sábado, 12 de diciembre de 2015

La política desde la fe. La Teología de la Liberación desde un barrio mexicano


La política desde la fe.  La Teología de la Liberación desde un barrio mexicano



Este artículo es copia fiel del publicado en la revista Nueva Sociedad No 260, noviembre-diciembre de 2015, ISSN: 0251-3552, www.nuso.org


La Teología de la Liberación jugó un importante rol en América Latina desde los años 70 hasta nuestros días. Este artículo se enfoca en la vigencia de esta corriente en la actualidad a partir de una parroquia que asumió esta línea pastoral en la ciudad de México y, más específicamente, de un líder activo en la vida de la Iglesia. En ese marco, es posible visualizar, por un lado, los elementos tradicionales de ese discurso –como el compromiso con los pobres–, y por otro lado, las innovaciones discursivas, como la relación con la ecología y más en general con el medio ambiente.



Los acalorados años 60 tocaron también las puertas de la religión en América Latina. El clima de cambios acelerados de aquellas décadas tuvo una importante repercusión tanto en las estructuras de la Iglesia católica como en los creyentes que se sintieron profundamente atraídos por las ideas de izquierda y tuvieron que tomar decisiones a partir de sus creencias. Surgió así un movimiento de cristianos que volcaron su quehacer hacia posiciones progresistas, lo que dio nacimiento a la denominada «Teología de la Liberación». En estas páginas se busca reflexionar sobre lo que quedó de esta corriente político-religiosa no a partir de las declaraciones oficiales, reflexiones teológicas o posturas políticas de una u otra instancia eclesial, sino poniendo la atención en la manera de dar sentido a la política a partir de las creencias y sus creyentes. Particularmente, se expondrá la experiencia de una parroquia inserta en una colonia popular (Ajusco) del D.F. mexicano y, en ella, se focalizará en un «relato típico» de un líder de una Comunidad Eclesial de Base1 .


■ La génesis de una alternativa religiosa 

Las razones sociológicas fueron ampliamente estudiadas por varios autores: a mediados del siglo pasado, América Latina caminaba a un ritmo acelerado hacia una sociedad urbana, crecía notoriamente la población, las ideas revolucionarias se expandían con rapidez y los movimientos sociales –obreros, campesinos y estudiantiles– sacudían a varios países2 . Era un tiempo de desencuentro estructural y cultural entre la Iglesia católica y la sociedad, como tempranamente lo subrayó François Houtart3 . El caso es que el catolicismo fue tocado en sus entrañas, sea por razones estratégicas de no perder influencia en los sectores emergentes, como lo señaló Alain Touraine4 , o por reacciones provenientes de sus fieles. En términos institucionales, el proceso comenzó con las discusiones en el Concilio Vaticano ii en las que se cuestionaba la rivalidad entre lo social y lo religioso y tuvieron un eco fundamental en el continente; la necesidad del aggiornamento se instaló en la inteligencia vaticana. Así, a la primera reunión de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Celam), que se llevó a cabo en Río de Janeiro en 1955, le siguió la reunión de Medellín en 1968, Puebla en 1979, Santo Domingo en 1992 y Aparecida en 2007. Las ideas sobre política, pobreza, economía e injusticia entraron en el seno de la discusión entre las autoridades eclesiales y ahí se quedaron. Aparecieron fundamentales jerarcas latinoamericanos, como el cardenal Evaristo Arns de San Pablo o el cardenal Raúl Silva Henríquez de Santiago de Chile, que impulsaron reformas y hablaron de cambios sociales. 

En el otro polo, surgieron teólogos latinoamericanos cuya producción revolucionó el mundo de las ideas. Teología de la Liberación. Perspectivas, de Gustavo Gutiérrez5 , publicado a principios de la década de 1970, suele ser considerado una piedra fundamental, pero a su lado está la obra de Rubem Alves, Hugo Assman, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo, Enrique Dussel, Leonardo y Clodovis Boff, y varios otros. Cada autor afinó un concepto que se consolidó como un cuerpo que tocaba múltiples aspectos. De acuerdo con la síntesis de Michael Löwy, los principios básicos de la Teología de la Liberación fueron la lucha contra la idolatría (y no el ateísmo), la liberación histórica como anticipación del reino de Dios, la crítica a la teología dualista, una nueva lectura de la Biblia, la denuncia del pecado moral y social como pecado estructural, el uso de los instrumentos analíticos del marxismo y el desarrollo de las comunidades eclesiales de base (CEB)6 .

En términos pastorales, algunos episcopados impulsaron la creación de las CEB como eje de su ejercicio pastoral y asumieron el método «ver-juzgar-actuar» y la «opción por los pobres» como principio. Las CEB se convirtieron en una parte fundamental de la Iglesia latinoamericana y constituyeron una red internacional muy dinámica que promovió múltiples encuentros.


Por su parte, los creyentes tuvieron que lidiar con las ideas marxistas y su propia fe, en un contexto en el que el mundo político ofrecía otras opciones y su refugio eclesial se dinamizaba. Las posibilidades fueron diversas: una serie de militantes fundaron partidos políticos de izquierda (como Izquierda Cristiana en Chile) o empujaron a sus agrupaciones hacia posturas progresistas (como la juventud del Partido Demócrata Cristiano en Bolivia). No faltaron quienes asumieron el camino armado –como Camilo Torres en Colombia– y promulgaron que «el deber de todo cristiano es ser revolucionario», como lo sentenciara Néstor Paz Zamora en Bolivia7


En 1969 se organizó el Congreso Mexicano de Teología, donde se habló de fe y liberación 

México estuvo en el centro de ese movimiento y reflexión. En 1969 se organizó el Congreso Mexicano de Teología, donde se habló de fe y liberación y se concluyó que «la liberación es de hecho condición constante del desarrollo (...). La salvación de México coincidía plenamente  con nuestra esperanza cristiana», como explicaba el jesuita Luis del Valle8 . Cuernavaca se convirtió en un epicentro intelectual y pastoral: por un lado, el obispo Sergio Méndez Arceo impulsó militantemente la Teología de la Liberación en todas sus dimensiones; por otro, Iván Illich promovió una discusión intelectual con pensadores de diferentes lugares del mundo. En ese clima, algunas innovaciones fueron especialmente llamativas, como la idea de Gregorio Lemercier de realizar sesiones de psicoanálisis en el monasterio benedictino de Morelos9 .

Surgieron centros de reflexión teológica, publicaciones, encuentros, movimientos, vínculos con partidos políticos, centros de derechos humanos10. A finales de los años 70, las CEB ya eran un cuerpo nacional con influencia y dinamismo que jugaba un rol en la política y en el ámbito religioso. En 1992, luego de estar en el centro de la política nacional –fueron impulsoras, por ejemplo, de una candidatura única en las elecciones presidenciales de 1988 y parte activa de los movimientos sociopolíticos de la década–, se celebró el xiv Encuentro Nacional de CEB y se calculó la existencia de 10.000 comunidades en 40 diócesis.

