jueves, 23 de diciembre de 2010

Apoyo a Luis Revilla

¿A dónde vas Evo?

Hugo José Suárez

A Luis Suárez, que hubiera cumplido 67 años estos días

Desde que Evo Morales llegó a la presidencia he sido un militante defensor de su proyecto. He difundido sus políticas en foros y plazas, escrito artículos y libros, porque tengo claro que él representaba un ineludible ajuste con la historia. En la distancia donde me encuentro, le he dedicado horas a la lectura de periódicos y correos, me he enfrascado en discusiones eternas argumentando a su favor, y me ha hervido la sangre cuando escuchaba tanta tontería que se decía en su contra.

Pero pasadas las principales tormentas, las elecciones municipales del 2010 empezaron a preocuparme. No entendía cómo, en el caso de La Paz, el MAS lanzaba una artillería espantosa contra Juan del Granado y Luis Revilla, hombres honestos, de izquierda, solidarios y que en los momentos más duros del gobierno, no dudaron en apoyar al Presidente, poniendo en juego sus propios capitales políticos. Me parecía comprensible que se suba el tono de campaña, pero llegar a los extremos discursivos no consideraba lo más pertinente. Siempre tuve presente la idea de que el peor enemigo de la izquierda era su capacidad de autodestrucción y división, y eso veía emerger en aquellos debates.

Pero ahora las cosas están asumiendo un rumbo patético. En verdad me cuesta creer que el gobierno se esté empeñando en poner al banquillo de los acusados a Juan y Luis. No puedo concebir que utilicen todos los canales –legales, políticos o autoritarios- para eliminar a piezas clave de la construcción de la nación. Duele. Me invade un sentimiento similar a cuando veía la paulatina descomposición del MIR de Jaime Paz en los 80, que emborrachado por el poder perdió el norte y, poco a poco se fue convirtiendo en un espantoso espectro. Son otras razones, otras circunstancias y caminos, pero desde esta tribuna de observador que me toca en los dos procesos, veo como el tiempo y el poder son capaces de obnubilar los más nobles ideales. Siento una angustia parecida. También me viene a la mente cómo la derecha pretendió bloquear el inicio de la gestión de Juan del Granado en el 2000 buscando tres pies al gato con el caso de los mingitorios. Cuánto hubiera perdido La Paz y en general la izquierda boliviana si la mezquindad hubiera triunfado en ese momento.

Veo cómo el MAS va transitando de ser un partido de esperanza, pilar de un proyecto socialista, a un autoritarismo que apunta su artillería no hacia la derecha sino hacia el surgimiento de nuevas izquierdas que tendrían mucho que contribuir. En vez de apoyar, destroza. En vez de dialogar, acusa. En vez de encontrar puentes, subraya las diferencias. En vez de impulsar una sana diversidad progresista, se refugia en la homogeneidad destructiva.

Siempre he pensado que el enemigo principal del proyecto socialista, más que la oligarquía oriental, eran las propias lógicas perversas del MAS que podrían acabar con Evo. El principal enemigo de Evo es el MAS, y en cierto sentido, una parte del propio Evo.

Estás a tiempo, Evo. Albergo la esperanza de que todavía se pueda rectificar esa actitud de rey chiquito, mirar al país como un estadista y a la historia como un gigante, antes de convertirte en el corta-cabezas de lo que pudiera hacerte sombra. Escucha las voces de tu pasado, piensa en el futuro del país y del proyecto, mira adelante, más allá de ti mismo -¿qué hay después de la era de Evo?- y de los intereses puntuales de quienes te rodean; identifica con mayor claridad a los enemigos, a los adversarios y a los aliados. Suma, no restes. Construye, convoca, invita; no fiscalices y condenes erróneamente. Sólo así será posible creer que esto va a largo plazo, que no estamos asistiendo al inicio del fin, y que el sueño no empieza a convertirse en pesadilla.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Esquina de las fantasías



Y en esa esquina, vacía, me permití llenar la mesa con mis fantasías. Invité a mis mejores amigos, a los más cercanos, frente a quienes no tengo nada -o poco- que decir y que ocultar. Y la noche siguió hasta que el vino hiciera lo suyo, y el frío viento me devolviera a la realidad. No era más que una esquina vacía, bella, pero vacía.

