martes, 4 de noviembre de 2014

Tres cafés en Coyoacán

1.       Alverre. Café bistró
Se encuentra en la esquina de las calles Gómez Farías y Cuauhtémoc.  Como pocos, retoma el estilo bonaerense de la cultura del café: las ventanas hasta el piso quiebran la distancia con la calle, la barrera entre interior y exterior es discreta, permite la privacidad del espacio adentro y disfrutar de la belleza de lo que hay fuera.  Las mesas y sillas marcan un toque tradicional -de madera oscura- sobrias y elegantes. Cuadros de arte moderno cuelgan de las paredes, y la música siempre está bien escogida.  El paralelo con Buenos Aires no es casual, la tarjeta postal que regalan con la cuenta explica el origen del nombre: “Alverre.- Contracción e intercambio silábico de la frase ‘al revés’. Juego sintáctico característico del lunfardo (el lenguaje del tango, el juego y el azar…)”.
2.      Corina
En verdad no es un café sino una pastelería francesa, su nombre oficial: Caremel; pero está en la calle Corina, y respondiendo a la tradición de nombrar las cosas más por su ubicación que por su acta de bautizo, lo llamamos simplemente el “café Corina”. Lo simpático es que no tiene mesas, de hecho se trata de dos locales unidos por una pequeña puerta, ambos con un ventanal enorme a la calle. En uno de ellos, sólo hay pasteles; para su compra se procede con la rutina de las panaderías mexicanas: se toma una charola y pinzas, se pone lo que se comprará y se pasa por caja. En el otro, sólo hay una barra que casi no deja espacio con la calle, lo mínimo para poner dos taburetes siempre ocupados. En una esquina, se hace una fila -normalmente pequeña-, donde primero se pide y paga el café para luego ser entregado cliente por cliente. Lo fantástico es tanto la calidad del café como el paisaje: es una esquina con una amplia vereda, árboles, muy poco tráfico. En el ventanal de la pastelería pusieron unas tablas que sirven para sentarse, y en frente, en la misma vereda, un par de asientos de fierro forjado. Como si estuviéramos en una ciudad caribeña, todo sucede en la calle, que es donde uno disfruta del entorno urbano y encantador.
3.      La Ruta de la Seda
Lo descubrí por casualidad caminando por la zona. Es una pequeña casa en esquina con un portón viejo de madera y una ventana que da a la otra calle. El espacio es mínimo, sólo entran dos mesas y la barra donde está la caja y algunos pasteles. Parece una casa antigua de adobe de cualquier pueblo latinoamericano. Afuera, aprovechando la espaciosa vereda, hay cuatro discretas mesas -cada vez son más-. La música siempre es suave, tanto como la sofisticada pastelería: torta de té verde o de pétalos de rosa. Cuando llega el café cremoso en una pequeña tasa, no es más que la coronación que termina de armonizar el sabor y el aroma, con la vista y el oído. Un espacio delicado y encantador, como su nombre.
4.      El café: un refugio

¿Por qué hablar de cafés en Coyoacán cuando Bolivia está en plenas elecciones presidenciales? Tal vez por lo previsible de los resultados, o porque encuentro tantos parecidos en el quehacer cotidiano que no me dan ganas de escribir una coma sobre candidatos y campañas, a menudo me es difícil diferenciar unos de otros. Tal vez porque en este período se ven las miserias de los partidos y la pobreza del argumento. Tal vez por mi desencanto con la política y sus actores. Tal vez porque este sea el mejor momento para ocultarse en un café, lo más lejos posible, esperando que pase el vendaval y que vuelva la decencia a la arena pública. 

Publicado en El Desacuerdo, octubre 2014.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Sociología en el ring: Loic Wacquant

Supe de él hace muchos años cuando leí el libro que publicó conjuntamente con Pierre Bourdieu titulado Respuestas. Por una antropología reflexiva. Su participación en ese texto tenía dos intenciones, por un lado presentar la obra   del sociólogo francés, y por otro, realizar un largo interrogatorio. Al leerlo, comprendí mejor en qué consiste una "entrevista sociológica”, o más bien, qué sucede cuando dos sociólogos tienen una grabadora en frente. Más que preguntas y respuestas, lo que sucede es una auténtica tertulia, un intercambio de ideas con vaivenes que enriquecen la conversación.

Años más tarde, me encontré con otro delicioso texto de diferente naturaleza: Entre las cuerdas, cuadernos de un aprendiz de boxeador.  En esta ocasión era Wacquant solo, contando su propia experiencia de convertirse en un profesional del box. Su obra me llamó la atención por múltiples razones.  En primer lugar, el aporte teórico es remarcable. El autor se inscribe en la tradición bourdieuneana de pensar el mundo social y utiliza ese aparato conceptual para su investigación. Bourdieu desarrolló una serie de conceptos como campo, habitus, capitales, estrategia, etcétera, que le sirvieron para múltiples estudios en las más variadas experiencias sociales, desde las lógicas de distinción francesas, hasta el uso de la fotografía o el rol de la religión. 
Con insistencia acuñó la idea de que el habitus se hace cuerpo, es decir que el esquema cognitivo que permite que fluya la percepción y la acción, nos habita de tal manera que se inscribe en nuestra materia. La anotación venía de Bourdieu pero ninguno de sus libros daba cuenta con tanta claridad cómo sucedía ese proceso. Es Wacquant quien, retomando la idea de que "aprendemos con el cuerpo”, experimenta la "conversión moral y sensual”: se inscribe a un gimnasio de boxeo en un barrio negro en Chicago y se somete a un sistemático entrenamiento durante más de tres años hasta convertirse un pugilista semi-profesional y estar a punto de dejar la sociología. Empezaba así a llenar un vacío teórico.


Un segundo aspecto que no es menor, es la estrategia metodológica. Insertarse en el mundo del boxeo implicaba tanto un acercamiento paulatino y sistemático a la cultura pugilística –dinámica a la cual están acostumbrados los antropólogos cuando estudian mundos ajenos-, como la educación rigurosa del propio cuerpo. La mejor opción fue la etnografía. Durante toda su investigación  escribió rigurosamente un diario de campo (más de 2.300 páginas), hizo entrevistas, tomó fotografías y participó en todo lo que pudo. Vivió intensamente el gimnasio en cada uno de sus componentes, registró en su propio cuerpo los aprendizajes –desde el fortalecimiento de un músculo, el afinamiento de los reflejos para esquivar o dar un golpe, la estrategia para soportar el dolor, etcétera-, mientras iba anotando todo lo observado y buscando explicaciones. 


