miércoles, 23 de junio de 2010

Adiós a Monsiváis



La muerte de Carlos Monsiváis ha llenado los periódicos de su nombre y vaciado los espíritus de muchos ¿Por qué es tan sentida su desaparición? ¿Por qué se lo llora tanto –y tantos-? ¿Por qué se lo va a extrañar?


Monsiváis fue un intelectual diferente, polifacético, íntegro. Fue cronista, militante de izquierda, amante de las culturas populares, coleccionista, ensayista; en suma, un “intelectual total”. Pero al usar este término es indispensable un paréntesis. En la tradición francesa, la idea de “intelectual total” se consolidó alrededor de la figura de Jean Paul Sartre que era capaz de intervenir en distintos ámbitos de su sociedad, desde la literatura hasta la política; desde el teatro hasta la filosofía. Fue unas décadas más adelante que Pierre Bourdieu criticó esa postura que, en su perspectiva, más bien venía a reforzar la imagen del intelectual ilustrado heredero del capital simbólico y cultural del sistema –excluyente- de educación francés. Por suerte la experiencia de Monsiváis está más allá del debate parisino. Él pasó la vida con la palabra por delante, que la entretejía con su compromiso político y su aguda capacidad de observación de la realidad.


Monsiváis fue implacable en su crítica al poder y contundente con su apoyo a las causas humanitarias. Se esforzó por desnudar a los poderosos y develar sus miserias. Fue amante de la ciudad, de su ciudad, y de la vida cotidiana en ella. Cuando su capital económico, cultural y social le hubieran permitido mudarse, por ejemplo a Coyoacán o a la Condesa, él se quedó en la Portales; ahí, con sus gatos, lejos del circuito legítimo de los consolidados hombres de la cultura. Cuando las altas autoridades nacionales -en los peores tiempos del conservadurismo gobernante- le entregaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, él asistió al evento sin corbata.

Cada uno tenía alguna historia con Monsiváis, sea con su columna, su discurso, su relato urbano, su palabra radial, su conferencia. Era imposible no haberlo cruzado de alguna forma. Se lo podía encontrar en muchos lados: en el periódico, en la revista, en la tele, en la marcha, en la librería, en la presentación del libro. Pero lo mejor, era descubrirlo así, en alguna calle de Coyoacán, caminando con su sencillez y bolsa de libros en la mano, rodeado de gente desconocida, y acompañado de los árboles y veredas. Con ese paso calmado, tímido, discreto, Monsiváis seguirá transitando por estos espacios que lo hicieron, y en nosotros quedará siempre la esperanza de toparse con él al doblar alguna esquina en la Ciudad de México.