martes, 4 de noviembre de 2014

Tres cafés en Coyoacán

1.       Alverre. Café bistró
Se encuentra en la esquina de las calles Gómez Farías y Cuauhtémoc.  Como pocos, retoma el estilo bonaerense de la cultura del café: las ventanas hasta el piso quiebran la distancia con la calle, la barrera entre interior y exterior es discreta, permite la privacidad del espacio adentro y disfrutar de la belleza de lo que hay fuera.  Las mesas y sillas marcan un toque tradicional -de madera oscura- sobrias y elegantes. Cuadros de arte moderno cuelgan de las paredes, y la música siempre está bien escogida.  El paralelo con Buenos Aires no es casual, la tarjeta postal que regalan con la cuenta explica el origen del nombre: “Alverre.- Contracción e intercambio silábico de la frase ‘al revés’. Juego sintáctico característico del lunfardo (el lenguaje del tango, el juego y el azar…)”.
2.      Corina
En verdad no es un café sino una pastelería francesa, su nombre oficial: Caremel; pero está en la calle Corina, y respondiendo a la tradición de nombrar las cosas más por su ubicación que por su acta de bautizo, lo llamamos simplemente el “café Corina”. Lo simpático es que no tiene mesas, de hecho se trata de dos locales unidos por una pequeña puerta, ambos con un ventanal enorme a la calle. En uno de ellos, sólo hay pasteles; para su compra se procede con la rutina de las panaderías mexicanas: se toma una charola y pinzas, se pone lo que se comprará y se pasa por caja. En el otro, sólo hay una barra que casi no deja espacio con la calle, lo mínimo para poner dos taburetes siempre ocupados. En una esquina, se hace una fila -normalmente pequeña-, donde primero se pide y paga el café para luego ser entregado cliente por cliente. Lo fantástico es tanto la calidad del café como el paisaje: es una esquina con una amplia vereda, árboles, muy poco tráfico. En el ventanal de la pastelería pusieron unas tablas que sirven para sentarse, y en frente, en la misma vereda, un par de asientos de fierro forjado. Como si estuviéramos en una ciudad caribeña, todo sucede en la calle, que es donde uno disfruta del entorno urbano y encantador.
3.      La Ruta de la Seda
Lo descubrí por casualidad caminando por la zona. Es una pequeña casa en esquina con un portón viejo de madera y una ventana que da a la otra calle. El espacio es mínimo, sólo entran dos mesas y la barra donde está la caja y algunos pasteles. Parece una casa antigua de adobe de cualquier pueblo latinoamericano. Afuera, aprovechando la espaciosa vereda, hay cuatro discretas mesas -cada vez son más-. La música siempre es suave, tanto como la sofisticada pastelería: torta de té verde o de pétalos de rosa. Cuando llega el café cremoso en una pequeña tasa, no es más que la coronación que termina de armonizar el sabor y el aroma, con la vista y el oído. Un espacio delicado y encantador, como su nombre.
4.      El café: un refugio

¿Por qué hablar de cafés en Coyoacán cuando Bolivia está en plenas elecciones presidenciales? Tal vez por lo previsible de los resultados, o porque encuentro tantos parecidos en el quehacer cotidiano que no me dan ganas de escribir una coma sobre candidatos y campañas, a menudo me es difícil diferenciar unos de otros. Tal vez porque en este período se ven las miserias de los partidos y la pobreza del argumento. Tal vez por mi desencanto con la política y sus actores. Tal vez porque este sea el mejor momento para ocultarse en un café, lo más lejos posible, esperando que pase el vendaval y que vuelva la decencia a la arena pública. 

Publicado en El Desacuerdo, octubre 2014.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Sociología en el ring: Loic Wacquant

Supe de él hace muchos años cuando leí el libro que publicó conjuntamente con Pierre Bourdieu titulado Respuestas. Por una antropología reflexiva. Su participación en ese texto tenía dos intenciones, por un lado presentar la obra   del sociólogo francés, y por otro, realizar un largo interrogatorio. Al leerlo, comprendí mejor en qué consiste una "entrevista sociológica”, o más bien, qué sucede cuando dos sociólogos tienen una grabadora en frente. Más que preguntas y respuestas, lo que sucede es una auténtica tertulia, un intercambio de ideas con vaivenes que enriquecen la conversación.

