lunes, 23 de septiembre de 2013

Berman también se desvanece en el aire

Hace treinta años, Marshall Berman (1940-2013) escribió un libro que estaba llamado a convertirse en un clásico de la Sociología: Todo lo sólido se desvanece en el aire (publicado originalmente en 1982 y en castellano en 1988 por Siglo XXI).  El título evocaba la célebre fórmula de Marx, y se convirtió en uno de los textos clave del marxismo contemporáneo, pero, además, una referencia obligada para entender la sociedad actual: “ser moderno –aseguraba Berman- es vivir una vida de paradojas y contradicciones”.

Lo leí cuando estudiaba la licenciatura, en fragmentos y fotocopias, como todo en aquella época.  Escuché su nombre citado cientos de veces en artículos, coloquios, libros, clases, seminarios y cuanto hay de vida académica.  Pero a pesar de su constante presencia, confieso que lo había dejado un poco en el olvido.  Sólo desempolvé su texto cuando se confirmó que haría mi año sabático en la Universidad de Columbia en Nueva York.  Quería volver a ver su mirada crítica de la ciudad que me iba a acoger por un año.

Llegué al libro con otros ojos, como quien se re-encuentra con una antigua joya guardada, con deseo de observarla y disfrutarla nuevamente.  Aprendí muchas cosas de cómo Berman hacía su trabajo y me quedé encantado con el capítulo sobre la transformación de Bronx.  Su análisis sobre la devastación capitalista plasmada en un proyecto urbano que aplana todo -teniendo como fuente analítica su propia vida- me pareció de una lucidez remarcable.  Más cuando en el mismo momento que recorría esas páginas, en la Ciudad de México las autoridades –de izquierda- se jactaban del Segundo Piso del Periférico, avenida costosa y absurda que sólo refuerza el principio del coche como medio prioritario de transporte y obedece a las imposiciones del empresariado automotriz.  A cuarenta años, la crítica de Berman era pertinente, y no sólo para Nueva York. 

Unas semanas más tarde, el académico neoyorquino fue a México.  Tuve la ocasión de verlo en una conferencia en la sala de la editorial Siglo XXI con motivo del treinta aniversario de la publicación de su libro.  Demacrado en la salud, pero con la lucidez y sencillez de siempre, su presencia fue magistral.  Con el pelo largo, la barba canosa y abundante, unos jeans azules y polera naranja con la inscripción “post-modern” –que presumió haberla comprado en Brasil en un evento unos meses antes-, el académico llenó el auditorio. 

Por supuesto que sus palabras fueron muy sugerentes, pero quedé más impresionado con la participación de los estudiantes -por supuesto de universidades públicas-.  A la hora de las preguntas todos los que tomaban la palabra mostraban que habían leído su libro y, sobre todo, que les había ayudado a pensar.  En cada participación invitaban a Berman a seguir pensando y a hacerlo colectivamente.   El autor seguro que sintió el mejor homenaje que puede tener un sociólogo: ser leído críticamente y que la obra convoque a otros a que construyan sus propios problemas. Fue una deliciosa muestra de cómo las ideas se extienden, penetran en los demás y se convierten en nuevas rutas de descubrimiento.

Ignoraba que esa sería la única y última vez que vería a Berman; ahora que partió –el 11 de septiembre-, me quedé con las ganas de visitarlo en Nueva York.  Habrá que recorrer nuevamente sus líneas, y comprobar que todo lo sólido se desvanece en el aire.




sábado, 7 de septiembre de 2013

La sociología de otro modo: Willian Foote Whyte

Son muchas las enseñanzas que se pueden extraer de un texto como La sociedad de las esquinas, de Willian Foote Whyte.  Llego a él por la recomendación de una amiga y colega que me lo sugiere luego de preguntarle una ruta para hacer un estudio socio-etnográfico sobre la cuestión urbana.  Originalmente el libro fue editado en 1943 por la Universidad de Chicago, y luego tuvo numerosas reimpresiones.  En castellano salió en la Editorial Diana de México en 1971.  Que yo sepa, lamentablemente no fue reimpreso. Me detengo en dos apartados que me parecen especialmente reveladores: la introducción y el último titulado “Sobre la evolución de la ‘Sociedad de las esquinas’”.