Pero a partir de los años 90 la influencia de las CEB disminuyó notoriamente en el país. La arremetida de Juan Pablo II y luego de Benedicto XVI contra la Teología de la Liberación, tanto en México como en todo el continente, fue relativamente exitosa, además de sus propias contradicciones y del agotamiento de sus posibilidades de expansión. Sin embargo, eso no impidió la diversificación en sus temáticas, el enriquecimiento de sus perspectivas analíticas –surgieron la «teología india», la «teología feminista», la «teología interreligiosa», etc.11– y la incursión en nuevos problemas y sus respectivas iniciativas pastorales (como la migración, la ecología, las víctimas del narcotráfico). Con la llegada del papa Francisco al Vaticano en 2013, cambió la historia de la Iglesia y de su tensa relación con la Teología de la Liberación. Fue acaso la primera vez que esta corriente se sintió abiertamente acogida en las altas esferas de la dirección del catolicismo; incluso el reconocido teólogo brasileño Leonardo Boff defendió al papa argentino frente a las primeras críticas y suspicacias referidas a su papel durante la última dictadura militar. Con los primeros años del pontificado de Francisco, se puede augurar un nuevo aire de esta orientación teológica surgida en Latinoamérica.


■ La CEB en un entorno urbano popular

La colonia Ajusco es un barrio popular poblado en las últimas cinco décadas, que cuenta con 30.000 habitantes distribuidos en dos kilómetros cuadrados. El poblamiento fue el resultado de la creciente urbanización a partir de la década de 1950, que implicó la llegada de miles de personas provenientes de provincias a la ciudad de México. Los grandes contingentes se instalaron en territorios poco o nada poblados; en el caso de la colonia Ajusco, la zona era básicamente piedra volcánica, por lo que el asentamiento fue muy trabajoso y hubo que lidiar tanto con la naturaleza como con las autoridades en busca del reconocimiento legal y la implementación de servicios básicos. En la actualidad, la colonia está completamente integrada a la vida urbana, cuenta con todos los servicios, transporte y educación. Se la considera una «colonia popular de densidad media, en proceso de consolidación», entendiendo por ello zonas que «no cuentan con una urbanización completa y sus viviendas presentan diferentes tramos de terminación»12. El nivel socioeconómico es bajo, así como el «grado del desarrollo social»13, la escolaridad promedio es de nueve años y 72% de sus habitantes tiene casa propia14. Más de 70% cuenta con televisión abierta, casi 30% con internet y 25% con televisión por cable; 55% de la población está casada y 50% trabaja por «cuenta propia» o «en el hogar». Políticamente, 20% de la población se considera de izquierda –en todas las elecciones la izquierda siempre obtuvo el voto mayoritario– y solo 4% de derecha; a 66% no le interesa la política. Y 70% de los vecinos se siente orgulloso de vivir ahí15.

En términos religiosos, el dinamismo es notable. Existen cuatro instancias católicas (dos parroquias y dos capillas), dos iglesias protestantes, siete pentecostales, dos bíblicas no evangélicas, dos tiendas de santería, un culto a la Santa Muerte y numerosas expresiones de religiosidad popular. Los domingos tienen lugar 14 misas católicas y 13 celebraciones de otros cultos; más de 5.000 personas participan en diferentes eventos dominicales. Los íconos religiosos son numerosos: 40 microaltares callejeros dedicados a la Virgen de Guadalupe, cuatro ermitas y varias cruces de accidentados. Por las calles de la colonia transitan decenas de imágenes en peregrinaciones barriales que van de un lugar a otro. Asimismo, las fiestas patronales y la celebración del Día de la Guadalupana (el 12 de diciembre) son eventos de magnitudes mayores, que movilizan a cientos de personas y recursos materiales y económicos16. Es una población preponderantemente católica (78%) pero con un elevado porcentaje de no creyentes (14%, mucho mayor que la media nacional) y de adscritos a religiosidades no católicas (8%). Las prácticas y creencias religiosas son muy importantes: 86% pertenece a alguna religión; 81% tiene un altar u objeto religioso en el hogar (preponderantemente, a la Virgen de Guadalupe); 92% practica oración regularmente –con distintos ritmos, 60% lo hace cada día–; 48% ha recibido alguna imagen en su hogar; 31% reza el rosario en las festividades guadalupanas en diciembre; 90% cree en Dios; 75%, en el cielo; 72%, en los milagros; 77%, en la Virgen de Guadalupe. 

En este campo religioso, la Compañía de Jesús atiende la parroquia La Resurrección y la capilla de La Anunciación, que son el epicentro de la vida religiosa y social de la colonia. Los jesuitas se instalaron tempranamente y acompañaron el proceso de urbanización y asentamiento de los años 70, así como las luchas y demandas de los vecinos por servicios públicos y educativos; se organizaron cooperativas, campañas de educación popular y de defensa de derechos humanos. Desde ahí se gestaron importantes movilizaciones urbano-populares y durante décadas se apoyó a movimientos políticos y sociales en el ámbito nacional e internacional. Se promovió la solidaridad con las luchas de liberación en América Central, con los migrantes y con las víctimas de la violencia. Los nombres de Sergio Méndez Arceo, Arnulfo Romero, Samuel Ruiz, Ignacio Ellacuría y tantos otros fueron evocados miles de veces. Se llevaron a cabo festivales, conciertos, eucaristías, mítines para recordar, denunciar o festejar.

En la actualidad, la línea pastoral de la parroquia, fuertemente marcada por la Teología de la Liberación, tiene cinco áreas de trabajo: a) las CEB, que son alrededor de 40, divididas en tres secciones de la colonia y en las cuales participan más de 300 personas; b) el área de sacramentos y religiosidad popular; c) la atención a jóvenes; d) el área social, que promueve un comité de derechos humanos y el Grupo Siloé de orientación social y análisis político; y e) finalmente, la pastoral familiar. La iglesia es atendida por seis sacerdotes o seminaristas jesuitas y cuatro religiosas de la orden María Reparadora. El templo se ubica en el lugar más importante del barrio sobre la avenida, consta de una manzana donde hay una cancha de fútbol rápido, una de baloncesto, estacionamiento, salón de reuniones, cuatro aulas y patio para niños, además del dispensario con consultorios y las oficinas administrativas. La Resurrección ofrece mucho más que servicios religiosos: cubre también el ámbito de la salud (hay consultorios médicos, dentista y hasta medicina homeopática), la educación y el deporte. Se organizan campeonatos, festivales, cursos y talleres de distinta naturaleza. Semanalmente, se publica el boletín La Voz de los Pedregales, que es una pequeña hoja impresa donde se ofrece información práctica sobre el acontecer parroquial y el contenido temático para ser trabajado en las CEB. En suma, se trata de la empresa religiosa más completa de la zona que, entre otras cosas, tiene una sostenida vinculación tanto con las autoridades eclesiales de la diócesis como con movimientos sociales dentro y fuera del país.


