miércoles, 26 de junio de 2013

Sociología e imaginación

Tengo libros que transitan de mi biblioteca a mi mesa de noche una y otra vez.  Uno de ellos es La imaginación sociológica, de C.W. Mills (FCE, 2012).  Su gracia está precisamente en que cada re-lectura es diferente; el espíritu del momento en que tomo el libro, hace que descubra nuevos episodios a los cuales no les había puesto atención. Con este texto, además, me permito recorrer sus páginas irresponsablemente, es decir, como sugiere Cortázar en Rayuela, saltándome capítulos o explorando rutas autónomas y azarosas que no siguen otro patrón más que la intuición y la curiosidad.

Me detengo en el prólogo que hizo Gino Germani a la edición castellana en 1961 (recordemos que la primera edición en inglés es en 1959 y, sólo dos años más tarde, se publica en español).  La autocrítica de Germani a la Sociología en nuestro continente es cruda: “en los países de América Latina nos encontramos en una situación que es casi opuesta a la existente en los Estados Unidos. El ‘ensayismo’, el culto de la palabra, la falta de rigor son los rasgos más comunes en la producción sociológica en el continente.  Lejos del ‘perfeccionismo’ y el ‘formalismo metodológico’ yanquis escasea o falta la noción misma de método científico aplicado al estudio de la realidad social.  Sólo en contadas universidades se enseña algo de metodología y técnica de investigación”.

Siendo que mi doctorado lo realicé con un sociólogo obsesivo con lo metodológico, siempre he pensado que en Latinoamérica el aporte de los grandes ensayistas ha sido tan importante que, a menudo, se ha dejado de lado el procedimiento y las reglas de producción de conocimiento científico.  Entre estudiantes, e incluso entre algunos investigadores profesionales, cuando se intenta subrayar el rigor en las formas cómo hacer investigación, se suele ser rápidamente acreedor del desprestigiado adjetivo de “positivista”.  Daría la impresión que hacer ciencia social es tierra libre de advertencias y que cualquier idea puede ser automáticamente sociológica; parecería que no hay que construir problemáticas, perspectivas analíticas, estrategias metodológicas, precisiones conceptuales; parecería que la sociología estaría peleada con la libertad creativa.  Y en esa discusión, precisamente el texto Mills tiene una pertinencia que trasciende, pues invita a pensar libremente pero desde la ciencia social; convoca a dejar volar la imaginación pero potenciarla con la sociología.  Y desde ahí, nuevamente todo adquiere otro sentido, cualquier observación puede ser sociológica, toda idea tiene germen de explicar algo fundamental de la vida colectiva. 

Mills tiene una elegante manera de nombrar su quehacer, se trata de una artesanía intelectual. En su libro, lo que busca es compartir algunas “codificaciones de procedimiento” en su propia trayectoria, busca compartir con el estudiante novel “su manera real de trabajar”, su idea de método y de teoría. Y una de sus primeras advertencias es que los sociólogos “no separan su trabajo de sus vidas.  Parecen tomar ambas cosas demasiado en serio para permitirse tal disociación y desean emplear cada una de ellas para enriquecer la otra”.  Esto significa se debe aprender a “usar la experiencia de vida en el trabajo intelectual, examinándola e interpretándola sin cesar”, siendo esa es una de las más estimulantes características del ejercicio sociológico. A diferencia de cierta orientación de la antropología que invitaba a retirarse de la comunidad de origen para observar al “otro”, o de la filosofía que convoca al debate de unas u otras ideas de uno u otro filósofo, la sociología nos devuelve a la vida cotidiana y mirarla de otra manera descubriendo cosas nuevas: “la experiencia es sumamente importante como fuente de trabajo intelectual original”, advierte Mills. 

Para ello, sugiere llevar sistemáticamente un diario que conduce a generar el hábito de la observación atenta de lo que nos sucede y empezar a darle otra interpretación.  Esto lleva a una característica del oficio: escribir regularmente, “no puedes tener ‘la mano diestra’ si no escribes algo por lo menos cada semana.  Desarrollando el archivo, puedes tener experiencia de escritores y cultivar, como suele decirse, sus medios de expresión”.  El sociólogo entonces debe andar con una libreta en la mano, tomar notas de lo que lee, de lo que observa, de lo que le llama la atención ¡y hasta de lo que sueña!  Escribir y volver a escribir para luego darle un sentido sociológico a todo lo observado anárquicamente en su vida diaria.

Para Mills el investigador debe escapar de la observación que no lleva a explicaciones más abstractas y de las abstracciones que no emergen de la observación concreta, pues ambas conducen conclusiones pobres: “no hay serias diferencia entre quienes observan sin pensar y quienes piensan sin observar”; dicho de otro modo: se debe huir del periodismo de televisión y de la filosofía de simposio.