Santiago de Compostela


Con la magia de Compostela, donde las realidades se trastocan y el viaje a la imaginación comienza.

Volviendo a la imagen


Voy a volver a la imagen, a aquella que me encantó, que me embrujó -diría Weber- y que durante años me invitó a ver el mundo como un conjunto de formas que dialogan entre sí. Voy a volver a mirar diferente las calles, la gente, las motos, las texturas, las líneas, la luz, los espejos. Voy a volver a acariciar los micropaisajes con mis ojos, buscando los límites de un encuadre, una coincidencia de objetos, un reflejo creador, un coqueteo entre las cosas. Y lo voy a hacer así, desempolvando viejos proyectos o compartiendo nuevas tomas. Voy a volver a desnudarme, a mostrar en lo que me he fijado, donde se ha detenido mi vista. Voy a volver a exponer-me. Va pues, es una invitación a mirar, a escuchar y a sentir.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

La pedagogía del embarazo

Aquella tarde, mi hijo de trece años llegó a casa avergonzado. Unos días atrás, la maestra de Formación Cívica y Ética –de segundo de secundaria- les había dado una tarea difícil: con la intención de que experimentaran lo que es un embarazo, varones y mujeres debían colocarse una bolsa de un kilo de harina amarrada en la barriga y no quitársela durante una semana (ni para dormir). Él cumplió parte de su deber, pero al volver de la escuela en el transporte público –además de que no faltaban quienes lo miraban raro- el empaque comenzó a ceder, y un polvo blanco se expandió a su alrededor. Aunque no ocurrió lo más terrible, que sería la ruptura de la bolsa con el regadero de harina a unos metros a su redonda –lo que imagino que para la maestra sería semejante a un aborto-, cuando llegó a casa no pudo más y soltó un rosario de angustiosas preguntas. Con la intención de encontrarle algún sentido a la tarea, entablamos una charla sobre sexualidad, protección, enfermedades, sentimientos, y todas esas cosas que se supone que uno tiene mayor conocimiento –digo, es un decir, por supuesto erróneo-. La interrogante con que abrimos el intercambio fue: “¿sabes para qué la maestra les ha dado esa instrucción?”; su respuesta estuvo contundente: “para que sepamos que el embarazo es horrible”. Siguió una hora de palabras, pero me quedé pensando en la pedagogía detrás del ejercicio. Sin duda el tiro salió chueco. La semana siguiente, les toca una nueva labor: llevar una muñeca –un bebé- y atenderla por siete días (comprarle pañales con su dinero, cargarla por las calles, ocuparse de su ficticia alimentación, etc.). Espero que luego de la experiencia la conclusión no sea: “tener hijos es espantoso”. Habrá que esperar.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Propio y ajeno

Roger Bartra reproduce en su blog el diálogo con un amigo y colega suyo, Galo Gómez, quien luego de varios años en México volvió a su natal Chile. En el largo comentario, cuenta un intercambio sobre la reinserción vivida por Galo, a lo que Roger responde:

“Envidio la experiencia de regresar a tu país –le contesté–, con tu bagaje extraño de "otredad". Como yo soy criollo, me doy cuenta de que no hay "regreso" a ninguna parte”.

Y ahí me detengo. Es cierto que quienes hemos vivido la experiencia de pasar años lejos, cuando volvemos cargamos el “extraño bagaje” que filtra nuestra mirada. A la vuelta, durante unos meses todo suscita el asombro, desde la nueva avenida hasta la risa ya casi olvidada del amigo. El regreso explota en emociones -como recuerda Matilde Casazola-; la melodía, el sabor, el acento, el olor, nos remueven por dentro, hasta que reencontramos la armonía, y todo fluye de nuevo con naturalidad.