Años más tarde, me encontré con otro delicioso texto de diferente naturaleza: Entre las cuerdas, cuadernos de un aprendiz de boxeador.  En esta ocasión era Wacquant solo, contando su propia experiencia de convertirse en un profesional del box. Su obra me llamó la atención por múltiples razones.  En primer lugar, el aporte teórico es remarcable. El autor se inscribe en la tradición bourdieuneana de pensar el mundo social y utiliza ese aparato conceptual para su investigación. Bourdieu desarrolló una serie de conceptos como campo, habitus, capitales, estrategia, etcétera, que le sirvieron para múltiples estudios en las más variadas experiencias sociales, desde las lógicas de distinción francesas, hasta el uso de la fotografía o el rol de la religión. 
Con insistencia acuñó la idea de que el habitus se hace cuerpo, es decir que el esquema cognitivo que permite que fluya la percepción y la acción, nos habita de tal manera que se inscribe en nuestra materia. La anotación venía de Bourdieu pero ninguno de sus libros daba cuenta con tanta claridad cómo sucedía ese proceso. Es Wacquant quien, retomando la idea de que "aprendemos con el cuerpo”, experimenta la "conversión moral y sensual”: se inscribe a un gimnasio de boxeo en un barrio negro en Chicago y se somete a un sistemático entrenamiento durante más de tres años hasta convertirse un pugilista semi-profesional y estar a punto de dejar la sociología. Empezaba así a llenar un vacío teórico.


Un segundo aspecto que no es menor, es la estrategia metodológica. Insertarse en el mundo del boxeo implicaba tanto un acercamiento paulatino y sistemático a la cultura pugilística –dinámica a la cual están acostumbrados los antropólogos cuando estudian mundos ajenos-, como la educación rigurosa del propio cuerpo. La mejor opción fue la etnografía. Durante toda su investigación  escribió rigurosamente un diario de campo (más de 2.300 páginas), hizo entrevistas, tomó fotografías y participó en todo lo que pudo. Vivió intensamente el gimnasio en cada uno de sus componentes, registró en su propio cuerpo los aprendizajes –desde el fortalecimiento de un músculo, el afinamiento de los reflejos para esquivar o dar un golpe, la estrategia para soportar el dolor, etcétera-, mientras iba anotando todo lo observado y buscando explicaciones. 


En el libro, Wacquant analiza diversas dimensiones del tema. Explica la función de un espacio deportivo en un barrio donde los índices de violencia son alarmantes, y muestra cómo la tensión calle vs. ring es fundamental; el gimnasio es un "escudo protector contra las tentaciones y los peligros de la calle”, pues la violencia tiene reglas estrictas, permite a sus participantes no sólo sobrevivir a la incertidumbre propia del vecindario, sino que además les ofrece una ruta profesional que puede generar ingresos. Cuenta las jerarquías, la función del entrenador, el rol de los íconos deportivos, las fantasías y aspiraciones, la decoración interior del gimnasio, los códigos de honor.


También el autor narra su propia experiencia de convertirse en un boxeador, todos los detalles del entrenamiento, la tensión previa a subirse al ring para un combate, la intensidad de los segundos antes de que suene la campana anunciando el fin de un round. Explica cuáles son las exigencias  para participar en un torneo, el sacrificio en sus tres dimensiones: estricta regulación alimentaria, abandono de toda vida social que distraiga, rigurosa abstinencia sexual. La factura a menudo es cara, pero es el costo de quien quiere ser un verdadero profesional. 


La narrativa de Wacquant es especialmente cautivadora, tanto que en algunos momentos uno se olvida que está leyendo un estudio científico. Eso le lleva a reflexionar sobre "la alianza de estos géneros normalmente separados: sociología, etnografía y novela”, y nos devuelve el desafío a los sociólogos sobre cómo vincular teoría y procedimiento científico con observación sostenida, profunda y participante, y una presentación elegante y seductora. La justa combinación de estas tres tradiciones es la que le dará a un trabajo un merecido lugar. Wacquant, nos enseña un camino.


Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 2/11/2014