En el libro, Wacquant analiza diversas dimensiones del tema. Explica la función de un espacio deportivo en un barrio donde los índices de violencia son alarmantes, y muestra cómo la tensión calle vs. ring es fundamental; el gimnasio es un "escudo protector contra las tentaciones y los peligros de la calle”, pues la violencia tiene reglas estrictas, permite a sus participantes no sólo sobrevivir a la incertidumbre propia del vecindario, sino que además les ofrece una ruta profesional que puede generar ingresos. Cuenta las jerarquías, la función del entrenador, el rol de los íconos deportivos, las fantasías y aspiraciones, la decoración interior del gimnasio, los códigos de honor.


También el autor narra su propia experiencia de convertirse en un boxeador, todos los detalles del entrenamiento, la tensión previa a subirse al ring para un combate, la intensidad de los segundos antes de que suene la campana anunciando el fin de un round. Explica cuáles son las exigencias  para participar en un torneo, el sacrificio en sus tres dimensiones: estricta regulación alimentaria, abandono de toda vida social que distraiga, rigurosa abstinencia sexual. La factura a menudo es cara, pero es el costo de quien quiere ser un verdadero profesional. 


La narrativa de Wacquant es especialmente cautivadora, tanto que en algunos momentos uno se olvida que está leyendo un estudio científico. Eso le lleva a reflexionar sobre "la alianza de estos géneros normalmente separados: sociología, etnografía y novela”, y nos devuelve el desafío a los sociólogos sobre cómo vincular teoría y procedimiento científico con observación sostenida, profunda y participante, y una presentación elegante y seductora. La justa combinación de estas tres tradiciones es la que le dará a un trabajo un merecido lugar. Wacquant, nos enseña un camino.


Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 2/11/2014

lunes, 6 de octubre de 2014

García Meza: “honra, apellido, familia”

Desde que leí la semana pasada la noticia de que el Tribunal Supremo Electoral había aceptado el recurso del abogado del ex-dictador Luis García Meza para que se retirara su imagen de una propaganda política, no dejo de tener el estómago revuelto.  Ignoro el oscuro brazo perverso que esté detrás del TSE y de tan desafortunada decisión; la historia se encargará de desenmascararlo y juzgarlo en su momento. 

Es claro que la estrategia de "blanqueamiento" del ex-dictador consiste en ir cambiando su imagen de militar asesino vinculado con el narcotráfico, por un viejo enfermo y ahora injustamente prisionero que impulsó un gobierno de “renovación nacional” (basta revisar las barbaridades escritas en Wikipedia sobre su persona). Pero sólo los oídos necios pueden escuchar tales alegatos, y sólo sus cómplices apoyar semejante empresa. No es nuevo, lo mismo sucedió en Argentina con Videla, en Chile con Pinochet y en Bolivia con Banzer -tal vez el que mejor logró su cometido-. No lo logrará, la justicia llega, y los familiares de las víctimas no se callan, no nos callamos. 

Hay que recordar que Luis García Meza dio un golpe de Estado el 17 de julio de 1980, es responsable de la muerte de Marcelo Quiroga Santa Cruz, del genocidio en la Calle Harrington y otras múltiples atrocidades por las cuales fue juzgado y condenado a 30 años de cárcel sin derecho a indulto. Montó un aparato paramilitar llamado "Servicio Especial de Seguridad" que salía en ambulancias a buscar militantes de izquierda. Todavía se me eriza la piel cuando paso por una pequeña calle en Sopocachi donde estaban estacionadas sus vagonetas, o cuando rememoro el miedo que sentíamos porque vengan a casa y destrocen todo. Todavía recuerdo con inquietante claridad la imagen de Luis Arce Gómez, su Ministro del Interior, decir en la televisión que teníamos que “andar con el testamento bajo el brazo”. Yo tenía diez años, pocos para tener que aprender qué era un testamento.

El argumento del TSE es de broma. Un vocal dijo: “Se votó en consenso. Es un aspecto de carácter legal, porque cualquier reo solo pierde el derecho a la locomoción. No se puede usar la imagen de una persona (cuando afecta) el ejercicio pleno de sus derechos”, y se sostiene que se estaría vulnerando su "honra, apellido y familia".  Primero me llama la atención el “consenso”: ¿todos estuvieron de acuerdo? ¿Es que ese Tribunal no leyó nada de historia de Bolivia? ¿No hay nadie que dé la cara por los muertos? ¿Nadie que los recuerde y que les rinda homenaje? ¿Nadie que reconozca que si no hubiera sido por ellos, por su vida y sacrificio, el TSE y la democracia en el país no existirían?

En ningún momento en el spot se vulnera la "honra, el apellido y la familia" del ex-dictador. La honra la perdió hace rato cuando decidió violar todas las normas de la democracia, cuando se convirtió en asesino y mandó a matar a tanta gente. García Meza perdió la dignidad varios años atrás, y no ha hecho ningún esfuerzo para recuperarla. El apellido él mismo lo ensució con sangre, tendrán que pasar décadas y nuevos nombres para limpiarlo. Por supuesto que su proceder no salpica automáticamente a sus parientes, nadie escoge a su familia -lo sabemos bien- y cada uno es responsable de sus actos. Lo que me queda claro es que mostrar la foto del ex-dictador -en tiempo de campaña política o no- no afecta ningún derecho humano, no es una calumnia, ni siquiera una agresión personal y mucho menos familiar. Es simplemente un repaso por los hechos del pasado. ¿Cómo pretende el Tribunal hacernos creer que este caso se trata de "un aspecto de carácter legal" cuando a todas luces hay una intención política en su resolución? 

¿Qué quiere ahora García Meza –y el Tribunal-, ser recordado como un demócrata, visionario, estatista? ¡Por favor! Sólo veamos -por elemental que parezca- cómo se define un tirano en el diccionario de la Real Academia: "Dicho de una persona: que obtiene contra derecho el gobierno de un Estado, especialmente si lo rige sin justicia y a medida de su voluntad. Dicho de una persona: que abusa de su poder, superioridad o fuerza en cualquier concepto o materia, y también simplemente del que impone ese poder y superioridad en grado extraordinario". Tras tan simple descripción, ¿quién se atreve a decir que García Meza no fue tirano? 

Que el candidato a la presidencia Juan del Granado utilice la imagen histórica de García Meza en una propaganda, es asunto suyo. Se puede estar a favor o en contra de Juan, ese no es el punto, aunque no nos haría mal recordar que fue él, efectivamente, quien con una valentía y coraje de otros tiempos impulsó el Juicio del Siglo cuando todo estaba en contra y logró meter en prisión al ex-dictador. Quienes fuimos víctimas de la dictadura -y en general toda la sociedad boliviana-, no podemos si no estar por siempre agradecidos por su honesto proceder. Pero el tema aquí es que se censure una fotografía que pertenece a la historia política nacional, que se quiera borrar lo que realmente sucedió en el país en aquellos años de terror.