Finalmente, Mills propone un puente entre la biografía individual y el mundo; rompe así con la separación entre psicología e historia y sugiere una ruta para vincularlas: “ni la vida de un individuo ni la historia de una sociedad pueden entenderse sin entender ambas cosas”.  Lo que ocurre en el mundo, dirá el autor, no es ajeno de lo que ocurre en el individuo; precisamente “la imaginación sociológica nos permite captar la historia y la biografía y la relación entre ambas dentro de la sociedad”.

Como decía, Mills es uno de los autores que me acompañan en distintas circunstancias.  Repasarlo es siempre estimulante, y cada lectura devela un nuevo secreto.  Por eso, no estoy seguro cuándo La imaginación sociológica pasará de mi mesa de noche a mi biblioteca, y cuando se vaya, seguro que pronto volverá. 

Publicado en Suplemento "Ideas" de Página Siete, 23-06-2013 (Bolivia).


lunes, 17 de junio de 2013

Reseña de Sueño Ligero en La Jornada Semanal por Antonio Soria (17-06-2013)

La patria es asunto personal
Antonio Soria


Sueño ligero. Memoria de la vida cotidiana,
Hugo José Suárez,
Editorial Gente Común,
Bolivia, 2012.

El lindo nombre de la casa editora de este volumen hace un agradable contrasentido con la naturaleza del propio libro, cuando se le coteja desde estos pagos: para empezar, por lo inusual de recibir aquí, en México, una publicación boliviana y, en esa misma línea, por lo poco común que es aproximar la atención a las letras de un autor nacido en Bolivia –¿o algún improbable lector tiene, ahora mismo, en la punta de la lengua el nombre de un par de autores nacidos en Bolivia, como sí tiene los de más de dos argentinos, colombianos o chilenos, por poner el caso? En abundancia de atipicidades, he aquí la mirada de un boliviano que, avecindado en México desde hace algunos años, lo ha vivido, lo muestra y se/nos lo explica de un modo naturalmente imposible para quienes somos aborígenes de estas tierras: con los ojos que serían equivalentes al de quien, habiendo llegado sin mirar a un lugar que desconoce, alza los párpados y, poco a poco, casi a tientas la mirada, siente el impulso de una amable obligación: la de compartir lo que le gusta, aquello que le maravilla, eso otro que le provoca curiosidad, admiración, sorpresa, y entretanto nace y se aclimata la estadía, va también y lentamente aprendiendo a mirar con el asombro, sí, pero combinándolo con la pertenencia, con esa forma de hacerse parte de, que algunos, como Julio Cortázar, han llamado derecho de ciudad.
Con ese derecho, ganado a plenitud, Hugo José Suárez habla de México y, al ser las suyas estampas impregnadas con un tono declaradamente personal, vale precisar que es entonces de su México que las líneas versan. Cronista desde el privilegio de la excepción, si cabe la especie de oxímoron, Suárez se reconoce “propio y ajeno”, como por cierto se titula el texto que clausura el volumen. Antes de eso, el autor verifica un itinerario marcado por ocho estaciones: "Azares", "Nostalgias", "Buenas compañías", "Angustias paternales", "Tránsitos", "Miradas", "Ausencias" y, al final, el ya referido “Propio y ajeno” como parada única en "Para cerrar un itinerario".
Sociólogo de profesión –se desempeña como investigador en el IIS de la UNAM–, Suárez aplica esa forma de mirar o, mejor dicho, la combina con la del transeúnte y ciudadano que es como todos pero que, al mismo tiempo, hace algo que por cierto no hacen todos: reflexiona en torno a lo mirado, hace el apunte del detalle, se detiene ya un pequeño instante, ya un rato más largo, en las aristas de la realidad de a pie, esa que va de los andenes del Metro a alguna librería, y de ahí a un parque infantil de diversiones, y de ahí a la escuela, o bien revisita una Bolivia que no estará físicamente todo el tiempo, pero en la mente del autor no hace vacío ni un minuto.
Esas son las tres constantes que determinan el Sueño ligero del sociólogo que escribe aquí, o del escritor que sociologiza: la mirada –que no en balde la fotografía es otro de sus fuertes, y a ella le dedica un apartado entero–, la extranjería que no lo es del todo porque va dejando de serlo cada vez, y Bolivia con su carga de nostalgia, de experiencia y de vivencias primeras que luego han de conformarle al autor los derroteros vitales, de profesión, de preferencias y de gustos, de sentimientos inclusive.
El ojo primero, luego la palabra, pero ambos guiados por el afecto, diríase, al conocimiento; por el deseo de aprehender un entorno cotidiano que, bien se ve que Suárez bien lo sabe, a final de cuentas es la verdadera patria, la personal e intransferible, esa que nada más uno, que la vive, es capaz de describir.

La Jornada Semanal, 16-06-2013. http://www.jornada.unam.mx/2013/06/16/sem-leer.html