martes, 24 de noviembre de 2009

Tertulia sociológica


Después de tantas andanzas, salió el texto. Cuánta distancia hay entre el libro ya publicado y el tiempo de su elaboración.

Va este documento, para pensar la sociología actual.

Ojalá se lo disfrute.

Hugo José

jueves, 17 de septiembre de 2009

Las derechas

Hace algunos días, Arnaldo Córdova, el investigador mexicano, escribió un diagnóstico crudo y brillante de la derecha en México:

“La derecha, cuando es una fuerza dominante, hegemónica y, más todavía, gobernante, es, por necesidad, sinónimo de barbarie y de oscurantismo. Destruye todos los valores que sustentan las libertades de los individuos y es enemiga jurada de la igualación de los mismos en cuanto a oportunidades de mejoramiento, de preparación cultural y hasta de identidades que puedan ir más arriba de lo que ella es en su pequeñez y en su miseria espiritual. Es elitista por naturaleza, no obstante que ella no es modelo para nadie ni en nada. No soporta que aquellos que son diferentes de ella, por inteligencia, por el color de la piel o por la humildad de su origen la superen o aspiren siquiera a ello” (La Jornada, 6-09-09)

Sin duda que Córdova está pensando en el Partido de Acción Nacional (PAN) que es quien gobierna México hace nueve años y ha impuesto un espantoso toque conservador y católico a su gobierno. Pero me permito robarme la descripción para pensar en Bolivia, donde si bien por suerte la derecha no es una “fuerza dominante, hegemónica y gobernante” –o lo es solamente en algunas restringidas regiones-, sí es un “sinónimo de barbarie y de oscurantismo”.

Cada una de las palabras de Córdova le caben a la derecha boliviana: destruye los valores de la libertad, enemiga de la igualdad, elitista, miserable espiritualmente. No otra cosa significa el binomio Manfred – Leopoldo que recientemente se destapó como opción presidencial. Uno matón de dictaduras, el otro matón de pueblo; ambos herederos de lo peor de la cultura autoritaria boliviana. ¿Cuándo la derecha va a poder renovarse y ofrecer al país verdaderas alternativas de nación? ¿Les cuesta mucho conseguir rostros nuevos, ideas frescas y sensatas? ¿Cuándo los dinosaurios van a desaparecer?

jueves, 27 de agosto de 2009

Guerra del Chaco

Aprendí más de la Guerra del Chaco en las largas tertulias familiares que en los libros de la escuela. A mi abuelo, cuando tenía menos de 20 años, le tocó marchar al sur formando parte del famoso grupo Tres pasos al frente. Todas las reuniones en las que él participaba salía el tema, y sus anécdotas eran inagotables. Ahí van dos de ellas.

La distancia entre el ejército boliviano y el paraguayo era muy corta, alrededor de 100 metros, por lo que ambos bandos escuchaban todo del contrario. Los paraguayos cantaban bellas canciones con distintos instrumentos, incluso mandolina, y al final de cada canción, lanzaban un insulto. La tropa boliviana para no quedar atrás, decidió hacer lo propio, pero los instrumentos eran menos sofisticados, se construían charangos con los pocos insumos que podían encontrar en el lugar. Una de esas noches, un campesino de origen aymara cantó la siguiente cueca con un sello lingüístico andino inconfundible:

Esta 4ta. Compañía
la que te hua a huencer
cueste lo que cueste vidita
en el Chaco Boreal

¡¡¡Pela cojoro!!!

En otra ocasión, un subteniente paceño que manejaba el arte de la palabra, en pleno campamento empezó a declamar un poema con la fuerza y elocuencia necesarias. En un momento mirando fijamente a la tropa dijo: “¿¡…y tú me quieres!?”; y volvió a repetir con más contundencia: “¿¡…y tú me quieres!?”; por último lo hizo una vez más elevando el tono: “¿¡…y tú me quieres!?”. Y un soldado que se sintió aludido respondió: “sí mi subteniente”.

La risa general terminó con la declamación.

miércoles, 15 de julio de 2009

16 de julio

He recorrido cientos de veces la Plaza Murillo y leído hasta el cansancio la Proclama de la Junta Tuitiva. Me tocó hoy, justo en el bicentenario, estar tan distante del festejo, justo ahora, que hay tanto por festejar.