Pero a la vuelta de los años, habemos quienes volvemos a sacar las maletas, y comienza otro ciclo. Me ha tocado hasta el cansancio estar afuera y volver. Aunque en la aritmética de los años la balanza todavía se inclina hacia el tiempo pasado en Bolivia, poco a poco la tendencia es al equilibrio, y pronto será más largo el período en el extranjero. Hoy que me instalé en México, la experiencia de “otredad” respecto de lo mío me acompaña inevitablemente.

Los que se quedaron –amigos y familia-, tienen al tiempo como testigo del cambio, él es -con las fotografías que son sus fieles e implacables aliadas- el que se encarga de recordarles que las cosas transcurren, que nada es como ayer. Para mí en cambio, además del tiempo, es el espacio el que marca la distancia. Tiempo y espacio moldean mi melancolía, mi relación con Bolivia.

A menudo me han preguntado si algún día volveré –no de vacación-, y todo indica que la respuesta es negativa. Tampoco me distraigo con la idílica idea de que cuando me jubile pasaré mis años en las calles de La Paz. Pero también cada vez sé con mayor claridad que nunca podré dejarla, que gozaré de su compañía sea alborotando los recuerdos o alimentando la cotidianidad. Y vuelvo a Roger y Galo, a mi manera de ser “criollo” y “otro” a la vez; o más bien no ser ni totalmente “criollo”, ni totalmente “otro”. Vivir en el difuso espacio de extranjeridad y pertenencia. En esta ambigua e irresuelta tensión, acudo nuevamente a Sáenz: "Recuerdo y no recuerdo; siento y no siento; miro y no miro. Pero, ello no obstante, todo está. Yo estoy allá, mirando una mirada. Y también estoy aquí, mirando no sé qué. Mirándome a mí, en realidad".

martes, 5 de octubre de 2010

Una cosa es una cosa...

…y otra cosa es otra cosa. Esa es una de las frases emblemáticas que se repiten en la película mexicana El Infierno de Luis Estrada estrenada este septiembre. El filme es una lectura hipercrítica de las celebraciones del bicentenario de la independencia en México, donde se pretendió armar un ruidoso espectáculo que oculte la cruda realidad cotidiana en un país teñido por la incontrolable sangre generada por el narcotráfico. Con una excepcional pertinencia, el mismo mes en que las autoridades prepararon los fuegos artificiales que acompañan tradicionalmente el famoso “Grito”, se estrenó la película cuya frase que la acompaña es: “nada que celebrar”.

Pero no quiero referirme a la intención política de la propuesta, sino al trasfondo sociológico de la frase en cuestión. Y para ello, hay que recordar uno de los contextos en que es pronunciada: cuando uno de los matones del narco llega a su casa después de haber mostrado su crueldad al matar a varias personas, es recibido por su dulce esposa –embarazada- y cinco cariñosos hijos. Ante el asombro que le expresa el amigo que lo acompaña por el contraste de las situaciones, su respuesta es: “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”; y esa sentencia se la repite en distintas ocasiones.

La idea que está detrás es la capacidad de la separación de las esferas de la vida cotidiana que no necesariamente tienen que estar en armonía. Quizás hasta los años 70 u 80 uno de los paradigmas que primaba era el de la coherencia; así, un buen trabajador debería tender a ser buen padre, buen hermano, buen militante, buen vecino, como si una sola esencia adquiriera forma en los distintos ámbitos. Desde el cristianismo de liberación, se puede traer a colación el ejemplo de Néstor Paz que representa el extremo de coherencia perfecta: en sus escritos apela a la divinidad, al amor y al compromiso político desde un mismo argumento. Pero también se podría contrastar con un modelo de católico conservador que deba ser “trabajador intachable, esposo y padre ejemplar” (como diría Sabina). En ambos polos, el principio de base era la consistencia que atraviese los roles que un individuo debe vivir (padre, madre, hijo, hermano, amante, estudiante, trabajador, etc.). En lo intelectual las exigencias iban también de la mano, y figuras exageradas como Jean Paul Sartre mostraban que se podía ser excelente novelista, dramaturgo, director de periódico, filósofo y profesor a la vez. Así, se me viene a la mente el título del clásico de Marcuse: El hombre unidiemensional.

