lunes, 27 de junio de 2011

Bande Dessinée (BD III)



Hace algunos años, llegó Pierre Christin a Bolivia a un evento organizado por los amadores de la BD en La Paz. Por supuesto que acudí a escucharlo a una conferencia en la Casa de la Cultura -hasta le tomé un retrato-. Tenía algunas referencias suyas, sabía que era uno de los importantes escritores de BD en Francia con una amplia reputación bien ganada. Hasta ese momento no había leído nada suyo, fue más tarde cuando un amigo me trajo Partie en Chasse y Les phalanges de l’ordre noir, ambas obras realizadas conjuntamente con Enki Bilal -que merece otro comentario aparte-. Recuerdo la intensidad de la narrativa unida a la inquietante espera del próximo suceso y el desenlace estilo novela policial. Sin duda que el dibujo de Bilal, especialista en rostros y ambientes rudos y enigmáticos, sellaba el relato.

Pero aquí quiero referirme a la conferencia, más que de su obra. Uno de los puntos que recuerdo que Christin abordó fue lo inaprensible e inagotable de la BD. Es todo lo contrario de lo que sucede con la cinematografía -de Hollywood por ejemplo, pero hay otros-, donde el monopolio de la producción y la distribución hacen que el consumo sea relativamente homogéneo en todo el planeta -nada más cierto: un joven oriental seguro que pude hablar con uno latinoamericano sobre Harry Potter con igual soltura y conocimiento-. En la BD es imposible pensar en un producto “mundial”: la lengua, el estilo, la cultura, la distribución y cientos de otros factores hacen que, finalmente, estos libros sean preponderantemente locales, lo que es un valor y no una debilidad. Es cierto que los grandes superhéroes americanos, montados en la cultura imperial, se han expandido y traducido hasta el cansancio, o que la última generación de BD japonesa invade Europa, Estados Unidos y hasta América Latina; pero estamos muy lejos de aplanar todas las formas y estilos o controlarlas desde una oficina norteamericana, como a menudo sucede con el cine. Por eso la BD es mucho más diversa, libre, autónoma, fresca. A quienes nos gusta este género, normalmente conocemos una pequeña parte, una de las corrientes, algunos de los autores, pero es difícil referirse a libros de trascendencia “universal” -en el sentido más negativo del concepto-. La particularidad y la diversidad, en esto como en tantas otras cosas, es la fuerza de la BD.

Pero volviendo a la conferencia de Pierre Christin, al concluirla se abrió un intercambio con el público. Recuerdo haber puesto la pregunta sobre los precursores de la BD. Yo sostengo la idea -que no es más que una irresponsable intuición- que la génesis de la historieta está en América Latina. Creo que cuando uno revisa los códices indígenas prehispánicos en México, por su calidad e importancia para la vida local, no es difícil afirmar que se trata de una cultura que puso la narrativa visual en el centro, le dio un lugar fundamental, desde ahí habló, contó y existió. Algo similar se puede decir de Guamán Poma de Ayala, cuya crónica visual retrató una parte de la perspectiva indígena sobre la colonia. El desarrollo posterior de la BD en Europa, particularmente a en las primeras décadas del siglo pasado, reinventa una nueva forma de pensar la relación imagen - narración, pero las experiencias previas -y en especial en América Latina que somos un continente de la mirada- sembraron la intención de contar historias con imágenes.

Claro, Christin no estuvo de acuerdo con mi postura, es sabido que los europeos se ponen nerviosos cuando alguien cuestiona su autoimagen de descubridores, pero esa es otra historia. De la discusión todos salimos enriquecidos.

miércoles, 22 de junio de 2011

BD (II)

Los amigos que me conocen saben que el mejor regalo que me pueden ofrecer es una Bande Dessinée (BD).  Cuando me llega una, no la devoro, la disfruto.  La tomo entre mis manos con mucho cuidado -casi con cariño-, paseo mi vista por delante y por detrás, la acaricio, siento su textura.  Luego la abro y me sumerjo en las primeras páginas, en las imágenes iniciales, salto, llego al medio, al final.  No la leo, paseo por ella.  Luego le asigno un lugar de espera en el estante o en mi mesa de noche, hasta que llegue el momento adecuado para leerla.  Con mucho cuidado planifico el encuentro, me esfuerzo por que nada me moleste, que mis hijos estén ocupados, que no tenga visitas ni citas programadas.  Pongo música, me siento en el sillón preferido y empiezo la travesía.

