viernes, 30 de noviembre de 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Viaje al Líbano



Llegué tarde a un texto que hace rato me esperaba: Memoria de Líbano, de Carlos Martínez Assad (Océano, 2003).  Lo había buscado en varias ocasiones, pero sólo di con él hace algunas semanas, en un paseo por la librería El Sótano, en la Ciudad de México.  Son distintas las razones de mi deleite. Se trata de un relato íntimo, familiar, analítico e histórico a la vez, del autor mexicano de origen libanés.  Es un largo cuaderno de viaje donde Martínez Assad dialoga con su madre, con su abuelo, con aquellos deliciosos recuerdos de las historias familiares donde sus antecesores dibujaban un mundo mágico y fantástico que el autor, hijo y nieto, sólo pudo descubrir físicamente años más tarde, en dos viajes que son la base del texto.

El viaje del escritor resulta entonces tanto un desplazamiento físico hasta el país de su madre, como al laberinto de sus sentimientos y recuerdos personales.  Cuanto más penetra en el Líbano, más se atraviesa él mismo.  Es un movimiento territorial y emocional a la vez, material y espiritual.  Y entre tanto, un escenario histórico que nos sitúa a quienes no conocemos el lugar ni su pasado.

Martínez Assad se introduce así a la formación misma de la identidad de los viajeros, o más bien de los migrantes, de aquellos que dejan y vuelven, que se van sin olvidar.  Esa compleja manera de ser parte y no serlo a la vez, de estar constituido por tantas capas culturales con fronteras que cuesta identificar.  Por eso cuando cita a Maalouf, dice que él “se considera a sí mismo el conjunto de varias identidades que hacen convivir su ser libanés, árabe, francés y cristiano.  Surgen así variadas formas identitarias que confluyen en la vida cotidiana, en la casa, en el templo, en la conversación, en el trabajo, en la escuela, en el teatro o en el cine” (p. 155). 

Pero Carlos saca provecho de la diversidad interna, no se angustia, no se pierde, no se diluye; libera y se libera a partir de sus propias tradiciones: “Hay que tener cuando menos dos mundos porque, de lo contrario, se corre el riesgo de quedar encarcelado en uno de ellos” (p. 151).  Y por eso de alguna manera la reflexión del autor no se queda en la experiencia personal, sino que dibuja una situación propia de estos tiempos, que en su caso son dos países pero que si alargamos el sentimiento y tomamos en serio la idea de “cuando menos dos mundos”, podemos ponerle mutiplicidad de contenidos.  El juego de las identidades, de la amplia gama de pertenencias se hace más complejo, desde la profesión hasta la sexualidad.

Comentario aparte merece la propuesta visual.  No pasa página sin una fotografía que, igual que el texto, muestra tanto el exterior como el interior.  Siempre he pensado que la foto es una manera de desnudar el alma; aquí cada imagen lo comprueba.  No se trata de un trofeo turístico, sino de un encuentro entre la memoria y la imagen, entre la palabra del abuelo y la vista del nieto. 

En las últimas páginas, el autor narra el encuentro con la familia de donde provenía el abuelo, la casa donde vivió y de donde partió hacia México.  El momento es conmovedor:

“Por arte de magia, la gente del pueblo se entera de mi llegada y corre la voz porque sigue congregándose.  La veintena de personas que se han arremolinado en una de las terrazas encuentra la forma para dirigirse a mí con palabras en cualquier idioma, volviendo siempre al árabe.  Los nombres comienzan a fluir y se contradicen entre ellos, pero finalmente se dirigen a mí: Salem, tu abuelo, fue el mayor; después Youssef, luego Suleimán, Abdallah y, finalmente, Yamal, la única mujer.  Entiendo por qué se dice que en ninguna otra parte sobrevive la antigua tradición de la hospitalidad oriental como en Líbano.  Las palabras salen atropelladamente; los más viejos me tocan, me oprimen ambas manos, me besan con júbilo en las mejillas, me ofrecen uvas y hay quien me las lleva a la boca.  Me dirigen algunos reclamos con ternura porque muy pocos de la familia han visitado a esa extensa parentela.  Recuerdan al tío Nazario y a la tía Bertha Jazmín, porque vivieron y conocieron a muchos de los que ahora han muerto.  Su calidez se expresa desordenadamente, sin concierto.  Traen más café y racimos de uvas que van siendo depositados sobre la mesa; las hay blancas, rosadas, oscuras y apenas es un muestrario de las veintiún categorías entre otras amarillas, las redondas o alargadas, con o sin semillas” (p. 196).