Pero las cosas han cambiado. La organización de la cotidianidad actual –desde la territorial hasta la complejidad laboral- permite una distancia contundente entre las obligaciones sociales, y no son pocas las expresiones culturales –pensemos en películas, canciones o novelas- que así lo develen. Se puede ser un excelente estudiante y un mal profesional; un responsable jefe de familia y un visitador compulsivo de casas de prostitución; un aburrido amante y un gran marido. No digo que estas situaciones no existieran antes, sino que el modelo ideal era otro, y todo indica que en la actualidad prevalece el paradigma del desfase, teniendo los individuos que administrar la diferencia expresada en sus identidades y comportamientos dependiendo del lugar social en el que tengan que actuar, sin que esto sea un indicador de hipocresía. La diversidad ha penetrado en las profundidades de la subjetividad. Y pienso en El hombre plural, de Bernard Lahire.
Por eso, volviendo a El Infierno, la frase tiene una capacidad explicativa sociológicamente mayor. Sin duda, hoy más que nunca, “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pablo González Casanova. Nuevo libro


Cinco días antes marco en mi agenda: ir el viernes tres de septiembre a la presentación del libro De la sociología del poder a la sociología de la explotación. Pensar América Latina en el Siglo XXI (disponible en Internet), de Pablo González Casanova. Cuando llego al Auditorio Fernando Benítez de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) donde se llevará a cabo el evento, el lugar está repleto. En el pasillo externo los estudiantes sentados en el suelo esperan la transmisión de la señal en una pequeña televisión improvisada. Intentando no pisar a nadie, avanzo entre los cuerpos y logro ubicarme en la puerta; saco provecho de mi altura y alcanzo a mirar el podio. Cinco comentaristas acompañan a Don Pablo: Horacio Cerutti, Luis Hernández Navarro, Gilberto López y Rivas, Marcos Roitman y Rodolfo Stavenhagen; modera el director de la Facultad, Fernando Castañeda.

Cada uno toma la palabra en su turno. Alguno destaca la importancia de su obra sociológica, su creatividad conceptual y pertinencia al construir categorías. Otro subraya sus iniciativas institucionales, la inquietud por abrir y consolidar espacios universitarios desde los cuales se pueda investigar con libertad y autonomía. Por supuesto que se subraya su compromiso, su vínculo con los movimientos sociales más radicales –en el sentido de que se van de la raíz de los problemas-, tanto nacionales –entre otros el zapatismo- como internacionales. Se recuerda su permanente solidaridad con las iniciativas socialistas globales.

Don Pablo es uno de esos intelectuales comprometidos de los años 60 que supo combinar rigurosidad sociológica con posición política contundente. En uno de sus textos clásicos, La democracia en México, afirmaba: “el carácter científico que pueda tener el libro no le quita una intención política”. Como varios lo han dicho, él abrió una agenda de investigación que marcó temas y desafíos durante varias décadas en México y América Latina. Cuando le tocó dirigir distintas instancias universitarias, como la Facultad, el Instituto de Investigaciones Sociales o el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades –en la UNAM-, armó colectivos internacionales que dieron como resultado decenas de libros hoy indispensables para quien quiere entender las dinámicas sociales en el continente. Supo impulsar a colegas y marcar un horizonte intelectual.

