martes, 22 de febrero de 2011

Samuel Ruiz. Adiós a un profeta


El lunes 24 de enero falleció en México, a los 86 años, Samuel Ruiz, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Perteneció a una generación de obispos que vivió una transformación en su manera de concebir la fe: partió de un catolicismo conservador y con el paso de los años se convirtió hacia un cristianismo progresista. En este camino no estuvo solo, fue parte de un colectivo de prelados de distintos países latinoamericanos: Paulo Evaristo Anrs, Brasil; Sergio Méndez Arceo, México; Arnulfo Romero, El Salvador, etc. El movimiento adquirió una fuerza institucional en las reuniones del Episcopado Latinoamericano en Medellín en 1968 y Puebla 1979. Así se conformó lo que se conocería como la Teología de la Liberación.

Pero Don Samuel puso un sello particular a esta corriente con su obra pastoral dirigida a los pueblos indios. Llegó a Chiapas a principios de los 60 nombrado por Juan XXIII. Su intención inicial fue implementar un proyecto modernizador que consistía básicamente en integrar a los indígenas –población mayoritaria en esa región- a la civilización occidental, lo que se traducía en, cómo él mismo sostenía, ponerles zapatos y enseñarles castellano. Pero la fuerza de la realidad lo fue transformando paulatinamente. Años después confesaba que con el tiempo comprendió que no era él quien tenía que encarrilar a los indios, sino que fueron ellos los que condujeron su proceso espiritual y lo ayudaron a pensar e implementar su estrategia pastoral. Así, al poco tiempo su lenguaje fue adquiriendo otro tono: al hablar de Dios, denunciaba las injusticias; para defender a Cristo, promovía los derechos humanos; y empezó a conocer nuevos rostros de Dios en otras expresiones culturales. Dejó de ser una ficha más en la distribución del poder local, y se convirtió en un defensor de los más pobres. Entonces la élite lo atacó y lo denunció, pero su opción ya no tenía vuelta atrás.

Su pastoral se esforzó por poner en el centro a la cultura local, “mi misión verdadera, asumió Don Samuel, es revalorar los derechos de los indígenas”. Fundó el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas desde donde denunció los atropellos de los poderosos. No evadió la política, comprendió que el seguimiento de Jesús implicaba la toma de posición y la defensa de los desposeídos; anunciar la buena nueva a los pobres conducía a señalar las injusticias y sus responsables. En el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, se convirtió en una figura clave. Su posición desde el principio fue contundente: luchó por un diálogo que impida que el Ejército mexicano destroce violentamente tanto a los guerrilleros como a las comunidades que estaban a su alrededor (como sucedió en Guatemala), y con contundencia señaló que la paz sólo se la conseguiría si se solucionaban los problemas sociales de pobreza e injusticia, que eran el origen del conflicto.

A lo largo de su vida el obispo supo leer los “signos de los tiempos” y ajustar su estrategia pastoral a las necesidades puntuales de su realidad. Evolucionó y respondió a las exigencias de la historia, sea promoviendo una pastoral indígena, fundando un centro de derechos humanos o luchando por la paz.

Y al repasar esa vida desde un contexto boliviano, se me vienen a la mente dos imágenes. Por un lado, su proceso es paralelo a las experiencias de Mauricio Lefebvre o Luis Espinal. ¿Qué hubieran hecho Mauricio y Lucho si el poder no les hubiera quitado la vida quedándose con nosotros unas décadas más? Por otro lado, no puedo dejar de pensar en aquellos obispos bolivianos que, habiendo vivido algunos momentos parecidos a los de Samuel Ruiz, ahora se ubican al lado de la más vergonzosa derecha nacional. ¿En qué momento perdieron la brújula? Ojalá que la partida de don Samuel, los invite a la reflexión, ilumine su inteligencia y abra sus corazones.

