jueves, 29 de mayo de 2014

Vida de ciudad 1

1. Agradezco la generosidad de El Desacuerdo al ofrecerme este espacio. Escribir de manera regular una columna implica compromiso y persistencia. Esto se llamará Vida de ciudad, e intentará ser una ventana hacia experiencias personales de mi recorrido vagabundo por la urbe. Y claro que no es nada nuevo, desde Benjamin hasta De Certeau tienen pasajes deliciosos sobre sus observaciones del tránsito urbano. Sin duda hay múltiples maneras de hacerlo, pero en buena medida estas letras se nutren de la lectura de las columnas periodísticas de Juan Villoro, Rafael Pérez Gay, y el inolvidable Jorge Ibargüengoitia. Con ellos aprendí el valor de lo cotidiano, de los recuerdos, de las observaciones redactadas en unos pocos párrafos de intensas emociones.

Por supuesto que la experiencia vivida será la principal fuente que nutrirá este espacio, no en desmedro del azar, la intuición, la sorpresa como imprescindibles compañeras que me ayuden a pensar mejor. Escribo en un momento en el que ando repensando mi quehacer sociológico, oficio que vengo practicando hace más de veinte años. Emprendo una búsqueda -paralela a estas páginas- que se podría llamar una sociología etnográfica, que repose en la observación y la narración como herramientas fundamentales de la construcción de conocimiento. De alguna manera aquí, la crónica y la etnografía estarán entrecruzadas en un constante vaivén tejido con un lente sociológico.

2. Salgo a un recorrido por la colonia La Condesa en la Ciudad de México. La situación es extraordinaria, pues es de las pocas veces que estoy hospedado en un hotel. Cuando llego a Av. Insurgentes y Obregón, un grupo de adolescentes, notoriamente de origen popular, me piden tomarse una foto conmigo. Me explican que se trata de una tarea de la escuela. Aunque me parece extraño, accedo por la confianza que me generan. Se para una chica a mi lado mientras que los demás sonríen y juegan: "abrázalo, deja tu refresco" -le dicen-, y me piden que haga lo mismo -claro usteándome-. Cuando se alejan me pongo a pensar si hice bien al acceder a la foto. Pero sobre todo me empiezan a invadir preguntas paranoicas: ¿qué querrían en verdad esos muchachos? ¿No me habrán robado algo -reviso mi mochila-? ¿Querrán extorsionarme? ¿O subir mi foto al internet con alguna intención? En fin, se apodera de mí el típico sentimiento de miedo al otro que genera esta ciudad, y entonces las preguntas cambian de orientación, y se convierten en un tema más interesante: ¿por qué tenemos tanto miedo al otro? ¿Quién se encarga de alimentar nuestros temores? ¿Quién se beneficia de no poder andar por la ciudad sin pensar que el otro transeúnte es un delincuente?

3. Entro a una de las confiterías más glamourosas de la ciudad. Se llama “Maison Francaise de Thé. Caravanserai”. Está en Avenida Obregón, al frente de la famosa Casa Lamm, que es ahora un elegante restaurante y librería y donde se realizan regularmente actividades culturales. El ambiente es muy agradable, música especial, sillas y sillones cómodos y con mucha personalidad, ventanas amplias. Me pido, claro, un té sofisticado.  Al frente mío hay una familia, a mi lado derecho dos parejas (una homosexual y la otra heterosexual), y perpendicularmente una mujer sola concentrada leyendo. Mientras tomo mi té, manteniendo la discreción y sobriedad que el lugar amerita, voy leyendo en mi iPad un texto sobre antropología. Todo cuadra.


De pronto pasa por la calle una chica conocida, la miro y me grita desde afuera "Doctor Hugo, yo fui su alumna, pensé que estaba en Nueva York". Cierto sólo estaba de vacaciones en el DF, ignoro cómo se enteró, imagino que es una de mis amistades de Facebook. Sin poder guardar compostura, respondo: "estaba, ahora estoy aquí". No se me ocurrió nada más inteligente. Por suerte se despide rápidamente y sigue su camino, pero claro, todos los miembros de la pequeña sala se enteraron parte de mi vida privada y mis circunstancias inmediatas. Cosas de lo púbico y lo privado.

(Publicado en El Desacuerdo, N. 18, mayo 2014)

martes, 20 de mayo de 2014

Singani en Nueva York

Hace más de quince años, invité a mi director de tesis de doctorado a que visitara La Paz. Como suele suceder, intenté mostrarle todo lo que habitualmente se enseña a los foráneos: el lago, la Sagárnaga, las Animas, el Illimani, Copacabana, el Valle de la Luna. Para que probara los placeres carnales -o algunos de ellos-, lo llevé a un restaurante de comida tradicional, le ofrecí cigarros Astoria -él fumaba Gitanes-, le di Singani y vino tarijeño (evité los chocolates, pues siendo él belga, sabía que no podía competir). Paralelamente a sus saberes sociológicos, él había cultivado un refinado gusto por el alcohol y era un conocedor exquisito de varios tipos de tragos, además de ser gran fumador –práctica que tuvo que abandonar por razones de salud- y exigente con la comida. Antes de irse, me dijo: "en este país se puede vivir, tienen buen cigarro, buena comida y un trago delicioso que nunca antes había probado". Se refería, por supuesto, al Singani que desde el principio se lo sirvió puro, considerando una ofensa mezclarlo con lo que sea.
Viviendo en Nueva York, en la primera fiesta que organicé en mi departamento ofrecí Singani a los invitados que llegaron puntuales -se acabó pronto-. Uno de ellos, mi dueño de casa y excelente bebedor, quedó maravillado y a las pocas semanas me envió una nota del New York Times donde se decía que en esta ciudad se empezaría a vender el fragancioso destilado. La historia es anecdótica: el director Steven Soderbergh quedó encantado con la bebida mientras filmaba una película sobre el Che. Algo así como un "daño colateral". La cosa es que puso todo su empeño, dinero y contactos para comercializar el Singani en Estados Unidos, empezando por Nueva York. Con la arrogancia de quien se considera descubridor -sabemos de eso- bautizó su producto como "Singani 63" en alusión al año de su nacimiento.
En la sobria etiqueta color mostaza, hay una cholita de espaldas cargando un atado. En letras pequeñas dice: "Destilado de uvas de moscatel de Alejandría". Abajo, en un lugar muy discreto, se anuncia el grado alcohólico del "Brandy", y en la parte posterior se menciona, en letras pequeñas, a Bolivia y a Casa Real.
Es mucho lo que se puede reflexionar sobre el tema, desde la lógica del "descubrimiento" que se repite en nuestra historia una y otra vez, hasta el innegable esfuerzo de un amplio sector que con muchos años de trabajo hizo que el Singani tenga una calidad remarcable. Pero me quedo impresionado con cómo un producto local que se inserta en el mercado mundial. Me da la impresión que estamos viviendo un momento muy particular donde lo que considerábamos muy nuestro -como la quinoa, la kañawa y ahora el Singani- de pronto pueden aparecer en una tienda de consumo popular en Nueva York. Se trata de la transformación del gusto y de las formas del consumo. Habrá mucho por hablar. Mientras, en la última fiesta en mi departamento, dos de mis invitados me trajeron botellas de Singani 63 comprados a unas cuadras de casa, así que tengo para rato.

(Publicado en Página Siete, 18/5/2014)