Su constante inquietud por entender una sociedad que cambia vertiginosamente, lo obligó a hacer de la renovación una característica de su pensamiento. Cada concepto que elaboró en un determinado momento pegado a la realidad que observaba, lo fue repensando de acuerdo a los nuevos acontecimientos. Pero su capacidad de innovación no fue de la mano con un proceso de derechización como sucedió a tantos académicos que en los setenta fueron progresistas y que en el nuevo siglo terminaron como intelectuales del poder. Comprender, parecería decir Don Pablo, implica criticar; y recordamos inevitablemente a Bourdieu: “Si el sociólogo tiene un papel, éste consiste más bien en dar armas que en dar lecciones”, una sociología que no incomoda, que no devela lo oculto, que ya no es impertinente, deja de ser sociología.

Esa sentencia la construyó González Casanova con su vida, su compromiso y su obra. Por eso cuando toma la palabra para presentar su libro en la Facultad, muchos acudimos a su escucharlo. Y poco antes de terminar el tránsito de los comentaristas con un auditorio todavía lleno, se va la luz. En la oscuridad, el moderador pide silencio para escuchar a Don Pablo sin micrófonos. Con sus ochenta y ocho años y la lucidez que lo caracteriza, se dirige al público silente. Habla del rol del investigador y su vinculación con el movimiento social, de la honestidad de los colegas para discutir y alimentar las discusiones, de la necesidad de pensar en conjunto. Al terminar, agradece la ausencia de la luz, que “nos permitió mayor intimidad”. Aplausos y gritos sellan el encuentro.

miércoles, 23 de junio de 2010

Adiós a Monsiváis



La muerte de Carlos Monsiváis ha llenado los periódicos de su nombre y vaciado los espíritus de muchos ¿Por qué es tan sentida su desaparición? ¿Por qué se lo llora tanto –y tantos-? ¿Por qué se lo va a extrañar?


Monsiváis fue un intelectual diferente, polifacético, íntegro. Fue cronista, militante de izquierda, amante de las culturas populares, coleccionista, ensayista; en suma, un “intelectual total”. Pero al usar este término es indispensable un paréntesis. En la tradición francesa, la idea de “intelectual total” se consolidó alrededor de la figura de Jean Paul Sartre que era capaz de intervenir en distintos ámbitos de su sociedad, desde la literatura hasta la política; desde el teatro hasta la filosofía. Fue unas décadas más adelante que Pierre Bourdieu criticó esa postura que, en su perspectiva, más bien venía a reforzar la imagen del intelectual ilustrado heredero del capital simbólico y cultural del sistema –excluyente- de educación francés. Por suerte la experiencia de Monsiváis está más allá del debate parisino. Él pasó la vida con la palabra por delante, que la entretejía con su compromiso político y su aguda capacidad de observación de la realidad.


Monsiváis fue implacable en su crítica al poder y contundente con su apoyo a las causas humanitarias. Se esforzó por desnudar a los poderosos y develar sus miserias. Fue amante de la ciudad, de su ciudad, y de la vida cotidiana en ella. Cuando su capital económico, cultural y social le hubieran permitido mudarse, por ejemplo a Coyoacán o a la Condesa, él se quedó en la Portales; ahí, con sus gatos, lejos del circuito legítimo de los consolidados hombres de la cultura. Cuando las altas autoridades nacionales -en los peores tiempos del conservadurismo gobernante- le entregaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, él asistió al evento sin corbata.

