miércoles, 27 de julio de 2011

Bande Desinnée V (Naranjo)


¿Por qué referirme, en este espacio que estoy dedicando a la (BD), a la caricatura?  Difícil de responder.  Quizás porque aunque entiendo que son expresiones con intensiones distintas, ambas reposan en el manejo de lo visual con la necesidad de expresar un mensaje.  Hablemos de Rogelio Naranjo (Michoacán, México, 1937).
Es difícil encontrarse con un caricaturista tan completo.  Su trabajo es ampliamente conocido en México, publicó en las revistas periodísticas más importantes desde los sesenta hasta nuestros días.  En la actualidad es el responsable de la caricatura principal en el semanario Proceso y regularmente publica en el periódico El Universal. 
Leer a Naranjo es delicioso.  Seguramente es uno de los herederos del muralista José Clemente Orozco por su destreza técnica y su capacidad satírica.  Recordemos que Orozco –que en lo personal es mi muralista consentido- mostró cómo la ironía y la participación en medios bien podían ir de la mano con la rigurosidad escolar.  Naranjo precisamente sintetiza y renueva esa tradición: es técnicamente impecable, creativamente envidiable y políticamente radical.
La precisión en el trazo de Naranjo es remarcable.  Compone con la técnica de la combinación de cientos de “rayitas” –como él mismo dice- para que su dibujo exprese lo que quiere.  Se puede pasar un día entero en una sola caricatura hasta que le quede perfecta.  Tiene un dibujo fino y preciso que deja ver su formación académica que, lejos de ser una prisión de reglas formales, se convierte en un recurso de expresión y precisión. 
Como una exigencia de su propio género, Naranjo es un crítico implacable con el poder.  Perteneciente a una tradición de la izquierda mexicana, su análisis político es comprometido y pertinente.  Ironiza al discurso oficial en lo político, económico y social, y reivindica a los desfavorecidos del sistema.  Sabe que hacer un dibujo humorístico en periódicos implica estar atentos a la realidad cotidiana, leerla con distancia, develar sus engaños y mentiras, lo que conduce inevitablemente a la intervención directa y sostenida en el debate público. “Somos criticones –dice Naranjo-. Somos una pequeña parte de la conciencia crítica del país”. 
Pero su voz no es la de un especialista iluminado.  Él mismo confiesa que la fuente de su crítica no está en sus ocurrencias sino en su capacidad de escuchar, en la vida diaria, en la calle, en el mercado, en el taxi, el sentimiento burlesco del pueblo frente a sus gobernantes.  De alguna manera manifiesta el desencanto que escucha, lo transforma, lo dibuja y crea un nuevo lenguaje.  Por eso es tan querido por tantos; en su trazo miles de mexicanos se sienten representados y dignificados. 
Naranjo es un excelente artista, analista político pertinente, caricaturista mordaz y militante progresista.  Una síntesis deliciosa.  Un personaje de esos con los que da gusto coincidir en tiempo y espacio.

domingo, 17 de julio de 2011

La observación de lo banal



Una de las enseñanzas del sociólogo francés Jean-Claude Kaufmann es esforzarse por poner la mirada en las rendijas poco exploradas de la sociedad pero que guardan magníficas revelaciones.  Así, cuando todos miraban los movimientos sociales, él se detuvo en las lavadoras; cuando muchos hablaban de la modernidad, él exploró dónde la gente pasa sus vacaciones.  En su último libro, precisamente se ocupa analizar lo que cargan las mujeres en sus carteras, ese misterioso saco cuyo contenido puede ser inagotable.  El texto se llama La cartera, un pequeño mundo de amor.

Desde las primeras páginas, el autor anuncia su agenda: “En treinta años de investigaciones, logré revelar lo ‘no dicho’ de las cacerolas y de las toallas, mostré cómo las olas fabrican una familia y por qué la ropa teje la vida de la pareja, revelé lo que se oculta detrás de los usos del traje de baño en la playa o la manera de pegar una barrida a la casa.  Ahora las carteras, ¡pensé! Es evidente que tienen millones de cosas para contar.  Más evidente que una simple cacerola o una ridícula escoba.  Sólo hay que observar alrededor nuestro para comprenderlo”.
En efecto, Kaufmann supo meterse en detalle en lo que para otros pasó sin importancia, por ejemplo en su texto sobre el uso de las máquinas para lavar ropa, analiza cómo, en un contexto de igualdad de género –en Francia-, incluso en las parejas más “abiertas” e igualitarias, todavía la responsabilidad final de poner la ropa en la lavadora, colgarla y pasarla al planchado, recae en la mujer y no en el varón.  A partir de ahí se comprende cómo, en esos lugares, se reproducen las lógicas de distribución de las tareas domésticas.
Pero este autor tiene muy claro que estudiar “lo banal” no implica banalizar el estudio, y mucho menos la sociología.  Al lado de sus producciones en cierto sentido entretenidas, tiene libros de agudeza teórica remarcable.  Detenerse en la observación de la vida cotidiana implica un esfuerzo teórico fundamental, un aparato conceptual sólido y una rigurosidad metodológica extrema.  En sociología, lo sabemos desde Durkheim, hay que tener cuidado en no creer en las primeras impresiones, desconfiar obsesivamente de lo que se presenta como evidente y salir de las sugerencias –tramposas- del sentido común.  Si no nos ponemos en guardia contra las primeras impresiones, advierte Durkheim, corremos el riesgo de abandonarnos a ellas sin resistencia y dar por cierto lo que es no es más de una ilusión.
Por eso reconforta encontrarse con un libro como el de Kaufmann, pues se introduce en la cotidianidad con rigurosidad.  Indaga las carteras femeninas buscando sus secretos y misterios. ¿Por qué son tan custodiadas? ¿Qué llevan dentro, pero sobre todo, qué representa lo que llevan dentro?  Esas preguntas podríamos traspasarlas a otros objetos: ¿Qué cargan los varones en sus billeteras? ¿Qué afiches se cuelga los adolecentes en las paredes de sus cuartos? ¿Qué se pinta en las hojas libres de los cuadernos de los estudiantes? ¿A qué páginas web acuden los jubilados? Y así hasta el cansancio.  Kaufmann nos invita a practicar “el arte de hacer hablar a lo banal”, pero con un lente sociológico.  Ese desafío es, sin duda, apasionante.