■ Afinando la mirada: perfil de un animador de CEB

El cuerpo de animadores de CEB en la parroquia es especialmente dinámico. Son personas de distintas edades que asumen un compromiso activo con las actividades de la iglesia, además de tener una vida profesional paralela. Por ejemplo, uno de ellos es un grafitero que trabaja promoviendo el arte como denuncia política; otra es una joven nutrióloga que dirige un centro de orientación alimentaria y que propone que la alimentación es el eje de la equidad y la participación social; una más, una adulta mayor, se convirtió en médica homeópata y, aparte de sus actividades religiosas, atiende un consultorio en la parroquia17.

La intención de fijar la mirada en un caso y no en un cuerpo de documentos oficiales o en las autoridades institucionales responde a que este trabajo se inscribe en una sociología de la cultura que valora al individuo –en este caso, el creyente– como un promotor de sentido religioso. Focalizar el análisis en una entrevista pretende desprender los principales ejes discursivos de una «figura típica», cuando el propio actor efectúa un trabajo argumentativo sobre sí mismo elaborando un relato de su trayectoria y dándole sentido y coherencia18. Esta perspectiva no es nueva: responde a una tradición teórica que construye las significaciones sociales poniendo atención en cómo los actores dieron cuenta de su acción19.

Juan Carlos tiene 45 años, nació en la ciudad de México, su madre es originaria de Guanajuato y su padre de Guadalajara, y se trasladaron al DF en los años 50. Vivió durante 19 años en la colonia vecina Santo Domingo, y desde hace 21 años, en Ajusco20. Su esposa es cirujana dentista y él, técnico dental, y trabaja en su propio laboratorio, contiguo a su domicilio. Tuvo una importante militancia partidista: fue miembro fundador del Partido de la Revolución Democrática (PRD), participó en la organización de marchas, encuentros y manifestaciones y ocupó cargos en la Asamblea Legislativa. Pero luego se fue alejando e introduciendo en las CEB, y ahora marca clara distancia: «ya no me veo metido de lleno en un partido político como antes, ya no tengo esa disposición, sé que no es verdad lo que hay dentro de los partidos políticos».

Juan Carlos –quien durante un tiempo intentó convertirse en jesuita– está profundamente involucrado en la vida de la parroquia de la Resurrección. Trabajó con comunidades de jóvenes durante décadas y hoy es animador de  una CEB que se llama «Nuevamente vamos hacia ti, Jesús». Es representante de las CEB en el consejo parroquial, participa en la vicaría regional del DF y forma parte de la Comisión de Fiestas. Va a misa cada 15 días y comulga regularmente. Buena parte de sus días, noches y fines de semana los pasa en actividades eclesiales.

Su acercamiento a la vida religiosa fue impulsado por el ambiente católico de su familia. Vivió su infancia en Tlalpan, donde se encuentra la Universidad Pontificia de México y en cuyas calles es fácil toparse con hábitos y sotanas. Los padres y abuelos lo llevaban a actividades religiosas tradicionales marcadas por la distancia de la autoridad frente a los laicos. Años después, viviendo en la colonia Santo Domingo, conoció a los frailes franciscanos y uno de ellos le llamó la atención por su diferencia –más que sacerdote era un «cuate»–: no usaba sotana, no rezaba el rosario a horas fijas, se iba a trabajar a Chiapas con los indígenas. También lo marcó el contacto con unas misioneras filipenses que promovían una forma diferente de vida: habitaban en una casa –no en un convento–, se vestían «normal, como la gente común», se relacionaban con los vecinos directamente, trabajaban con los «chavos banda», no tenían horario. En ellos encontró otro sentido de vida sacerdotal, «personas entregadas a Dios sin el acostumbrado hábito o sotana, sin que se les tenga que decir padre o hermana».

Precisamente uno de los elementos que lo motiva a participar en las CEB es la horizontalidad: «ahí todos somos iguales, cada quien tiene un rol, una función muy específica, pero en sí, todos somos iguales. Sacerdotes y religiosas tienen su lugar, pero ya en comunidad no hay rangos, no hay jerarquías, somos iguales». Su manera de entender a Dios es a través del «otro» que está inserto en una «realidad social» que hay que cambiar y mejorar: 

Mi relación con Dios es a través de mi semejante. Por eso no puedes desligar tu fe de tu vida diaria, van juntas; la vida política y la religiosa van juntas, están completamente vinculadas. Vivir la fe en comunidades implica que tienes que formar parte de la vida política de tu entorno, de tu comunidad, del país; es una responsabilidad, no se las puede separar. Tu fe te debe conducir a la acción concreta. Por ejemplo cuando yo preparo un tema para las CEB, hacemos una oración desde la realidad, ponemos recortes de periódico con imágenes muy concretas y duras (mendigos, violencia, ejército), y hacemos brotar nuestra fe en la esperanza de la presencia de Dios desde aquí, nuestra fe tiene que ser motivo de esperanza para enfrentar y cambiar eso.

Juan Carlos reinterpreta el episodio bíblico en el que Jesús dijo que hay que «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»: para él se trata de uno de los pasajes más políticos del mensaje cristiano: «no darle al César un lugar prioritario sobre todas las cosas, y también dice que Dios está aquí luchando, que luchaba por una vida justa donde todos valieran. Yo no creo que una cosa sea la política y otra la religión, yo no las entiendo separadas».

A pesar de que Juan Carlos pertenece a la comisión de fiestas parroquiales, manifiesta una distancia muy marcada con la religiosidad popular. En su casa no tiene imagen alguna, ni siquiera de la Virgen de Guadalupe, a quien considera un «instrumento de dominación a los pueblos indios»; por supuesto que no cree que haya existido en realidad: «Guadalupe fue un símbolo, fue un tiro de gracia para los pueblos indios de América. No creo que haya aparecido. Respeto a la gente y admiro la fe que tienen, voy a la Basílica, pero la imagen me recuerda más bien a todos los indios que fueron sometidos y que murieron». En un episodio, cuenta cómo se encontró con algunas personas que le pidieron limosna para hacer una misa a San Judas Tadeo. Él les preguntó críticamente: «¿Ustedes creen que es necesario? ¿Que San Judas necesita una misa y que se le pague al sacerdote 1.000 pesos para que la celebre? Yo les invito mejor a que con el dinero que junten preparen una comida para los mendigos que viven debajo del puente de Taxqueña, eso sería más grato para Dios, llevarles de comer». Considera que esas son prácticas de magia y de retribución que funcionan bajo el principio de «tú me das y yo te voy a hacer una misa; tú me curas de una enfermedad y yo voy de rodillas a no sé dónde. No estoy de acuerdo con esa forma de creer en Dios, esa es una relación condicionada».