El libro es una investigación sobre las pandillas y la violencia en un barrio popular de italianos en Estados Unidos, en un momento de particular estigmatización de su población por su origen y el clima de tensión política internacional.  Los medios de prensa daban noticias que construían la imagen de un lugar acorde a sus intereses, pero en verdad decían muy poco de lo que realmente pasaba.  Whyte sugiere que para comprender realmente lo que sucede hay que ver en la vida cotidiana, “sólo se puede responder a preguntas particulares cuando se ha estudiado la estructura de una sociedad y sus patrones de funcionamiento”.  Se trata entonces no de sacar conclusiones rápidas, sino más bien profundizar en el estudio de las lógicas locales. 

La sugerencia de Whyte es sumergirse en la dinámica de los grupo que se quiere estudiar, fijar la mirada en “gente particular y observar las cuestiones particulares que ellos hacen”, los comportamientos generales son importantes pero sólo se los puede explicar a través del examen de las acciones individuales.  Con esa idea en mente, el autor se va a vivir al barrio por años, y busca insertarse en las dinámicas internas. 

Por supuesto que esta opción tiene sus propios riesgos y exigencias, sobre las cuales el sociólogo reflexiona en la última parte de su libro.  Una de ellas es preguntarse cuál es el límite de la inserción.  Whyte describe un episodio en el cual él mismo se encontraba hablando con acento y con términos del barrio popular al cual, finalmente, no pertenecía, y como esto lo llevaba no a mimetizarse sino más bien, paradójicamente, a marcar la distancia.  El justo equilibrio entre observación y participación es complejo, y en todo caso un tema de autoanálisis.

En otro episodio, el autor reflexiona con una sinceridad que no abunda entre los sociólogos, en torno a su poca claridad sobre su objeto de estudio.  Narra cómo muchas de sus observaciones no tenían sentido, o más bien no estaban articuladas, y cómo la maduración de una idea toma tiempo: “No pensamos por lo general los problemas siguiendo una línea recta. Tenemos a menudo la experiencia de estar sumergidos en una masa de datos confusos”.  Construir un problema sociológico, más allá de la primera observación periodística, puede llevar años, por supuesto muchos más del tiempo de la beca asignada para el estudio.  Por eso, “el estudio de una comunidad o una organización no tiene punto final”; o como decía un profesor: una tesis no se termina, se defiende.

El contacto regular con la población implica largos intercambios con personas clave del lugar.  Whyte describe su relación con Doc, pero además de presentarlo como una de las personas clave para su estudio, cuenta el proceso analítico que el propio Doc vive, lo que lo conduce a mirar las cosas de otro modo.  Incluso confiesa que en algunos lugares de su texto, es difícil diferenciar las ideas suyas de las de Doc.

Insertarse en una comunidad popular y en sus redes de violencia implica ponerse la pregunta –que acompaña desde siempre a la sociología- sobre la política y el rol del investigador.  Whyte dice con claridad que su vocación era comprender y “construir una sociología basada en la observación interpersonal de los acontecimientos”, lo que es una apuesta teórica y metodológica, pero a la vez una posición política: escribir y explicar –sugiere este autor-, es una manera de intervenir.

El trabajo de Whyte refuerza una manera de trabajar en sociología, tomándose las cosas con calma, dejando que el tiempo esté de nuestro lado, sumergiéndose en la complejidad de los hechos sociales y mirando las cosas desde el comportamiento de los individuos.  Por supuesto que es un autor del cual hay mucho que aprender.

  
Publicado en Suplemento Ideas de Página Siete (septiembre 2012)