miércoles, 3 de enero de 2018

El WhatsApp entre nosotros



Hugo José Suárez

Si el creador de WhatsApp hubiera sido boliviano, seguro que la famosa aplicación se hubiera llamado “ComoEs” (para un paceño); si hubiera sido mexicano: “QuéPasó” o “quiubo”. El caso es que, más allá de dónde nació, hoy se ha instalado en nuestras relaciones ordinarias y todo indica que llegó para quedarse. Van tres manera de usarlo.

1.      Vivo en un edificio de clase media en Coyoacán, en la Ciudad de México. Durante dos años no he conocido a nadie más que a la administradora -a quien le tengo que pagar mensualmente el mantenimiento- y a una vecina que tiene hijas de la edad de las mías. Todo lo demás ha sido un educado intercambio que no pasa del “buenos días” que acompaña a una gentil sonrisa. Pero todo cambió cuando una revolucionara habitante tuvo un altercado con gente que se metió al estacionamiento: cuando intentó sacarlos se vio sola frente a personas alcoholizadas y sin tener mecanismo para solicitar ayuda. Tuvo la mejor ocurrencia de estos tiempos: crear un grupo de vecinos en WhatsApp.

Empezó a incorporarnos uno a uno interceptando a quien podía en las escaleras, hasta que todos quedamos en la red. Casualmente, días después vino el terremoto del 19 de septiembre, así que el grupo revolucionó nuestra comunicación. A la vuelta de los días, terminamos sabiendo quién era cada quién, tuvimos varias reuniones de vecinos, elegimos nueva directiva, nuevo tesorero, cambiamos el tanque de gas, solicitamos cuotas extraordinarias, abrimos una cuenta colectiva en el banco y nos contactamos con las autoridades para tener protección policial inmediata. Por supuesto que en medio hemos pasado del saludo forzado a los besos y abrazos en los encuentros de entrada y salida. La calidad de ser vecino se ha transformado; ahora vivo en otro lugar.

2.      La necesidad de comunicarse y la facilidad del uso de la aplicación, ha promovido una participación expandida a través de WhatsApp. Un amplio sector, de estrato popular, rural, de más de cuarenta años, que sólo tuvo estudios primarios, máximo secundarios, y que dejó la práctica de la escritura en los pupitres de la infancia, vio que a través del celular podía expandir sus relaciones e interactuar de distinta manera.

Así, con una escritura deficiente en sintaxis, ortografía y redacción, circulan intercambios donde el mensaje llega a su destinatario que, no sin cierta dificultad, entiende lo que el emisor quiere decir. En cierto sentido, más que devaluar el lenguaje, el uso del WhatsApp incorporó a un amplio grupo que había dejado las letras -fortaleciendo el lenguaje oral- y que ahora cotidianamente acude a la escritura para el trabajo o las relaciones personales. Sin duda que si esa plataforma fuera aprovechada por las autoridades culturales -en vez de escandalizarse por el mal uso de la lengua- a través de programas educativos, estaríamos en los albores de una revolución en la literatura con consecuencias muy positivas.
3.      Como llegué un poco tarde al WhatsApp, no tengo mucha familiaridad con algunas de sus potencialidades. Como ya lo he dicho, mantengo el formato epistolar tradicional: empiezo con un saludo formal, termino firmando con mi nombre y con una despedida educada; evito las abreviaciones innecesarias, el uso de caracteres que tienen otros significados, o repetir las letras o los apóstrofes para amplificar el sentido de una palabra (por ejemplo: “te extraño muuuuchooo!!!”).

Pero me queda claro que se me está yendo el tren al intercambiar con mis hijas usando los “emojis”. Ellas me explican que un mismo texto acompañado con una carita feliz, una triste, un dedo en alto (y depende si es el pulgar o el medio), un corazón o cualquier otro signo, cambiará radicalmente el mensaje. Si yo quise ser claro y dije algo con cierta contundencia, las mismas palabras pueden ser irónicas, graciosas, sinceras o denigrantes dependiendo del “emo” que las acompañe. Empiezo a utilizar algunos de esos signos para comunicarme con ellas, pero todavía no tengo la suficiente maestría.

