viernes, 25 de marzo de 2011

Con la mirada en América Latina

En uno de los estantes de la librería Gandhi, me encuentro con el libro Para verte mejor, América Latina, que reproduce 177 fotografías de Paolo Gasparini y textos de Edmundo Desnoes. Con lo que me atrae el tema, lo hojeo rápidamente y decido adquirirlo. Ya en casa, busco con calma algunos indicadores que me ubiquen, pero me quedo con muchas preguntas. La primera edición salió en 1972, y la segunda en el 2009, ambas por Siglo XXI. Pero no hay un prólogo que me indique las circunstancias del primer volumen, el por qué de la reimpresión después de tanto tiempo, qué fue de la vida de Gasparini y Desnoes. Poco importa, el libro me interesa.

En sus páginas, me encuentro con deliciosos retratos de un continente que ya no existe y que, a la vez, sigue tan idéntico como hace cuatro décadas. Las imágenes se concentran en cinco tensiones y contrastes.

Los bandazos. Varias fotos recogen tomas confrontadas: edificios modernos y pobreza; autos lujosos y mendigos; publicidades de refrescos acompañadas de la miseria urbana. Aquí, parecen decir los autores, conviven la hipermodernización con la submodernidad.

Ambigua presencia del Estado. La materialización de las formas del Estado está presente en sus héroes hechos monumentos, sus slogans impresos en las plazas centrales. Los íconos de la nación recorren interiores y exteriores. Pero la burocracia administrativa sobre todo se deja ver en policías y militares, que irrumpen en espacios públicos con la torpeza que los caracteriza.

Mercantilización de la cultura. Algunas fotos muestran el proceso de convertir en postales folklóricas a las culturas. Una tienda ofrece productos de gran valía con motivos indígenas, su nombre: Casa Inca. Tampoco falta el indígena que ofrece su artesanía a unos turistas gringos, escena acompañada de una filmadora moderna.

La fantasía publicitaria. Varias imágenes dibujan un mundo mejor: pilas, autos, cigarros, refrescos, cervezas, aparatos electrónicos y así hasta el cansancio. Son ofertas que contrastan con la realidad, son tan ajenas como ilusorias.

Y la economía en sus distintas formas: el banco (“Banco de Londres y Montreal”, “Banco de América”, “City Bank”), con sus construcciones espectaculares, sólidas, imponentes y sus guardias en la puerta; el obrero afuera, con el rostro cansado y el casco en la cabeza, la vendedora que dinamiza la economía en el “mercado informal”, el niño que trabaja en la calle por unos centavos.

Es cierto, los autores juegan al contraste, pero no exageran, registran. Imprimen tal vez las contradicciones fundamentales de América Latina, en la cultura, en la economía, en las formas de la nación y el Estado. Leer estas imágenes a cuatro décadas de distancia nos devuelve la pregunta sobre nuestro rumbo y nos invita a evaluar nuestras acciones.

martes, 22 de marzo de 2011

Amor público

En el tránsito cotidiano de mi casa al Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, paso regularmente por extensos jardines con pastos y árboles, muy cerca del metro. Aunque no ande de curioso, a menudo me es difícil evitar ser partícipe de los magníficos encuentros amorosos de decenas de parejas echadas en los jardines. Como si estuvieran solos en una habitación, los enamorados se enredan sin dejar el menor espacio entre ambos. Una chamarra, un pañuelo, un cuaderno, un paliacate, todo sirve para cubrir -si es necesario- algunas partes del cuerpo privilegiadas en el contacto.

La explicación sociológica es obvia: son estudiantes jóvenes con el deseo acelerado; cada uno de ellos normalmente vive al menos a una hora de distancia de la UNAM, por lo que su único lugar de encuentro es en la Universidad; no existen alrededor moteles o espacios de intimidad que permitan satisfacer sus necesidades sexuales en privado; etc. Pero hay más, claro, mucho más.

Por un lado, pienso en la eficacia de la satisfacción limitada del deseo. Como por lo pronto en el pasto no se llega al contacto genital y al orgasmo, se trata de un momento de intensificación del deseo controlando que no se desborde; es un acelerar sin llegar a la meta, lo que promete una continuidad, un segundo encuentro donde tal vez se llegue a lo mismo, hasta que finalmente, en alguna circunstancia, se culmine con el acto sexual. Ese formato de sexualidad, propia del enamoramiento callejero es todo lo contrario al sexo en la pareja consolidada, donde la sorpresa no es el principal componente y casi todo es relativamente previsible. El sexo travieso, anárquico, impredecible, arriesgado y atrevido está reservado para los amores iniciales que tienen muchos obstáculos operativos que superar.

Pero por otro lado, no deja de ser cierto lo que Georges Brassens canta en “Los amorosos que se besan en los bancos públicos”. Es ahí, nos dice Brassens, donde se habla del futuro, del color de las paredes de su cuarto, se pone nombre a los hijos que vendrán. Es un momento para la fantasía, para dejar que el amor sea el arquitecto del proyecto de pareja.

Los años harán lo suyo, y si las parejas que ahora se revuelcan en los pastos se convierten más tarde en matrimonios estables, dormirán y despertarán juntos –con pijamas-, no volverán a echarse en un lugar público para sentir el cuerpo del otro, y tendrán que ocuparse de la vida cotidiana, la suya y la de los hijos. Es decir, diría el sociólogo italiano Francesco Alberoni, dejarán de estar enamorados y conocerán el amor.