Desde la comisión de fiestas, Juan Carlos pretende dar a la celebración popular un sentido de comunidad, «lo que le agrada a Dios es vivir en una fraternidad verdadera y desde su mandamiento del amor, amar a Dios sobre todas las cosas, amar a tu semejante como a ti mismo». A menudo la gente participa en la organización de la fiesta y las mayordomías para tener una posición de poder, pero él impulsa la idea de rescatar un «estado de servicio, de humildad, no que ahora soy coordinador y por tanto ‘mis chicharrones truenan’»; se trata de vivir la alegría o tristeza con el semejante, «estar con él es estar con Dios». En términos más globales, critica a la sociedad de consumo cuyo principio es vivir para poseer:

Ahora hay un estilo de vida que nos obliga a querer más de lo que realmente necesitamos. La gente quiere obtener carros, ropa nueva, computadoras. Se cree que usar tal marca te va a hacer mejor. Nosotros proponemos el «tanto-cuanto», hay que tener  tanto cuanto me sirva para la comunidad. No hay que comprar para valer, para ser alguien; yo valgo porque soy, porque soy hijo de Dios, porque fui elegido para nacer, para estar aquí. Por ejemplo nosotros no vamos al súper a comprar los domingos, compramos en los mercados, en la tienda, en el tianguis, con la gente. No nos importa la ropa de marca. Consumo lo que me permita convivir con la gente, que seas tú, que valgas por lo que eres, no por lo que tienes.

La crítica a la sociedad de consumo conlleva una valoración de la ecología, que descubrió desde su primer acercamiento a san Francisco y su relación con la naturaleza. Ahora se trata de promover una Iglesia ecológica que se responsabilice del planeta, modificar las costumbres que se han adquirido por la sociedad de consumo. En esa dirección, propone, por ejemplo, que en todas las reuniones y fiestas parroquiales no se utilice nada desechable: «el año pasado en la fiesta de Cristo Rey dimos de comer a 1.000 personas y no se usó ni un plato desechable, ¡ni uno! En Tacubaya el párroco asumió una visión ecológica y no se usa nada de plástico, ni siquiera Nescafé, solo se toma café orgánico».

 En suma, concluye Juan Carlos, «en las CEB buscamos vivir en fraternidad, como hermanos y semejantes, como hijos de Dios y personas conscientes ayudándonos unos a otros; actuando en nuestra realidad para lograrlo. Me siento lleno, me siento a gusto».


■ Para cerrar

En el relato de Juan Carlos se pueden ver con claridad los ejes principales de lo que constituyó el discurso de la Teología de la Liberación, pero con elementos renovadores. Tal como se observó en otros trabajos21, las ceb son una comunidad afectiva que se funda sobre una experiencia de Dios heredera del catolicismo tradicional pero resignificada a partir de la idea de liberación, de los pobres como lugar del encuentro con lo divino y de la justicia. Asimismo, se valora la acción política y la intervención en lo público como una premisa de origen religioso. Lo novedoso de este modelo de religiosidad sociopolítica es el ingreso de un lenguaje holístico que, en su crítica a la sociedad de consumo, acude a la defensa de la ecología. En algunos relatos, esta perceptiva llevará a repensar la idea de Dios en el cosmos y reconsiderar los principios de la relación con el universo. Asimismo, por ejemplo en el ámbito de la salud, implicará incorporar las medicinas alternativas como una manera de entender el cuerpo y la divinidad.

Tanto por su capacidad organizativa como por su renovación teológica, su sensibilidad frente a los nuevos «signos de los tiempos» y el nuevo impulso proveniente de la alta jerarquía católica, la Teología de la Liberación se encuentra en un momento de discreto crecimiento. En 1996, en pleno auge de la arremetida vaticana, Michael Löwy, en su libro La guerra de los dioses, repasando la experiencia de Brasil y de América Central, pronosticaba que la semilla del cristianismo de la liberación seguiría creciendo y floreciendo y que «daría muchas sorpresas»22. Lo suyo parecía un grito de esperanza en un contexto completamente adverso, pero pasados los años, todo indica que tenía razón. 





■ NOTAS:


Hugo José Suárez: es doctor en sociología por la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. Es investigador titular del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam). Es autor de Creyentes urbanos. Sociología de la experiencia religiosa en una colonia popular en la ciudad de México (UNAM, México, DF, 2015) y de Un sociólogo vagabundo en Nueva York (Editorial 3600, La Paz, 2015). Correo electrónico: hugojose@unam.mx . Página web: www.hugojosesuarez.com 
Palabras claves: catolicismo, comunidades eclesiales de base, Teología de la Liberación, México.