Los cariños recibidos salpican la lectura.  El viaje entero también invita a recorrer mi propia manera de ser migrante, y de volver a mi tierra –Bolivia- de tiempo en tiempo, repasando las emociones una y otra vez, sorprendiéndome en cada ocasión como si fuera nueva.  Por eso el texto de Martínez Assad es intenso.  No es un libro de una aventura en medio oriente, sino una invitación a la intimidad, a mirarse para adentro.
(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, La Paz, Bolivia, 25-11-2012)

lunes, 5 de noviembre de 2012

Insurgentes. Aciertos, deudas y excesos



Asisto con un gusto enorme a la exhibición del filme Insurgentes de Jorge Sanjinés en una de las elegantes salas del Museo de Antropología en México.  He escuchado comentarios tan crispados sobre el mismo que la curiosidad me pica.  Antes de la proyección, Benito Taibó, escritor y directivo de la institución, presenta la película y se adhiere a la lucha de los indígenas del mundo contra el neoliberalismo. 

Al terminar la proyección, luego de los aplausos respectivos del auditorio en pleno, mis sentimientos son encontrados.  Sin duda que es muy grato encontrarse con una producción de esa altura. Con la falta que nos hace en Bolivia tener películas que cuenten nuestra historia, y que podamos reflejarnos en ella, no se puede si no aplaudir un esfuerzo como este.  Se trata de un trabajo muy bien cuidado que transita el tiempo con rigurosidad, salta décadas en cuestión de minutos y transporta al espectador a episodios muy distantes sin descuidar el tránsito: del siglo XVIII al XXI, del Chaco al Club de Golf de La Paz, y uno se siente al interior de cada episodio.  A pesar de los vaivenes, la narrativa nunca confunde.  Sanjinés muestra su experiencia y construye un relato con idas y vueltas llevándonos de la mano, los capítulos –aunque de distintas intensidades- convocan a las emociones, a involucrarse con la historia.  La fotografía es impecable –trabajo de Juan Pablo Urioste-, saca provecho de lo espectacular del altiplano y construye tomas que uno se pregunta cómo las logró considerando lo altamente urbanizada que está La Paz (lo único que no entendí es el efecto de poner de cabeza un edificio –creo que la Corte Suprema de Justicia- y darla la vuelta lentamente; ¿metáfora?, si es el caso, confusa).  La música –de Cergio Prudencio- muy adecuada, acompaña, despierta, conduce.

En otra dimensión, me complace la intención de una relectura de la historia de Bolivia desde una posición política.  Sanjinés, como lo hace siempre, toma partido.  No es una película neutra, por el contrario inventa una nueva lectura de la historia del país, la reconstruye, hila los pedazos que considera importantes.  Como lo hicieron otros creadores desde otros soportes –por ejemplo la célebre Explicación de mi país de Jechu Durán y el Taller Arawi-, el director recrea –con límites y aciertos- la visión del país.  Su voz, que es la encargada del relato, reafirma el sello de autor.