El caso es que, como todos sabemos, la lengua está viva y se va modificando con los usos culturales locales, las generaciones, la tecnología. No queda más que estar atentos a los cambios y aprovecharlos, conscientes de que nos pueden traer gratas sorpresas si sabemos conducirlos. Termino con un diálogo con mi sobrina que, luego de una larga carta mía por WhatsApp donde me disculpaba por no podernos comunicar -ella vive en París-, sólo respondió: “holiii”, “yapi”, “tranqui”. Todo quedó claro.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Paseo por Buenos Aires

Hugo José Suárez

Debo admitir que siento una fascinación extraña con Buenos Aires. Es de lejos uno de los lugares que más me gusta visitar. Muchos dirán que lo mío no es más que una imagen turística y apresurada, pero me voy a permitir compartir mis impresiones en estas líneas.

Es curioso que una ciudad con millones de habitantes tenga un amplio anillo central generoso con el peatón. Caminar por las espaciosas veredas es agradable, la compañía de los autos no perturba, se respeta el cruce en las esquinas, los semáforos, los tiempos para cada quien. El transporte público es muy cómodo, uno se desplaza con facilidad. La cantidad de cafés en cada cuadra le da vida a la calle, convirtiendo el espacio público urbano en un lugar de encuentro, de intercambio, de deleite. Con unos amigos apostábamos a que uno puede dirigirse en cualquier dirección y caminará un buen tramo sin toparse con una horrible avenida que impida el tránsito o un condominio de puertas cerradas. Entretanto, la seguridad es razonable comparada con otros países latinoamericanos. La arquitectura, aunque descuidada en algunos lugares, guarda cierta homogeneidad y estética.

Mi contraste directo es la Ciudad de México -que amo y habito- y también es una urbe hermosa, pero cuyos desfases son desesperantes. Si desde el Zócalo uno camina derecho en cualquier dirección, las primeras cuadras serán esplendorosas, incomparables por su majestuosidad, pero no tardará mucho en toparse con una horrenda avenida que no le permita el paso, el deterioro irreversible de construcciones, comercio informal abrumador, las agresiones de coches o de otros peatones, sin contar el incremento de la inseguridad paso a paso.

Me pregunto qué hicieron en Buenos Aires para que la vida urbana sea tan cómoda, cuál fue la fórmula para conjugar el paso de los peatones, las necesidades de desplazamiento, la cotidianidad en el medio de una gran ciudad.

Entre mis visitas, me concentro en la inevitable escapada a la librería Ateneo, antiguo teatro hoy devenido en palacio de libros. El lugar es una maravilla, una invitación a caminar entre títulos y estantes, y detenerse, guiados por el azar, en un autor no programado. Como imaginarán, mi tarjeta de crédito sufrió los embates de mi paso por ahí. Salí con la bolsa llena.

Pero quiero concentrarme en un texto que me conmueve: El salto de papá (2017), de Martín Sivak. El autor escribió varios textos sobre Bolivia. Lo conocí cuando publicó El asesinato de Juan José Torres (1997) -hice una reseña años atrás-, luego se dedicó a la biografía no autorizada de Hugo Banzer (2001), y finalmente el exitoso retrato de Evo Morales: Jefazo (2008). En todo ese tiempo visitó muchas veces Bolivia, alguna vez se alojó en casa de mi madre y entrevistó a mi abuelo cuando todavía estaba vivo.

Pero este nuevo título, que lo compré sin dudar, es especial. Se trata de la narración sobre el suicidio de su padre, para lo cual revisa su pasado familiar, la historia del secuestro y asesinato de su tío, y en medio los entretelones de la dictadura y la democracia argentina. Su pluma ágil y la intención de llegar al gran público, hicieron que el libro se reedite cuatro veces en cuatro meses; un éxito impresionante. Aunque la verdad a mí me llama desde otro lado.

Resulta que tengo pendiente escribir un libro sobre la muerte de mi padre Luis Suárez Guzmán el 15 de enero de 1981 en manos de la dictadura de García Meza. Al leer a Sivak, sentado en un café de la Avenida 9 de julio, empezaba a hacer lo que sería el índice del texto pendiente. Con el libro de Martín en la mano, miraba con cierta admiración la posibilidad de sentarse frente a la pantalla y dejar que fluya una historia tan difícil como la muerte de papá. No sé si lo haré, si lograré atravesar la barrera de las emociones, o más bien si las podré organizar para que guíen mis palabras. Se verá, por lo pronto las letras de Sivak me hicieron fantasear en el proyecto todavía no cumplido.


El caso, como decía, es que Buenos Aires es una ciudad maravillosa, provocadora y desafiante.

