miércoles, 15 de enero de 2014

Miedo (15 de enero de 1981)

No voy a hablar de lo que se siente al apagar las luces de la casa cuando un auto llega a la puerta y uno cree que pueden ser los paramilitares que vienen a allanar el hogar. Tampoco de aquella escena cuando estábamos con mis padres en la residencia de mi abuelo en la Av. Bush y las tanquetas pasaban por la calle con potentes reflectores apuntando a los dormitorios. No voy a evocar las interminables horas del 14 al 15 de enero de 1981, cuando mi papá salió para no volver; durante todo el 15 nos comunicábamos con mi madre regularmente con una sola pregunta: ¿hay esperanzas de que papá esté vivo? hasta que a eso de las cuatro de la tarde la respuesta fue: "no, lo han matado, está aquí conmigo". Esa tarde no tuve miedo, la muerte ya no me daba miedo, la pena me inundaba.

Los meses y años siguientes, miedo y pena fueron compañías ineludibles. A veces una, a veces la otra. En muchas ocasiones me acerqué a mi madre dormida corroborando que siguiera viva. Pero en la misa de seis meses del asesinato de mi padre, el miedo nuevamente tuvo rostro. En cuanto acabó la eucaristía en la Iglesia María Auxiliadora todos salimos al Prado. Llovía, eran como las ocho de la noche. Los familiares habían mandado a hacer arreglos florales con los nombres de los ocho compañeros asesinados el 15 de enero, la idea era ir en romería hasta Sopocachi a la casa donde los tomaron presos (actualmente calle Mártires de la Democracia, entonces Harrington). Salimos con mi madre y hermana, y a los primeros pasos vi caer a mi madre mientras empezaban los gases lacrimógenos que dispersaron a todo el mundo. Mi tía nos tomó fuertemente del brazo a mi hermana y a mí y nos llevó a su auto. Mientras bajábamos a su casa, habíamos perdido completo contacto con mi madre.  Las preguntas sobre su paradero nos aterraban. Sentí miedo, miedo de que ella también me fuera arrebatada por la dictadura. Por suerte no fue así, apareció unas horas más tarde y nos contó cómo estuvo ese tenso episodio.

Unos meses después, creo que en la misa de un año, se decidió organizar un evento en la puerta de la casa donde fueron detenidos, en la calle Harrington. Las cosas habían empezado a relajarse en el país pero todavía el poder militar hacía lo suyo. Antes de ir al evento, mi madre nos dijo con claridad: "no sabemos qué va a pasar. Puede que haya bombas, gases, tiros, o puede que no pase nada. Yo voy a ir, si quieren pueden quedarse en casa". Mi abuela, mi hermana, mi tío y yo decidimos ir sin saber con qué podíamos encontrarnos, sólo teníamos la convicción de estar juntos. Horas antes mi madre había hablado con Antonio expresándole su temor, él le respondió: "eso quieren, que sintamos, miedo, yo también tengo miedo, pero es lo primero que tenemos que vencer". Y así fue. La pequeñísima calle estaba repleta de gente. Un camión servía de tarima para los oradores, en algún momento pidieron que los familiares subamos a la misma. Los dientes de mi hermana tiritaban, mi abuelo la abrazaba y yo sentía las piernas débiles, sólo quería que todo se acabara y regresar a casa. En la tarima, mi madre nos dijo al oído que si algo pasaba, si alguna bomba explotaba, corriéramos hacia arriba, pues había menos gente. Cuando el evento terminó, volví a respirar tranquilo.

Traigo estos relatos para compartir el miedo sentido en aquella infancia donde la política y sus formas violentas eran parte de nuestra vida diaria, aquellos años que hoy son historia, pero que no debemos olvidar. 

(Suplemento Ideas de Página Siete).