martes, 23 de octubre de 2012

Gregorio Iriarte. La misión de leer la realidad


Creo que fue en el 96.  Yo volvía de un delicioso viaje en Europa –de esos extraños y esporádicos regalos de la vida- y mi último puerto de despedida era Madrid.  Cuando estaba en la fila de espera en el aeropuerto, me encontré con Gregorio Iriarte y Víctor Codina, íbamos a tomar el mismo vuelo.  Mi admiración hacia ellos era –y por supuesto sigue siendo- enorme.  Por ello, y seguramente por mi atrevimiento juvenil, cuando llegué al mostrador pregunté qué asientos se les había otorgado y pedí uno cercano, por lo que pude charlar en el largo viaje.

Años más tarde volví a ver a Gregorio.  Estaba haciendo mi tesis doctoral sobre la agrupación Iglesia y Sociedad en América Latina, instancia de la cual él fue un actor fundamental.  Fue muy grato encontrarlo en Cochabamba, tan sencillo y lúcido como siempre.  Después le perdí la pista, lo leía cada que me encontraba con su nombre en prensa, si mal no recuerdo el último artículo suyo que pude ver fue el que dedicó a Mauricio Lefebvre.

Se puede decir mucho de Gregorio, de hecho ya varias personas han comentado su partida y recordando su fructífera vida, su compromiso, lucidez, pertinencia y consecuencia.  Algún día me gustaría escribir algo sobre su aporte sociológico, pero por ahora sólo quiero subrayar la importancia de su Análisis crítico de la realidad (entre tantos títulos suyos).  Su texto fue publicado inicialmente en 1983 y se dice que hasta ahora tuvo 17 ediciones con 80.000 ejemplares.  Imagino que no hay un libro de ciencias sociales en Bolivia que haya alcanzado ese tiraje.  El documento tiene sin duda muchos aportes, pero uno de los que creo que hay que subrayar es que consolida la intención de sacerdotes de explicar y comprender –como quería Weber- la realidad social, y a partir de ella tomar postura religiosa.  Esta fue una de las inquietudes fundamentales desde los sesenta y el nacimiento de la Teología de la Liberación en América Latina, lo que se cristalizó en la fórmula teológico-pastoral “ver, juzgar, actuar”.  Lo que está detrás es una idea de Dios en la historia, y que la razón sociológica es una aliada –y no enemiga- para comprender mejor la dinámica social y actuar en consecuencia. 

Esta orientación por supuesto que fue colectiva, no es casual que Mauricio Lefebvre funde la carrera de Sociología en La Paz y que toda esa generación de sacerdotes haya incorporado las ciencias sociales en su formación.  Gregorio supo plasmarla con originalidad en su obra, por eso su trascendencia e importancia.

Es triste la partida de alguien como él.  Se apaga parte de un grupo de religiosos que le apostó a Bolivia y que comprendió que el camino de Jesús tenía que ver con la búsqueda de un mundo mejor.  Termino comentando aquella foto de 1979 –tomada por Alfonso Gumucio que la reproduce en su blog- en una manifestación de la Central Obrera Boliviana.  En ella aparecen Luis Espinal, Xavier Albó y al fondo, discreto casi imperceptible, perdido entre la gente, Gregorio Iriarte.  Todos pilares del cristianismo de la liberación en Bolivia, y como siempre, innegablemente anclados en medio del pueblo.  Compromiso, análisis y fe, parece ser la triada que ellos supieron bien construir.  Esa es quizás su mayor herencia.  

(Publicado en Página Siete, 23-10-2012)

lunes, 15 de octubre de 2012

Tres pájaros de un tiro: Serrat, Sabina, Calderón


Hace unos años fui a ver a Sabina y Serrat al Auditorio Nacional de la Ciudad de México.  Disfruté enormemente del concierto, como era de esperarse.  Pero después mi decepción fue tremenda cuando en otra visita supe que Sabina aceptó la invitación a comer de Felipe Calderón. 