Se fue don Samuel. Sus restos ya descansan en la Catedral de San Cristóbal, al lado de Fray Bartolomé de las Casas, otro profeta de todos los tiempos.

martes, 15 de febrero de 2011

Racismo mediático


La edición del 30 de enero del programa televisivo dominical inglés “Top Gear” ha causado revuelo. Y no es para menos. Los tres simpáticos conductores establecen un burlesco diálogo evocando la supuesta existencia de un nuevo auto deportivo mexicano llamado “Tortilla”. El intercambio sucede más o menos así:

“¿Por qué alguien quisiera un auto mexicano? (…). Los autos reflejan las características de las naciones, por ejemplo los alemanes son bien construidos y eficientes; los italianos lujosos y veloces; los mexicanos serían holgazanes, aguados, desparramados, recargados en una barda durmiendo contemplando un cactus usando una manta con un hoyo en medio como abrigo (…). Los mexicanos tampoco saben cocinar, todo es como vómito con queso encima, vómito frito (…). ¿Te imaginas despertar y darte cuenta que eres mexicano? Sería genial porque te podrías volver a dormir, y dormir todo el día, y dirías: ‘oh, soy mexicano’. Por eso no creo que se quejen de esto, el embajador debe estar durmiendo. No se quejarán, todo está bien”.

Como suelen ser estos programas en vivo, las risas de un público activamente participante acompañan el espectáculo.

La embajada mexicana presentó su protesta y la BBC tuvo que disculparse. Sin duda se trata de una vergonzosa muestra de racismo y xenofobia que no se puede dejar pasar. Pero el caso también obliga a pensar el mismo tema desde otras latitudes. En México, los medios masivos controlados por una pequeña élite (principalmente Televisa y Tv Azteca) reproducen al interior del país imágenes racistas y discriminatorias de manera escandalosa. La caricaturización de los personajes, desde las telenovelas hasta las publicidades o noticieros, no hace más que mostrar el menosprecio de estas grandes empresas por su propia nación. La calidad de sus programas no sólo es deplorable, sino que devela, en el fondo, un desprecio por la cultura popular nacional. De hecho un conocido mío que trabaja en una de esas televisoras me comentaba en una ocasión: “nosotros sabemos que hacemos tele para idiotas, pero eso es lo que quiere la gente”. Y así también les va a los latinoamericanos o migrantes centroamericanos –más si son indígenas- que atraviesan por la pantalla chica.

Pero todo esto visto desde Bolivia, nos conduce al reciente debate sobre la Ley de Medios y el racismo. Habría mucho que decir al respecto, pero al ver a la televisión inglesa –¡la BBC!-, no me queda la menor duda de que, primero, el derecho a denigrar no tiene nada que ver con la libertad de expresión, y segundo, que la palabra en el aire tiene que estar regulada por instancias que no permitan, ni en chiste, pasar contenidos racistas o discriminatorios. No hacerlo, es un atentado a la democracia y al establecimiento de reglas de respeto mutuo. Sólo así, la convivencia entre diferentes estaría garantizada.

viernes, 11 de febrero de 2011

Por la unidad de las izquierdas


Hace un par de semanas, cuando se intensificó la artillería del gobierno contra Juan del Granado y Luis Revilla –días antes del gasolinazo-, escribí el artículo “¿A dónde vas Evo?” en el que criticaba los ataques al MSM. El pequeño texto circuló por internet, fue reproducido en la red en páginas que ni conocía y recibió una serie de comentarios. Pero también confieso que me asustó empezar a aparecer en listas de envío de personajes muy desagradables con quienes no comparto nada. Me asusta pensar que algunas personas me hayan leído como un aliado. Por ello, me permito una reacción a la reacción, para lo cual propongo una apresurada clasificación de los comentarios recibidos que, creo, refleja parte de las disputas discursivas actuales en Bolivia.

