lunes, 28 de enero de 2013

Coral Nova. 40 años entre melodías y recuerdos


Mi sorpresa fue mayor.  Me habían dicho que para ingresar a la Coral Nova se tenía que pasar un examen.  No me preocupaba tanto cuán afinado era mi oído pues desde niño estaba acostumbrado a cantar y tocar guitarra en casa, lo que sí me generaba expectativa era, por un lado, la prueba del ritmo, y por otro, cuál era mi tipo de voz.  Si mal no recuerdo, apenas corrían mis 16 años –iba a ser uno de los miembros más jóvenes de la Coral-, las tensiones de la adolescencia me habitaban y todavía no estaba claro si ya mi voz había cambiado o no.  Esperé el veredicto con relativa angustia, para mí existían dos posibilidades: o tenía voz de varón (tenor, barítono o bajo) –opción redentora-, o todavía tendría que cantar como soprano o, en el mejor de los casos, contra alto –opción dramática-.  No recuerdo quién me informó del resultado, pero no pudo ser más oportuno: ¡era –y soy- barítono!  Mi ingreso a la Coral fue sin duda una afirmación de masculinidad en un momento en el cual esos guiños del cuerpo son invalorables.
Pero después vino lo mejor.  Complementé mi disfrute cotidiano de la música que caracterizaba las guitarreadas de la familia con un acercamiento más riguroso y ordenado.  Primero –ya lo anunciaba- descubrí los distintos tipos de voz y supe diferenciarlas.  Vi partituras y aprendí a leerlas, supe del solfeo, de la conexión entre las cuerdas vocales y el cerebro.  Tuve intensas jornadas de apreciación musical intentando diferenciar las voces, los instrumentos, los ritmos.  En una pequeña sala del Conservatorio Nacional, en la Aspiazu y la Av. 6 de Agosto, pasé muchas noches repitiendo canciones, aprendiendo la parte que a mí me correspondía, escuchando con atención la de los demás y disfrutando del conjunto. 
Recuerdo que la recepción no pudo ser mejor; cuando entré, la Coral venía preparando el Réquiem de Mozart, así que me sumergí en la obra cúspide del compositor austriaco.  Recorrí cada uno de sus episodios, me detuve en el “Kyrie eleison”, en “Dies irae”, supe de la diferencia de la pronunciación alemana o inglesa, me familiaricé con el latín y entendí mejor las referencias religiosas del siglo XVIII y su matrimonio con la producción artística.  Pero a la vez empezamos a ensayar con la Orquesta Sinfónica, conocí a músicos e instrumentos que antes eran mitológicos.  Acaricié un violín, un chelo, sentí un timbal.  Los responsables de tocarlos no eran enigmáticos y elegantes personajes vestidos de negro sino seres normales con especial maestría en los dedos.  Y un día, llegó el concierto.  Por primera vez iba a estar del otro lado del escenario, dejaba de ser público.  Se levantó el telón y cuando el mundo de miradas inundaba, entró el director, y comprendí por qué estaba ahí.  Supe que era necesario que, por más de que cada uno conociera su partitura, era indispensable que alguien las vincule, las organice, haga de ese colectivo un cuerpo, un todo.   La batuta dejó de ser un misterio, se convirtió en una luz, en una linterna de melodías.  Sentí ser un color dibujado en un lienzo por el pincel, supe que la combinación con los demás colores hacía el cuadro.  De ahí hasta hoy mi relación con la música es diferente.
Dejé la Coral cuando salí del país para empezar mis estudios universitarios, y desde entonces me he preguntado qué me dejó mi paso por ella.  Seguramente mi experiencia fue similar a la de cientos de personas para las cuales la Coral Nova les brindó la oportunidad de penetrar en el mundo de la música y aprender a escuchar de otra manera.  La Coral ha sido una puerta abierta para quienes tengan interés musical, su generosidad radica precisamente en abrir las puertas, recibir e invitar.  Además, las iniciativas que ha tenido han sido especialmente pertinentes; ha sabido combinar lo clásico con lo nacional, lo folklórico con lo moderno.  Una rápida revisión de la amplia discografía da cuenta de la apertura.  El principal hilo conductor parece ser la pasión por la música.
En Bolivia es difícil que los proyectos culturales cumplan tantos años.  Es sintomático cómo, por ejemplo, las revistas independientes suelen no pasar de los primeros números.  La Coral supo sortear las dificultades.  Por supuesto que este proyecto no hubiera sido posible sin la obstinada pasión de Ramiro Soriano cuya batuta no sólo brilló en el escenario, sino en el proyecto mismo.  Felicidades a él, y también a todos los demás, a los que se involucraron por períodos, a quienes unieron sus voces y voluntades en distintos momentos.  Los cuarenta años de la Coral hablan bien de nosotros como sociedad y nuestras posibilidades de mirar adelante y entonar una misma canción.  Enhorabuena.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 27-01-2013)