Cada uno tenía alguna historia con Monsiváis, sea con su columna, su discurso, su relato urbano, su palabra radial, su conferencia. Era imposible no haberlo cruzado de alguna forma. Se lo podía encontrar en muchos lados: en el periódico, en la revista, en la tele, en la marcha, en la librería, en la presentación del libro. Pero lo mejor, era descubrirlo así, en alguna calle de Coyoacán, caminando con su sencillez y bolsa de libros en la mano, rodeado de gente desconocida, y acompañado de los árboles y veredas. Con ese paso calmado, tímido, discreto, Monsiváis seguirá transitando por estos espacios que lo hicieron, y en nosotros quedará siempre la esperanza de toparse con él al doblar alguna esquina en la Ciudad de México.



jueves, 20 de mayo de 2010

El sapo



El sapo


Paseando por uno de los pasillos de Lovaina la Nueva (Bélgica), una vitrina detiene mi atención. Es una tienda de juegos para niños, y entre tantas cosas, se ofrece un “sapo”. Pero claro, no es un sapo cualquiera. Se trata de un pequeño mueble de unos 50 centímetros de alto, con ocho perforaciones y el batracio encima con la boca abierta. De acuerdo con las instrucciones, el jugador debe agarrar unas fichas que parecen monedas, pararse a dos metros al frente y lanzarlas procurando que caigan en los huecos, o mejor, que pasen por la pequeña boca del sapo. La casa de fabricación: Robert Jorelle (desde 1864). El nombre: El juego del barril. El precio: 136 Euros. La leyenda: Le bois, la noblesse du temps, la mémoire des hommes (La madera, nobleza del tiempo, memoria de los hombres).

El lector paceño ya habrá entendido mi pregunta: ¿Qué hace el tradicional juego de La Paz en una versión infantil en una tienda en Europa? Sumergido en mi ignorancia, y con mi chovinismo cultural encendido, pregunto a los amigos en Bélgica si conocen el juego. Me dicen, para mi sorpresa, que efectivamente era una de sus diversiones de antaño. En la actualidad, el producto es, diríamos, casi un asunto gourmet: lo fabrica un artesano en madera, lo vende en lugares selectos a precios elevados.

Y ahora todo vuelca hacia mis propios recuerdos con el mismo juego en otras circunstancias. Desde niño he visto jugar a los tíos el famoso “Sapo” boliviano en las parrilladas, pero en principio la diversión estaba reservada a los adultos. Era demasiado sofisticado para los pequeños y la posición para lanzar las fichas, relativamente cómica. Recuerdo la atracción que sentía por esa especie de monedas, gruesas y pesadas, y la técnica que había que utilizar para aventarlas al “Sapo” sin que pierdan su horizontalidad. Por supuesto que era imposible hacerlas llegar correctamente a su lugar. En suma: un juego de grandes.

Y en los vaivenes entre mi pasado y el presente, vuelvo a plantearme la pregunta, ahora más sociológica: ¿Qué relación hay entre el juego de acá y el de allá? ¿Cuál fue primero? ¿Cuál recibió influencia del otro? En fin, más preguntas que respuestas, como siempre.

lunes, 19 de abril de 2010

Ferrat

En un domingo de marzo del 2010, abro el periódico y me encuentro con la noticia de la muerte de Jean Ferrat. Inevitablemente mis recuerdos se alborotan. Recorro episodios de mi vida entrelazada a su música. Habrá sido en el ochenta y dos, cuando mi madre partió a Francia con una beca de tres meses, que para mis doce años fueron percibidos como treinta. A su vuelta, además de quesos, fotos y regalos, su maleta y su espíritu traían un hallazgo: Ferrat.

Yo no sabía francés, así que las canciones sólo eran decoficables a través del relato de Betina. Y entre los discos –por supuesto de vinilo-, estaba acaso uno de los más emblemáticos: Ferrat 80; que traía la canción Le bilan. Sólo décadas más tarde entendí que la palabra significaba “el balance”, y que efectivamente Ferrat en aquel álbum, y sobre todo en aquella canción, hacía una evaluación política y personal de lo recorrido. Del primer encuentro, recuerdo las letras dedicadas a su mascota a quien le decía algo como “entre tú y yo no se sabía quién era el amo”; o el “quítate la camisa” dedicado a la amada. Acompañaba a los afectos, la explicación que mi madre hacía de su compromiso político, de su forma de vida en un pequeño pueblo de provincia, de su sencillez.