Como fuera, más allá del avenir que les espera, los amorosos públicos de la UNAM no dejan de atrapar mi mirada, y acaso mi nostalgia.

martes, 15 de marzo de 2011

Adiós a Rita, la guerrera



El viernes 11 de marzo murió Rita Guerrero, vocalista de la banda mexicana La Santa Sabina. La noticia despierta los recuerdos. En un momento de expansión y creación del rock en México, a finales de los ochenta, irrumpió un nuevo grupo de desbordante personalidad. Era un escenario difícil, pues la creatividad se paseaba por las propuestas de Los Caifanes, La Maldita Vecindad, Café Tacuba y otros más. Tener un lugar en tremendas compañías resultaba un desafío mayor. Pero La Santa Sabina era otra cosa. Su presencia en escenario era diferente; el sello de Rita, su paseo por la seducción y el encanto desde el micrófono transportaban a un lugar distinto. Verla era embarcarse en un viaje delicioso, oscuro, profundo, fronterizo, acaso arriesgado. Sus manos, sus gestos, su vestuario, envolvían, encantaban en el laberinto de las letras que siempre mostraban una sutileza deliciosa. Abre tu mente y piensa que no estoy lejos / estando aquí no estoy, me engaña la razón / abre tu mente y sueña”.

La recuerdo claramente en esta foto, en un concierto en Coyoacán allá por el 94 si mal no recuerdo. Era por supuesto un acto político en solidaridad con los pueblos indígenas; cierto: la creatividad oscura y profunda de la Santa Sabina fue de la mano de un compromiso social igual de contundente. Ahí Rita ilumina y la iluminan, irradia, se transforma en luz, en rostro, en melodías que no podremos olvidar.


martes, 1 de marzo de 2011

Los tacos y el café

Llegan las dos de la tarde y todavía me encuentro en el centro del Distrito Federal. Descubro un pequeño lugar para comer a unos metros de la Catedral. Se trata de un poco habitual changarro de comida barata -en una zona que más bien alberga restaurantes formales-; ahí, sólo se ofrecen “tacos de canasta”. Estos famosos tacos se llaman así porque vienen ya preparados normalmente con pocas variaciones: son de papa, chorizo, frijol, adobo. Se los transporta en una canasta –a menudo en la parte trasera de una bicicleta- envueltos en un plástico grande –por lo regular azul- y cubierto con telas y papel para separarlos y mantener el calor. Entre el momento que son elaborados y cuando se los vende, han pasado ya unas horas dentro del cesto –manteniendo la temperatura adecuada-, por lo que la consistencia de la tortilla se ha suavizado homogeneizando la textura y transmitiéndose los aromas de cada preparación. Cuando llega la hora de degustarlos, simplemente son deliciosos. Por su practicidad y precio, es muy común encontrarse con cientos las bicicletas por las calles de la ciudad, alguien que los vende y decenas de clientes afanados con un plato en una mano y un taco en la otra.

Pero, decía, con lo que me encuentro en esta ocasión no es con un señor en una esquina sino con un local de “tacos de canasta”. Cuando entro, la dinámica me sorprende. Es un largo pasillo de unos tres metros de ancho. En la puerta, en una especie de súper canasta, están los tacos y un joven se encarga de ponerlos, de acuerdo a mi indicación, en un plato de plástico envuelto en una bolsa transparente –que uno mismo toma- . Avanzo unos metros y le pido un refresco a otra persona. Paso al fondo y como en una barra, no sin antes ponerle una exquisita salsa verde que la encuentro en todos lados. Mientras almuerzo, rodeado por unas cincuenta personas que hacen lo mismo cada cual a su ritmo y antojo, me pregunto sobre el pago. Hasta aquí no hay mozo, nadie toma mi orden, no hay control ni vigilancia. Termino, me acerco a la puerta por el pasillo y una tercera persona me dice: “¿cuántos comió?”, le respondo que cinco y un refresco, y me comunica mi deuda. Antes de irme, le pregunto: “Oiga, ¿y qué si alguien le dice que comió menos de los que realmente consumió?”. “No –me responde-, eso no pasa”. Me voy pensando en el formato del intercambio. Eran tres sujetos para atender a un gran público, todo sobre la base de la confianza.

Como soy implacable con la costumbre de tomarme un café expreso cortado después del almuerzo –y no admito que sea de mala calidad-, me voy al famoso Starbucks a una cuadra. Entro y detrás del elegante mostrador una simpática muchacha me dice: “hola, ¿qué te damos? ¿Cuál es tu nombre?”. “Un café expreso cortado –respondo-; me llamo Hugo José”. “Gracias Hugo –continúa con voz suave- ahora te doy tu orden, son veinte pesos”.

Luego de pagar, espero unos minutos hasta que alguien diga en voz alta: “Hugo, aquí tienes tu expreso, que lo disfrutes”. Me siento en un cómodo sillón con mi cafecito. Entre tanto, me quedo pensando en las diferentes formas de consumo, en la amabilidad forzada y homogénea del Starbucks que sin conocerme ni importarles mi vida, me llaman por mi nombre pero exigen el pago antes de cualquier intercambio, mientras que en los tacos, sin ninguna cortesía exagerada simplemente confían en mi palabra (sin saber ni cómo me llamo). En suma, me detengo en las distintas formas de consumo en la Ciudad de México. Hasta que termino mi café, y es hora de partir.