1. El detalle de lo aquí expuesto se puede buscar en H. Suárez: Creyentes urbanos. Sociología de la experiencia religiosa en una colonia popular en la ciudad de México, de donde se retoman reflexiones y extractos. Además, partes de este texto aparecerán en el artículo «Nuevas formas de la relación política y religión», que será publicado próximamente en inglés en la revista Latin American Perspectives. 
2. Alain Touraine: La parole et le sang. Politique et société en Amérique Latine, Odile Jacob, París, 1988; François Houtart y André Rousseau: L’Eglise et les mouvements révolutionnaires, Éditions Ouvrières, Bruselas, 1972; Juan José Tamayo: Para comprender la Teología de la Liberación, Verbo Divino, Navarra, 2000; Michael Löwy: The War of Gods, Religion and Politics in Latin America, Verso, Londres, 1996; F. Houtart: «Nouvelles formes d’engagements socio-politiques des chrétiens» en Recherches Sociologiques vol. xvi No 3, 1985; Samuel Silva Gotay: El pensamiento cristiano revolucionario en América Latina y el Caribe. Implicaciones de la Teología de la Liberación para la sociología de la religión, Huracán, San Juan de Puerto Rico, 1989. 
3. F. Houtart: «Les effets du changement social sur la religion catholique en Amérique Latine» en Archives de Sociologie des Religions vol. 12 No 1, 7-12/1961. 
4. Decía el sociólogo francés que «la Iglesia se daba cuenta de que seguir identificándose con el sistema de control social propio de la sociedad rural era condenarse a desaparecer; dado que el continente estaba en plena urbanización, era esencial para ella reforzar su presencia en el mundo obrero y las clases medias». A. Touraine: ob. cit., p. 105.
5. G. Gutiérrez: Teología de la Liberación. Perspectivas, cep, Lima, 1971.
6. M. Löwy: ob. cit., p. 35. 7. H. J. Suárez: ¿Ser cristiano es ser de izquierda? La experiencia político-religiosa del cristianismo de liberación en Bolivia en los años 60, Muela del Diablo, La Paz, 2003.
8. L. Del Valle: «Teología de la liberación en América Latina» en Roberto Blancarte (comp.): El pensamiento social de los católicos mexicanos, FCE, México, df, 1996, pp. 248-249. 
9. Fernando González: Crisis de fe. Psicoanálisis en el monasterio de Santa María de la Resurrección (1961-1968), Tusquets, México, DF, 2011, p. 255. 
10. Miguel Concha (coord.): La participación de los cristianos en el proceso popular de liberación en México, Siglo XXI, México, df, 1986; Martín De la Rosa y Charles Reilly (coords.): Religión y política en México, Siglo XXI, México, DF, 1985; María Alicia Puente (comp.): Hacia una historia mínima de la Iglesia en México, JUS / CEHILA, México, DF, 1993; Raquel Pastor: «El proceso de los cristianos identificados con la Teología de la Liberación» en Judit Bokser Liwerant y Saúl Velasco Cruz (coords.): Identidad, sociedad y política, UNAM, México, df, 2008; José Miguel Romero de Solís: El aguijón del espíritu. Historia contemporánea de la Iglesia en México (1989-1992), Universidad de Colima / Archivo Histórico del Municipio de Colima / El Colegio de Michoacán / Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana, México, DF, 2006. 
11. Renée de la Torre: «Vigencia de las teologías latinoamericanas» en Boletín de la Biblioteca del Congreso de la Nación No 124, 2009; Luis Gerardo Díaz Núñez: La Teología de la Liberación latinoamericana hoy, UNAM, México, df, 2009; Pablo Romo: Teologías de la liberación, IIS-UNAM, México, DF, 2007.
12. Alejandro Suárez: «La situación habitacional» en Gustavo Garza (coord.): La ciudad de México en el fin del segundo milenio, Gobierno del Distrito Federal / El Colegio de México, México, DF, 2000, p. 394. 
13. Evalúa DF: Índice del desarrollo social de las unidades territoriales del Distrito Federal, Consejo de Evaluación del Desarrollo Social del Distrito Federal, México, DF, 2011. 
14. Jorge Alonso (ed.): Lucha urbana y acumulación de capital, Casa Chata, México, DF, 1980; Antonio Azuela de la Cueva: La ciudad, la propiedad privada y el derecho, El Colegio de México, México, DF, 1999; Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI): Censo de población y vivienda, INEGI, México, df, 2010; Sergio Zermeño: La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en nuestros días, Océano, México, DF, 2005.
15. H.J. Suárez: Creyentes urbanos, cit. Los datos más precisos se encuentran en el capítulo 5: «La encuesta sobre la experiencia religiosa». 
16. En el CD interactivo que acompaña mi libro Creyentes urbanos (cit.), se puede encontrar una exposición gráfica.
17. Para un mayor detalle de los tres casos señalados, v. H.J. Suárez: Creyentes urbanos, cit., cap. 8. 18. Danilo Martuccelli y François De Singly: Las sociologías del individuo, LOM, Santiago de Chile, 2012, p. 107. 
19. Pierre Bourdieu: La miseria del mundo, FCE, Buenos Aires, 1999; Bernard Lahire: Portraits sociologiques. Dispositions et variations individuelles, Armand Colin, París, 2002 ; B. Lahire: La culture des individus, La Découverte, París, 2006; Guy Bajoit y Abraham Franssen: Les jeunes dans la compétition culturelle, puf, París, 1995; Kathya Araujo y D. Martuccelli: Desafíos comunes. Retrato de la sociedad chilena y sus individuos, LOM, Santiago de Chile, 2012. 
20. La entrevista se realizó en 2009 en el marco de la investigación «Sociología de los grupos religiosos en la colonia Ajusco» (UNAM). Se llevaron a cabo 12 entrevistas a líderes de CEB. Se escoge esta porque expone de manera más fiel los aspectos que aquí se analizan sobre la Teología de la Liberación. El nombre del entrevistado ha sido modificado.
21. H.J. Suárez: «El modelo de catolicismo sociorreligioso. Análisis de una entrevista a partir del método estructural» en Luis Tapia (coord.): Pluralismo epistemológico, CLACLSO / CIDES / Muela del Diablo / Comuna, La Paz, 2009; H.J. Suárez: «Compromiso y fe. Reflexión a propósito de las comunidades eclesiales de base en la colonia El Ajusco» en H.J. Suárez, Guy Bajoit y Verónica Zubillaga (coord.): La sociedad de la incertidumbre, IIS-UNAM, México, DF, 2013.
22. M. Löwy: ob. cit., p. 140.
















lunes, 7 de diciembre de 2015

Bauman no escribe un diario, sino a diario

Hugo José Suárez

Hace unas semanas me compré Esto no es un diario, de Zygmunt Bauman (Paidos, México 2015). La verdad, no había leído al conocido autor, aunque sí escuché hablar mucho -tal vez demasiado- de él. Me llamó la atención que en el título negara lo que en realidad está escribiendo; me recordó a Pierre Bourdieu cuando en su Esbozo de un autoanálisis empieza con la frase “Esto no es una autobiografía”. Se trata de, en ambos casos, negar lo evidente para redefinirlo, para ponerle nuevo contenido en la palabra o ampliar la frontera de su significado.
Compré el texto porque precisamente lo que me gustó fue su estructura: la organización del contenido está por fechas, empieza en septiembre del 2010 y termina en marzo del 2011; cada uno de los meses contiene reflexiones subtítulos que anuncian el contenido de las dos o tres páginas que le siguen; no tiene una conclusión o reflexiones de cierre que ayuden al lector a quedarse con algo luego de las casi 300 páginas recorridas.
En las primeras letras, el sociólogo polaco, a modo de introducción, se desnuda y vuelve a la pregunta del “para qué” escribir un diario, del “sentido y el sinsentido de escribir”. Y no responde con una argumentación racional, política o pedagógica, simplemente confiesa que “no he sabido aprender otro modo de vida más que el de la escritura. Un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada. Además, el juego de las palabras es para mí el más celestial de los placeres” (p. 11-12); y va para el frente: “soy incapaz de pensar sin escribir” (p. 12). Esa es quizás la primera enseñanza de este autor que, sin ser propiamente escritor sino sociólogo, se esfuerza por hacer de las palabras un deleite cotidiano y una necesidad –necedad-compulsiva. Corresponde a los sociólogos -parece sugerir Bauman- convertir a la escritura en una práctica regular, en una amante insaciable y cariñosa que no se puede abandonar.
Un segundo aspecto que me gusta del libro es, como lo anunciaba, que no sigue el formato de documento académico: introducción donde se plantea la pregunta y la hipótesis, un capítulo teórico y metodológico, apartados donde se exponen los resultados y finalmente la conclusión. En ese sentido se retoma la idea de “diario”:  ideas y observaciones -que llegan en un orden cronológico y no argumentativo- de lo que se observa día a día. Así, un recorte de periódico, un encuentro, un acontecimiento, un libro, son los insumos que permiten una reflexión libre e imaginativa; sin duda arriesgada, atrevida, a menudo equivocada, pero no menos inteligente y sugerente. Y lo interesante es que en la exposición de lo observado se deja ver el lente del científico social que mira desde una tradición, desde una manera de explicar y comprender. Ahí cabe todo, todo lo que conmueve a la sensibilidad del sociólogo.