Más allá de mis simpatías forjadas con los años y la vida, esta última vez que vinieron ya no me esmeré en ir a verlos, y ahora me entero que, sin saberlo, tomé la decisión correcta.  Me informa el periódico que entre su público estaba precisamente Felipe Calderón.  Me molestaría mucho compartir el Auditorio –así sea al lado de miles de almas más- con tal personaje, y sobre todo me cuestiona el contenido light que ha devenido el mensaje de antaño de dos íconos de la canción crítica.  Algo similar sentí cuando, luego de la muerte de Mario Benedetti, en la fila de espera antes de llegar a la ventanilla de un banco, vi una publicidad -de esas que reproducen banalidades hasta ser atendido por un funcionario- que mencionaba al poeta uruguayo.  Pero volviendo a la presencia Calderón ¿Será que el mensaje de Sabina y Serrat ya no es el mismo? ¿Dejaron de ser los artistas desafiantes del poder y críticos del autoritarismo (religioso y político)? ¿Qué significa que las autoridades de la derecha católica latinoamericana formen parte de su auditorio? ¿Hasta dónde han ampliaron su público y a qué costo?

En fin, se me criticará de intolerante, y tal vez tengan razón, pero prefiero al Sabina que en el 92 gritó en su concierto en el DF: “con el Tratado de Libre Comercio les podrán robar todo, pero no permitan que les roben el mes de abril”; o al Serrat que vi en Bolivia a mediados de los noventa cuando escucharlo era motivo de esperanza.  Por supuesto, en todos los casos, el público era otro.  Prefiero verme como estudiante de sociología disfrutando de alguien con quien sé que comparto algo –un horizonte crítico, o algo así…-, que como público descafeinado veinte años más tarde que comparte la sala con las autoridades panistas.  Cuestión de gustos, supongo. 

miércoles, 10 de octubre de 2012

Columna en Página Siete (7-10-2012) (cada tres semanas)


Sociología vagabunda.  Volver a empezar

Tengo una relación itinerante con la escritura en prensa.  Tuve una columna que nombré Intervenciones.  Luego cambié a una otra propuesta: Sueño ligero.  Cuando la informática tocó mi puerta complementé la publicación con el blog del mismo nombre y el subtítulo “un espacio para soñar”.  Pero como todo ciclo, este llegó a su fin, y empieza otra etapa.

Cada momento estuvo marcado por alguna circunstancia particular; en esta ocasión, lo que sella mis letras es mi ausencia: hace ocho años que dejé Bolivia –aunque ella no me dejó a mí-, y desde entonces descubrí que partir es una manera de morir, dejar que “tu mundo” transcurra sin ti, se transforme, se acabe y renazca en nuevas formas cada vez más ajenas.  Pero es un morir a medias porque las visitas esporádicas reaniman las sensaciones de pertenencia.  En este juego también los sueños hablan, en ellos la memoria, acompañada por la nostalgia, es quien dirige las escenas, yo quedo al margen, saboreando en la madrugada el paso del recuerdo.  Por eso, decía, esta columna alimentará uno de los vasos comunicantes que mantengo con el país, una manera de subsistir “contigo en la distancia”.  Y recuerdo a Carlos Fuentes: “uno comienza a escribir para vivir.  Uno acaba escribiendo para no morir”.

Sociología vagabunda, así se llamará este nuevo espacio.   Se tratará de un lugar donde puedan circular ideas filtradas por el lente sociológico, pero tan libres como sólo el vagabundaje lo permite.   La idea la retomo de Howard Becker, quien en el prólogo de su libro Cómo hablar de la sociedad. Artistas, escritores, investigadores y representaciones sociales (2009) reflexiona sobre su insistencia en observar cine, literatura, documentales, fotografías, etc. y en ellas encontrar el “problema social”.   Se trata entonces de fijar la mirada en la observación tanto de la vida cotidiana, como de las producciones culturales que atraviesan por mis manos en distintos soportes, y comentarlas intentando descifrar en ellas las formas de lo social que tienen inscritas.   Aquí la libertad y el deseo regirán las letras.  No buscaré presentar resultados acabados, sino procesos, ideas, intuiciones.  Privilegiaré las preguntas más que las respuestas; las reacciones, las dudas.

Por eso me dejaré llevar por el teclado.  Escribiré sobre una película, un encuentro en el metro, un concierto, un coloquio, una canción, una conferencia, un cómic o una novela.  Todo lo que me invite a dedicar unas líneas, y que valga un tiempo frente a la pantalla.  Aquello que se queda a medias, esas ideas sueltas y a menudo anárquicas sobre el último libro leído, o la melodía que me transporta a la infancia.

Y vuelvo a Fuentes: escribiré “con apremio porque mi ausencia se convirtió en un destino”.  Se levanta el telón.