miércoles, 6 de julio de 2011

Bande Dessinée (IV)



Es una de mis favoritas: Les murailles de Samaris, de Schuiten y Peeters.  La historia cuenta la misión de un hombre que vive en Xhytsos, ciudad atormentada por los rumores de lo que sucede en Samaris, borroso y enigmático lugar cercano al cual las varias comisiones que partieron buscando información, nunca regresaron.  El personaje acepta la tarea a sabiendas del riesgo que corre.  Luego de una larga y accidentada travesía, llega a Samaris donde es recibido por gente que misteriosamente alarga cualquier contacto sin ofrecer ninguna información.  Desesperado frente al secretismo, una noche rompe las paredes del hotel donde está alojado y descubre que todo lo que vio fue un simulacro: la ciudad no existe, son puras murallas que se asemejan a un escenario teatral donde fue recibido, alojado y engañado.  Con dificultades atraviesa las murallas para emprender la vuelta a Xhytos, donde llega destrozado por las inclemencias del desierto y la distancia.  Pero cuando toca las puertas de su ciudad, nadie lo reconoce.  Busca a su mujer, a sus amigos, a las autoridades que encomendaron y pagaron la misión, pero ninguno de ellos existe. Desasosegado, en el límite de la locura, emprende nuevo camino a Samaris, “la ciudad que nunca debí dejar”.

Como bien explica el propio Peeters en un excurso del libro, la historia acentúa dos polos urbanos.  Samaris es una ciudad frívola, calurosa, con arquitectura renacentista y barroca, donde la superficialidad y la apariencia están en el centro de su identidad.  En cambio Xhytsos es una deliciosa urbe –ficticia por supuesto- donde el paradigma arquitectónico de Víctor Horta, impulsor del Art Nouveau en Bélgica es la base de cualquier expresión estética, espacial y cultural.  Las casas, las camas, los trenes, las calles, los cafés, las peinetas femeninas, el vestuario, los peinados, los libros, las sillas, los edificios, en fin, todo tiene un delicado sello que hace que el lugar sea iluminado, elegante y espacioso en cualquiera de sus rincones: “intentamos concebir Xhystsos incluso en los más pequeños detalles, imaginando en lo que hubiera podido convertirse Bruselas enteramente reinventada por alguien como Horta”. 

Cabe recordar que Víctor Horta fue un arquitecto belga de finales del siglo XIX y principios del XX (1861-1947) pionero del Art Nouveau que impuso un estilo revolucionando el uso de los materiales, los espacios y las formas.  Pero lo más dramático es que, a pesar de su genio, sus obras no tuvieron la acogida esperada; incluso una de sus principales construcciones, la Maison du Peuple, construida a finales del siglo XIX para el Partido de los Trabajadores y considerada su mayor obra, fue demolida a mediados de los 60.

La intención de Schuiten y Peeters es, en parte, reivindicar la propuesta estética de Horta y criticar lo que luego se llamó la Bruselización, como el proceso en los años 60 y 70 de destrucción de la ciudad modernizándola a toda costa destruyendo toda tradición arquitectónica, bajo el paradigma de la funcionalidad y practicidad de una ciudad moderna industrial (lo que se denominó como un espacio urbano acorde a la “civilización del automóvil”). 

Pero a la vez muestran la dramática experiencia de un hombre inmerso en el proceso de cambio donde ya no se encuentra en ningún lugar.  Vive un desfase entre lo espacial y lo temporal, el uno ya no coincide con el otro: el tiempo ya no es su tiempo; el espacio ya no le pertenece.  Frente a ese escenario sólo quedan dos opciones: la huida o la locura; opta por la primera.  De alguna manera los autores designan parte de la experiencia del hombre moderno, del extranjero, del migrante, del que vive en arenas movedizas.  De una u otra forma, todos estamos reflejados en parte de esa historia.