No voy a narrar la historia tantas veces contada del asesinato de mi padre, Luis Suárez Guzmán el 15 de enero del 1981, cómo encontramos su cuerpo torturado, destrozado, cómo nos amenazaron posteriormente durante meses. No voy a traer las lágrimas de la ausencia. Pero que sepa García Meza, el Tribunal Supremo Electoral y la nación, que mientras tengamos un suspiro más de vida, no nos quitarán la palabra. Se llevaron a mi padre, no se llevarán su memoria.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (La Paz, Bolivia), 5/10/2014


viernes, 3 de octubre de 2014

Sobre García Meza y el Tribunal Electoral en Bolivia

Por que no nos podemos quedar callados cuando se trata de nuestra historia, de nuestros muertos, de la historia de la democracia boliviana y de quienes dieron la vida para que hoy podamos celebrarla...

jueves, 18 de septiembre de 2014

Gramsci en el Bronx

Es la iniciativa del artista Thomas Hirschhorn (julio-septiembre 2013) expuesta en un barrio popular en Bronx, Nueva York. Se trata de una construcción artesanal toda de madera con varios cuartos y espacios para discusión y recreación.  Hay una cafetería, una sala de conferencias al aire libre, un cuarto de computadoras –con el simpático título: “Internet, una ventana al mundo”-, una biblioteca.  Todo hace alusión al intelectual italiano, y en una de las salas se exhiben algunos objetos personales de sus largos años en prisión: tenedores, peine, billetera.  La biblioteca alberga varios libros suyos que pueden ser consultados in situ. Además hay una radio que transmite por internet y un programa de actividades variado e intenso, con conferencistas de varios lados y temas diversos. El lugar está construido provisionalmente y con la intención de durar sólo unos meses, con materiales de madera, ventanas de plástico, sillones recogidos de la calle y forrados con papel, etc.
La propuesta de Hirschhorn es rendir un homenaje a distintos pensadores en diferentes lugares y momentos.  En 1999 hizo el Monumento Spinoza, en el 2000 a Deleuze, en el 2002 a Bataille.  Para Gramsci, escogió uno de los barrios más desatendidos y estigmatizados en Nueva York, se puso en contacto con los vecinos, y buscó que la instalación no sea la llegada de un artista ajeno que hace su obra, sino que más bien se produzca una interacción con ellos.  Por eso, quienes la cuidan y atienden son los propios habitantes.
La obra, por un lado, implica en sí misma un producto estético particular, una especie de reciclaje de lo urbano desde lo urbano en un ámbito de marginalidad.  Pero por otro lado, se convierte en un espacio de intercambio y reproducción cultural donde hay conferencias, lectura de poemas, talleres, libros, discusión y café. De hecho por sus pasillos transitan tanto algún académico que vino de otro barrio y de una universidad prestigiosa, como los niños afroamericanos que salieron a jugar a su parque que, ahora, tiene una construcción extraña pero atractiva. Además, se colgaron en algunos de los edificios grandes afiches con frases de Gramsci.  De ellas, me quedo con una que en cierto sentido sintetiza la apuesta: “todo humano es un intelectual”.

Lindo homenaje al pensador italiano que pasó su vida en prisión.  Seguro que esa es una de las mejores maneras de liberarlo.
(Publicado en El Desacuerdo, N. 22. La Paz - Bolivia)

martes, 2 de septiembre de 2014

Martín Chambi. Fotógrafo fundamental

Recuerdo que en un viaje a Cuzco en el 2003 ocupé parte de mi tiempo en buscar la casa de Martín Chambi.  Tenía la dirección de un estudio que no recuerdo de dónde la conseguí, encontré la calle y el número –tarea tediosa para una vacación-, pero cuando llegué no había nada.  Lo único que pude averiguar luego de mi pesquisa fue el teléfono de algún familiar suyo. Lo llamé buscando algo, no sé qué, pero no supo darme ninguna información sobre tu antecesor; desilusionado, sólo opté por felicitarlo y mostrarle mi admiración por uno de los más talentosos fotógrafos del Siglo XX.
Chambi nació en 1891 en Coaza, departamento de Puno, en el altiplano peruano, cerca del Lago Titicaca en una familia campesina. Vivió en Arequipa –donde trabajó con el fotógrafo Max Vargas- y Cuzco donde instaló su estudio.  Realizó varias exposiciones en Arequipa, Puno, Cuzco, Lima, La Paz, Santiago de Chile, Viña del Mar.  Ganó la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Bolivia en 1925.  Murió en 1973. El ambiente político cultural que le tocó vivir fue de particular creatividad intelectual poniendo en el centro la discusión sobre lo indígena.  Recordemos que José Carlos Mariátegui publicó en 1928 por primera vez su ya clásico texto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, y su revista Amauta era una referencia de la discusión de la época.  Cuzco se encontraba en el debate, surgían varias corrientes y grupos, y el estudio de Chambi se convirtió en uno de los espacios de intercambio cultural.
Tal vez por eso la mirada de Chambi es autónoma, creativa e inteligente.  Se retrata a sí mismo y su contexto.  Su intención es tan política como etnográfica: “Llevo en mi archivo más de doscientas fotografías de diversos aspectos de la cultura quechua.  He recorrido y recorreré las regiones andinas en esta peregrinación.  Sobre todo, he escudriñado con la lente de mi cámara fotográfica todos los rincones de palacios  fortalezas de Cuzco (…). Me siento como un representante de la raza; ella habla en mis fotografías”.
A diferencia de la foto colonizadora de la época –particularmente europea- que “descubre” al indio al mismo tiempo que lo hace con las excentricidades africanas, Chambi muestra el mundo complejo de la vida rural, de la cual él mismo forma parte.  No se monta en el paradigma liberal del progreso, propio de algunos gobiernos e intelectuales latinoamericanos que veían en lo popular un impedimento para el desarrollo. No exalta romántica, ingenua o folklóricamente lo indígena, sino que retrata su cotidianidad y fortaleza cultural en múltiples dimensiones.  Por ejemplo, una serie de imágenes retoma la grandeza de Machu Picchu mucho antes de que se convirtiera en un lugar turístico.  Tanto las vistas panorámicas de los complejos urbanos como el detalle de la “Piedra de los doce ángulos” o el “Muro de las cinco ventanas de Wiñay Wayna” (1941), enseñan cómo tecnología y cultura fueron las que forjaron al lugar y su gente. 
Chambi no busca una postal, un indio de museo. Lo fotografía en el estudio y en el campo, en la fiesta y en la montaña, en la escuela y en la comunidad. En la imagen “Campesina de Combapata” (Cuzco, 1934), en el “Grupo de campesinos de Tinta” (1930), o en la maravillosa “Familia de Ezequiel Arce con su cosecha de papas”, todos -padres hijos y hermanos- están sentados en una pirámide de papa que es el fruto del trabajo y de la tierra.  No miran a Chambi, sino al futuro y al pasado a la vez.  Cuerpo, comunidad, cultura y naturaleza. 
Ante la cámara del fotógrafo también posa la élite cuzqueña, sus fiestas, sus mansiones, sus bodas y hazañas.  Pero no los exalta, tampoco los ve desde abajo.  Los reconoce, los muestra, les asigna un lugar.  Los monta en la tecnología, en el automóvil, en la moto, en el tren. Pero no los contrasta con el mundo rural, no los contrapone, no hace de ellos los responsables de una promesa de modernización.  No jerarquiza su medio poniéndose a él mismo en la escala inferior; sólo dibuja los distintos rostros de una compleja colectividad.

