lunes, 21 de octubre de 2013

Los oscuros laberintos de la política

Tengo una larga relación con la política aunque ella nunca me tuvo entre sus manos.  Los primeros recuerdos son aquellos de la dictadura, a finales de los setenta, cuando mi padre era militante del Movimiento de Izquierda Revolucionara –hablo del MIR entonces, no de la decadente “Nueva Mayoría” de los noventa- y yo, de menos de diez años, lo acompañaba a algunos eventos, desde los lúdicos o épicos hasta los dramáticos.  Quizás por esa impronta moral es que sólo en los últimos años empecé a descubrir nuevas dimensiones perversas en el quehacer político que antes no podía observar.  Me explico.

Cuando Evo Morales llegó a la Presidencia en el 2006, viví la emoción revolucionaria.  Luego de años el sueño se cumplía.  Encontré sentido a cientos de cosas, desde el asesinato de mi padre en 1981 hasta la última movilización urbana.  Todo cuadraba, la narrativa del Pachacuti también me tocaba, incluso siendo un intelectual urbano clasemediero. 

Mis mejores amigos se incorporaron al aparato de Estado en sus distintos ámbitos.  Me contagiaron su entusiasmo.  Pero los años fueron pasando y el poder se apoderó de ellos.  Como mis retornos al país son esporádicos porque vivo en México, en cada encuentro el escenario es distinto.  Una amiga me dijo alguna vez que cuando uno vuelve de vacaciones primero hay que preguntar si quienes eran pareja siguen juntos antes de continuar una conversación. En política es igual: los encuentros y desencuentros están a la orden y van tan rápido que es imposible seguirlos cuando se vive lejos. Por eso en cada vuelta me esperan sorpresas. 

La más lamentable fue la ruptura de matrimonios ideológicos que pensé que sobrevivirían al poder.  No fue así.  Ahora cuando voy a Bolivia visito a todos por separado.  Imposible volver a juntarlos ni siquiera alrededor de una guitarra. Las diferencias se han convertido en odios, en resentimientos, en palabras hirientes y caminos sin retorno. Quien es el bueno y quien el malo, no lo sé, pero veo con ingenua melancolía que la amistad y la cordura se esfumaron. Confieso que a veces esa situación me incomoda, pero a la vez -finalmente soy sociólogo- me ha permitido observar otras dimensiones de la política que antes no podía verlas con claridad. 

Cuento esta experiencia personal porque gracias a ella pude salir de mi romántica manera de creer en la política y entender sus rostros ocultos.  Ahora creo que al menos hay que pensar en tres dimensiones para explicarla.

La primera–aquella con la que me inauguré- es la utópica.   Las ideas más nobles ocupan el epicentro de la discusión y la práctica. Los valores son los que marcan el ritmo de la acción pública, el análisis y la estrategia giran alrededor suyo. Es tiempo de heroísmo y héroes, de morir por las ideas, de considerar traidor al que las abandona o claudica.

La segunda es la del estadista. Cuando se está en ejercicio de poder las decisiones son cosa de todos los días. Se requiere una agenda pública, un proyecto de desarrollo social, económico, administrativo, cultural, que repose en una visión de Estado; una perspectiva a largo plazo y una estrategia operativa para llegar a él. Ahí el que tiene la batuta es quien tiene claro hacia dónde se debe guiar a la sociedad y cuáles son las acciones concretas.

Finalmente, el pragmatismo del poder. Con el poder entre las manos, no sólo hay que tomar decisiones de largo aliento, sino que se debe administrar lo mínimo y lo máximo de su ejercicio. Hay que jerarquizar, nombrar ministros, repartir el poder en proporciones desiguales, formar un grupo cercano y de confianza, exiliar a los amigos dudosos o muy críticos, tener claro el juego de aliados y enemigos, de cercanos o arribistas, de técnicos o militantes. Ahí hay que cortar cabezas, hay que serruchar al que se descuida y cuidarse de todos, crear alianzas y equilibrios que permitan gobernar.

