lunes, 22 de abril de 2013

Crónica de un verano. Releer a Edgar Morin


Tengo más de 20 años de sociólogo y recién vi una película que debí haberla estudiado desde los primeros meses de haber empezado la carrera: Crónica de un verano, de Jean Rouch y Edgar Morin.  El film que se presentó en 1961 tuvo un éxito remarcable, ganó el premio del Festival de Cannes al año siguiente, reconocimiento que anteriormente le habían otorgado a películas como Miracolo a Milano de Vittorio de Sica, Hiroshima mon amour de Alain Resnais, La dolce vita de Federico Fellini, hoy clásicos del cine mundial. 

La producción fue el resultado de un creativo encuentro entre Jean Rouch, antropólogo que ya tenía una trayectoria como videasta cuyo lugar de trabajo había sido básicamente el Africa, con el sociólogo Edgar Morin que para ese momento era un académico todavía no tan conocido.  Morin había escrito libros de cine (El cine o el hombre imaginario y Las estrellas: mito y seducción del cine), y Rouch había elaborado una docena de documentales sobre la vida en Nigeria.  Se dice que la idea de hacer una película surgió de una crítica cruzada: mientras que uno solamente escribía sobre el cine, el otro sólo hacía documentales etnográficos de sociedades alejadas y nunca de su propio entorno.  Y así nació Crónica de un verano, que obligó al sociólogo a dejar los libros y agarrar una cámara, y al etnólogo a filmar París y los suyos.

Vista desde lo cinematográfico, la película causó un impacto importante en su época y removió los cimientos de la manera cómo se hacían documentales (los directores aparecen en escena, se pide a los actores que salgan a la calle a entrevistar a la gente, se reproducen conversaciones grupales, se reconstruyen episodios que se presentan como naturales, etc.).  Abrió la brecha del cinéma vérité y se convirtió en un manifiesto fílmico.  Pero desde lo sociológico también su aporte fue fundamental porque, por un lado, obligaba a los cientistas sociales a pensar cómo la tecnología visual podía ser un instrumento para realizar su trabajo, y por otro lado desarrollaba en la propia obra una problemática fundamentalmente sociológica.

En efecto, la principal característica de la película es que parte de un problema de ciencias sociales que se deja ver en la primera pregunta que Rouch y Morin le hacen una de las protagonistas: “¿cómo vives? ¿Cómo te desenvuelves en la vida?” Con una interrogante tan compleja como banal empiezan el recorrido por las tensiones de su sociedad que van dibujando a través de las respuestas de cada personaje y las nuevas preguntas que se generan. 

Se develan así los problemas fundamentales de la era industrial europea de mediados del siglo pasado: el desencanto con el mundo del trabajo, el desencuentro entre realización de la vida y exigencias laborales, el desfase entre la gran fábrica que es motor de la economía nacional y el empleado al que poco le importa lo que hace, las tensiones de la vida urbana, las del ámbito familiar.  La pregunta desconcertante con la que parten a la calle con cámaras y micrófonos es: “¿es usted feliz?” Y la respuesta dibuja las angustias de la vida humana y la dificultad de ser feliz en un ambiente donde la economía y el trabajo no son un problema material sino social.  Como buen sociólogo, Morin no oculta las dificultades de la sociedad que observa, sino que las presenta como los grandes temas que la caracterizan.

En una investigación posterior a mediados de los sesenta, concentrado en el estudio de la transformación Plozévet –una región occidental en Francia-, Morin desarrolla más la idea de la observación fenomenográfica como un instrumento para investigar.  Esta debe ser panorámica (en el sentido cinematográfico del término) y analítica (concentrándose en los elementos particulares), debe combinar la descripción enciclopédica y monográfica con el “detalle significativo”, lo que implica “aprender a percibir rostros, gestos, vestimentas, objetos, paisajes, casas, caminos…” (Morin, Commune en France, Ed. Fayard, 1967, p. 279).  La pregunta que lo guía en esta ocasión tiene nuevamente una doble naturaleza: ¿qué es Plozévet? y a la vez ¿qué es el mundo moderno? (p. 287).