El autor valoriza el “diario” que en los últimos años se ha convertido en el patito feo de la literatura o el primo incómodo de la novela, pero imprime su sello. En suma, lo de Bauman sí es un diario, un sabroso diario sociológico que invita a las letras y a las ideas. 

lunes, 19 de octubre de 2015

La trayectoria sociológica

Uno de los principales libros de Francois Dubet, que fue una referencia obligada en los noventa, titula Sociología de la experiencia (1994). En él, el académico francés plantea una teoría que critica las premisas de la modernidad y construye la noción de “experiencia social” como la categoría analítica más adecuada para entender la sociedad actual. Un par de décadas después, Dubet vuelve sobre sus pasos analizando su propia trayectoria en el mundo de las ideas: La experiencia sociológica (2007). 
El texto es un singular ejercicio donde el autor, de larga producción y consolidado prestigio, expone sus principales inquietudes explicando tanto el resultado de sus investigaciones como los motivos que las suscitaron y el ambiente intelectual predominante cuando se generaron. Además, narra las situaciones personales en las que se encontraba inscrito que son una dimensión más para comprender un producto científico. En suma, dice Dubet, “no es el deseo de este autor caer en la tentación autobiográfica más que en la medida en que lo exijan la presentación de algunas búsquedas y de algunas ideas, y la descripción de una manera de ejercer el oficio de sociólogo, inscribiéndolo en la historia de los últimos cuarenta años. Por ello he tratado de mezclar los temas de investigación que me han ocupado con la cronología de los debates y los problemas sociales (...). No es más que una manera subjetiva de practicar la sociología de la sociología”. Con esa agenda, el investigador que siempre buscó las razones de la acción de los demás, vuelve sus herramientas hacia sí mismo.
Dubet fue uno de los mejores alumnos de Alain Touraine, con quien hizo una serie de estudios, además de continuar el linaje con varios miembros de su escuela. Acompañó a Touraine en sus estudios sobre los nuevos movimientos sociales en el momento de “declive de la sociedad industrial”. Luego de dedicarse a los actores sociales emergentes críticos del paradigma del desarrollo moderno se ocupó de la educación –y en ella los alumnos, particularmente de secundaria-, de los suburbios y sus jóvenes, y de la desigualdad. En términos teóricos, su desafío analítico fue entrar a la discusión de larga data en la sociología sobre la compleja interacción entre estructura y acción.
Entre paréntesis se debe subrayar el peculiar balance que hace el autor sobre la relación teoría y práctica: "existen dos maneras principales de 'hacer' teoría sociológica. La primera, la más elegante y académica, es partir de la teoría misma, de las grandes obras, a fin de construir sus propios marcos. La segunda consiste en partir de problemas empíricos a fin de preguntarse qué respuestas teóricas exigen. Esta es la que yo sigo"; y concluye, para cerrar el paréntesis, con un llamado al trabajo de campo: "he querido comprender cómo los actores actúan y en qué mundo vivimos; lo que exige mucho terreno y algo de teoría".
El lugar de observación para Dubet deja de ser el gran actor o la historia con mayúscula y se concentra en la subjetividad individual sin perder de vista su inserción social: "la sociología es interesante cuando vincula el actor al sistema, cuando considera que todo es social y que la 'sociedad' no determina todo. Cuando lo social deja de ser perfectamente coherente, programado, homogéneo"; es entonces cuando se puede analizar la acción y reacción de los actores: “al observar su trabajo, su reflexividad, sus dramas, incluso, se puede comprender mejor en qué sociedad vivimos o, al menos, en qué sociedad vivimos desde el punto de vista de los actores que la componen”.
En las últimas páginas de su libro, Dubet –escribiendo en primera persona, raro en los académicos franceses-, vuelve a su propia historia personal contando el por qué de sus inquietudes -“soy un hombre de izquierda a menudo desdichado porque acepto con dificultad la alternancia de los ciclos de discursos radicales y prácticas políticas sin principios”-, su posición global a favor de los dominados, su ser de provincia en un contexto donde la academia se mueve desde el centro parisino. Aboga por la imperiosa necesidad –y el desafiante privilegio- de tener “libertad de definir el contenido de mi enseñanza y de elegir mis objetos de investigación según mis intereses. (...) Esa libertad de que gozamos y que nos obliga a buscar en nosotros mismos el deseo de trabajar a cambio de un reconocimiento bastante aleatorio”. También reflexiona sobre la dificultad de introducir las ideas de los sociólogos al debate público, lo que obliga a tener generosa paciencia y cultivada perseverancia a quienes se dedican a este oficio. Pero a pesar de todo, concluye Dubet, “la sociología no es para mí más que una historia personal, una mezcla de libertad y voluntad”.
El texto de Dubet muestra la necesidad de los sociólogos de mirarse a sí mismos pero siempre con la cautela –a menudo excesiva- de no caer en la “tentación autobiográfica” y sin creer que su vida es algo extraordinario. Lo curioso de Dubet es que, muy propio de la sociología francófona, no se permite fluir en su relato y respeta exageradamente los protocolos académicos. Por ejemplo, dedica un capítulo íntegro al tema de la justicia social, analizando las desigualdades y esbozando una crítica de la justicia, pero en esos pasajes donde podríamos ver las emociones de quien escribe, sólo se enseñan los argumentos y los resultados analíticos. La diferencia salta, por ejemplo, con la manera como Richard Sennett al hablar del mismo tema, cuenta primero su relación con tocar el chelo, sus aprendizajes en el mundo del arte y las características de su origen social.
También es curioso el contrapunto con el texto Las trampas de la belleza, de Sergio Zermeño o con La casa de las once puertas de Carlos Martínez Assad. En estas dos obras, los autores realizan una autobiografía novelada, donde, cada uno con un estilo distinto, se deja ver la subjetividad, las tensiones propias de la vida diaria, la reconstrucción de acontecimientos y saberes en una narrativa personal. Zermeño, Martínez y Dubet pertenecen a una misma generación de sociólogos formados por Alain Touraine que compartieron tiempo, espacio y escuela, pero los dos primeros hicieron carrera en la academia mexicana. En buena medida, es el ambiente intelectual en México el que permitió que sacudieran su pluma tendiendo puentes con otras maneras de construir y presentar una experiencia sociológica.

Como fuera, volver a Dubet es siempre estimulante e invita a seguir avanzando en las distintas rutas para ejercer este oficio.

