lunes, 13 de mayo de 2013

Esa tempestad que llamamos progreso


Francois Schuiten ofrece una nueva reflexión crítica de la modernidad avorazada.  La Douce, titula el cómic publicado en abril del 2012 (Ed. Casterman).  El autor cuenta la historia de Leon Van Bel, maquinista de la locomotora modelo 12004 que, por cierto, es mucho más que una ficción: tal maquinaria fue creada en los años 30, cuando se instaló la idea de la renovación de los medios de transporte –automóviles, aviones, barcos y trenes- haciéndolos más aerodinámicos y veloces; la locomotora fue una innovación para su tiempo pues alcanzaba velocidades extraordinarias (hasta 165 Km/h), revolucionando el uso del vapor y compitiendo con la electricidad que se posesionaba como la fuente energética emergente.

Van Bel encarna las tensiones de un tiempo de transición.  El maquinista fusiona máquina con conductor, tiene mucho más que un trabajo, lo suyo es una pasión por “su doce”, la conoce en detalle, controla las temperaturas y velocidades a la perfección.  Pero su oficio es amenazado por la emergencia del tren eléctrico que requiere otro tipo de conductor con nuevos saberes y competencias; sus colegas ya no entienden la relación entre el calor y la potencia, sólo miran indicadores electrónicos, no se ensucian las manos, sus rostros no reflejan los dejos negros del carbón. 

Pero lo que amenaza todavía más a la industria ferrocarrilera en su conjunto es la instalación del teleférico como medio de transporte de referencia.  Las discusiones con sus colegas devienen insoportables, ante su terquedad en la defensa del tren, le observan: “Pero Van Bel, es el mundo moderno de la tracción, todo va a cambiar ahora, vamos a poder trabajar correctamente, más confortablemente, tú te aferras al pasado…”.  La discusión en una cantina no hace más que reflejar una política de modernización global, rápidamente las líneas y las locomotoras van quedando en desuso, los maquinistas son despedidos o jubilados.  Una época empieza a imponerse.  Por supuesto que La Doce y su conductor correrán la misma suerte.

Van Bel  decide sublevarse y resistir al “progreso”.  Convence a un puñado de inconformes de robarse la locomotora, convierte su casa de dos pisos en un gran galpón y construyen un riel para transportar y resguardar a La Doce.  Aunque su iniciativa tiene relativo éxito, finalmente son descubiertos, él es acusado de robo y enviado a prisión.

Cuando sale de la cárcel, el teleférico se impuso como un nuevo paradigma de transporte y modernidad.  Se acude a él para todos los desplazamientos, surgen ciudades donde prima lo aéreo, y para solventar la energía eléctrica requerida se construyen enormes represas inundando campos y dejando a las poblaciones antiguas entre las aguas.  Sólo existen montañas, lagos, islas y cables.  Van Bel, desolado, viejo y enfermo, emprende un viaje de retorno en búsqueda de La Doce.  Se encuentra en el camino con Elya, una bella, joven y muda mujer a la que antes había salvado de una violación por parte de sus antiguos camaradas que se convierte en su compañera de nostalgias y desafíos.  Se inicia una nueva travesía, esta vez hacia el cementerio de trenes, escondido en algún lugar que deberán descubrir. 

En el cementerio encuentran sólo locomotoras y vagones oxidados en medio del agua.  Su búsqueda no termina, su esperanza sigue intacta pero La Doce aparece únicamente en sueños.  Una mañana Elya lo sorprende, lo guía a un campo y le enseña la vieja y añorada máquina en funcionamiento.  Van Bel descubre que ella es una excelente conductora, razón de más para dejarle su herencia y dejarse morir.

Schuiten nos conduce, como lo hace en múltiples ocasiones, por la crítica del proyecto de modernidad a ultranza que aplana todo a su paso, esa homogenización destructiva, la ilusión moderna que bien desglosa Marshall Berman en la y que Benjamín la denunció tempranamente: aquella “tempestad que llamamos progreso”.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete , 12-05-2013)