viernes, 26 de junio de 2009

Fidelia

Nunca supe su apellido. Fidelia venía a casa regularmente, pero era imposible agendar sus visitas. Aparecía y ya. Ignorábamos su teléfono, dirección o alguna información más privada. Cada que llegaba, mi madre y abuela la recibían con un “¡dónde te has perdido, pero que bueno que viniste!”.

Y es cierto. Su llegada siempre era bienvenida. Fidelia era una costurera de mucha calidad, dominaba el “zurcido invisible” con el que impresionaba a propios y extraños. A su arribo, una canasta de ropa le esperaba: botones que poner, calcetines que zurcir, camisas que coser, trajes que adecuar. Una parte del trabajo lo hacía en casa, otra se la llevaba, y todos esperábamos con ansias su próxima visita.

Eso sí, Fidelia tenía fama de floja. No hacía otro trabajo que no sea el de su oficio. Dificilísimo meterla a la cocina, no a cocinar, sino a lavar platos, ordenar trastes y servir el té. Por ello mi abuelita, especialista en categorizar a las personas que hacían servicios, le puso el apodo de “mano sobre mano”. Yo nunca entendí tal sobrenombre, hasta que una tarde la vi, sentada frente a la televisión “mano sobre mano”. Tal cual. Tenía la capacidad de quedarse toda una tarde, sin exagerar ni un minuto, viendo la tele en la misma posición, hasta que cayera la noche y llegara la hora de partir.

Ignoro el paradero actual de Fidelia, la fiel, pero los botones que cosió a mis camisas siguen tan firmes como la memoria con la que hoy la evoco.

jueves, 4 de junio de 2009

El piano

Eran los años de la dictadura en Bolivia, seguramente la de García Meza. Una amiga de mi papá tuvo que salir bruscamente del país, y dejó un piano a su recaudo. Tengo grabada la imagen del traslado del pesado y voluminoso instrumento: eran como seis o siete personas que bajaron por unas escaleras en espiral dos pisos de un sencillo departamento cerca al Parque Riosiño, dejando las paredes rasguñadas por el mueble. Cuando llegó a mi casa, ya bastante destemplado, el piano ocupó el lugar principal. Se lo veía desde la entrada, y sus notas se escuchaban una cuadra antes de llegar a la puerta.

Recuerdo a mi papá tocando en él Historia de amor (Astrud Gilberto). Habrá sido unas semanas antes de que lo mataran. También tengo en mente las varias ocasiones en las que improvisaba o sacaba canciones “al oído”, mientras nosotros estábamos alrededor suyo. Mis manos y las de mi hermana también pasaron por esas teclas, aunque ella fue más apasionada y prolífica que yo. Con los años, el mueble se convirtió en un miembro más de la familia que sostenía y traducía nuestras nostalgias y emociones.

Un par de décadas más tarde, cuando volví de un largo viaje, me encontré con la dueña del piano. Ella le había perdido la pista, y mi traicionera sinceridad hizo recordarle que lo tenía en casa. Unos días después vino a recogerlo. Mi conciencia quedó tranquila, pero su partida dejó un vacío, y no sólo en la sala. Hoy, a tanta distancia, cada que escucho azarosamente la melodía que tocaba mi papá y que yo sólo puedo tararearla, se me estremece el alma, y revivo su imagen sentado en el enigmático piano tocando esas inolvidables notas.