Un tiempo más tarde, pude escuchar a Ferrat sin intermediarios. Volví a Le Bilan, “a los ideales que nos hicieron combatir y que todavía hoy día nos empujan a la lucha”; entendí su crítica a las perversiones del “socialismo de caricatura”, sin abandonar la responsabilidad por construir un futuro sin sufrimiento vigilante de los “poderes de la tierra y del cielo”. Su reivindicación del canto en francés, resistiendo la aplanadora norteamericana.

Hace poco, un técnico paceño digitalizó los dos álbumes de mi madre, Ferrat 80 y Enregistrement 1979. Ahora los escucho en copias de discos compactos con la nostalgia del primer momento, y con la mayor admiración por el artista que supo administrar creación, ternura y compromiso. Y como escribo desde México, no puedo dejar de evocar la reciente partida de Carlos Montemayor, que desde la literatura, cantaba la misma melodía que Jean Ferrat.

domingo, 11 de abril de 2010

Alicia

Alicia es maravillosa, inagotable, impredecible. Cuando Lewis Carroll la pensó, su ingenio dibujó uno de los más seductores personajes de la literatura, que seguiría conmoviendo siglos más tarde. Claro, Alicia inspira, seduce, y ahora el turno le tocó a Tim Burton. Su filme que ha abarrotado salas en el mundo entero, es una libre y autónoma interpretación; no es una película “basada en”, sino “inspirada en”. El director crea una nueva Alicia, que poco tiene que ver con la idea original. El puente entre las dos obras es endeble, casi anecdótico. Por eso hay que ver la película no como un sustituto del libro, y menos como una continuación, sino como una alegoría, casi un homenaje al escritor inglés.

Burton construye un personaje heroico -entre otras cosas con una excesiva presencia del hombre de los sombreros que casi compite con Alicia por el protagonismo-, capaz de luchar contra monstruos en terribles batallas. Por el escenario y la destreza para la lucha, parecería que no estamos frente a la niña de envidiable imaginación, sino más bien frente a un guerrero prestado de El Señor de los Anillos.

Por otro lado, en la parte “realista” de la historia, Burton muestra una joven inglesa que es capaz de quebrar con los principales ritos de su sociedad y salir ilesa, incluso premiada por su potencial suegro. Es tan atrevida que rechaza al pretendiente perfecto, en un escenario donde todas las variables están controladas, y la improvisación es impensable. Así las cosas, en una lógica social como la que se narra, la Alicia de Burton sería una transgresora condenada a convertirse en una hereje. Su destino sería la marginalidad, el exilio. Y quizás ese es el principal error de la película –o mayor acierto según se vea-: construye un personaje en el siglo XIX con las pertinencias morales del siglo XX. El paradigma de la individuación del cual se ha ocupado la sociología, que invita a los sujetos a ser actores de su propia historia, más allá de las coerciones sociales, es pensable como modelo de referencia sólo en nuestra época, y está fuera del horizonte de sentido de Lewis Carroll. De hecho para él este no es un tema, no le interesa, no es su preocupación al narrar las aventuras de Alicia.

Por eso, aunque la producción de la película es impecable y los minutos que uno pasa en la sala de cine son deliciosos, me quedo con Carroll. Mientras que para Burton, Alicia mira por una ventana empañada, y el borroso reflejo sólo enseña lo que el director tiene en la cabeza; para Lewis, Alicia atraviesa un espejo, y nos invita a recorrer un país maravilloso, en lo que se convierte en un homenaje a la imaginación. La obra de Carroll es un clásico, la de Burton, un divertimento.

