viernes, 2 de diciembre de 2011

La imaginación como refugio: Las puertitas del Señor López

 


Entre 1979 y 1982, Carlos Trillo y Horacio Altuna se lanzan en una nueva aventura: Las puertitas del Sr. López.  Se trata de una historieta que empieza a circular en publicaciones argentinas dedicadas al humor y al cómic.  Eran los años de la dictadura latinoamericana más brutal, cuando todo producto cultural era examinado con lupa sospechoso de ser subversivo.  Por eso, cada palabra, cada gesto, cada trazo tenía que ser preciso y en extremo cuidadoso.  Así lo entendieron los autores que, en un contexto de coerción y control sistemático y desenfrenado, crearon un singular personaje: el Señor López.  Se trata de un burócrata chaparro, calvo, cincuentón, gordito y sin chiste.  Todos lo maltratan: su esposa, su jefe, sus vecinos, sus compañeros de trabajo.  Es el prototipo del ninguneado, del fracasado, del mediocre.  Pero López –así, puro apellido, sin nombre, sin título, sin personalidad, a lo mucho con un “Sr.” por delante- tiene una particularidad: cada que se encuentra en una situación de humillación, se retira al baño –espacio de mayor intimidad- y atraviesa a un mundo fantástico.  No es estrictamente un refugio de inversión de su vivencia, sino un lugar donde la imaginación permite otros escenarios.  Luego de su fugaz tránsito por la otra cara de la vida, aquella donde la fantasía es quien manda, vuelve a salir del sanitario donde su rutina lo espera, con lo que termina la viñeta.

Los autores no muestran al héroe revolucionario que enfrenta al autoritarismo; todo lo contrario, en un contexto en el que se desaparece a quien levanta la cabeza, dibujan al que se deja humillar, pero desde ahí, exagerando al personaje, proponen una crítica de la microfísica del poder en la vida diaria.  En efecto, más que desnudar los grandes aparatos represivos de Estado, muestran, tal vez soñando a Foucault, cómo el poder se hace cuerpo en la vida cotidiana.  Los agentes de dominación ordinaria no son los soldados, sino el jefe, la esposa, el colega.  Contra ellos, no hay subversión posible. El ejercicio de subsunción es más invisible, incluso más perverso.  La confrontación no es un horizonte, sólo el refugio en la imaginación, en la construcción de nuevas realidades fantasiosas que le permitan volver renovado.   Entre la rebeldía y la resignación, López opta por la segunda, pero es su estrategia de sobrevivencia; la imaginación es su recurso de salvación.  

Y desde este antihéroe, la crítica a las distintas formas del poder tiene una eficacia contundente.  En una escena se muestra al ministro de economía hablando de austeridad por todos los medios de comunicación; cuando el Sr. López entra al baño, se encuentra en medio de una batalla sangrienta donde la misión de un pequeño pelotón es llevarle al capitán una caja misteriosa.  Luego de atravesar por el campo de las balas, el único sobreviviente es el propio López que puede cumplir la tarea entregando el paquete al destinatario.  Cuando éste abre el regalo, luego de los muertos que quedaron en el camino, se trata una botella de whisky.  López vuelve a su realidad y al escuchar de nueva cuenta la propaganda de austeridad y sacrificio en bien de la nación, se compra unos costosos chocolates que los devora sin decoro.  

En “el otro lado” López no siempre encuentra las fuerzas para cambiar su tortuosa cotidianidad.  En ocasiones vuelve a ella sin que nada se haya modificado y sólo le sirve para imaginar que tiene una mujer sensual en lugar de su odiosa esposa, o que posee el valor de enfrentarse a su autoritario jefe, aunque de regreso todo siga igual.  De hecho, en una ocasión, en su mundo imaginado él mismo se convierte en un transgresor de la ley; luego de un juicio por su comportamiento la autoridad le advierte: “tiene dos puertas para elegir… si opta por esta puerta tendrá una vida difícil, por llamarla de alguna manera [la puerta dice “Libertad”]… en cambio si elige esta otra [con el rótulo “Molde”], va a vivir sin sobre saltos… Elija, López… el resto de su vida… en libertad o en ‘El Molde’”. López cruza la segunda opción.  

Trillo y Altuna dibujan algunas de las angustias del hombre moderno, las frustraciones diarias en la sexualidad, la familia y el trabajo, además de desnudar las formas del poder y la dominación en la vida cotidiana, pero no hacen apología de la subordinación ni de la mediocridad.  Todo lo contrario, como Quentin Tarantino que critica la violencia con películas desbordantemente rudas, los autores parecen proponer que frente al brutal autoritarismo, frente al poder instalado en el diario vivir, una salida es la imaginación; una forma de liberarse es cruzar el espejo para dar encuentro a Alicia.  En ocasiones, esa parece ser la opción más sabia.