viernes, 29 de abril de 2011

El ensayo y la sociología


Cuando llegué a México me llamó la atención el lugar de los literatos que, a través del ensayo, interpretaban la realidad del país con tesis muy contundentes y provocadoras. Cuando uno recorre los estantes de las librerías más conocidas en el Distrito Federal, es común encontrarse bajo el título de “sociología”, una serie de autores –brillantes sin duda- que más bien son escritores: Paz, Monsiváis, Poniatowska, Villoro, Montemayor, etc. A menudo me ha tocado ver o leer a estos intelectuales dando respuestas que les tocaría más bien a los sociólogos. Y todavía con mayor incidencia me he topado con algunas reflexiones que, por sorprendentes que parezcan, no tienen nada que ver con lo que yo observo a través de mis investigaciones empíricas.

De alguna manera esas recurrentes experiencias me han conducido a preguntarme para qué sirve la sociología, por qué no dejar que de la suspicacia -con una buena dosis de cultura- broten en las explicaciones de la vida colectiva, qué añade el sociólogo al conocimiento humano, en suma: ¿para qué sirve el método, la teoría, la investigación, las hipótesis y tanta cosa que nos ocupa horas de horas a los sociólogos? ¿No sería suficiente –y más entretenido- dejar que la literatura y los grandes ensayistas resuelvan los problemas de comprensión de la sociedad?

En este contexto me encontré con una deliciosa lectura de Octavio Paz, acaso el paradigma de ensayista y literato, donde explica cuáles fueron las fuentes de inspiración para escribir su clásico El laberinto de la soledad. Con la destreza que lo caracteriza, en el documento “Infancia e historia” explica los momentos de su propia trayectoria cuando era niño que lo marcaron y, de alguna manera, fueron las semillas que luego se convertirían en uno de sus más conocidos libros. Dice Paz que en su búsqueda por comprender qué son los mexicanos revisó su propio pasado: “lo que comenzó como una meditación íntima se convirtió en una reflexión sobre la historia de México”; sus experiencias infantiles “eran íntimas y colectivas, mías y de todos”.

Y ahí es donde encuentro el talón de Aquiles del ensayo literario. Por supuesto que lo personal es lo que dará el horizonte de comprensión de lo colectivo, pero si ese tránsito se lo hace sin puentes, apoyándose en la inteligencia, la imaginación y la elegante presentación, el riesgo de cometer errores, generalizaciones falsas, o simplemente plasmar las buenas intenciones o prenociones, es enorme. Ese tránsito entre lo que Bourdieu llamaba la ilusión del saber inmediato o el sentido común y el conocimiento científico, sólo se lo puede hacer de manera medianamente certera con el manejo de métodos, teorías, procedimientos que afinen la calidad de nuestro conocimiento; así el resultado no será solamente el fruto de nuestra imaginación, sino de la rigurosidad en el proceso para la construcción de un dato y el uso interpretativo que se hace de él.

Ya lo han señalado muchos: eso no significa que la sociología produzca un saber más preciso que el ensayo, pero al menos se puede –y debe- conocer el camino seguido, reconstruir los pasos, criticar y disentir con argumentos lo sostenido por otros colegas. Si es así, el conocimiento sociológico tiene un lugar irremplazable, sin él estaríamos todavía más lejos de comprender la complejidad humana.