Publicado en el Diario el Deber, 03/12/17

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El azul de La Habana



Hugo José Suárez

Un amigo me lo advirtió: en cuanto termines de leer la primera página de alguna novela de Leonardo Padura, sentirás el calor de La Habana y empezarás a sudar. Me parecía una exageración, pero no fue así. El autor cubano tiene muchas virtudes, una de ellas es su capacidad para transportarte al ambiente caribeño con una precisión sensorial que asombra; todo con palabras. Casi sin darte cuenta, con las primeras letras te sientes en el malecón respirando aire húmedo.

Tenía enorme curiosidad por conocer al premio Princesa de Asturias 2015, aquél que afirma que escribir es “algo tan sagrado como doloroso”, así que cuando supe que la UNAM le otorgaría el doctorado honoris causa (2017) y que iba a dar una charla en el Centro Cultural Universitario, bloqueé mi apretada agenda para ir a escucharlo.

Su conferencia se concentró en la construcción de la idea de ciudad desde la narrativa, pensando, desde luego, a partir de los escritores cubanos. Ya había leído algo suyo sobre el tema en Vientos de Cuaresma, de donde me guardé la frase: “Y aunque me quiera rebelar, esta ciudad me tiene agarrado por el cuello y me domina, con sus últimos misterios” (p. 138). Me llamó mucho la atención un artículo llamado precisamente La ciudad y el escritor (Milenio 19/08/2017) en el cual contaba su compromiso innegociable con La Habana. Desde sus abuelos, decía, pertenece no sólo a esa urbe, sino a su barrio del cual no quiere moverse. Imposible pensarse afuera.  

Me sorprendió su manera de entender la isla como introspección. Yo como paceño siempre he asociado el mar con la libertad, pero Padura entiende la playa como frontera, como muralla, como el límite de su horizonte. Nosotros que vivimos en la montaña, tenemos algo en común con los isleños. La isla y la cueva son, al final del día, un mismo tipo de aislamiento, una manera similar de vivir un encierro.

Pero volviendo al escritor, cuando leí sus textos me sorprendió su capacidad de observación aguda. Su fabuloso personaje, el detective Mario Conde, utiliza la plataforma de una trama típica de detectives para penetrar en los pliegues más recónditos de la sociedad cubana, esos que el régimen oculta y que la crítica norteamericana jamás alcanzará a ver. Sólo él, un cubano de verdad, puede mostrar la corrupción, la miseria de las formas políticas ordinarias, las contradicciones de un proceso político y social con tantas aristas. Sólo él puede decir, por ejemplo, algo así: “Demasiado calor en este país para que germine la filosofía” (Vientos de cuaresma, p. 120). Y en medio la vida cotidiana.

Pero además el autor logra meterse a dimensiones más complejas de la fabricación de personas y personalidades. En su libro El hombre que amaba a los perros, donde narra paso a paso la vida de Ramón Mercader, el infiltrado estalinista que mató a Trotsky en México en 1940, analiza una trayectoria compleja del militante y espía que la historia construye con un solo objetivo, que, por cierto, lo cumple a cabalidad. En esa triste narración se desnuda la militancia tan romántica como ortodoxa que puede terminar tocando -y abriendo- cualquier puerta.

Confiesa Padura que sus letras son el resultado de su pasado: “Un escritor es un almacén de memorias. Se escribe hurgando en la memoria propia y en las memorias ajenas, adquiridas por las más diversas estrategias de apropiación. A partir de ahí, el novelista crea un mundo” (Milenio 19/08/2017). Cuenta que aprendió el oficio primero trabajando, como García Márquez, en la prensa; desde ahí tiende el paralelo entre ambas profesiones siamesas, aunque la diferencia, dice, es que en la literatura hay una complicidad entre el lector y el escritor: ambos saben que están metidos en una gran mentira.