Casi me sé de memoria algunos pasajes de la Proclama: “Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra Patria (…). Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez (…). Ya es tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno fundado en los intereses de nuestra Patria…”. Y cada vez que repaso esas palabras, se las quito a Murillo y la pongo en boca de tantos otros, antes y después de él. La escucho en las sublevaciones indígenas, en los revolucionarios del 52, en los guerrilleros de los 60, en los luchadores por la democracia de los ochenta, en los defensores de la nación del 2000 adelante. También me resuenan esas ideas más allá de nuestras fronteras, en las luchas sociales en Europa, en América Latina, en el 68, en el zapatismo. El alcance universal se deja ver, esa bandera le pertenece a todos los movimientos de emancipación de la humanidad, es un aporte desde los andes a la dignidad de los pueblos.

Y repetirlas hoy desde la Bolivia pluricultural, desde la nueva Constitución Política del Estado, desde el proceso de Revolución Democrática, adquiere nuevo sentido. Dejan de ser palabras muertas petrificadas en una plaza. Ahora tienen vida, ya no sólo son historia, son también proyecto, horizonte de acción. Hoy no tenemos duda de que la tea de Murillo sigue encendida, y que “nadie la podrá apagar”.

* * *

Quería escribir sobre Arce Gómez y su vuelta a Bolivia, pero se me empaña el alma y los dedos se entumecen. Sólo se me vienen a la mente las palabras de Vallejo: “quiero escribir, pero me sale espuma”.

viernes, 26 de junio de 2009

Fidelia

Nunca supe su apellido. Fidelia venía a casa regularmente, pero era imposible agendar sus visitas. Aparecía y ya. Ignorábamos su teléfono, dirección o alguna información más privada. Cada que llegaba, mi madre y abuela la recibían con un “¡dónde te has perdido, pero que bueno que viniste!”.

Y es cierto. Su llegada siempre era bienvenida. Fidelia era una costurera de mucha calidad, dominaba el “zurcido invisible” con el que impresionaba a propios y extraños. A su arribo, una canasta de ropa le esperaba: botones que poner, calcetines que zurcir, camisas que coser, trajes que adecuar. Una parte del trabajo lo hacía en casa, otra se la llevaba, y todos esperábamos con ansias su próxima visita.

Eso sí, Fidelia tenía fama de floja. No hacía otro trabajo que no sea el de su oficio. Dificilísimo meterla a la cocina, no a cocinar, sino a lavar platos, ordenar trastes y servir el té. Por ello mi abuelita, especialista en categorizar a las personas que hacían servicios, le puso el apodo de “mano sobre mano”. Yo nunca entendí tal sobrenombre, hasta que una tarde la vi, sentada frente a la televisión “mano sobre mano”. Tal cual. Tenía la capacidad de quedarse toda una tarde, sin exagerar ni un minuto, viendo la tele en la misma posición, hasta que cayera la noche y llegara la hora de partir.

Ignoro el paradero actual de Fidelia, la fiel, pero los botones que cosió a mis camisas siguen tan firmes como la memoria con la que hoy la evoco.

jueves, 4 de junio de 2009

El piano

Eran los años de la dictadura en Bolivia, seguramente la de García Meza. Una amiga de mi papá tuvo que salir bruscamente del país, y dejó un piano a su recaudo. Tengo grabada la imagen del traslado del pesado y voluminoso instrumento: eran como seis o siete personas que bajaron por unas escaleras en espiral dos pisos de un sencillo departamento cerca al Parque Riosiño, dejando las paredes rasguñadas por el mueble. Cuando llegó a mi casa, ya bastante destemplado, el piano ocupó el lugar principal. Se lo veía desde la entrada, y sus notas se escuchaban una cuadra antes de llegar a la puerta.

Recuerdo a mi papá tocando en él Historia de amor (Astrud Gilberto). Habrá sido unas semanas antes de que lo mataran. También tengo en mente las varias ocasiones en las que improvisaba o sacaba canciones “al oído”, mientras nosotros estábamos alrededor suyo. Mis manos y las de mi hermana también pasaron por esas teclas, aunque ella fue más apasionada y prolífica que yo. Con los años, el mueble se convirtió en un miembro más de la familia que sostenía y traducía nuestras nostalgias y emociones.