En varias imágenes aparece el propio Martín Chambi, en su estudio o en el campo, solo o acompañado; pero de todas ellas, me quedo con el “Autorretrato” de 1923.  Con un impecable manejo de la luz, Chambi mira su propia imagen en una placa fotográfica.  Es una metáfora de todo su trabajo. Mira y se mira. Retrata y se retrata. Sus fotos muestran un fotógrafo que supo conjugar cultura y universalidad, tiempo y trascendencia.  
Publicado en Suplemento Ideas, de Página Siete (31/08/2014)

lunes, 4 de agosto de 2014

Marshall Berman en Times Square

A Marshall Berman se lo conoce y recuerda sobre todo por su libro clásico Todo lo sólido se desvanece en el aire, pero en verdad se sabe poco de él, de su accidentada vida y de su apasionada relación con su ciudad: Nueva York. On the town. One hundred years of Spectacle in Times Square es un texto que devela parte de esa historia.  Fue publicado inicialmente por Radom House (2006) y posteriormente por Verso (2009). Cuenta con seis capítulos y decenas de ilustraciones.

Por el origen de este estudio, se entiende buena parte de su contenido. Cuenta el autor que un domingo de junio del 1995, antes de dormir lo llamó un amigo editor de The Village voice invitándolo a escribir sobre Times Square denunciando millonarias inversiones de grandes empresas que cambiarían la naturaleza de la calle 42, la famosa plaza y su importancia para los neoyorquinos. Le sugería que se encargara de la introducción a un dossier crítico que ya estaba armado. En primera instancia rechazó la oferta, pero al colgar el teléfono su esposa le dijo: "¡Idiota! Es tu gran oportunidad, ahora puedes juntar cosas -sexo y bienes raíces y cines y tus padres y el metro y carteles y la calle-, todo lo que siempre dices que quieres hacer". Al día siguiente, estaba aceptando la propuesta. Este llamado de atención marca el tono del libro, el espíritu con el cual Berman se sienta a redactar: "juntar cultura y política, juntar el Nueva York del pasado y del presente, juntar mi vida como hombre y mi vida como niño, juntar mi búsqueda intelectual por las verdades profundas y mi primitivo amor por las luces de colores".

Con aquella premisa como una especie de estado de ánimo intelectual y emocional a la hora de explicar un problema complejo, el autor nos invita a recorrer las 260 páginas de su libro y los cien años que contiene. Y aclara que no buscará narrar la historia de la plaza o lo que hace la gente en esa calle, sino cómo se adueña de ella, para lo cual acude a todos los recursos que tiene a la mano: documentos históricos, fotografías, recuerdos y memorias personales, observación empírica, afiches, referencias teóricas, experiencias, etc. Metodológicamente, no tiene ningún reparo en empezar contando su fascinación por los anuncios luminosos, su tránsito de infancia por la calle 42 cuando acompañaba a su padre al trabajo o aquella anécdota donde, al confesarle a su tía que él había consumido drogas y que la sensación era sentir visiones alucinantes, ella le dijo: "No necesitas de drogas para esas experiencias. Todo eso lo tienes yendo a Times Square".

En cada capítulo, el autor relata episodios sobre la enigmática plaza poniendo el acento en un momento histórico pero subrayando su sustancia. Empieza con los primeros carteles a principios del siglo pasado, se detiene en las imágenes clásicas como la foto del marino besando a una enfermera –ambos anónimos hasta la fecha- en pleno Times Square en la Segunda Guerra Mundial, la representación de lo masculino y de lo femenino, etc. En suma, transita por la manera cómo se conformó ese lugar caracterizado por la "superabundancia de sentidos" que se dejan ver tanto en cada una de las imágenes y obras que ahí se muestran, como en la historia de quienes viven una experiencia particular.

Luego de una deliciosa narración interpretativa del lugar, Berman llega al epílogo nuevamente contando un incidente personal: "Reuters y yo". Describe cómo fue forzado a retirarse de la puerta del edificio de Reuters por un agente de seguridad que tenía el mandato de no dejar detenerse a nadie. Cuando argumentó que lo único que estaba haciendo era mirar lo que pasa en la calle para escribir un libro, recibió la eterna respuesta de los agentes de seguridad: "son órdenes". Contrariado por cómo la agencia de noticias que es capaz de denunciar regímenes despóticos en todo el mundo, era la primera en impedir a los ciudadanos a transitar libremente por la calle, optó por retirarse sin hacer escándalo, continuar con la redacción de su libro y no faltar al cumpleaños número diez de su hijo, que lo estaba esperando. Pero el bochornoso episodio le permite volver a la propuesta analítica y militante de su libro: "uno de los derechos humanos primarios es el derecho a la ciudad; esto significa que la vida de ciudad es una experiencia a la cual todo ser humano tiene derecho, lo sepan o no. A la vez, las ciudades son vulnerables y necesitan amor y cuidado infinitos".

El libro nos invita no sólo al tránsito por la famosa plaza, sino sobre todo devuelve la imaginación a la interpretación sociológica, la experiencia personal como fuente de análisis, la agudeza en la observación de cualquier insumo gráfico o histórico para sacar provecho analítico. Todo permeado por una intención política: la reivindicación de ser colectivamente dueños de la urbe, de sus plazas, de sus tiempos. Marshall Berman, uno de los neoyorquinos más memorables para conocer y recorrer.