Estas tres categorías no pretenden ser un juicio de valor sino más bien un instrumento analítico, las tres son indispensables. El que tiene éxito es quien sabe calibrarlas, no dejar que una coma a la otra, o más bien subrayar una o la otra en el tiempo correcto.


Si repasamos nuestra historia, sería fácil encontrar quienes personifican de mejor manera cada una de estas dimensiones; y si nos concentramos en períodos específicos podremos ver cuál fue el principio que guió la acción.   En suma, se acercan aires electorales, será el tiempo del pragmatismo exacerbado, que es, seguramente, el más perverso de los tres componentes de la política.  Este es el mejor momento para estar afuera.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 20-oct-2013)

miércoles, 16 de octubre de 2013

La traducción en la Sociología


La traducción en la Sociología, como en la literatura, tiene una importancia capital.  Podemos rastrear cuáles han sido los principales promotores de algunas traducciones y las implicaciones para las comunidades locales, y nos llevaremos interesantes sorpresas analíticas.  La traducción de un autor marca el rumbo de la agenda científica.  Por ejemplo, es conocido que Pierre Bourdieu introdujo a Erving Goffman en Francia publicando una buena parte de sus títulos en la colección El sentido común de Ediciones Minuit.  Bourdieu consideraba que Goffman era un artesano de lo “infinitamente pequeño” y cuya obra criticaba a “los teóricos sin objeto y los observadores sin conceptos”, por ello su perspectiva sociológica podía dialogar y dinamizar la reflexión académica francófona, y así fue[1].

Por ello, la pregunta ineludible parece ser ¿por qué es substancial la traducción en la Sociología?  En lo que sigue expondré cuatro dimensiones del tema y un corolario.
En primer lugar, hay que decir que una obra clásica de Sociología es como el buen vino, está viva: por más que esté embotella, sigue viviendo un proceso de transformación silenciosa (de ahí la importancia de la cata de vino).  Por eso la fórmula clásica de “traductor-traidor” en Sociología debe ser pensada desde otro lado a través de la dupla traductor-recreador, inventor.  Cuando Bourdieu escribe La miseria del mundo, reflexiona sobre la operación de trascripción -refiriéndose a las entrevistas resultado del trabajo de campo- y señala que transcribir es escribir, reescribir, como “la oralidad que opera el teatro”[2].  Aunque el autor se refiere a la palabra resultado de la investigación empírica, la analogía sirve para pensar la traducción de otro sociólogo, pues funciona de la misma manera.  Así, la obra publicada hace mucho tiempo sigue siendo dinámica, y el desafío de intelectual deberá ser releerla y reescribirla desde los parámetros científicos de su época –y por supuesto- de su lengua.
 
Vamos a un ejemplo.  En 1996 Jean Claude Passeron impulsó la nueva traducción de Weber en un libro llamado Sociología de las religiones[3].  El documento era de una riqueza mayor porque reproducía distintos textos –por supuesto previamente publicados- pero tenía algunos añadidos como el prólogo hecho por el mismo Passeron y un glosario razonado.  Las reacciones en el ámbito académico del momento iban en dos direcciones, por un lado, aquellos que veían el texto como un esfuerzo inútil por desempolvar documentos ya disponibles, y por otro, no faltaban quienes recibieron el libro con especial expectativa respecto de las novedades interpretativas que podía traer.
 
Lo que resulta especialmente sugerente es detenernos en algunos pasajes que enseñan diferencias entre la lectura de Weber que propone Passeron en 1996 y aquella de Medina Echavarría de 1944 en el libro Economía y sociedad publicado por el Fondo de Cultura Económica[4].  Cuando Weber hablaba de las “condiciones y efectos de un determinado tipo de acción comunitaria, cuya comprensión se puede lograr sólo partiendo de las vivencias, representaciones y fines subjetivos del individuo”, en la versión castellana se utiliza el término “fines subjetivos”[5], mientras que en la francesa “experiencias subjetivas”.  La diferencia entre “fines” y “experiencia” no es casual; hay que recordar que dos años antes, en 1994, Francois Dubet había puesto el tema en la reflexión académica con su libro precisamente titulado Sociología de la experiencia[6].  
  