Un par de décadas más tarde, cuando volví de un largo viaje, me encontré con la dueña del piano. Ella le había perdido la pista, y mi traicionera sinceridad hizo recordarle que lo tenía en casa. Unos días después vino a recogerlo. Mi conciencia quedó tranquila, pero su partida dejó un vacío, y no sólo en la sala. Hoy, a tanta distancia, cada que escucho azarosamente la melodía que tocaba mi papá y que yo sólo puedo tararearla, se me estremece el alma, y revivo su imagen sentado en el enigmático piano tocando esas inolvidables notas.

viernes, 8 de mayo de 2009

Influenza: la epidemia del encierro



Al salir de la ducha a las siete de la mañana como cualquier viernes, escucho en la radio que se han suspendido las clases. La noche anterior el ministro de salud emitió un comunicado informando el brote de influencia porcina y se decretó la alerta sanitaria. Inicialmente, no sabemos bien qué pasa, y empieza la batería de información en los medios masivos. Repentinamente ellos ocupan el lugar más protagónico en la casa, en vez de escuchar música, pasamos el día pegados al informativo. La invasión de datos nos abruma, de pronto sabemos diferenciar con cierta maestría entre gripe porcina o aviar, entre pandemia o epidemia. Pero nuestro saber superficial es menor que la angustia creciente. El vínculo entre miedo y salud, que es uno de los más perversos, ahora se acentúa. Comienza la duda, ¿tendré yo influenza? ¿la tendrá alguno de los de mi familia? ¿mi vecino? ¿el cajero del supermercado? El otro se convierte en un potencial enfermo, buscamos la soledad como protección.

En el transcurso de las horas, las autoridades, en un mar de confusiones, toman el timón de un barco sin destino. Sus comunicaciones no aclaran, confunden. Sabemos de la presencia del Estado en la vida social, pero ahora lo sentimos con más contundencia: organiza la cotidianidad. Sus indicaciones son lapidarias: no salgan a la calle, no hagan deporte al aire libre, no asistan a lugares con muchas personas. El Estado total organiza la vida privada, el Big Brother que imaginó Orwell cobra vida, nos vigila, dice que nos protege de un terrible enemigo que circula por el aire. La presencia del Estado abruma, lo sentimos en la habitación, en el baño, en la sala, en la cocina.

Confinados en mi departamento, esperamos que pasen las horas tratando de matar el tedio. Al quinto día salimos en el auto a dar una vuelta, intentando no abrir las ventanas para evitar riesgos. La gran ciudad de veinte millones de habitantes parece un pueblo fantasma, las calles están vacías, los restaurantes cerrados, las pocas personas sueltas andan con tapabocas.

El hastío nos inunda. Apagamos las radios, todos los noticieros dicen lo mismo. Desconfiamos de lo que dicen las autoridades cuya presencia mediática resulta insoportable. Se nos acabó la imaginación para continuar con el encierro. No queremos más que ver el final del túnel.

A dos semanas, las cosas empiezan a volver a la normalidad. Se retoman las clases, el trabajo, el tráfico. Aparentemente pasó el momento más riesgoso de contagio, pero nuestro inquieto espíritu quedó cubierto con un tapabocas. Redescubrimos la fragilidad de la vida humana, y de las normas de organización de la vida social.

miércoles, 29 de abril de 2009

Plácida

Plácida era la empleada de mis abuelos. Contaban que llegó a la casa hacía treinta años, y de ahí no se movió. Tenía un carácter muy especial, y cuando se enojaba, su protesta consistía en no abrir la puerta por más que el timbre sonara por horas. Los jueves, Plácida hacía pan para toda la semana. Se quedaba la tarde entera en el quehacer, y guardaba el producto en bolsas de plástico, así que día a día el pan cambiaba de consistencia. El sábado, día de nuestra visita, el pan estaba en su punto.

Contaba mi abuela que en varias ocasiones había intentado despedirla por múltiples razones, pero ella se quedaba en la puerta sentada sobre su atado hasta que cayera la noche, y la abuela vuelva a abrirle las puertas. Ese episodio era recurrente, y su resolución siempre la misma. Claro, ambos bandos se habían acostumbrado a la presencia del otro, y disolver la relación laboral-afectiva sellada con el tiempo ya era casi imposible. A mí la Plácida me quería, cuando iba hacía fiestas y me servía la comida riendo, lo que era absolutamente inusual.