Publicado en suplemento Ideas de Página Siete (03/8/2014)

miércoles, 16 de julio de 2014

Memorial 9/11


No es fácil visitar un lugar cuya importancia está marcada por la tragedia.  Las imágenes de lo que ahí pasó siguen viniendo a la mente inevitablemente.  Recuerdo que aquella mañana, yo estaba trabajando cuando alguien dijo “un avión se ha estrellado en una de las torres en Nueva York”.  Parecía un mal chiste o un adelanto de una película de ciencia ficción.  Bajamos todos a la sala donde había una pantalla gigante y pudimos ver en vivo el fuego en uno de los edificios.  De pronto, apareció otro avión y lo vi, en “tiempo real”, estrellare en la segunda torre.  Mientras ardían ambas, uno de mis colegas dijo “acaba de cambiar la historia de la humanidad”.  A los minutos, la tele mostró el desplome de uno de los íconos de la economía mundial como un castillo de naipes.  No entendía nada; mi única certeza era ser testigo de tiempos intensos y dramáticos.

Más de dos lustros después me toca visitar nuevamente las Torres Gemelas, o más bien el espacio vacío que dejaron aquellas edificaciones a las que subí en uno de mis primeros viajes a Nueva York en 1992 –guardo algunas fotos de ese momento- y las mismas que vi hacerse polvo por la pantalla. 

Cuando llego, me encuentro con un hombre que limpia con empeño un mural en la calle lateral.  Según cuentan, está siempre ahí, tallando las letras que dicen “Nunca olvidaremos”.  Todo indica que se quedó perdido en el impactante momento; su cerebro se detuvo, como su espíritu, como el mural que cuida. Sigue anclado en el 9/11. 

En el Museo Memorial que ahí se ha construido, luego de pasar por una minuciosa auscultación y un detector de metales, me acerco a las fuentes que botan agua hacia un abismo.  Escuchando el agua caer, leo algunos de los miles de nombres inscritos alrededor de las mismas: Anthony, Ronald, Giovanna, Alexander, Gabriel, Jeffrey, James, Harper, John...  Casi tres mil personas de noventa países distintos (el mayor, alguien de 85 años; el menor, de 2). Siento los gritos, la desesperación, vienen a mi mente las personas tirándose por las ventanas.  Repaso todas las fotos que alguna vez vi, y me da la impresión de estar escuchando el desastre, el terror, la fatalidad.  Y entre tanto, el agua.

Me siento hermanado con cada persona que esa mañana entró a los edificios, como un día más de trabajo, o como bombero tratando de lidiar con algo mucho más espantoso que un incendio, algo que no sabían cómo administrar, algo a lo que jamás se habían enfrentado.  Pero también siento el grito, el miedo, el llanto de los muertos en Hiroshima y Nagasaki, en Vietnam, en el golpe militar en Chile, en el Medio Oriente, y tantos más, causados por los gobiernos norteamericanos.  Y desprecio la guerra y el poder que la provoca.


En Nueva York todo es espectacular, las dos torres lo fueron, también lo fue su destrucción.  El 11 de septiembre del 2001, la ciudad que nunca duerme, esa noche vivió su peor pesadilla.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 20)

viernes, 11 de julio de 2014

Secretos

A todos nos gusta los secretos.

martes, 8 de julio de 2014

Quinua, con “u”

En la película Chuquiago, de Antonio Eguino (1977) uno de los personajes principales es Isico, niño aymara entregado por sus padres a una vendedora de La Paz. En su deambular por los laberintos urbanos –por aquella ciudad de micros y callejuelas, mucho antes de la era del teleférico-, llega a un mercado donde, al enseñar su cara de hambre, le regalan un plato de quinua, la comida del pobre, del más pobre de los cuatro protagonistas del film.

Pero estamos lejos de aquellos años paceños. Es curiosa la evolución de este cereal en este tiempo.  Cuando vivía en México, encontraba quinua peruana en una tienda de chinos, o, eventualmente, en algún comercio de productos extravagantes. Pero en Nueva York, es cosa de todos los días.

En el supermercado cercano a mi casa, se la exhibe en un estante entero al lado del cuscús, amaranto y otros granos de distintos lados del mundo. La variedad de la oferta es remarcable: tricolor, roja, negra, natural, mediterránea, tostada con sésamo y jengibre,  aderezada a las finas hierbas, con limón, con tomate y albahaca, con tres quesos y mostaza, con vegetales, “a la italiana”. Cuesta entre tres y seis dólares la bolsa de 200 a 400 gramos.

Todas las marcas subrayan sus propiedades nutritivas –particularmente el que sea “libre de gluten”, que es uno de los temas de la alimentación contemporánea-, y su rapidez en la cocción, sea en micro hondas o hirviéndola (en cualquier caso, antes de 15 minutos el plato estará listo y en la mesa). También alguna empresa destaca su procedencia: “Conocida como ‘grano madre’, la quinoa –con ‘o’- era la materia prima de los antiguos incas y la mayor fuente de alimentación de indígenas quechuas de la región andina de América del Sur” (claro, todo en inglés). Entre la variada oferta, me llama especialmente la atención la marca Grano Urbano, en cuya elegante presentación se muestran edificios a contraluz con un fondo oscuro y tres discretas estrellas. 

Sigo curioseando en el mismo estante y, al lado de la quinua me encuentro con otro producto familiar: “Kañiwa” -entiendo que estamos hablando de la kañahua-. Para salvar las dudas, tomo la caja en mis manos, y en la parte trasera confirmo mi intuición: “Pronunciada como ‘ka-nyi-wa’, Kañiwa –usan la letra ‘ñ’ inexistente en inglés- ha sido cultivada por miles de años en América del Sur. Era una materia prima de la antigua cultura inca”.

Sin dudar compro quinua y kañahua, pero llegando a casa las dudas vuelven a la hora de cocinarlas. Con la primera no hay problema, pero de la segunda, el último vago recuerdo que tengo son las sendas atoradas con el “pito de kañahua” que vendían en la salida del colegio en baratas bolsitas de colores. Ni siquiera sabía que era un grano negro y más pequeño que la quinua, y mucho menos que se lo podía comer sin atorarse.

La primera pregunta es dirigida a los familiares en La Paz, pero nadie sabe cómo cocinarla, y más, todos preguntan: ¿acaso se come? En estos casos, como en otros, el oráculo del internet suele tener una respuesta. Y no falla. Con solo googlear mi problema –“recetas de kañahua”- aparece una lista de opciones –todas en inglés- que permiten una variedad en su tratamiento.  Finalmente llega la hora del almuerzo y me siento a degustar el producto de “los incas y las antiguas culturas de América del Sur” –como señala el anuncio publicitario- en un barrio afroamericano –Harlem- en Nueva York.