En otro pasaje, Weber se refiere al vínculo entre lo religioso y el sujeto creyente; en la versión castellana se traduce como “el esfuerzo religioso ejercido sobre sí mismo” que conduce al “autoperfeccionamiento”[7], mientras que en la versión francesa, se opta por otra redacción: “el trabajo que la persona efectúa sobre ella misma” y se subraya los medios para “el perfeccionamiento del sí”[8].  Pensar en el sujeto a partir de “un esfuerzo” sobre sí mismo y su autoperfeccionamiento va en distinta dirección que detenerse en el “trabajo” para consigo mismo, evocando de manera clara la idea del “sí”.  Guy Bajoit en la misma década había presentado varios textos donde se ponía en el centro el “trabajo del sí consigo mismo”, lo que llamó la “gestión relacional del sí”, particularmente en su texto Por una sociología relacional[9].

En suma, la traducción hecha desde México en los cuarenta por Medina Echavarría reposa sobre un paradigma de sociedad distinto al de la sociología francesa de los noventa, donde el individuo está en el corazón de la misma.  Medina Echavarría está abriendo brecha sociológica –institucional y conceptualmente- pero los parámetros fundamentales de comprensión de lo social giran preponderantemente alrededor de construir herramientas para el estudio de la nación y sus grandes desafíos; en ella, las colectividades –de manera preponderante clase y etnia- ocupan el lugar central.  Siguiendo la tipología de Bajoit, aquel es un momento donde prima el paradigma sociológico de la integración[10].  En el otro extremo, en los años noventa la sociología francesa está atravesando por un proceso de renovación profunda, son varios autores los que plantean una “gran mutación” que conduce a una nueva idea de sociedad.  Los aportes de la Sociología clásica son puestos en duda y se abre una serie de opciones analíticas en decenas de libros especialmente sugerentes que marcarán la reflexión por varias décadas.  Por supuesto que releer a Weber en esas circunstancias obliga a poner atención en otros elementos.

Dicho de otro modo, la Sociología, al estar viva, debe correr la misma suerte de la relación entre música y innovación tecnológica: se requiere una constante “remasterización” de sus originales, y cada traducción va a ser prisionera, para bien y para mal, del lugar y tiempo de enunciación y del paradigma científico desde donde se la realice. 

Un segundo elemento es que estamos viviendo una tendencia a la hollywodización de la Sociología.  Como bien ha reflexionado Renato Ortiz en su texto La supremacía del inglés en las Ciencias Sociales[11], la “pesadilla monolingüe”  empieza a imponerse, lo que se resume en la irónica –pero certera- frase: lo que no está en inglés está inédito.  Las ciencias llamadas “duras” ya sucumbieron a la tentación por sus propias lógicas y contenidos, pero que la Sociología vaya en esa dirección es lamentable, pues no haría más que empobrecer la disciplina.  Si esa tendencia se logra imponer, las iniciativas de nuevas traducciones quedarían en el pasado, y todos estaríamos sometidos a una geopolítica de dominación lingüística y científica con duras consecuencias para la ciencia y la sociedad.

En dirección contraria, la Sociología debe moverse más bien como lo hace el mundo del cómic.  Más allá de las influencias norteamericana y japonesa, en el cómic no existe un centro monopólico, es imposible pensar que una historieta se presente en todo el planeta en un mismo tiempo creando consumidores globales.  Los belgas se leen entre ellos, los argentinos lo propio, o los estadounidenses, sin ser totalmente desconocidos unos con otros.  Su riqueza está en la construcción de comunidades locales con vinculaciones internacionales más que en la magnífica ilusión de globalidad.  No hay un núcleo rector, por lo que se gana mucho más cuando las redes de intercambio se establecen directamente creando puentes lingüísticos.  Así, un texto de Sociología en portugués, tendría que ser traducido al francés; uno escrito en árabe, al alemán; otro del chino al aymara, y así hasta el cansancio.
 