Un día Plácida enfermó. Nunca supimos bien de qué. Fue el doctor pero ella se negó a recibirlo, consultó con un yatiri que le dio algunos medicamentos, pero no tuvieron efecto. Según dijeron, le dio “la enfermedad del pajarito”, cuyo síntoma es que el paciente se va haciendo más pequeño adquiriendo su rostro una forma parecida a un pájaro. Así, Plácida murió.

Me dio lástima no verla al final de sus días, todo sucedió cuando yo estaba en el extranjero, como tantas cosas en mi vida. De tiempo en tiempo paso por su tumba en el Cementerio General, cerca de donde está mi papá. Es un nicho pequeño, discreto, cercano al piso. Cuando la visito, casi siento el olor del pan que impregnaba la casa de mis abuelos los jueves, en aquellos años de mi infancia cuando los olores y sabores impregnaban episodios inolvidables.

martes, 3 de marzo de 2009

Libro La Revolución Democrática en francés


Hugo José Suarez
Bolivie
La révolution démocratique
Ed. Couleurlivres, Belgique
Depuis 2000, la Bolivie a connu des mobilisations qui ont bouleversé son paysage national et interpellé la communauté internationale.Inaugurée durant les années quatre-vingts, l’ère néolibérale se termine. Une nouvelle ère débute, marquée en 2006 par l’avènement à la présidence du leader indigène Evo Morales.

Ce livre retrace les épisodes clés vécus entre 2000 et 2008. Il analyse les perspectives des mesures “révolutionnaires” prises par le nouveau gouvernement et s’interroge sur sa viabilité face aux velléités “autonomistes” des élites régionales et aux pressions internationales.

Pour ce faire, l’auteur a recours tant au texte qu’à la photographie suggérant une narration propre dans l’explication du processus complexe vécu en Bolivie.

Ecrit dans un langage simple et accessible, ce livre passionnera celles et ceux qui, de loin, suivent avec intérêt le devenir sociopolitique bolivien. Enfin, “Bolivie, la révolution démocratique” rend hommage à ceux qui ont lutté durant des décennies pour que ce pays puisse suivre sa propre voie, offrant un exemple de dignité et de courage.

L'auteur Hugo José Suárez est docteur en sociologie de l’Université catholique de Louvain (Belgique), professeur à l’Université nationale autonome du Mexique (UNAM) et auteur de plusieurs ouvrages de sociologie ou d’histoire contemporaine de la Bolivie.

ISBN 978-2-87003-505-4 / février 2009136 pages / format 13,5*20,5 cm / 15 euros

jueves, 19 de febrero de 2009

Un insulto respetuoso

Me perdí el inicio del conflicto. Estaba sentado en el metro con toda mi familia alrededor, y de pronto un señor que estaba parado empezó un pleito con uno que estaba sentado. Ambos venían acompañados de hijos, y uno de ellos incluso traía a la esposa. Entiendo que en la entrada y salida de alguna estación hubo algún forcejeo entre ambos, lo que condujo a uno de ellos a decirle al otro: “oiga, respete lo de ‘antes de entrar, deje salir’” –haciendo alusión a la indicación inscrita en las puertas de cada vagón-. “No ve que estoy entrando y usted me empuja, ¡no espante!”. El otro respondió agresivamente y el tono del intercambio verbal empezó a subir, hasta que se llegó al amague de los golpes como siempre frenado por las mujeres, el abundante público que estaba alrededor y el movimiento natural del metro –claro, de pelearse, mejor no hacerlo en esas circunstancias-. Lo simpático fue que la disputa verbal concluyó con: “chingue su madre”, lo que fue pagado con la misma moneda: “chingue la suya”, todo acompañado por un tradicional gesto con la mano. Habiendo llegado a la cúspide de los insultos –que nunca dejó de ser respetuoso y utilizando el “usted” para dirigirse al contrario- y sin poder desatar un intercambio de golpes, ambos se quedaron, lado a lado sólo divididos por los barrotes del metro, mirando al frente. El conflicto terminó, no se miraron ni dirigieron la palabra hasta que uno de los dos llegó a su estación y descendió con toda su familia. El episodio había concluido.

viernes, 6 de febrero de 2009

Bolivia en semanario Proceso

México D.F., 3 de febrero del 2009

Estimado Rafael Rodríguez Castañeda
Director del Semanario Proceso

Señor director.

