miércoles, 17 de noviembre de 2010

La pedagogía del embarazo

Aquella tarde, mi hijo de trece años llegó a casa avergonzado. Unos días atrás, la maestra de Formación Cívica y Ética –de segundo de secundaria- les había dado una tarea difícil: con la intención de que experimentaran lo que es un embarazo, varones y mujeres debían colocarse una bolsa de un kilo de harina amarrada en la barriga y no quitársela durante una semana (ni para dormir). Él cumplió parte de su deber, pero al volver de la escuela en el transporte público –además de que no faltaban quienes lo miraban raro- el empaque comenzó a ceder, y un polvo blanco se expandió a su alrededor. Aunque no ocurrió lo más terrible, que sería la ruptura de la bolsa con el regadero de harina a unos metros a su redonda –lo que imagino que para la maestra sería semejante a un aborto-, cuando llegó a casa no pudo más y soltó un rosario de angustiosas preguntas. Con la intención de encontrarle algún sentido a la tarea, entablamos una charla sobre sexualidad, protección, enfermedades, sentimientos, y todas esas cosas que se supone que uno tiene mayor conocimiento –digo, es un decir, por supuesto erróneo-. La interrogante con que abrimos el intercambio fue: “¿sabes para qué la maestra les ha dado esa instrucción?”; su respuesta estuvo contundente: “para que sepamos que el embarazo es horrible”. Siguió una hora de palabras, pero me quedé pensando en la pedagogía detrás del ejercicio. Sin duda el tiro salió chueco. La semana siguiente, les toca una nueva labor: llevar una muñeca –un bebé- y atenderla por siete días (comprarle pañales con su dinero, cargarla por las calles, ocuparse de su ficticia alimentación, etc.). Espero que luego de la experiencia la conclusión no sea: “tener hijos es espantoso”. Habrá que esperar.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Propio y ajeno

Roger Bartra reproduce en su blog el diálogo con un amigo y colega suyo, Galo Gómez, quien luego de varios años en México volvió a su natal Chile. En el largo comentario, cuenta un intercambio sobre la reinserción vivida por Galo, a lo que Roger responde:

“Envidio la experiencia de regresar a tu país –le contesté–, con tu bagaje extraño de "otredad". Como yo soy criollo, me doy cuenta de que no hay "regreso" a ninguna parte”.

Y ahí me detengo. Es cierto que quienes hemos vivido la experiencia de pasar años lejos, cuando volvemos cargamos el “extraño bagaje” que filtra nuestra mirada. A la vuelta, durante unos meses todo suscita el asombro, desde la nueva avenida hasta la risa ya casi olvidada del amigo. El regreso explota en emociones -como recuerda Matilde Casazola-; la melodía, el sabor, el acento, el olor, nos remueven por dentro, hasta que reencontramos la armonía, y todo fluye de nuevo con naturalidad.

Pero a la vuelta de los años, habemos quienes volvemos a sacar las maletas, y comienza otro ciclo. Me ha tocado hasta el cansancio estar afuera y volver. Aunque en la aritmética de los años la balanza todavía se inclina hacia el tiempo pasado en Bolivia, poco a poco la tendencia es al equilibrio, y pronto será más largo el período en el extranjero. Hoy que me instalé en México, la experiencia de “otredad” respecto de lo mío me acompaña inevitablemente.

Los que se quedaron –amigos y familia-, tienen al tiempo como testigo del cambio, él es -con las fotografías que son sus fieles e implacables aliadas- el que se encarga de recordarles que las cosas transcurren, que nada es como ayer. Para mí en cambio, además del tiempo, es el espacio el que marca la distancia. Tiempo y espacio moldean mi melancolía, mi relación con Bolivia.

A menudo me han preguntado si algún día volveré –no de vacación-, y todo indica que la respuesta es negativa. Tampoco me distraigo con la idílica idea de que cuando me jubile pasaré mis años en las calles de La Paz. Pero también cada vez sé con mayor claridad que nunca podré dejarla, que gozaré de su compañía sea alborotando los recuerdos o alimentando la cotidianidad. Y vuelvo a Roger y Galo, a mi manera de ser “criollo” y “otro” a la vez; o más bien no ser ni totalmente “criollo”, ni totalmente “otro”. Vivir en el difuso espacio de extranjeridad y pertenencia. En esta ambigua e irresuelta tensión, acudo nuevamente a Sáenz: "Recuerdo y no recuerdo; siento y no siento; miro y no miro. Pero, ello no obstante, todo está. Yo estoy allá, mirando una mirada. Y también estoy aquí, mirando no sé qué. Mirándome a mí, en realidad".