Un cuarto aspecto es la pertinencia o no de las traducciones, pensando para nuestro caso de hispanoparlantes, y los juegos de poder entre las escuelas.  Como es sabido, las obras se impulsan desde los países que tienen más recursos para hacerlo y se seleccionan aquellas cuyos autores o tienen mucho valor en el mercado, o cuentan con una red de estudiantes que con los años ocupan posiciones de poder en sus respectivos países.  España, México y Argentina marcan el rumbo respecto de países pequeños.  En esta lógica, Alain Touraine por ejemplo ha sido traducido más tempranamente que Pierre Bourdieu, a quien tuvimos que esperar hasta el transcurso de los noventa para que empiecen a aparecer una parte de sus obras importantes.  Así, al no tener discípulos hispanoparlantes que promuevan sus ideas, se dejan vacíos imperdonables: Howard Becker, que es un autor que hubiera podido aportar mucho para estudiar los comportamientos del mundo de la cultura, se lo empieza a traducir recién hace algunos años en Argentina; el libro El razonamiento sociológico de Passeron[12], indispensable para la discusión epistemológica y que es considerado una segunda parte de El Oficio del Sociólogo, salió recién el año pasado (20 años después de su publicación en francés); quedaron en el camino textos como La Sociología de la experiencia de Francois Dubet (recién se lo publicó hace dos años); las Sociologías de la modernidad de Danilo Martuccelli[13] (que reemplazó al clásico Las etapas del pensamiento sociológico de Raymond Aron en la enseñanza universitaria francesa); la Sociología relacional de Guy Bajoit, etc. En suma, son muy notorias las ausencias, y todo indica que responden más a la posición de las escuelas y su relación con el poder académico local, que a una agenda científica.

Las cuatro dimensiones rápidamente señaladas conducen a un corolario que no por complejo en lo operativo es menos pertinente.  Por un lado, en lugar de dirigirse hacia la homogenización lingüística en la producción de conocimiento en ciencias sociales, se debe tender hacia el derecho de hacer Sociología en el idioma local y el esfuerzo de las otras comunidades de comprender –al menos leer- la lengua del otro.  Si cada sociólogo podría leer al menos en tres o cuatro idiomas, se fortalecerían más los intercambios.  Y por otro lado, se deberían construir ámbitos de traducción y retraducción cruzando lenguas y tiempos, construyendo nuevas redes temporales y territoriales. Sólo así estaremos camino hacia el enriquecimiento y no hacia el ocaso de la Sociología.

(Publicado en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, N. 513, Octubre 2013)


[1] Pierre Bourdieu, La muerte del sociólogo Erving Goffman. El descubridor de lo infinitamente pequeño, consultado en Internet: http://sociologiac.net/2012/01/20/inedito-la-muerte-del-sociologo-erving-goffman-por-pierre-bourdieu/ , 26/11/2012.
[2] Pierre Bourdieu, La miseria del mundo, Ed. FCE, Buenos Aires, p. 540.
[3] Max Weber, Sociologie des religions, Ed. Gallimard, Paris, 1996.
[4] Max Weber, Economía y sociedad, Ed. FCE, 1987 (primera en 1944)
[5] Ibid., p. 328.
[6] François Dubet, Sociologie de l'expérience, Ed. Seuil, Paris, 1994.
[7] Max Weber, Economía y sociedad, p. 549.
[8] Max Weber, Sociologie des Religions, p. 184.
[9] Guy Bajoit, Pour une sociologie relationnelle, Ed. PUF, Paris.
[10] Ibid, p.19.
[11] Renato Ortiz, La supremacía del inglés en las ciencias sociales, Ed. Siglo XXI, Buenos Aires, 2009.
[12] Jean-Claude Passeron, Le raisonnement sociologique, Ed. Nathan, Paris, 1991.
[13] Danilo Martuccelli, Sociologies de la modernité, Ed. Gallimard, Paris, 1999.