Pero vuelvo a su ciudad, y a la mía (La Paz). En 1992 visité La Habana y tomé una foto desde la ventana de mi habitación en el hotel: es la vista del mar a lo lejos, se interpone una construcción pintada de blanco y celeste, al fondo agua y cielo sólo se diferencian por el tono. La titulé “azul”. Casi diría que mi foto soñó una frase de Padura con la que me encontré dos décadas más tarde: “Una ciudad son también sus sonidos, olores y colores: mi Habana suena a música y autos viejos, huele a gas y a mar, y su color es el azul” (Milenio 19/08/2017)

Publicado en el Deber 19 Noviembre del 2017

domingo, 5 de noviembre de 2017

Miedo. A propósito de It



Hugo José Suárez

Unas semanas atrás fui a ver It (Muschietti, 2017). No fue mi voluntad: resulta que mi hija de 13 años quería hacerlo y perdió ocasión para ir con sus amigas. Ante la insistencia, no me quedó otra que acceder a la solicitud y acudir al cine. Pero le advertí: “no me gustan las películas de miedo porque me dan miedo; en los peores momentos, mi vista estará clavada en la pantalla de mi celular consultando mi Face”. Ella sólo respondió: “no se te ocurra taparme los ojos cuando haya una escena especial”. Las condiciones del contrato estaban claras.

Durante una buena parte de la película hice lo prometido, cerraba los ojos o los desviaba hacia mi teléfono, mientras que ella no se perdió un minuto. Al final le pregunté si se había asustado, me dijo que no. No entendía. Indagué qué película le había causado miedo en los últimos años y me dijo, “¿así como cosita?”, “sí, miedo pues” -insistí yo- “El orfanato”, respondió. ¡No lo podía creer, ahí no hay sangre ni monstruos! “No”, argumentó, “pero hay suspenso y angustia”.

Recordé aquella vez que fui a ver Miss Peregrine y los niños peculiares (Burton, 2016) con mis dos niñas. Yo estaba también aterrado arañando mi butaca con tantas escenas brutales: los ojos salidos de algún personaje, dientes vampirescos, cosas espantosas. Pero mis hijas ni se inmutaron, esa noche durmieron como cualquier otra.

Me puse a pensar en lo que provoca miedo, en cómo se lo construye socialmente. En mi generación (nací en 1970), tal vez el filme más tenebroso fue El Exorcista (Friedkin, 1973), hasta el día de hoy no me he animado a verlo -y menos en la noche-. Lo que sucede es que nuestra idea de la realidad era diferente. Acudir a una proyección cinematográfica era un acontecimiento ritualizado, se lo planeaba con antelación, y al pasar por la puerta de entrada a la sala estábamos en otra dimensión.

La película creaba una atmósfera única; estar ahí, era vivir la historia. Era fácil olvidar que todo aquello era ficción, que los actores estaban haciendo su trabajo y que el director iba a decir “¡corte!” en cualquier momento. Esa era la realidad, y por lo que sentíamos todas las emociones intensamente (miedo, pasión, amor, heroísmo, dolor). Por lo mismo, importábamos lo visto a nuestra vida cotidiana y no podíamos dormir bien si el filme había sido de terror; en sentido contrario, después de haber visto Grease con John Travolta (1978), no pocos adolescentes copiaron el estilo de galán norteamericano al caminar por San Miguel.

Para la actual joven generación, la ficción no está tan alejada. El mundo de los videojuegos, el internet, Youtube y tantas cosas más, provocan que los niños puedan transitar por la fantasía y volver a la realidad sin mediación. Eso cambia la idea de la vida, de la muerte, de lo posible y lo imposible, en suma, de lo real. Varias películas -como Matrix, por ejemplo, pero hay más- han puesto el tema sobre la mesa. Es cada vez más fino el velo de la realidad y la ficción.

Claro que esto tiene su lado oscuro. Recuerdo que en una de las tantas guerras de Estados Unidos en Medio Oriente, un piloto norteamericano que bombardeaba escuelas y hospitales en Irak decía que creía estar jugando videojuegos. La facilidad del ingreso a la virtualidad como el Face, hace que uno pueda escribir cualquier comentario, agresivo, irresponsable y destructor sin sentir la menor culpa o responsabilidad. Como si aquello fuera una situación paralela sin vínculo con la vida ordinaria.


La tecnología está empeñada en construir una “realidad virtual”, aunque los sentimientos ahí no funcionen igual. Por lo pronto, a mí me da tanto miedo ver una película macabra como abrir el periódico. Cosas de mi generación.

domingo, 29 de octubre de 2017

¿Por qué nos gusta tanto Juego de tronos? La relación entre los sueños de las obras de ciencia ficción y las ilusiones de las sociedades sobre el futuro.