viernes, 12 de febrero de 2010

Sobre el campo religioso en México



Boletín UNAM-DGCS-086
Ciudad Universitaria
06:00 hrs. 9 de febrero de 2010




ANALIZAN EN LA UNAM CONFIGURACIÓN DE LAS CREENCIAS RELIGIOSAS EN LOS MEXICANOS



• Hoy, la gente se está relacionando con lo sagrado a través de dinámicas propias, afirmó el investigador del IIS, Hugo José Suárez
• El vínculo directo que había entre instituciones religiosas y sus creyentes se ha roto, sostuvo
• A través de sus investigaciones, el sociólogo busca tratar de determinar cómo la gente va construyendo sus creencias

En la actualidad, las formas de respuesta a la fe tienen una orientación que no va en la misma dirección de las propuestas de las distintas instituciones religiosas, afirmó Hugo José Suárez Suárez, investigador del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) de la UNAM.

Hoy vemos modelos de comportamiento religioso que trascienden las distintas ofertas, porque la gente se está relacionando con lo sagrado a través de dinámicas propias, precisó.

Estamos en un momento en que las relaciones de los individuos con las instituciones, que en un momento dado eran las encargadas de ofrecer las normas con claridad y sin discusión, se están transformando, advirtió el sociólogo.

En ese sentido, subrayó, podemos afirmar que el vínculo directo que había entre instituciones religiosas y sus creyentes se ha roto.

Al hablar sobre su proyecto de investigación Creencias y formas religiosas en la Colonia El Ajusco indicó que sus trabajos actuales están concentrados, básicamente, en indagar sobre los procesos de construcción del sentido religioso en México, en general.

Me interesa saber en qué sitio está realmente la religión, pero no en términos de las también denominadas “empresas de salvación”, sino en tratar de determinar cómo la gente va construyendo sus creencias, acotó.

Se trata de un posicionamiento conceptual y no me interesa la opinión de alguna autoridad religiosa, sino más bien determinar cómo la persona común construye sus dogmas, recalcó.

Para realizar este estudio, elegí la colonia Ajusco por su carácter urbano, popular, un sitio donde no hay mucha tradición ni una herencia cultural ancestral, mencionó.

Es un lugar donde la gente es relativamente de reciente llegada, presenta un flujo de migración interna y es resultado de la conformación del paisaje urbano de los últimos 50 años. Además, aquí tampoco hay un predominio excluyente de una opción religiosa, refirió.

En primera instancia, dijo, se trata de encontrar cómo se conforma el campo religioso en esta colonia, en términos de oferta institucional a partir de entrevistas con personas vinculadas a los centros de profesión de algún culto y mediante la observación del propio barrio, sus ceremonias y festividades religiosas.

Hasta el momento, hemos encontrado que en el Ajusco tenemos una diversidad religiosa remarcable y hemos podido constatar la vitalidad de lo religioso, informó.

También, agregó, la participación en eventos religiosos es muy importante en esta colonia, semanalmente alrededor de 10 por ciento de la población asiste a actos de esta naturaleza.

La diversidad de oferta es un dato notable ya que los domingos ahí se llevan a cabo entre 25 y 30 celebraciones religiosas de distintos cultos, apuntó.

En cuanto a la oferta, mencionó, hay iglesias católicas, protestantes, pentescostales, mormones, testigos de Jehová, de santería y de la santa muerte, por mencionar algunas.

Aunado a ello, se encuentran en las calles alrededor de 40 altares que también representan pequeñas expresiones de culto a diversos santos o a la virgen de Guadalupe, señaló.

Como parte de este proyecto, Hugo José Suárez realiza actualmente entrevistas de profundidad y una encuesta que le permitirá identificar los principales modelos de tipo de creyente.

Después se prevé, como parte de la observación a futuro, determinar en qué medida nuestras conclusiones pueden ser más globales, destacó.

Otras líneas de investigación de Hugo José Suárez están relacionadas el análisis de contenido en torno al tema de la religión, la teoría sociológica contemporánea, así como con cuestiones de cultura y política en Bolivia.

– o0o –

jueves, 4 de febrero de 2010

Sombras


En la UNAM

Después de largas e intensas jornadas, ahora sí, en la UNAM.