(Suplemento Ideas, Página Siete, 18-10-2015)

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Desde mi ventana

Óptimas condiciones para hacer sociología...
(Desde el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM)

lunes, 21 de septiembre de 2015

Vida de ciudad "Cine de domingo"

Hugo José Suárez


Soy obsesivamente escéptico de las ofertas fáciles del mercado.Pero cuando llega mi hija de siete años con una invitación de su escuela para canjearla por cuatro pases para una película en el cine, no puedo decir que no. Me extrañan algunos datos que no alcanzo a comprender: es para cuatro (dos adultos y dos niños) y en la letra menuda en negrillas dice que los menores deben ir acompañados de sus padres e identificarse en la entrada. Las otras letras son demasiado pequeñas, hago un esfuerzo, pero no alcanzo a leerlas.El caso es que cuando entramos a la sala -mi esposa y mis dos hijas- un simpático señor con acento argentino y un micrófono pegado en la cabeza dice al público: "¿les puedo hacer un anuncio? Sólo durará unos minutos. Esta es una publicidad hablada, aquí no tendrán que ver comerciales antes de la película". Comienza su relato que durará más de cuarenta minutos. Se presenta, dice que trabaja para las famosas revistas Time-Life y empieza a promover un producto maravilloso que promete que los niños aprenderán inglés sin ningún esfuerzo, sin clases, sin “libros aburridos” ni profesores, sólo conectándose a la computadora, jugando videojuegos y comprando el CD. Pone ejemplos maravillosos sobre el mercado laboral y las ventajas comparativas de un angloparlante, asegura que con su método cualquier niño podrá llegar a la Universidad de Cambrige y que encontrará trabajo a la vuelta de la esquina. Da datos "oficiales" -cita al Instituto Nacional de Estadística- respecto de lo poco que saben inglés los mexicanos -menos del 3%, asegura-, razón por la cual estamos tan mal. Informa que en todas las universidades de México piden, por ley -y cita al Instituto de Estadística nuevamente, no sé a qué santo-, al menos un 80% de comprensión de inglés para poder graduarse. "Es una ley nacional", asegura.  


Contrariado por escuchar tanta tontería junta, pero sobre todo porque yo fui al cine y no a una conferencia sobre las bondades del inglés y la mediocridad lingüística mexicana, lo interrumpo y le digo primero que no queremos escucharlo, queremos ver la película, y segundo que lo que está diciendo es una mentira, al menos en el caso de la UNAM donde el tratamiento de las lenguas extranjeras obedece a otros parámetros.  Entre tanto, mis hijas, que acaban de aprender inglés luego de un año vivido en Nueva York y que saben muy bien el esfuerzo que implica, no hacen más que reírse del parlamento del caballero de negro que tienen al frente, mientras juegan en mi iphone. Cuando hablo, algunos del público me quieren callar -"déjelo terminar", me dicen-, otros simplemente se quedan callados. Parece que nadie se molesta como yo por la trampa que nos tendieron. Ahora comprendo por qué regalaron las entradas, por qué querían que vayamos los padres y por qué la letra menuda era ilegible de tan pequeña.

El vendedor en cuestión dice que le estoy faltando al respeto, que no lo dejo hacer su trabajo. Cuando termina, se me acerca y continúa con la cantaleta de la falta del respeto e intercambiamos una serie de palabras, me dice que no tengo ni educación ni clase. Le digo otra serie de cosas, guardando la compostura por mis hijas y el ambiente familiar que nos rodea, pero queda claro que las palabras estaban convocando a los golpes.

La cosa es que termina el intercambio, luego de cuarenta minutos de haber escuchado sandeces, y empieza la proyección que me permite distraerme y casi olvidar al ilustre promotor del inglés. Al final me pregunto si es mejor tener una "publicidad hablada" o tragarme las fantasías de la Coca-Cola antes de una película. Tengo dudas. Por lo pronto, prefiero ver Netflix en casa.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Invitación a presentación de libro

Si siempre te ha atraído Nueva York y sus misterios. Si quieres saber cómo se vive el día a día en la Ciudad Manzana, qué comen, cómo se transportan, de qué charlan los neoyorquinos. Si quieres conocer los cafés, las plazas más allá de la imagen de postal. Si no entiendes por qué Mecano quedó “loco por volver a Madrid” después de una corta vacación mientras que García Lorca sucumbió en sus brazos. Si te interesa saber de qué hablan los padres migrantes, por qué los neoyorquinos no conocen la Estatua de la Libertad, no saben manejar y no tienen televisión; o quieres saber cuan mágica y complicada que se pone la ciudad cuando nieva, lo fascinante y transgresora que puede ser la fiesta de Halloween, lo atractivo que es fumarse un puro en un barrio dominicano, lo conmovedor que es escuchar góspel en una iglesia pentecostal en Harlem. Si crees que no existen socialistas en neoyorquinos, si te sorprendería encontrarte con caporales en la fiesta del Año Nuevo Chino. En suma, si eres de espíritu inquieto, si tienes la curiosidad a flor de piel y sientes la atracción por atravesar los laberintos de esa magnífica ciudad, te invito a la presentación de mi libro Un sociólogo vagabundo en Nueva York. Será el  martes 8 a las 7 de la noche, en la Cinemateca.  No te lo pierdas. 