Releer a Morin cinco décadas más tarde –y sin emborracharse con sus conocidas tesis de la complejidad- nos desafía en tres direcciones: ¿cuánto y cómo hay que aprovechar las tecnologías –nuevas y antiguas- para el desarrollo de las investigaciones sociológicas? ¿cómo construir los puentes entre la observación cotidiana de los individuos y las macro orientaciones estructurales? ¿cuánto la pregunta sobre una persona, un territorio, un grupo, un acontecimiento, no puede conducirnos a reflexionar sobre el período de la modernidad contemporánea? En suma: ¿en qué estamos hoy?

La revisión de las varias propuestas de Morin parece que pueden ser en la actualidad una gran fuente de inspiración y creatividad sociológica.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete 21-04-2013)

lunes, 15 de abril de 2013

El poder desdibujado: Héctor Germán Oesterheld


Se tiene certeza de su lugar y fecha de nacimiento (Buenos Aires, 22-07-1919), se dice que fue secuestrado en abril de 1977, se sospecha que fue asesinado en el transcurso de 1978.  Oesterheld fue uno de los creadores más fecundos de mediados del siglo XX en Argentina.  El soporte narrativo fue la historieta que  cultivó y difundió de distintas formas, con múltiples personajes y diversas intenciones.  Sus textos salían a la luz en varios formatos, desde aquellas tiras semanales en alguna revista hasta posteriores ediciones de libro.  Actualmente su obra ha sido reimpresa en varias editoriales y algunos de sus títulos se los consideran clásicos de la historieta.  Una de las características más importantes fue su manera de entender el arte y la política.  Vivió el período del peronismo y luego la dictadura en Argentina, por lo que su trabajo se desarrolló en un clima de tensión, brutal represión y resistencia.  En los setenta, iniciada la dictadura militar, se convirtió en el jefe de prensa del grupo guerrillero Los Montoneros, lo que le costó no sólo su desaparición y muerte, sino también la de sus cuatro hijas, yernos y nietos. 
Oesterheld logró una articulación de lo político y lo creativo en distintas dimensiones. En su militancia utiliza el cómic de dos maneras, como un medio de educación y divulgación masiva, e intentando reescribir la historia reinterpretándola desde su punto de vista.
Pero la obra de Oesterheld tiene otro aspecto incluso más sutil y fino que es el uso de la imaginación como posibilidad de insubordinación y crítica.  En el contenido de sus textos, deja ver una preocupación sobre las formas de dominación no sólo en su rostro más evidente sino en su dimensión simbólica; está preocupado por denunciar cómo el poder puede hacerse cuerpo controlando la imaginación y la voluntad.  Tres aspectos componen su lectura crítica: lo psíquico como lugar donde se inscribe el sometimiento, la cadena jerárquica del poder y la liberación de la imaginación como salida.
En todo su trabajo, el autor muestra que, si bien el poder tiene rostros duros, también existe una inteligencia mucho más peligrosa que actúa directamente sobre lo psíquico.  En La Guerra de los Antares, por ejemplo, existen dos maneras de aniquilar al contrincante: una es utilizando un rayo de tecnología avanzada que en segundos mata miles de personas, y la otra es una “enfermedad” que “hace agua el cerebro”. 
Esta preocupación se plasma también en otros fragmentos. Sherlock Time es un personaje que pasea por la historia y dialoga con Luna, amigo suyo anclado en un mismo tiempo y lugar. En un episodio, como resultado de estar completamente enajenado, Luna cae en “ondas mentales [que] ponen en el cerebro y nos hace hacer lo que ellos quieran”. Las posibilidades del control mental llegan lejos, hasta la modificación en la percepción de los sentidos. Pero quizás el pasaje más esclarecedor de esta idea es cuando, en Mort Cinder, Ezra Winston, el anciano anticuario amigo del principal protagonista, cae en manos de un médico que le manifiesta con claridad su intención de convertirlo en un “ojos de plomo”, es decir un ente completamente sometido: 
“Tranquilo… no te haré sufrir… diciéndolo en pocas palabras, te injertaré en ciertas partes del cerebro porciones de materia gris que te sacaré de partes poco importantes de la materia encefálica.  Te cambiaré los circuitos mentales, por así decirlo… y te desarrollaré al máximo la capacidad de ser manejado por otra inteligencia.  Ya operado, seré yo quien pensará por ti…”.
Aquí vemos la agenda del poder total pero con el acento puesto no en la coerción física sino en el control de la estructura cognitiva.  Lo mismo se argumenta en El Eternauta cuando atribuye a Los Manos -seres más inteligentes que los hombres- la facultad de instalar en sus víctimas un rayo paralizante que “interrumpe ciertas conexiones nerviosas”.
En su lectura, el poder forma parte de una cadena perversa y jerarquizada.  En la delirante argumentación del doctor que está por operar a Ezra Winston para controlar sus circuitos cerebrales, se filtra la duda de si él mismo no será una marioneta de un ser todavía mayor: “¿o acaso yo no soy más que un instrumento de otra inteligencia superior, acaso yo no soy más que un ‘súper ojos de plomo’”.  Esta idea también la puntualiza en El Eternauta a través de Los Manos que confiesan que son subordinados de los Ellos quienes les insertan una glándula artificial –imposible de ser extraída- que segrega veneno mortal cuando sienten miedo y dejan de obedecer.
La única manera de quebrar la espiral perversa de dominación infinita es liberando la imaginación.  En su intento por despertar a Luna, Sherlock Time le dice: “usted no es amigo de dejar volar el pensamiento por nuevos caminos.  Teme que le pase lo que a las moscas, que por lanzarse a volar suelen terminar sujetas por una telaraña. Hace usted bien amigo Luna. Mejor no dejar volar el pensamiento”. Y va más lejos: “usted vive en el siglo XX, amigo Luna, si aprendiera usted a vivir en cualquier siglo, sabría que todo, absolutamente todo, es posible (…).  Debe usted liberar su cerebro y aceptar como posibles cosas que todavía no se han inventado”.  Oesterheld invita a la trasgresión del horizonte de posibilidad o de la creación de nuevos horizontes.  Así, lo posible no es prisionero del contexto inmediato a la vista, sino que “liberar el cerebro” implica liberarse de las trabas y ataduras que no permiten pensar otras realidades.
La fuerza de la propuesta de Oesterheld, no sólo está en su dramática muerte y en su compromiso militante, sino además, en su crítica a la naturaleza del poder en sus distintas dimensiones.  Pone en duda lo inamovible, lo que se presenta como imposible de cambiar, y en su lugar coloca a la imaginación. Propone un ruta que conjugue tanto quehacer práctico cuando autoanálisis de los mecanismos de control que nos habitan.  