Lo interesante de la quinua, la kañahua y tantos otros productos nacionales es que, más allá de ser un ejemplo anecdótico, se inscriben en una profunda transformación del país que va en distintas direcciones: por un lado, la internacionalización de la cultura alimenticia local –por ejemplo la quinua-, lo que conlleva acentuar las características que el comprador –en este caso neoyorquino- quiere encontrar en el producto (saludable, exótico, práctico, milenario, orgánico); pero por otro lado, la mutación del gusto y consumo local. La apertura de numerosos restaurantes en La Paz, la variedad de vinos, el éxito de los supermercados y los productos que se encuentran en ellos, y tanto más, hablan de un “proceso de cambio” que opera lejos del mundo político y del discurso oficial.

Habrá que ver de dónde viene todo esto, a dónde nos lleva, cuál es su profundidad, y la serie de preguntas que se desprenden para una investigación más sistemática que prometo emprender en los próximos años. Parto de la tesis de que todo este movimiento no es fruto sólo de la gestión evista, sino más bien se trata de una “afinidad electiva” de larga data entre la modernización capitalista en su etapa de mundialización, con la emergencia y consolidación de una cultura popular urbana. Pero claro, para discutir con más precisión habrá que formular un proyecto, hacer preguntas, decenas de entrevistas, trabajo de campo, observación participante, y todo aquello a lo que nos dedicamos los sociólogos.


Para el caso, por lo pronto, lo claro es que hoy el Isico de Antonio Eguino, se sentiría más cómodo en uno de los personajes de la Zona Sur de Juan Carlos Valdivia.

(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 6/7/2014)

viernes, 20 de junio de 2014

Vida de ciudad

1  Jazz íntimo

       Marjorie Eliot lleva veinte años recibiendo a quien quiere visitarla en su pequeño departamento en Harlem los domingos en la tarde para tocar y escuchar jazz. La cita es puntual, a las tres y media. El espacio que toda la semana es su cotidianidad, ahora se convierte en escenario. En la sala y el comedor se recorren todos los muebles y se ponen sillas plegables. La cocina, el pasillo y cada rincón tiene un lugar dónde sentarse.

Cuando llegamos, la música ya empezó, se la escucha desde las gradas exteriores. Casi no podemos entrar, hay gente hasta en el pasillo. Con dificultad paso a mis hijas hacia adelante y yo me quedo parado, beneficiado por mi altura sólo logro ver al saxofonista, mientras escucho el piano, la trompeta y el bajo que suenan desde algún lugar de la casa. La música invade todo, por dentro y fuera. Con la poca luz, empiezo a observar las fotos, recortes de periódico y afiches que Marjorie tiene colgados en las paredes. Todos giran alrededor del jazz, la música y su historia.

Marjorie perdió dos de sus hijos. Uno de ellos se fue en domingo hace más de veinte años, y desde entonces, para que ese día no se le hiciera tan triste, llena su departamento de música y gente. En el intermedio deja su piano, se abre paso entre el mundo de personas y llega con dificultad a su cocina. Con una sonrisa encantadora que no disimula su dolor, la jazzista afroamericana, toma una charola llena de barritas de granola que las ofrece a los asistentes. Sólo se le escucha: "gracias por venir".

2     Candados en el puente de Brooklyn

De distintas maneras, quienes visitan centros turísticos han buscado guardar el registro de su paso, sea escribiendo con un plumón algo como “por aquí pasó tal”, hasta retratándose en ellos llevándose a casa el “trofeo fotográfico” del que hablaba Susan Sontag.  Pero ahora, en la era en que la imagen es tan fugaz como eficaz y que segundos después de ser tomada puede aparecer en cualquier red de internet, parece que no faltan quienes establecen otra relación más material y concreta con el lugar.  


Eso parecen indicar los candados colgados en algunos de los cables de metal del Puente de Brooklyn; los tamaños y formas son múltiples, lo único que los asemeja es la fecha y el nombre inscritos en cada uno de ellos; se dice que luego de cerrarlos, se debe tirar la llave al río para asegurar que así se quedarán por siempre.  El candado -con toda la carga simbólica que implica- parece pretender abonar a la ilusión de perpetuar el momento ahí vivido; una especie de vínculo eficaz que supere la circunstancia y permita un anclaje en la memoria y en el tiempo del instante en que se lo cerró. Un pacto de eternidad.  Cuando en el mundo prima lo líquido –como sugiere Bauman-, lo efímero, lo abstracto, parece que en algún lugar de la conciencia todavía se siente la necesidad de estar ligado a lo sólido mediante algo tan material y brutal como un invento del Siglo XVII, que impida el acceso de algún intruso, que nos proteja y nos asegure trascendencia. 

(Publicado en El Desacuerdo N. 19, junio 2014)


martes, 10 de junio de 2014

Banksy en la ciudad de las sorpresas

Unas semanas antes, me entero leyendo el periódico mexicano La Jornada de que el “artista de la calle” Banksy estará en Nueva York en octubre del 2013.  De acuerdo a su trasgresor estilo, se trata de grafitear o hacer instalaciones sorpresivamente, dejando un contundente mensaje sin rastro del autor.  Como el subcomandante Marcos en Chiapas, Bansky no firma su obra, oculta su rostro pero todos saben quién es. En algún momento aparece una pared con un dibujo suyo, lo que es reportado al día siguiente por todos los periódicos, desde el prestigioso e influyente New York Times hasta el que regalan en la salida del metro. Con el slogan “Mejor afuera que adentro”, Banksy recorre las mismas calles por las que paseo. 

Me entero por su página de internet de una satírica y provocadora iniciativa: en una de las principales calles del Central Park, instala una mesa portátil de plástico al lado de vendedores de imágenes turísticas de Nueva York.  En ella, ayudado por mamparas baratas, exhibe una serie de sus cuadros, todos pintados con spray y en blanco y negro.  El título que los presenta es simple: “Spray art”.  Cada pieza cuesta 60 dólares. Entre las 11 de la mañana y las tres de la tarde, casi nadie se detiene.  A las tres y media, una mujer compra un pequeño cuadro para su hijo negociando el 50% de descuento, lo guarda en una bolsa de mercado. A las cuatro, un turista adquiere dos más. A las 5:30 una persona de Chicago compra cuatro para decorar su cuarto.  A las seis de la tarde, se desmonta el negocio con 420 dólares como ganancia del día.  En el video de dos minutos que el artista sube a su página, remarca que esa fue una venta especial, no se repetirá.