Un primer grupo, que podría denominar como los legalistas, me critican por indignarme por lo que le pasa a Juan y quedarme callado, por ejemplo, cuando se mide con la misma vara a Cossío o a Fernández. En el fondo se me acusa de oportunista y de poco apego a la defensa de las nobles leyes que ciegamente deberían ser las mismas para todos, sean de izquierda o de derecha (en México me hubieran dicho: “o todos pelones, o todos rabones”).

Una segunda orientación –diríamos el neoprogresismo desplazado- es la de quienes coinciden plenamente con mis críticas –aunque lamentan que me haya dado cuenta tan tarde (¡después de 5 años!) de que el gobierno es un desastre- y que me dan la bienvenida al mismo bando. Es un sector nutrido tanto por ex izquierdistas, como por otras orientaciones que, con diferentes grados, toman distancia crítica del proyecto.

El tercer tipo de reacción le pertenece a quienes de plano ven en mí un traidor que por mi origen étnico o de clase tenía que acabar al lado de la derecha. Se trata de una izquierda ortodoxa que todo lo diferente es evaluado con la dicotomía fiel/traidor, digna compañera de la pareja amigo/enemigo.

Por último, he recibido muy gratos comentarios de aquellos con los que me identifico, que leyeron en lo mío una crítica desde el interior, como sanas discrepancias que tienen la intención de fortalecer el proyecto de Revolución Democrática tratando de impedir que se carcoma y que sus principales actores sean los responsables de su autodestrucción. Es lo que he denominado hace años como una izquierda ecuménica.

Y esta posición la alimento de dos fuentes. Por un lado, recuerdo un artículo de Luis Suárez que lo tituló “Unidad contra el fascismo”, publicado en el semanario Aquí (16-22 de junio de 1979). En él se hacía un análisis sobre la fuerza de la derecha –entonces alrededor de Bánzer- y de la necesidad de la unidad de las izquierdas para la construcción de un proyecto popular. Por otro lado, tengo muy presente la amplitud del llamado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México que en uno de sus primeros comunicados, en junio del 96, decía: El zapatismo (…) sólo sirve, como sirven los puentes, para cruzar de un lado a otro. Por tanto, en el zapatismo caben todos, todos los que quieran cruzar de un lado a otro. Cada quien tiene su uno y otro lado. No hay recetas, líneas, estrategias, tácticas, leyes, reglamentos o consignas universales. Sólo hay un anhelo: construir un mundo mejor, es decir, nuevo”.

Ese espíritu libertario y fraterno es el que me invita a criticar lo más sana y duramente posible, lo que considero un error de Evo Morales, apelando a que no hay dogmas incuestionables ni profetas intocables en una verdadera izquierda. Pero no hay lugar para equivocarse: tengo la certeza de que el proyecto emprendido por el Presidente es lo mejor que le ha pasado a Bolivia en toda su historia. Pero en esa tarea me pregunto puntualmente –apelando al conflicto con el MSM- cuánta distancia existe -más allá de coyunturas, elecciones, personajes o personalidades- entre lo que propone Juan y lo de Evo. ¿Son realmente irreconciliables? ¿No serán más bien más tremendamente coincidentes, necesarios y complementarios? Por eso, sin duda que si el escenario fuera distinto, si Juan del Granado estuviera en función de gobierno incriminando de Evo Morales, alzaría mi palabra para denunciar lo que me parecería una barbaridad.

En suma, creo que la historia nos ha enseñado que sólo la unidad –en la diferencia, en el diálogo, en el encuentro, en la crítica fraterna y aguda- es la que nos permite pensar en un proyecto socialista. Se me podrá criticar de ingenuo, y seguramente tendrán razón: siempre he estado empapado en la política pero nunca en el poder, por lo que no conozco los encantos y argucias de la bella dama. Pero creo sinceramente que si no sabemos poner la mirada colectivamente en el futuro más allá de nuestras diferencias, seremos los responsables de la estrepitosa debacle del proyecto más importante del siglo XXI, y la historia no nos absolverá.