He leído con atención el último despacho de Jean Paul Guzmán (Las batallas pendientes, Proceso 1663) donde aborda la situación política boliviana. La nota, además de los anteriores envíos suyos, me suscitan los siguientes comentarios.

Resalta la parcialidad de Jean Paul Guzmán frente a lo que sucede en Bolivia, y contrasta con la línea editorial de Proceso que se caracteriza por un periodismo de investigación de alta profesionalidad, seriedad, equilibrio, y con un marcado sentido crítico. El periodista mencionado deja ver en sus notas una toma de posición en contra del gobierno boliviano y a favor de los intereses de la oligarquía local, pareciendo sus entregas más bien artículos de opinión –muy respetables si esa fuera la intención- y no documentos de información.

Las fuentes que cita Guzmán son constantemente “analistas” que representan el pensamiento conservador en Bolivia. Tal es el caso del tantas veces mencionado Jorge Lazarte, que luego de pasar por la escuela trotskista en su juventud, se convirtió en asambleísta constituyente por Unión Nacional (partido de derecha) y actualmente es uno de los intelectuales más identificados con la derecha local. Lo propio podemos decir de Carlos Miranda Pacheco, que es presentado como “experto en petróleo” –lo que es cierto-, pero se oculta que fue funcionario del expulsado expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada. Ni hablar de Víctor Hugo Cárdenas o Carlos Mesa –también ampliamente citados-, ambos vice-presidentes de Sánchez de Lozada. Y así podríamos ir nombre por nombre para tener claro el origen de quienes nutren las reflexiones del periodista. Extraña la ausencia de intelectuales de notable calidad analítica –como Luis Tapia, Rafael Archondo o Xavier Albó, por mencionar tres doctores en ciencias sociales- que bien podrían equilibrar el panorama.

El manejo de los datos también es constantemente sesgado. En su nota, los resultados que presenta Jean Paul Guzmán son los del periódico La Razón y la Asociación de Teledifusoras Bolivianas (ATB) conocidas por su posición hipercrítica al gobierno y por sus vínculos con el grupo español PRISA que dicta línea editorial y presenta los datos de una manera siempre tendenciosa (basta ver cualquiera de sus editoriales o primeras planas).

Todo esto me conduce a múltiples preguntas: ¿Por qué Guzmán no acudió a la información dada por la Agencia Boliviana de Información y la Televisión Boliviana para matizar sus datos (de hecho éstos se acercaron mucho más al resultado final, pronosticando una victoria del “sí” con más del 60%, acercándose al 61% que es el resultado final)? ¿Por qué no señala que esta es la primera vez en Bolivia que una Constitución es el resultado de un proceso ampliamente participativo –y por tanto complejo- que fue respaldado mayoritariamente por la población a través del voto? ¿Por qué no señala que todas las constituciones anteriores fueron diseñadas y aprobadas por el 2% de la población o por sistemas de representación de discutible legitimidad? ¿Por qué se empeña en resaltar la diferencia porcentual con respecto al referéndum revocatorio de Evo Morales unos meses antes cuando todos sabemos que son dos cosas diferentes las que estaban en juego? ¿Por qué no denuncia con mínima franqueza que los referéndums autonómicos del año pasado que se llevaron a cabo en cuatro departamentos del país ocurrieron fuera de la ley, no tuvieron participación de la Corte Nacional Electoral ni aprobación del Parlamento, no hubo campaña publicitaria equitativa, no asistieron observadores internacionales y por tanto sus resultados son tremendamente cuestionables? ¿Por qué cuando habla de la “nacionalidad indígena” no menciona que la historia del país –más allá de los debatibles datos del Censo de Población del 2001- es la negación del indio como ciudadano en su nación? ¿Cuándo habla del régimen legal, por qué no cita a René Zavaleta cuando decía que Bolivia es una sociedad abigarrada en la cual conviven distintos pisos societales que siempre han generado enormes desfases en lo cultural, religioso, político, social, etc. y que eso había que empezar a resolver? ¿Por qué en vez de citar el informe del profesor americano M. Seligson –cuyos estudios han sido tremendamente cuestionados en Bolivia- no acude al Informe de Desarrollo Humano 2007 de Naciones Unidas, llamado “El estado del Estado”, donde se muestra que el país atraviesa por una crisis de Estado con múltiples aristas y que la Nueva Constitución se inscribe en ese tenso proceso de transformación estatal? ¿Por qué nunca menciona ninguna reflexión del grupo Comuna, que es uno de los polos intelectuales que han marcado el pensamiento boliviano en la última década?