jueves, 4 de abril de 2013

Café La Paz


Después de muchas vueltas por Buenos Aires, llego al Café La Paz.  Es tarde, domingo, casi las diez de la noche.  No hay nadie, tímidamente pregunto si todavía hay servicio porque no veo clientes, sólo unos mozos al fondo de la barra que parecen charlar.  Me responden afirmativamente.  Me siento al lado de la ventana, viendo Av. Corrientes y la gente que a esa hora todavía la transita.  Saco los libros que me acabo de comprar, dos compañías deliciosas: un cómic de Alberto Breccia que dibuja historias de Ernesto Sábato, y el libro sobre los trucos del oficio sociológico de Howard Becker; en suma, uno de mis autores consentidos y uno de los historietistas que más me entretienen.  Me pido un expreso cortado (para dormir bien, como diría un amigo). 

Buenos Aires es la ciudad de los cafés.  Cada esquina tiene uno, con sus amplios ventanales que diluyen la distancia entre el interior y el exterior.  Dentro, uno se siente afuera; afuera uno se siente dentro.  No es intimidad, tampoco vitrina, sino una especie de living –así, con el significado en inglés- compartido.  El vidrio es una barrera real pero a la vez ficticia, te sientes parte de las historias de quienes pasan cuando estás en la mesa, y parte de la conversación cuando los miras desde la calle.  Es otra manera de construir la urbanidad.  Cada café con su personalidad, su presencia, su sabor.  Y en todos ellos, el tradicional café con leche y tres media lunas.

Por eso, mientras paseo por las letras y los dibujos, también me dejo llevar por las imágenes de la calle.  Un africano –de reciente migración según me cuentan- que vende cualquier cosa, una pareja que sale del teatro, un hombre solo, un grupo de chicas que pasan haciendo ruido, decenas de bicicletas que con bocinas toman la avenida –casi todas llevan una luz roja en la parte trasera que parpadea como luciérnagas anarquistas que remarcan su paso-.

