lunes, 28 de abril de 2014

El precio de sobrevivir. Memoria de los presos políticos en México en los setenta.

Antes de volver a Nueva York, luego de una corta estancia en la Ciudad de México, entra a mi oficina una amiga para regalarme un libro, pensando en las horas de viaje de mi retorno: Luciérnagas tras las ventanas, de Melba Gutiérrez Mena (Gráficos Lor, México D.F., 2014).  Me sumerjo en las páginas de una narrativa personal sobre el período de la "guerra sucia" en México a principios de los setenta. Melba cuenta su historia: cuando era niña, su papá, médico, conoció al Che y se involucró en la militancia de la izquierda, lo que le costó prisión y tortura, hasta que finalmente fue liberado luego de largos años de encierro. Cuando el padre es excarcelado, la recomposición de la vida no es nada fácil, y al poco tiempo muere de un infarto casi provocado.

El libro me llega por distintas razones. En múltiples episodios me veo reflejado. Me pasa algo parecido a cuando vi la película Persépolis, de Marjane Satrapi, donde la protagonista, más o menos de mi edad y generación, cuenta su manera de lidiar con la dictadura en Irán. Me veo en la niña Melba que cuenta horrorizada cómo se llevan a su padre a la cárcel, y no puedo si no repasar mi propia tarde del 14 de enero de 1981 cuando el mío salió a una reunión política y no
volvió más.

Pero la esencia de su historia no es la ausencia permanente. No es la desaparición o el asesinato del padre, sino la vida después del tránsito por la prisión política. Lo suyo parecería menos dramático, pero es igual de desgarrador: el padre vivo que vuelve a casa dañado del alma. Melba cuenta el espanto de la partida, los militares en sus dormitorios, la nueva dirección de su vida en casa de familiares y amigos. El desmoronamiento de su mundo infantil. Pero no le sigue el duelo, sino la esperanza de la recomposición, las visitas esporádicas al padre preso, la necesidad de la madre de trabajar en lo que pueda para mantener la estabilidad económica del hogar golpeado.

La niña va creciendo y mantiene viva la ilusión de que papá salga de prisión y las cosas vuelvan a ser como antes, hasta que un día, ese día llega. Pero la recomposición no es como la había soñado: la madre ha adquirido autonomía, la niña ya es adolescente, y vuelve a casa un padre internamente destrozado. El relato muestra la descomposición de la familia nueva, la tensión de intentar recomponer lo que ya no se puede resolver, la cruda dificultad de restablecer una familia con un miembro mutilado del espíritu. Y claro, nadie puede ser el mismo después de la tortura, nadie es el mismo después de años de prisión, después de transitar por los laberintos de la miseria y la crueldad humanas. El sentimiento de desconfianza, de miedo, de angustia se apoderan del padre, que no tiene otro camino que dejarse morir, construir un camino hacia la propia inmolación, una especie de suicidio de baja intensidad. El médico-militante, con conocimiento de cardiología, deja que el corazón se encargue de poner fin a su martirio.

Hay una amplia literatura sobre el secuestro, la tortura, el asesinato, la desaparición de militantes de izquierda en América Latina, pero poco se ha escrito sobre la experiencia, igual de brutal, de sobrevivir. El libro no es sobre la ausencia, el duelo luego de la muerte, sino sobre la presencia atormentada para quien sobrevive y tormentosa para quienes conviven con él.

En otro orden, que no es menor, la autora realiza un esfuerzo mayor para escribir el libro siendo que su profesión es la odontología. No tiene pretensiones literarias, no quiere premios ni aplausos, pero no espera que los grandes escritores de México sensibles se ocupen del tema. Escribe desde su computadora personal, desde su propia historia, con muchas dificultades, en primera persona. Publica en una editora de poca circulación, se apoya en amigos para el trabajo de edición, paga con su propio dinero el producto, y finalmente no lo vende en las grandes librerías de Coyoacán: lo regala. Por eso el documento tiene mucho valor, cada letra viene cargada, de empeño, de esfuerzo, de vida, de necesidad de contar. El documento es un pedazo de la historia no con mayúscula, sino de la pequeña historia, la de una niña que mira el desmoronamiento de su vida, y que ahora es una mujer que cuenta su pasado. Es la otra cara de la brutalidad de Estado que vivió México, que poco a poco, empieza a salir a la luz.

(Publicado en suplemento "Ideas" de Página Siete, Bolivia, 27-abril-2014).


miércoles, 16 de abril de 2014

Nueva York. La ciudad de lo inesperado

Me escribe un amigo solicitándome un texto sobre la Ciudad de México. En primera instancia, rechazo la invitación, por un lado, porque el último año estoy viviendo en Nueva York, pero además porque estoy atravesando por un momento de profunda crítica a la vida urbana del Distrito Federal, tanto que de sentarme a redactar algo, seguro me saldría mal. Así que prefiero concentrarme en Nueva York.

Pero la tarea se me hace difícil. Hace meses que vengo escribiendo diariamente sobre mi vida cotidiana en esta ciudad -lo que espero pronto se convierta en un libro-; la cantidad de experiencias me desborda. ¿En qué concentrarme? ¿Cuento una visita al Memorial del 11 de septiembre? ¿Una exposición en el Museo de Arte Moderno? ¿Una charla banal con padres de familia de una escuela pública? ¿Un día de compras en IKEA? Me invaden las ideas y tomo la decisión más adecuada: voy a la Grand Central, en el corazón de la ciudad, a tomar un café, mirar y pensar.

Me siento en un local del subsuelo mientras la gente pasa y alguien toca violín pidiendo unos pesos. Leo el periódico que regalan en el metro y me detengo en la noticia de que el día anterior Obama fue de compras a la tienda GAP de la calle 42, a unas cuadras de donde estoy. Fue una sorpresa para todos, el personal quedó evidentemente alebrestado. Pienso en el juego de lo fortuito propio de esta urbe: un día Paul McCarney toca en Times Square sin avisar a nadie; otro Bansky vende su obra en el Parque Central anónimamente, y así hasta el cansancio. 
Mientras me entretengo entre las letras, se anuncia que se suspenden todas las salidas de los trenes, la gente se queda expectante, con la mirada en un horizonte que no existe mientras escuchan la noticia por altoparlantes. Se cierra la puerta que conduce a los andenes, algunos conductores salen y se piden un café en el mismo lugar en el que yo me encuentro. Como no termino de entender el mensaje y no sé el por qué de la decisión; continúo con mis lecturas y la vida en la Grand Central sigue su curso.

Son las once de la mañana, salgo hacia la Biblioteca Pública de Nueva York que está en la 5ta. Avenida, camino por la calle 42. Cuando me conecto al WiFi -gratuito- de la biblioteca, me entero de la tragedia: a las nueve se incendió un edificio que luego se derrumbó en la calle 116 en Harlem, relativamente cerca de donde yo vivo. Hay muertos, heridos –la mayoría latinos-, sirenas, bomberos y mucho humo. Es la razón por la que se suspendieron los trenes. Curioso, la noticia la encuentro en la página de un periódico boliviano.

En mi camino de regreso a casa, la gente no se muestra más estresada que otros días, pero hay una extraña sensación en el ambiente. Leo en una publicidad en el metro (en castellano): "En esta ciudad todos nos partimos la espalda. Es tiempo de que tengas un buen seguro". Sonrío.


Se dice que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Yo creo que es la que siempre sorprende.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 17, Abril 2014)