Hugo José Suárez

Hace unas semanas he empezado a ver la serie televisiva  Juego de tronos. Aunque tiene ya casi una década de circulación, y que medio mundo me ha hablado de ella, recién pude sentarme a verla. Acabé cuatro temporadas -todavía me faltan- y me pregunto por qué tiene éxito, tanto que incluso unos meses atrás se organizó un coloquio en la UNAM con académicos de varias facultades para reflexionar sobre el tema. No tengo una respuesta, pero sí alguna intuición a bocajarro.

En los 70 y 80 la saga que concentró la atención de propios y extraños fue La guerra de las galaxias, de George Lucas. El corazón de la trama era poco innovador: el bien versus el mal, la lucha por el poder, vaivenes de reyes, reinas y princesas, guerreros y monjes, épicas batallas; más algunos aditamentos como la diversidad cultural, "la fuerza” y los diseños. Pero en el fondo todo reposaba sobre una idea de futuro donde el manejo de la tecnología permitía cambios fundamentales tanto en la vida diaria (la espada láser, abrir puertas, comunicarse) como en la conquista del espacio, el viaje a la velocidad de la luz, el tránsito a través de los planetas.

Aspiración y realidad

 La guerra de las galaxias  iba en sintonía con lo que en esa época se pensaba -y aspiraba- que fuera el futuro. El principio era básico: la tecnología modificaría las posibilidades de movilidad (habría naves espaciales para todo el público, la materia podría teletransportarse, etc.) y se descubriría  otro tipo de mundos. En los 60, el programa de dibujos animados  Los Supersónicos  imaginaba que en 1995 la sociedad iba a tener la tecnología por todo lado: el personaje se despertaba y era transportado por un andador eléctrico hacia la ducha, luego se secaba, peinaba y quedaba listo para salir a la calle -a su "autonave”- para dirigirse a su trabajo. Sus vacaciones las pasaban en "Las Venus”.

Pero el avance científico no fue en esa dirección. El universo soñado por Los  Supersónicos o por Lucas no se hizo realidad; más bien quien retrata el futuro próximo, sus tensiones y angustias es la serie  Black Mirror  (que comentaré en otra ocasión). En lugar de grandes naves que viajen tan rápido como la luz esquivando los asteroides, apareció el mundo al alcance de la mano: todo en un celular inteligente. La modificación del tiempo y del espacio, la sensación de desplazamiento, el descubrimiento de nuevos mundos ocurrió no en el firmamento sino en lo que Manuel Castells llamó "La galaxia Internet”. De hecho, se dice que el transporte sostenible del futuro reposa en los dos grandes inventos del siglo XIX: el tren y la bicicleta. Hoy,  las ciudades más lúcidas se empeñan en que el desplazamiento ocurra no en más y mejores autos -que, por cierto, su funcionamiento básico ha cambiado muy poco en los últimos 30 años- sino en bicicleta (recordemos que París quiere mostrar al mundo en las Olimpiadas de  2024 una ciudad que se mueva sólo por este medio).

Más pasado

El caso es que, cuando la ciencia se concentró en lo "nano” y apareció internet como un uso masivo en el transcurso de los 90, paralelamente vienen grandes narrativas cinematográficas que vuelcan su atención al medievo, o incluso antes. Se abandona la ilusión espacial y se mira al pasado, particularmente europeo.  El Señor de los Anillos, cuyo primer filme se estrena en  2001, retoma los mismos temas que La guerra de las galaxias  (el poder, la guerra, el heroísmo, la vida y la muerte, el bien y el mal, las jerarquías de mando, la traición), pero los guerreros van en caballos y luchan con espadas y escudos de metal.

Lo extraordinario de esa narración reposa en la magia, en el conocimiento de otras lógicas ocultas, no en el arma láser. Lo mismo sucede con Juego de tronos, toda la historia transcurre en ambientes propios de caballeros, reinos y castillos.

Cuando la ciencia desarrolla lo micro, la narrativa global -que se expande sobre el soporte de internet- escoge el escenario del medievo. Entre otras cosas, ya se ha dicho que estamos en un momento donde pareceríamos tener la necesidad de que nos cuenten larguísimas historias en múltiples episodios,  cuando todos sabemos enviar mensajes en 140 caracteres, disfrutamos también de sentarnos días enteros frente a la televisión para terminar de ver una serie.

Sé que esto no explica del todo el éxito de una propuesta como el  Juego de tronos , pero creo que son elementos que no hay que dejar de considerar.


En todo caso, estoy disfrutando cada capítulo y pendiente de la llegada de la próxima temporada.