Las paradojas de la ciudad: a unas cuadras del Museo de Arte Moderno (MoMA), uno de los más importantes en su género en el mundo, Banksy expone su obra en la calle al mismo precio que cualquier cuadro para turistas que abundan en Nueva York. Nadie se detiene, no lo reconocen.  El artista, con aerosol en la mano y desde las esquinas, critica así la división entre lo legítimo y lo ilegítimo en el mundo del arte, cuestiona los mecanismos de consagración de una obra que inicia en la calle para luego pasar a la galería con todos los galardones de las instancias oficiales.  Y cosas de la vida: ese día estuve cerca –fui a ver a una exposición de Magritte en el MoMA…-, pero para mi descargo, no pasé por el Central Park donde el artista vendía sus cuadros.

Una grata sorpresa llega días más tarde.  Mi esposa me dice que vio un grafiti de Banksy en una calle cerca de la casa, me entero que lo pintó el día anterior.  Quiero salir pero ya es de noche, tengo que esperar a que amanezca.  Dejando a mis hijas en la escuela, voy a Broadway y la calle 79, y ahí está.  Se trata de un juego –como siempre en él- entre lo que hay y lo que añade: La pared es de ladrillo blanco y tiene una pila roja de agua para incendios (como hay miles en la ciudad).  Arriba una serie de anuncios sobre su cuidado e importancia para el cuerpo de bomberos; el toque del autor es la silueta negra de un niño que está a punto de golpear la toma con un combo. 

Me quedo unos minutos observándola y tomándole fotos.  Vienen más personas que hacen lo mismo. Ahora sí, todos saben a quién le pertenece.  Prácticamente nadie que pasa por esa pared se muestra indiferente.  Metros antes de llegar, ya tienen el celular en la mano para una foto. Unos comentan que vieron el video en internet sobre la venta anónima en días pasados en el Central Park y se lamentan no haber estado ahí.


Banksy. Adorable, crítico y creativo.  Una deliciosa trasgresión.


(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 8/6/2014)

jueves, 29 de mayo de 2014

Vida de ciudad 1

1. Agradezco la generosidad de El Desacuerdo al ofrecerme este espacio. Escribir de manera regular una columna implica compromiso y persistencia. Esto se llamará Vida de ciudad, e intentará ser una ventana hacia experiencias personales de mi recorrido vagabundo por la urbe. Y claro que no es nada nuevo, desde Benjamin hasta De Certeau tienen pasajes deliciosos sobre sus observaciones del tránsito urbano. Sin duda hay múltiples maneras de hacerlo, pero en buena medida estas letras se nutren de la lectura de las columnas periodísticas de Juan Villoro, Rafael Pérez Gay, y el inolvidable Jorge Ibargüengoitia. Con ellos aprendí el valor de lo cotidiano, de los recuerdos, de las observaciones redactadas en unos pocos párrafos de intensas emociones.

Por supuesto que la experiencia vivida será la principal fuente que nutrirá este espacio, no en desmedro del azar, la intuición, la sorpresa como imprescindibles compañeras que me ayuden a pensar mejor. Escribo en un momento en el que ando repensando mi quehacer sociológico, oficio que vengo practicando hace más de veinte años. Emprendo una búsqueda -paralela a estas páginas- que se podría llamar una sociología etnográfica, que repose en la observación y la narración como herramientas fundamentales de la construcción de conocimiento. De alguna manera aquí, la crónica y la etnografía estarán entrecruzadas en un constante vaivén tejido con un lente sociológico.

2. Salgo a un recorrido por la colonia La Condesa en la Ciudad de México. La situación es extraordinaria, pues es de las pocas veces que estoy hospedado en un hotel. Cuando llego a Av. Insurgentes y Obregón, un grupo de adolescentes, notoriamente de origen popular, me piden tomarse una foto conmigo. Me explican que se trata de una tarea de la escuela. Aunque me parece extraño, accedo por la confianza que me generan. Se para una chica a mi lado mientras que los demás sonríen y juegan: "abrázalo, deja tu refresco" -le dicen-, y me piden que haga lo mismo -claro usteándome-. Cuando se alejan me pongo a pensar si hice bien al acceder a la foto. Pero sobre todo me empiezan a invadir preguntas paranoicas: ¿qué querrían en verdad esos muchachos? ¿No me habrán robado algo -reviso mi mochila-? ¿Querrán extorsionarme? ¿O subir mi foto al internet con alguna intención? En fin, se apodera de mí el típico sentimiento de miedo al otro que genera esta ciudad, y entonces las preguntas cambian de orientación, y se convierten en un tema más interesante: ¿por qué tenemos tanto miedo al otro? ¿Quién se encarga de alimentar nuestros temores? ¿Quién se beneficia de no poder andar por la ciudad sin pensar que el otro transeúnte es un delincuente?

3. Entro a una de las confiterías más glamourosas de la ciudad. Se llama “Maison Francaise de Thé. Caravanserai”. Está en Avenida Obregón, al frente de la famosa Casa Lamm, que es ahora un elegante restaurante y librería y donde se realizan regularmente actividades culturales. El ambiente es muy agradable, música especial, sillas y sillones cómodos y con mucha personalidad, ventanas amplias. Me pido, claro, un té sofisticado.  Al frente mío hay una familia, a mi lado derecho dos parejas (una homosexual y la otra heterosexual), y perpendicularmente una mujer sola concentrada leyendo. Mientras tomo mi té, manteniendo la discreción y sobriedad que el lugar amerita, voy leyendo en mi iPad un texto sobre antropología. Todo cuadra.


De pronto pasa por la calle una chica conocida, la miro y me grita desde afuera "Doctor Hugo, yo fui su alumna, pensé que estaba en Nueva York". Cierto sólo estaba de vacaciones en el DF, ignoro cómo se enteró, imagino que es una de mis amistades de Facebook. Sin poder guardar compostura, respondo: "estaba, ahora estoy aquí". No se me ocurrió nada más inteligente. Por suerte se despide rápidamente y sigue su camino, pero claro, todos los miembros de la pequeña sala se enteraron parte de mi vida privada y mis circunstancias inmediatas. Cosas de lo púbico y lo privado.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 18, mayo 2014)

