jueves, 18 de septiembre de 2014

Gramsci en el Bronx

Es la iniciativa del artista Thomas Hirschhorn (julio-septiembre 2013) expuesta en un barrio popular en Bronx, Nueva York. Se trata de una construcción artesanal toda de madera con varios cuartos y espacios para discusión y recreación.  Hay una cafetería, una sala de conferencias al aire libre, un cuarto de computadoras –con el simpático título: “Internet, una ventana al mundo”-, una biblioteca.  Todo hace alusión al intelectual italiano, y en una de las salas se exhiben algunos objetos personales de sus largos años en prisión: tenedores, peine, billetera.  La biblioteca alberga varios libros suyos que pueden ser consultados in situ. Además hay una radio que transmite por internet y un programa de actividades variado e intenso, con conferencistas de varios lados y temas diversos. El lugar está construido provisionalmente y con la intención de durar sólo unos meses, con materiales de madera, ventanas de plástico, sillones recogidos de la calle y forrados con papel, etc.
La propuesta de Hirschhorn es rendir un homenaje a distintos pensadores en diferentes lugares y momentos.  En 1999 hizo el Monumento Spinoza, en el 2000 a Deleuze, en el 2002 a Bataille.  Para Gramsci, escogió uno de los barrios más desatendidos y estigmatizados en Nueva York, se puso en contacto con los vecinos, y buscó que la instalación no sea la llegada de un artista ajeno que hace su obra, sino que más bien se produzca una interacción con ellos.  Por eso, quienes la cuidan y atienden son los propios habitantes.
La obra, por un lado, implica en sí misma un producto estético particular, una especie de reciclaje de lo urbano desde lo urbano en un ámbito de marginalidad.  Pero por otro lado, se convierte en un espacio de intercambio y reproducción cultural donde hay conferencias, lectura de poemas, talleres, libros, discusión y café. De hecho por sus pasillos transitan tanto algún académico que vino de otro barrio y de una universidad prestigiosa, como los niños afroamericanos que salieron a jugar a su parque que, ahora, tiene una construcción extraña pero atractiva. Además, se colgaron en algunos de los edificios grandes afiches con frases de Gramsci.  De ellas, me quedo con una que en cierto sentido sintetiza la apuesta: “todo humano es un intelectual”.

Lindo homenaje al pensador italiano que pasó su vida en prisión.  Seguro que esa es una de las mejores maneras de liberarlo.
(Publicado en El Desacuerdo, N. 22. La Paz - Bolivia)

martes, 2 de septiembre de 2014

Martín Chambi. Fotógrafo fundamental

Recuerdo que en un viaje a Cuzco en el 2003 ocupé parte de mi tiempo en buscar la casa de Martín Chambi.  Tenía la dirección de un estudio que no recuerdo de dónde la conseguí, encontré la calle y el número –tarea tediosa para una vacación-, pero cuando llegué no había nada.  Lo único que pude averiguar luego de mi pesquisa fue el teléfono de algún familiar suyo. Lo llamé buscando algo, no sé qué, pero no supo darme ninguna información sobre tu antecesor; desilusionado, sólo opté por felicitarlo y mostrarle mi admiración por uno de los más talentosos fotógrafos del Siglo XX.
Chambi nació en 1891 en Coaza, departamento de Puno, en el altiplano peruano, cerca del Lago Titicaca en una familia campesina. Vivió en Arequipa –donde trabajó con el fotógrafo Max Vargas- y Cuzco donde instaló su estudio.  Realizó varias exposiciones en Arequipa, Puno, Cuzco, Lima, La Paz, Santiago de Chile, Viña del Mar.  Ganó la Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Bolivia en 1925.  Murió en 1973. El ambiente político cultural que le tocó vivir fue de particular creatividad intelectual poniendo en el centro la discusión sobre lo indígena.  Recordemos que José Carlos Mariátegui publicó en 1928 por primera vez su ya clásico texto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, y su revista Amauta era una referencia de la discusión de la época.  Cuzco se encontraba en el debate, surgían varias corrientes y grupos, y el estudio de Chambi se convirtió en uno de los espacios de intercambio cultural.
Tal vez por eso la mirada de Chambi es autónoma, creativa e inteligente.  Se retrata a sí mismo y su contexto.  Su intención es tan política como etnográfica: “Llevo en mi archivo más de doscientas fotografías de diversos aspectos de la cultura quechua.  He recorrido y recorreré las regiones andinas en esta peregrinación.  Sobre todo, he escudriñado con la lente de mi cámara fotográfica todos los rincones de palacios  fortalezas de Cuzco (…). Me siento como un representante de la raza; ella habla en mis fotografías”.
A diferencia de la foto colonizadora de la época –particularmente europea- que “descubre” al indio al mismo tiempo que lo hace con las excentricidades africanas, Chambi muestra el mundo complejo de la vida rural, de la cual él mismo forma parte.  No se monta en el paradigma liberal del progreso, propio de algunos gobiernos e intelectuales latinoamericanos que veían en lo popular un impedimento para el desarrollo. No exalta romántica, ingenua o folklóricamente lo indígena, sino que retrata su cotidianidad y fortaleza cultural en múltiples dimensiones.  Por ejemplo, una serie de imágenes retoma la grandeza de Machu Picchu mucho antes de que se convirtiera en un lugar turístico.  Tanto las vistas panorámicas de los complejos urbanos como el detalle de la “Piedra de los doce ángulos” o el “Muro de las cinco ventanas de Wiñay Wayna” (1941), enseñan cómo tecnología y cultura fueron las que forjaron al lugar y su gente. 
Chambi no busca una postal, un indio de museo. Lo fotografía en el estudio y en el campo, en la fiesta y en la montaña, en la escuela y en la comunidad. En la imagen “Campesina de Combapata” (Cuzco, 1934), en el “Grupo de campesinos de Tinta” (1930), o en la maravillosa “Familia de Ezequiel Arce con su cosecha de papas”, todos -padres hijos y hermanos- están sentados en una pirámide de papa que es el fruto del trabajo y de la tierra.  No miran a Chambi, sino al futuro y al pasado a la vez.  Cuerpo, comunidad, cultura y naturaleza. 
Ante la cámara del fotógrafo también posa la élite cuzqueña, sus fiestas, sus mansiones, sus bodas y hazañas.  Pero no los exalta, tampoco los ve desde abajo.  Los reconoce, los muestra, les asigna un lugar.  Los monta en la tecnología, en el automóvil, en la moto, en el tren. Pero no los contrasta con el mundo rural, no los contrapone, no hace de ellos los responsables de una promesa de modernización.  No jerarquiza su medio poniéndose a él mismo en la escala inferior; sólo dibuja los distintos rostros de una compleja colectividad.

En varias imágenes aparece el propio Martín Chambi, en su estudio o en el campo, solo o acompañado; pero de todas ellas, me quedo con el “Autorretrato” de 1923.  Con un impecable manejo de la luz, Chambi mira su propia imagen en una placa fotográfica.  Es una metáfora de todo su trabajo. Mira y se mira. Retrata y se retrata. Sus fotos muestran un fotógrafo que supo conjugar cultura y universalidad, tiempo y trascendencia.  
Publicado en Suplemento Ideas, de Página Siete (31/08/2014)