domingo, 6 de enero de 2013

Los desfases de Las bellas durmientes


Vi la película de Marcos Loayza Escrito en el agua hace más de diez años.  La proyección fue en Bruselas, en algún festival, con la presencia del director.  En un diálogo con los estudiantes bolivianos que asistimos, Loayza pidió que levanten la mano aquellos que habían visto su anterior film Cuestión de fe.  Aunque no éramos muchos, una decena lo hicimos, por lo que nos advirtió que no esperemos nada similar, pues uno no tenía nada que ver con el otro.
Uno de los esfuerzos de Loayza parece ser precisamente la ruptura, al menos en lo aparente.  Seguro que le hubiera sido más fácil seguir con la veta costumbrista que abrió con Cuestión de fe y que resolvió con deliciosa maestría, pero se salió del camino en busca de nuevos horizontes.  Las bellas durmientes es una nueva exploración, una invitación al tránsito por otro mundo. 
Pero como siempre, la propuesta de Loayza es más profunda de lo que parece; tras la frivolidad de la belleza cruceña y de una simplona historia policial no resuelta, está la intención de explicar algunas lógicas del funcionamiento de la sociedad boliviana, leída desde Santa Cruz, pero pensada para la nación en su conjunto.  Su reflexión no se entrampa en la fácil disyuntiva esencialista “cambas/collas”, sino que piensa los problemas del país como un todo, más allá de las regiones. 
Dos desfases son los que la película plantea.  En primer lugar, el director se esfuerza por mostrarnos la magnífica ciudad con una serie de tomas aéreas que no pueden sino impresionarnos.  Las construcciones, los parques, las avenidas, los elegantes edificios, los departamentos lujosos, etc. muestran que lo deslumbrante del crecimiento urbano no va de la mano de la institucionalidad miserable de la policía que carece de recursos económicos, intelectuales y de simple sentido común.  Loayza parecería criticar la contradicción de una modernidad absurda que sólo le apuesta a la materia, en tiempos donde “todo lo sólido se desvanece en el aire” (diría Marshall leyendo a Marx).  El filme retoma de alguna manera la tesis crítica de Zygmunt Bauman en sentido de que la sociedad actual se caracteriza más por lo líquido que por lo sólido.  Una sociedad que sólo le apuesta a la estructura material –y a la belleza física y aparente- es insostenible.
Un segundo desfase bien trabajado por el director se muestra en la relación entre el sargento Vaca y el cabo Quijpe (ojo con la “j”).  El sargento tiene el poder pero no la razón.  La tibia intuición que podría resolver el enigma de los asesinatos seriales la tiene Quijpe quien, por estar sometido a la lógica de su torpe y poderoso jefe, no puede explorar el camino que eventualmente hubiera llevado al éxito.  Quijpe habría entendido el consejo de Allan Poe en Los asesinatos de la calle Morgue: “Lo importante es saber lo que debe ser observado”.  El sargento Vaca -prototipo de la desidia y la mezquindad- no observa nada, concluye, y su conclusión es verdadera por la posición que ocupa. Esa parece ser una metáfora de la política boliviana, la tensión entre poder y saber.  Aquí la crítica política es evidente: la división jerárquica de la burocracia entorpece su funcionamiento; cuando el poder está en las manos equivocadas, no se llega lejos.
Loayza no se arriesga por una salida fácil, no redime al cabo Quijpe ni le permite convertirse en el héroe de la historia, más bien lo manda a la calle a fantasear con una pantalla gigante.  Tampoco castiga al inepto sargento Vaca.  Simplemente parece sugerirnos que la solución es más compleja, y nos invita a pensar el problema colectivamente.
Me quedo con dos reflexiones más.  Por un lado, la pésima calidad de la proyección: fui intencionalmente a la Cinemateca -no a un cine comercial- y salí decepcionado.  La imagen inestable, la proyección más amplia que la pantalla que la recibe, las publicidades previas, el olor a palomitas de maíz…  Cuánto extrañé los tiempos de la modesta pero sobria sala de la Indaburu y Pichincha.  Por otro lado, me conmovió que la película estuviera dedicada al Rulo; también me dolió su partida.

(Publicado en el suplemento Ideas del periódico boliviano Página Siete)