Entre tanto, se me viene a la memoria la canción 11 y 6 de Fito Páez: “durante un mes vendieron rosas en La Paz, presiento que no existía nada más”.  Entiendo mejor a Fito: una pareja que ante el mundo, en un espacio especialmente público, desaparece, abre un paréntesis, se siente sola, construye su propio universo en el cual sólo existen los dos.  Y también recuerdo que hace años un amigo paceño me dijo que en esa canción más bien se hacía referencia a un período en el que Páez habría vivido en la ciudad de La Paz vendiendo flores, por supuesto estaba completamente perdido. 

Los libros, las melodías, las personas y la memoria consumieron mi tiempo, llegó la hora de cerrar.  Pido la cuenta, y antes de partir me guardo una servilleta con el nombre del café impreso, fetiche que me servirá de puente para rememorar lo vivido esta noche de domingo en Buenos Aires.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete 31-abril-2013

lunes, 1 de abril de 2013

El dilema del Papa: ¿Bergoglio o Francisco?



La irrupción del nuevo Papa en el ámbito mundial ha sido contundente, pero no sólo por la natural inercia de la designación de la máxima autoridad de la Iglesia Católica, sino también por el carisma y polémica que ha generado Francisco desde el día del humo blanco.  Entre el mar de expectativas y señalamientos, creo que hay que subrayar algunos temores y esperanzas.

Si empezamos por las observaciones críticas, hay que decir en voz alta que Bergoglio pertenece al ala conservadora de la Iglesia Católica (como todos los Cardenales nombrados por Vaticano en las últimas décadas).  Particularmente, no hay que olvidar que en el crudísimo contexto de dictadura militar en Argentina, Bergoglio, entonces Superior de los Jesuitas, fue tibio ante las atrocidades militares y no supo defender ni a los fieles ni a sus sacerdotes; no denunció la brutalidad que pasaba por su vereda.  Pero también es claro que no fue un “colaborador” de la dictadura, su pecado fue, como bien lo dijo Adolfo Pérez Esquivel, que “le faltó coraje para acompañar nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más difíciles”.  Además, se alineó con la línea más tradicional de la Iglesia encabezada por Juan Pablo II y secundada por Benedicto XVI que impulsó una casería de brujas de los teólogos de la liberación en América Latina. En esa misma dirección, ha asumido posturas rígidas en temas clave de la moral –particularmente sexual- de la sociedad actual.

Dicho eso, no es menos cierto que su presencia revoluciona la idea de jerarquía eclesial a la que estamos acostumbrados desde América Latina.  A Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, uno se lo podía encontrar en el metro ¿cuántos Cardenales toman el transporte público? Todo lo contrario: están acostumbrados a residencias lujosas, autos elegantes y choferes en la puerta; y no sólo eso: es un pastor cuya acción social ha sido interesante en su arquidiócesis.  Además, es un sacerdote alejado de los pasillos del Vaticano, sus vicios, corrupción y escándalos, por lo que tiene una posición más cómoda para enfrentar al poder real y perverso del centro de la Iglesia.  Finalmente, es jesuita y aunque representa la tendencia conservadora –y no la progresista y moderna- de la Compañía, se agradece que el nuevo Papa no provenga del Opus Dei o los Legionarios de Cristo (cuyo fundador está acusado de pederastia, entre otras cosas, cubierto y defendido por Juan Pablo II e incluso por Benedicto XVI).

Pero quizás la mejor noticia es el nombre de Francisco y el mensaje contundente de su  opción por los pobres.  En estos días que recordamos el asesinato de Luis Espinal y Monseñor Romero en El Salvador, esperemos que su ejemplo y espíritu acompañen a Francisco y que le ayuden a sostener su palabra comprometida con los pobres y denuncia de los poderosos.  Esperemos que Francisco deje atrás a Bergoglio, y se convierta en el profeta y pastor que requiere la Iglesia Católica y la humanidad en este nuevo siglo.  

Publicado en el periódico boliviano El Deber (24/03/2013)