viernes, 20 de junio de 2014

Vida de ciudad

1  Jazz íntimo

       Marjorie Eliot lleva veinte años recibiendo a quien quiere visitarla en su pequeño departamento en Harlem los domingos en la tarde para tocar y escuchar jazz. La cita es puntual, a las tres y media. El espacio que toda la semana es su cotidianidad, ahora se convierte en escenario. En la sala y el comedor se recorren todos los muebles y se ponen sillas plegables. La cocina, el pasillo y cada rincón tiene un lugar dónde sentarse.

Cuando llegamos, la música ya empezó, se la escucha desde las gradas exteriores. Casi no podemos entrar, hay gente hasta en el pasillo. Con dificultad paso a mis hijas hacia adelante y yo me quedo parado, beneficiado por mi altura sólo logro ver al saxofonista, mientras escucho el piano, la trompeta y el bajo que suenan desde algún lugar de la casa. La música invade todo, por dentro y fuera. Con la poca luz, empiezo a observar las fotos, recortes de periódico y afiches que Marjorie tiene colgados en las paredes. Todos giran alrededor del jazz, la música y su historia.

Marjorie perdió dos de sus hijos. Uno de ellos se fue en domingo hace más de veinte años, y desde entonces, para que ese día no se le hiciera tan triste, llena su departamento de música y gente. En el intermedio deja su piano, se abre paso entre el mundo de personas y llega con dificultad a su cocina. Con una sonrisa encantadora que no disimula su dolor, la jazzista afroamericana, toma una charola llena de barritas de granola que las ofrece a los asistentes. Sólo se le escucha: "gracias por venir".

2     Candados en el puente de Brooklyn

De distintas maneras, quienes visitan centros turísticos han buscado guardar el registro de su paso, sea escribiendo con un plumón algo como “por aquí pasó tal”, hasta retratándose en ellos llevándose a casa el “trofeo fotográfico” del que hablaba Susan Sontag.  Pero ahora, en la era en que la imagen es tan fugaz como eficaz y que segundos después de ser tomada puede aparecer en cualquier red de internet, parece que no faltan quienes establecen otra relación más material y concreta con el lugar.  


Eso parecen indicar los candados colgados en algunos de los cables de metal del Puente de Brooklyn; los tamaños y formas son múltiples, lo único que los asemeja es la fecha y el nombre inscritos en cada uno de ellos; se dice que luego de cerrarlos, se debe tirar la llave al río para asegurar que así se quedarán por siempre.  El candado -con toda la carga simbólica que implica- parece pretender abonar a la ilusión de perpetuar el momento ahí vivido; una especie de vínculo eficaz que supere la circunstancia y permita un anclaje en la memoria y en el tiempo del instante en que se lo cerró. Un pacto de eternidad.  Cuando en el mundo prima lo líquido –como sugiere Bauman-, lo efímero, lo abstracto, parece que en algún lugar de la conciencia todavía se siente la necesidad de estar ligado a lo sólido mediante algo tan material y brutal como un invento del Siglo XVII, que impida el acceso de algún intruso, que nos proteja y nos asegure trascendencia. 

(Publicado en El Desacuerdo N. 19, junio 2014)


martes, 10 de junio de 2014

Banksy en la ciudad de las sorpresas

Unas semanas antes, me entero leyendo el periódico mexicano La Jornada de que el “artista de la calle” Banksy estará en Nueva York en octubre del 2013.  De acuerdo a su trasgresor estilo, se trata de grafitear o hacer instalaciones sorpresivamente, dejando un contundente mensaje sin rastro del autor.  Como el subcomandante Marcos en Chiapas, Bansky no firma su obra, oculta su rostro pero todos saben quién es. En algún momento aparece una pared con un dibujo suyo, lo que es reportado al día siguiente por todos los periódicos, desde el prestigioso e influyente New York Times hasta el que regalan en la salida del metro. Con el slogan “Mejor afuera que adentro”, Banksy recorre las mismas calles por las que paseo. 

Me entero por su página de internet de una satírica y provocadora iniciativa: en una de las principales calles del Central Park, instala una mesa portátil de plástico al lado de vendedores de imágenes turísticas de Nueva York.  En ella, ayudado por mamparas baratas, exhibe una serie de sus cuadros, todos pintados con spray y en blanco y negro.  El título que los presenta es simple: “Spray art”.  Cada pieza cuesta 60 dólares. Entre las 11 de la mañana y las tres de la tarde, casi nadie se detiene.  A las tres y media, una mujer compra un pequeño cuadro para su hijo negociando el 50% de descuento, lo guarda en una bolsa de mercado. A las cuatro, un turista adquiere dos más. A las 5:30 una persona de Chicago compra cuatro para decorar su cuarto.  A las seis de la tarde, se desmonta el negocio con 420 dólares como ganancia del día.  En el video de dos minutos que el artista sube a su página, remarca que esa fue una venta especial, no se repetirá.

Las paradojas de la ciudad: a unas cuadras del Museo de Arte Moderno (MoMA), uno de los más importantes en su género en el mundo, Banksy expone su obra en la calle al mismo precio que cualquier cuadro para turistas que abundan en Nueva York. Nadie se detiene, no lo reconocen.  El artista, con aerosol en la mano y desde las esquinas, critica así la división entre lo legítimo y lo ilegítimo en el mundo del arte, cuestiona los mecanismos de consagración de una obra que inicia en la calle para luego pasar a la galería con todos los galardones de las instancias oficiales.  Y cosas de la vida: ese día estuve cerca –fui a ver a una exposición de Magritte en el MoMA…-, pero para mi descargo, no pasé por el Central Park donde el artista vendía sus cuadros.

Una grata sorpresa llega días más tarde.  Mi esposa me dice que vio un grafiti de Banksy en una calle cerca de la casa, me entero que lo pintó el día anterior.  Quiero salir pero ya es de noche, tengo que esperar a que amanezca.  Dejando a mis hijas en la escuela, voy a Broadway y la calle 79, y ahí está.  Se trata de un juego –como siempre en él- entre lo que hay y lo que añade: La pared es de ladrillo blanco y tiene una pila roja de agua para incendios (como hay miles en la ciudad).  Arriba una serie de anuncios sobre su cuidado e importancia para el cuerpo de bomberos; el toque del autor es la silueta negra de un niño que está a punto de golpear la toma con un combo. 

Me quedo unos minutos observándola y tomándole fotos.  Vienen más personas que hacen lo mismo. Ahora sí, todos saben a quién le pertenece.  Prácticamente nadie que pasa por esa pared se muestra indiferente.  Metros antes de llegar, ya tienen el celular en la mano para una foto. Unos comentan que vieron el video en internet sobre la venta anónima en días pasados en el Central Park y se lamentan no haber estado ahí.


Banksy. Adorable, crítico y creativo.  Una deliciosa trasgresión.


(Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 8/6/2014)