En otras ocasiones me guardo la BD para algún viaje.  Con la misma ceremonia, mientras hago mi maleta la pongo en un lugar especial -que ya tengo identificado- donde entra perfecta sin maltratarse.  La saco sólo cuando estoy en el destino escogido, sea frente al mar, la piscina o el paisaje.  Dejo que el aire nuevo forme parte de la atmósfera donde me conducirá la lectura. 

Es cierto, mi consumo de BD no tiene que ver con la cantidad, sino con la intensidad.  Transito entre la pasión y el ritual.  Casi podría recrear las experiencias de lectura.  En mi biblioteca personal, cada BD tiene su lugar, cada una es portadora de su propia historia, en su contenido y en su forma de haber sido leída. 

Por eso, volviendo a los amigos, una de las cosas que más disfruto es invitarlos a casa y mostrarles algunas de mis BD, reproduciendo su magia y el trazo que me dejaron.  Me encanta quedarme en algunas viñetas, explicarlas, subrayar sus imágenes, sus significados.  Alguna vez un colega se preguntó por qué me gusta tanto la BD, y su explicación era la correcta: conjuga mi encantamiento por lo visual que va de la mano de mi pasión por el relato.  Tal vez ahí esté el secreto de su hechizo.

lunes, 13 de junio de 2011

Danzón. Tarde de viernes en Guanajuato


Camino por Guanajuato. Recorro cada rincón de la ciudad que me acogió cuando llegué a México en el 2004. Llego a la Plazuela San Fernando. Son las cinco de la tarde, el sol ya no quema. Unas ocho parejas de “adultos mayores” –vaga, ambigua y discutible clasificación etárea-, han tomado el centro de la plaza. En una esquina, un joven administra el panel de control musical, y va poniendo deliciosos danzones y algún Cha-cha-cha.

Las parejas se reparten por todo el centro, miran ceremoniosamente al frente, se toman de la mano con delicadeza, se voltean para quedar frente a frente, el varón pone la mano en la cintura de la dama y ésta responde con su la suya en el hombro -todo guardando escrupulosa distancia- y comienza el movimiento.

Aunque todos comparten las reglas básicas, cada pareja personifica su propuesta. Unos bailan con toque de salón urbano, otros al estilo veracruzano, y alguno con pasos con un dejo de la música disco de los 80. Detengo mi atención en algunos de ellos.

Una sobria pareja vestida casi igual: él con camisa y ella con blusa blancas; él pantalón y ella vestido negros; zapatos de charol, ella de tacones y una leve enagua bordada que sobresale unos centímetros debajo de la falda. Ambos peinados canos, él bien recortado y afeitado y ella con un sofisticado moño en la cabeza, aretes, anillos y una delicada pulsera plateada.

Otros más bien optaron por el color. Él un pantalón claro sin una sola mancha y camisa celeste, bien planchada, cinturón negro igual que los zapatos. Ella un vestido de una sola pieza, tela delgada y fresca, verde acuoso claro con adornos verde oscuro. Una discreta diadema, pelo corto, un collar delgado que hace juego con los aretes y sandalias. Al lado suyo otros danzantes que juegan entre la elegancia y el seducción. Él con guayabera blanca, pantalón beige, zapatos cafés y lentes oscuros. Ella con sandalias negras igual que el vestido de una sola pieza que le llega encima de la rodilla, un chaleco plomo bien tallado a media cintura, peinado de peluquería, finos aretes pequeños, sin collar, el cuello dejando el libre paseo de la mirada. Un toque: los lentes colgados en el pecho.

Una pareja ofrece algo nuevo. Su origen parece más popular. Ella es más alta, tiene una blusa lila jaspeada estilo leopardo con los felinos impresos en contraste negro a la altura de la cintura. Vestido y zapatos negros, más cómodos que elegantes. Seria, no sonríe, se concentra. No lleva collares ni anillos, sólo una pequeña bolsa-billetera colgada en el cuello. El varón tiene una polera color crema con rayas azules en los hombros y el cuello, pantalón “de vestir” plomo y un reloj. El glamour que les falta en el vestuario les sobra en el baile, lo hacen con una elegancia y técnica que destacan de los demás.

Cada uno carga su sello de clase, su historia, su género, su trayectoria, su relación con el baile, sus décadas vividas -que no son pocas-. Todo eso, la cadencia del danzón, el paisaje urbano guanajuatense y los cuerpos en movimiento, hacen de esta tarde de viernes algo inolvidable.