lunes, 30 de mayo de 2011

BD (I)

No sé cómo nombrarla, de hecho se la llama de varias maneras.

Cuando era niño conocí a Mafalda. La empecé a leer, tal vez muy tempranamente, impulsado por el ambiente politizado de mi familia que repetía ese nombre con entusiasmo. Confieso que leía sin entender, pero como los pequeños que se ríen cuando un grupo lo hace sin que necesariamente hayan comprendido el chiste, yo disfrutaba de sus personajes y entre tira y tira con algo me quedaba.

Supe entonces que esos dibujos que contaban historias eran Historietas. Tuvieron que pasar muchos años para salir de Mafalda con su mundo encantador y sumergirme en la “historieta argentina”, en sus autores, su narrativa, su creatividad y potencia. Ahí las imágenes adquirieron otro tenor, conocí a Héctor Oesterheld, Alberto Breccia, Hugo Pratt o Francisco Solano López, y comenzó otro tiempo.

El segundo contacto con la imagen dibujada fue en México. Leyendo regularmente La Jornada, disfrutaba de sus “moneros”. De hecho ellos ocupaban un lugar central en la propuesta periodística, sus caricaturas tenían el mismo peso que la reflexión de un gran articulista. Recuerdo que por los noventa aquel periódico tenía un suplemento dominical que era fantástico. Disfruté de Magú, El Fisgón, Helguera, Rocha o Ahumada –hasta Jis y Trino-. También acompañé a Naranjo y descubrí –tardíamente- a Rius. De hecho, entre paréntesis, guardo un número de “Los Agachados” de Rius dedicado íntegramente a Bolivia, que comentaré en otra ocasión. Me dejé emborrachar por los “moneros”, pero todavía me faltaba algo, salir de la coyuntura y entrar en la historia desde el trazo.

Fue en Bélgica donde la Bande Dessinée me atrapó por completo. Era de esperarse. Recorrí Tin-Tin y muchos otros, pero sobre todo me quedé en las Ciudades Oscuras construidas por Benoît Peeters y François Schuiten. Esa fue la cúspide de mi deslumbramiento, le encontré total sentido al diálogo entre texto e imagen: comprendí que se complementan, se atraen, se buscan, cantan una misma melodía. De ahí a nuestros días, ya no hay vuelta atrás. Ya no miro igual, ya no soy el mismo.

Confieso mi ignorancia respecto del Comic estadounidense, sé que sus héroes y escenarios son sorprendentes, pero tengo pendiente descubrirlos.

Y vuelvo, ¿cómo nombrarla?: Historieta –a la argentina-, Comic -a la gringa-, Bande Dessinée -a la belga-. Ya poco importa. Más que palabras lo que me convoca es la experiencia, los intensos momentos que vivo cuando tengo entre mis manos una de ellas. Con eso me basta.

sábado, 21 de mayo de 2011

La casa de todos


Viene un taxi para llevarme al aeropuerto de la Ciudad de México. En el camino pregunta por el destino de mi viaje: “a Bélgica”, respondo, y empieza a interrogarme generalidades sobre este país; “cuénteme algo bonito”. Mi parlamento prosigue abundando sobre la “Grand Place” de Bruselas, los canales de Brujas, los chocolates y la cerveza. Hasta que la situación se invierte, dejo que salga mi curiosidad sociológica y soy yo el que empieza a poner preguntas. Y ahí sí, la conversación torna interesante.


El chofer vive en el Distrito Federal hace más de treinta años, donde mantiene a dos mujeres y cinco hijos. Es originario de Guerrero, cerca de Acapulco, y posee un rancho con ganado, caballos, sembradíos de maíz y frijol. La finca fue herencia de su abuela quien se la regaló en la perspectiva de preservar el patrimonio en un miembro de la familia evitando la dispersión. “Nosotros somos diez hermanos -cuenta el taxista- pero mi abuela quiso dejarme la casa y la tierra a mí porque sabía que soy responsable, que la iba a cuidar y no la iba a vender”.

Con los hermanos regados por México y Estados Unidos, el único lugar de encuentro es el rancho en Guerrero. El lugar tiene treinta cuartos y capacidad para alojar a centenas de personas. Cada navidad se reúnen todos: tíos, primos, abuelos, hermanos y quien quiera llegar. “Mi responsabilidad –continúa su relato- es que el rancho esté siempre abierto para cualquiera de mis familiares, eso era lo que quería mi abuela. Aunque los papeles estén a mi nombre, es la casa de todos”.

Lo interesante del caso es la responsabilidad –y el esfuerzo- con el que asume el mandato el nieto que, además de trabajar como taxista en la ciudad –lo que ya es una labor pesada- cuida las tierras en el campo –a cinco horas de distancia-. Su fuente de ingreso está en el taxi, no en la cosecha, pero su compromiso es la manutención del vínculo familiar, que en los hechos ya vivió una diáspora hace algunos años, y que él se empeña en mantener un lazo a través del cuidado de la inmueble.

Quizás ese modelo de familia unida y vinculada a un territorio es el que vivió y cultivó la generación de mis abuelos, para quienes casa y familia siempre iban de la mano. Los nuevos tiempos complicaron las cosas, con los años la propiedad de los abuelos normalmente se convirtió en la manzana de la discordia y a menudo fue la causa de la dispersión y distanciamiento de los herederos. Pero en casos más afortunados sucedió lo que me cuenta el taxista, donde más allá de la distancia, ese lugar sigue siendo el refugio para compartir con las nuevas generaciones. Bonita historia de resistencia frente a la tendencia a la disolución familiar del mundo contemporáneo.