Pero a pesar de mi encanto, encuentro tres deudas que son imperdonables.  En primer lugar, Sanjinés retrocede en la propuesta comunitaria que lo había caracterizado a lo largo de su obra.  En Insurgentes la colectividad se diluye, y básicamente se trata de una exaltación de los grandes héroes.  La historia no la hacen los pueblos sino los iluminados –en este caso, estrictamente indígenas-:  Túpac Katari soñó a Evo Morales, en el medio hay detalles que eventualmente tienen que ser nombrados, pero nada tan importante como el vínculo entre el mito y el hombre.  Ese es quizás el punto más débil de Sanjinés; él que supo siempre salir de los discursos oficiales ahora cae en el lenguaje teleológico del gobierno que se esfuerza en demostrar que la máxima “volveré y seré millones” se hizo realidad con el ascenso de Evo al gobierno.  Es muy comprensible que el mensaje oficial tenga ese tenor, pero es inaceptable que alguien como Sanjinés quede prisionero del argumento delirante de que la historia ya estaba escrita.  La última escena, por ejemplo, es torpe y en el límite evoca y refuerza el imaginario redentor del catolicismo: en el teleférico de Cochabamba –que lo construyó el Manfred Reyes Villa con apoyo de la élite local para subir al Cristo de la ciudad- montan al cielo los espíritus de Túpac Katari, Bartolina Sisa, Zárate Willka y Gualberto Villarroel, y baja de lo alto Evo Morales.  Sanjinés olvida que Evo no es nadie sin las comunidades que lo llevaron ahí, sin los millones de bolivianos que pusieron su lucha en cientos de momentos.  Que Evo lo olvide es parte de la naturaleza del poder, pero un trabajador de la cultura no puede correr la misma suerte. 

Al mismo tiempo, jugando a hacer del hombre una leyenda –y para ello mostrándolo como la encarnación de la profecía- Sanjinés mata al Evo de carne y hueso.  Por eso se queda en el período de su llegada al gobierno –reproduciendo su deslumbrante primer discurso que a todos nos hizo erizar el alma- en su mejor momento, pero oculta los otros rostros –tan naturales como cualquiera- del otro Evo.  No muestra al hombre de Estado, con sus luces y sombras, sus límites y aciertos, su lucidez y sus errores, sus mezquindades y bondades.  No muestra al hombre en conflicto, al contradictorio, al que tiene que jugar el juego del poder y transitar por sus oscuros laberintos.  No hay lugar para las dudas, sólo para las certezas.  Sólo enseña al mito en su mejor momento, lo que es, hasta cierto punto, una trampa, especialmente si se presenta la película en el 2012, cuando ya han pasado varios años en los cuales Evo ha mostrado múltiples facetas, como siempre, buenas y malas.

Pero lo más imperdonable son las ausencias.  La Revolución del 52 apenas se la menciona.  Los veinte años de dictadura no aparecen jamás, ningún mártir de la dictadura es evocado.  Para Sanjinés no existen Mauricio Lefebvre, Marcelo Quiroga, los compañeros del 15 de enero del 81, Luis Espinal y los cientos de personas que vivieron y sufrieron la dictadura.  No hay movilizaciones por la recuperación de la democracia, no hay sindicatos mineros, huelgas de hambre, marchas y un largo etcétera.  Sólo hay indios, es el único sujeto históricamente válido.  La insurgencia parecería ser monopolio del mundo indígena. Cierto, ese no es sólo su pecado, es parte del discurso oficial que ha construido un hueco en su lectura de la historia y ha consumado la razón indigenista como la única razón legítima; pero nuevamente, que eso sea parte de una construcción del relato oficial es comprensible, que el cineasta se deje obnubilar por ese lenguaje de Estado es un error. 

En fin, es sin duda una película que nos dará mucho que hablar.
Publicado en suplemento "Ideas" de Página Siete (04/11/2012)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Para no aburrirse este domingo


Este domingo 4 de noviembre saldrá en mi columna Sociología vagabunda, en el suplemento "Ideas" del periódico boliviano Página Siete, mi artículo crítico sobre la película Insurgentes de Sanjinés.  Lo podrán leer en: www.paginasiete.bo (entrar a Suplemento "Ideas").

El mismo día, empieza el programa que estoy haciendo de entrevistas a bolivianos en México titulado: "México, un encuentro con el destino".  Se transmitirá todos los domingos en Radio Deseo (Bolivia: FM 103.3; en Internet  www.radiodeseo.com).  El horario: La Paz: 10:30; México 8:30.

Finalmente, entré a la lógica del Tiwtter (no sé muy bien para qué, pero ahí estoy).  Mi nombre es: @HugojoseJos