstas refuerzan cómo piensa quien me critica. Enorme tema que merece mucha más tinta, queda como promesa.
ii.     La imposición de lo posible. Se me dice que si no es así, “¿entonces qué?”, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es ampliamente conocido que el discurso político impone el horizonte de posibilidad, las reglas del juego, los márgenes de la discusión, mostrando que no existe otra opción, que no hay caminos alternos más allá de lo que ellos -los políticos- decidieron de antemano. Y ahí estamos obligados a jugar las cartas. Esta tiranía de la razón política aparece una y otra vez, y siempre la intento evitar. En tiempo electoral, cuando debemos “optar” en un escenario predefinido, es más tosca: se trata de callar, acatar y votar. Y sin embargo sabemos que siempre hay otras combinaciones, otras opciones que el propio juego del poder esconde voluntariamente, y la misión de cualquier intelectual es hacerlas visibles. Claro que hay otras rutas distintas a las que aparecieron la semana pasada en el sexteto, ellos lo saben, nosotros también.
iii.    El que no propone, debe callar. Se me exige una salida: “¿y la alternativa es? ¿Cuál es la propuesta?”, “¿qué hacemos?”, “unos tratan de hacer algo, otros no hacen nada”. A menudo se acude a la idea de que quien emite una crítica debe tener la solución, es como si -permítanme el ejemplo banal- a un usuario de transporte público se le prive de denunciar la disfuncionalidad del servicio porque no se le ocurre otra cosa mejor. La propuesta y la crítica no tienen necesariamente que venir de la misma fuente, es más, preferible que sean el resultado de una deliberación colectiva mayor. El derecho de criticar no está sujeto a la obligación de proponer.
En fin, se me acabó el espacio en un tema que da para mucho. No prometo continuar con esto, pero sí anuncio que estoy preparando un libro sobre la relación entre lo político y el rol del intelectual, aunque habrá que esperar unos años hasta que dé a luz.

Por último, si en algo creo, es en la renovación de la izquierda, sin caudillos absolutos e indispensables ni partidos autoritarios, sin maniqueísmos, sin la premisa de amigo vs. enemigo como base de intercambio político. Creo más en quienes tienden puentes que en quienes construyen murallas y cavan trincheras, pero entendámonos bien, puentes en el horizonte de una sociedad progresista, igualitaria, auténticamente democrática y libertaria. Se me acusará de ingenuo, y seguro que tienen razón, pero espero no estar tan solo en este magullado país que paso a paso se dirige a la confrontación con insospechadas consecuencias.

Publicado en el diario El Deber.