En fin, los temas son muchos y no se los puede abarcar en este corto espacio, pero creo que sería mucho más saludable para el público que lee Proceso en México tener mejores fuentes analíticas de lo que pasa en Bolivia, en vez de recibir solamente informes que, claramente, tienen una intención política.

Lo saludo atentamente,

Dr. Hugo José Suárez
Instituto de Investigaciones Sociales
UNAM

miércoles, 14 de enero de 2009

Cielos y cerros (La Paz - Bolivia)





















El cielo y el cerro en La Paz compiten por el protagonismo. El intenso azul quiere opacar al rojo iluminado por la luz del sol. El blanco de la nieve de las grandes montañas se jalonea la atención con las nubes blancas que contrastan con la oscuridad cuando la noche anuncia su llegada. Y sin embargo el uno no existe sin el otro. El cielo no se entiende sin el cerro, y sólo con su mágico baile se entiende la fascinación que tenemos los paceños por vivir entre las montañas y las nubes.







martes, 13 de enero de 2009

Olores paceños

Se queda corto Jaime Saenz al decir que “el olor del huano es un misterio” (Piedra Imán). Todo olor es misterioso porque convoca y evoca, transporta y moviliza. Dicen que incluso en situaciones extremas de salud mental, es el olor el que logra despertar la memoria del enfermo que está a punto de perder su pasado.

Para mí, caminar por la ciudad de La Paz es un intenso tránsito por sus olores, y los recuerdos que ellos me despiertan.

Cruzar por uno de los puentes del río Choqueyapu, a la altura de la Avenida Roma, es sentir uno de los olores que me acompañaron cada salida del colegio (el San Ignacio, en Següencoma) a las 12:30 con el sol a cuestas y las ansias de llegar a casa a descansar.

El olor de los pollos Copacabana en la calle Comercio -y ahora en la Av. Ballivián- me transporta al ritual de los viernes a medio día, cuando como burócrata internacional trabajaba horario continuo y comía en la oficina los inolvidables pollos que impregnaban con lo suyo al edificio entero.

El inconfundible olor a minibús cerrado al cual hay que introducirse doblándose en tres a las 18:30 para ser partícipe de un hermético y apretado desplazamiento del centro hacia el sur de la ciudad, estrechando lazos con los anónimos vecinos del viaje urbano.

El olor de la garapiña, tan intenso como su color, que acompaña al chicharrón de Irpavi los domingos.

El memorable olor de los “donuts” –o “rosquillas” como los llama Homero Simpson- de la 6 de agosto que se dejan sentir una cuadra más arriba y aseguran el encuentro con algún conocido antes de llegar a la Aspiazu.

En fin, tantos olores paceños, todos profundos y penetrantes, que nos conducen por los laberintos de la memoria y son testigos de nuestros consumos urbanos. Sin ellos, la ciudad no sería nuestra ciudad.

miércoles, 7 de enero de 2009

La magullada imparcialidad periodística

En la página tres del periódico boliviano La Prensa del martes 23 de diciembre del 2008, la sección “usted decide” publicó una nota de cuatro columnas (21 X 10 cm), arriba a la izquierda, donde se informaba que el prefecto cruceño “Costas hace campaña por el No”. El texto estaba acompañado de una fotografía en la cual el mencionado personaje aparecía sonriendo al lado de jóvenes muchachas en cuyas poleras estaba inscrito un rotundo “No”.

En la página cinco del mismo periódico en la misma fecha, un pequeño titular de una columna en parte inferior derecha anunciaba “Presidente hace campaña por el Sí en Llalagua”. La información estaba acompañada por 14 filas de texto (7 X 5 cm).

Extraña manera de entender la imparcialidad periodística que distribuye posiciones y espacios de dos noticias similares en lugares jerárquicamente opuestos. ¿No sería más honesto declararse abiertamente a favor del “No” y en contra del gobierno? Al menos así tendríamos más claro que el mencionado periódico es un actor más en el juego político, y no un órgano de información medianamente neutral, como pretende presentarse ante su público.