martes, 20 de mayo de 2014

Singani en Nueva York

Hace más de quince años, invité a mi director de tesis de doctorado a que visitara La Paz. Como suele suceder, intenté mostrarle todo lo que habitualmente se enseña a los foráneos: el lago, la Sagárnaga, las Animas, el Illimani, Copacabana, el Valle de la Luna. Para que probara los placeres carnales -o algunos de ellos-, lo llevé a un restaurante de comida tradicional, le ofrecí cigarros Astoria -él fumaba Gitanes-, le di Singani y vino tarijeño (evité los chocolates, pues siendo él belga, sabía que no podía competir). Paralelamente a sus saberes sociológicos, él había cultivado un refinado gusto por el alcohol y era un conocedor exquisito de varios tipos de tragos, además de ser gran fumador –práctica que tuvo que abandonar por razones de salud- y exigente con la comida. Antes de irse, me dijo: "en este país se puede vivir, tienen buen cigarro, buena comida y un trago delicioso que nunca antes había probado". Se refería, por supuesto, al Singani que desde el principio se lo sirvió puro, considerando una ofensa mezclarlo con lo que sea.
Viviendo en Nueva York, en la primera fiesta que organicé en mi departamento ofrecí Singani a los invitados que llegaron puntuales -se acabó pronto-. Uno de ellos, mi dueño de casa y excelente bebedor, quedó maravillado y a las pocas semanas me envió una nota del New York Times donde se decía que en esta ciudad se empezaría a vender el fragancioso destilado. La historia es anecdótica: el director Steven Soderbergh quedó encantado con la bebida mientras filmaba una película sobre el Che. Algo así como un "daño colateral". La cosa es que puso todo su empeño, dinero y contactos para comercializar el Singani en Estados Unidos, empezando por Nueva York. Con la arrogancia de quien se considera descubridor -sabemos de eso- bautizó su producto como "Singani 63" en alusión al año de su nacimiento.
En la sobria etiqueta color mostaza, hay una cholita de espaldas cargando un atado. En letras pequeñas dice: "Destilado de uvas de moscatel de Alejandría". Abajo, en un lugar muy discreto, se anuncia el grado alcohólico del "Brandy", y en la parte posterior se menciona, en letras pequeñas, a Bolivia y a Casa Real.
Es mucho lo que se puede reflexionar sobre el tema, desde la lógica del "descubrimiento" que se repite en nuestra historia una y otra vez, hasta el innegable esfuerzo de un amplio sector que con muchos años de trabajo hizo que el Singani tenga una calidad remarcable. Pero me quedo impresionado con cómo un producto local que se inserta en el mercado mundial. Me da la impresión que estamos viviendo un momento muy particular donde lo que considerábamos muy nuestro -como la quinoa, la kañawa y ahora el Singani- de pronto pueden aparecer en una tienda de consumo popular en Nueva York. Se trata de la transformación del gusto y de las formas del consumo. Habrá mucho por hablar. Mientras, en la última fiesta en mi departamento, dos de mis invitados me trajeron botellas de Singani 63 comprados a unas cuadras de casa, así que tengo para rato.

(Publicado en Página Siete, 18/5/2014)

lunes, 28 de abril de 2014

El precio de sobrevivir. Memoria de los presos políticos en México en los setenta.

Antes de volver a Nueva York, luego de una corta estancia en la Ciudad de México, entra a mi oficina una amiga para regalarme un libro, pensando en las horas de viaje de mi retorno: Luciérnagas tras las ventanas, de Melba Gutiérrez Mena (Gráficos Lor, México D.F., 2014).  Me sumerjo en las páginas de una narrativa personal sobre el período de la "guerra sucia" en México a principios de los setenta. Melba cuenta su historia: cuando era niña, su papá, médico, conoció al Che y se involucró en la militancia de la izquierda, lo que le costó prisión y tortura, hasta que finalmente fue liberado luego de largos años de encierro. Cuando el padre es excarcelado, la recomposición de la vida no es nada fácil, y al poco tiempo muere de un infarto casi provocado.

El libro me llega por distintas razones. En múltiples episodios me veo reflejado. Me pasa algo parecido a cuando vi la película Persépolis, de Marjane Satrapi, donde la protagonista, más o menos de mi edad y generación, cuenta su manera de lidiar con la dictadura en Irán. Me veo en la niña Melba que cuenta horrorizada cómo se llevan a su padre a la cárcel, y no puedo si no repasar mi propia tarde del 14 de enero de 1981 cuando el mío salió a una reunión política y no
volvió más.

Pero la esencia de su historia no es la ausencia permanente. No es la desaparición o el asesinato del padre, sino la vida después del tránsito por la prisión política. Lo suyo parecería menos dramático, pero es igual de desgarrador: el padre vivo que vuelve a casa dañado del alma. Melba cuenta el espanto de la partida, los militares en sus dormitorios, la nueva dirección de su vida en casa de familiares y amigos. El desmoronamiento de su mundo infantil. Pero no le sigue el duelo, sino la esperanza de la recomposición, las visitas esporádicas al padre preso, la necesidad de la madre de trabajar en lo que pueda para mantener la estabilidad económica del hogar golpeado.

La niña va creciendo y mantiene viva la ilusión de que papá salga de prisión y las cosas vuelvan a ser como antes, hasta que un día, ese día llega. Pero la recomposición no es como la había soñado: la madre ha adquirido autonomía, la niña ya es adolescente, y vuelve a casa un padre internamente destrozado. El relato muestra la descomposición de la familia nueva, la tensión de intentar recomponer lo que ya no se puede resolver, la cruda dificultad de restablecer una familia con un miembro mutilado del espíritu. Y claro, nadie puede ser el mismo después de la tortura, nadie es el mismo después de años de prisión, después de transitar por los laberintos de la miseria y la crueldad humanas. El sentimiento de desconfianza, de miedo, de angustia se apoderan del padre, que no tiene otro camino que dejarse morir, construir un camino hacia la propia inmolación, una especie de suicidio de baja intensidad. El médico-militante, con conocimiento de cardiología, deja que el corazón se encargue de poner fin a su martirio.

Hay una amplia literatura sobre el secuestro, la tortura, el asesinato, la desaparición de militantes de izquierda en América Latina, pero poco se ha escrito sobre la experiencia, igual de brutal, de sobrevivir. El libro no es sobre la ausencia, el duelo luego de la muerte, sino sobre la presencia atormentada para quien sobrevive y tormentosa para quienes conviven con él.

En otro orden, que no es menor, la autora realiza un esfuerzo mayor para escribir el libro siendo que su profesión es la odontología. No tiene pretensiones literarias, no quiere premios ni aplausos, pero no espera que los grandes escritores de México sensibles se ocupen del tema. Escribe desde su computadora personal, desde su propia historia, con muchas dificultades, en primera persona. Publica en una editora de poca circulación, se apoya en amigos para el trabajo de edición, paga con su propio dinero el producto, y finalmente no lo vende en las grandes librerías de Coyoacán: lo regala. Por eso el documento tiene mucho valor, cada letra viene cargada, de empeño, de esfuerzo, de vida, de necesidad de contar. El documento es un pedazo de la historia no con mayúscula, sino de la pequeña historia, la de una niña que mira el desmoronamiento de su vida, y que ahora es una mujer que cuenta su pasado. Es la otra cara de la brutalidad de Estado que vivió México, que poco a poco, empieza a salir a la luz.

(Publicado en suplemento "Ideas" de Página Siete, Bolivia, 27-abril-2014).