lunes, 17 de agosto de 2015

Recordando a Manuel Ahumada



Hugo José Suárez

El 2014 empezó con una triste noticia: murió Ahumada. Le había seguido la pista desde los noventa, cuando lo leía con avidez en el periódico mexicano La Jornada a través de sus distintos personajes. Meses antes había visto sus cuadros en un café de Coyoacán al que acudo regularmente, pero lento como soy con las compras, no atiné a adquirir una de sus piezas, sólo un calendario que ahora lo guardo con recelo. También en ese tiempo pude disfrutar de una exposición en la Casa de la Cultura Federico Reyes Heroles; ahí no solo aprecié al caricaturista sino además al artista plástico que enseñaba una serie de objetos que hacían más compleja su obra. Todo este tiempo estuve con la intención de contactarlo y hacerle una entrevista, pero el destino, que no da concesiones, no me lo permitió.
Ahumada fue seguramente el caricaturista mexicano más completo de la transición entre el siglo XX y el XXI. Su fuerza es la de ser un mediador, un constructor de puentes entre universos opuestos que sólo él, con su imaginación como batuta, logra conjugar. Desde muy joven, en el transcurso de los setenta, se incorporó al mundo periodístico mostrando su trabajo en el diario unomasuno, el periódico quincenal Melodía, y luego transitó hacia La Jornada donde trabajó hasta su muerte. En un medio con personalidades fuertes y consagradas como Rius, Magú o Naranjo, Ahumada "no quería parecerse sino a sí mismo" -como bien diría Víctor Roura-, lo que lo condujo por un camino autónomo e innovador retomando lo mejor de la tradición artística mexicana pero reinterpretándola a su antojo. 
Varias personas han coincidido en señalar que este caricaturista conjugaba imaginación, crítica, descripción y crónica urbana; un colega suyo diría que fue "el inventor del realismo cósmico".
Las historias de Ahumada son radicalmente urbanas, suceden en cuartos con pequeñas ventanas, azoteas llenas de ropa colgada, calles empedradas o callejones oscuros. Sus objetos son cotidianos: una plancha, una camisa, una cama, una escoba. Pero su trazo vincula la banalidad con el cosmos, lo micro con lo macro, lo ordinario con la trascendencia. Así, una mujer refregando ropa en una terraza popular de la ciudad de México, pone en un cesto lo lavado y desde el borde de la azotea empieza a elevarse en dirección a la luna, que está en cuarto menguante, ideal para amarrar una cuerda en cada una de sus puntas y colgar los vestidos.
En Ahumada el universo deja de ser inalcanzable, lo imposible no existe. Un astronauta, con una bandera mexicana en el brazo, se dispone a comer un taco en algún lugar del universo. Un cliente hace la parada a un taxi en una calle defeña; con el pasajero adentro, el vehículo empieza a elevarse hasta llegar a la luna, destino donde desciende un astronauta y le paga al chofer por sus servicios. Pero no sólo el cosmos está al alcance de la vida cotidiana, el dibujante también penetra en los interiores del cuerpo o de los objetos mostrando lo infinito que pueden ser. En una viñeta, un prisionero está en una celda que sólo tiene una ventana desde donde observa la ciudad; con una silla rompe el vidrio y empieza a salir de lo que en realidad es el ojo de una mujer. En otra tira, un astronauta está encima de un planeta, saca de su espalda una bandera y al enterrarla revienta lo que, sin saberlo, era el globo de un niño que se pasea por una desolada acera de la ciudad. 
Las referencias de Ahumada son evocaciones de su transitar urbano, él mismo afirmaba que salía a la calle a observar y a la vuelta retomaba todo lo asimilado para dibujarlo: "no creo que imagine lo que he visto, más bien tomo lo que veo y todo lo transformo, lo único que realmente me gusta es salir a caminar y regresar a mi casa a dibujar, porque así es la vida". No es casual que el propio caricaturista evoque a El Principito en varias ocasiones, pues en cierto sentido su propuesta es similar: vincular el día a día con el orden planetario, por eso mismo Elena Poniatowska lo calificaría como el "St. Exupéry de fin de siglo". Su objetivo es mostrar que lo sencillo guarda una complejidad mayor, que en lo mínimo está lo máximo, que la imaginación permite unir todos los torrentes que parecerían inconexos. 
Pero el caricaturista también fue un agudo crítico de la política mexicana y de la situación internacional. En sus dibujos se podía encontrar crudas referencias a los estragos económicos y a los vergonzosos gobernantes. Por ejemplo, un hombre sin pierna, moviéndose con dificultad apoyado en un par de muletas dice: "En la negociación de la deuda, dimos el paso"; titula "Mantengamos el paso". Una viñeta muestra la bandera de Israel pero con la cruz de David dibujada por huesos humanos.
En suma, Ahumada reinventa la tradición comprometida del mundo del arte en México con desbordante creatividad que va más allá de lo que hasta el momento se había hecho. Es, sin duda, un delicioso transgresor que no conoce fronteras. 

sábado, 8 de agosto de 2015

La curiosa trayectoria de los libros

La curiosa trayectoria de los libros


Hugo José Suárez


Cada libro tiene su historia. Publiqué Bolivia, país rebelde (2000-2006) en el 2007 en El Colegio de Michoacán (Colmich), cuando era investigador en esa escuela. Fue muy especial porque conjuntaba varias inquietudes. Años antes había trabajado en Naciones Unidas como parte del equipo que elaboraba el Informe de Desarrollo Humano. Ahí aprendí mucho, viajé por todo el país y tuve enorme información cuantitativa y cualitativa sobre el proceso social que vivíamos. Pero claro, la interpretación de los datos respondía a la visión institucional que, a menudo, no coincidía con mi manera de ver las cosas. Fue en Bolivia país rebelde donde pude plasmar mi análisis, utilizando todo lo acumulado en aquel tiempo, sólo que ahora leído desde mis propios lentes. Además, reproduje varios de los artículos que entonces publicaba en mi columna "Intervenciones" en La Razón, donde hablaba de los vaivenes de la coyuntura. Un plus maravilloso fue que para cada capítulo me permití elaborar un ensayo visual con puras fotografías que explicaban, desde la imagen, un determinado tema; así, el análisis respecto de la dificultad que tuvimos en Bolivia por construir la nación, estaba acompañado del ensayo "El Estado: presencias y ausencias", con tomas de autoridades rurales, policías en Uyuni, oficinas de la Corte electoral en Santa Cruz, o un niño orinando al frente del Palacio Quemado en plena Plaza Murillo. Otra serie, la que mostraba las "Torpezas de la oligarquía gobernante y la decadencia del gonismo", se llamó "Noblezas y distinciones" -por supuesto pensando en Bourdieu- y traía fotos de guapas modelos promoviendo el desodorante Axe en San Miguel, una familia mirando la tienda de McDonald's en El Prado -antes de que se fuera del país-, o un curioso anuncio en un municipio de la Amazonía en Pando que decía: "Prohibido el ingreso de personas con pantalones cortos y camisetas" (demás mencionar el calor abrumador de la zona). 
El caso es que en ese documento dejé que conjugar mi saber sociológico con mi sensibilidad visual; ambos se entrelazaron con total libertad buscando un texto ágil, fácil de leer y que contribuya a contrarrestar la ola mediática internacional que buscaba desprestigiar al gobierno de Evo Morales. La propuesta se inscribía en lo que Bourdieu llamaba "un libro de combate". Tenía una intención política e intelectual a la vez, además de experimentar con soportes visuales. No buscaba contribuir a la discusión académica, sino más bien llegar al público que escuchaba una noticia en la radio sobre Bolivia -normalmente negativa y distorsionada-, que sólo tenía acceso a una versión y que, a través de esas páginas podría ver la otra cara de la medalla. Salió en el momento más épico del proceso, cuando todavía se vivía lo que se llamó el "empate catastrófico", con una derecha cruceña beligerante y un gobierno que se sostenía con alfileres. Era el tiempo de defender la "revolución democrática" a capa y espada, era el enamoramiento, el rostro romántico de los procesos sociales -que, ahora lo sé-, terminan siempre lejos de donde empezaron. 
Como escribí el libro desde México, tuve influencia de los movimientos de esos años, particularmente de la lucha de Andrés Manuel López Obrador a quien, en el 2006, le arrebataron la victoria electoral de manera escandalosa. Mientras celebraba el triunfo boliviano, apoyaba a mis amigos que bloqueaban la Avenida Reforma exigiendo el recuento "voto por voto" del proceso electoral. También se puede ver la influencia de Luis González y González -que fuera el fundador de El Colegio de Michoacán y cuyos libros que entonces leía con avidez- en la organización y redacción de algunas partes del libro.
Mientras redactaba, la izquierda mexicana estuvo presente de distintas formas. El borrador fue leído por Williem Assies que fue investigador del Colmich y Luis Ramírez -de la misma institución-, un ser excepcional con quien tuve la suerte de coincidir unos meses antes de que muriera. La presentación la realicé en el barrio La Condesa de la Ciudad de México. El auditorio -aunque pequeño-, estuvo lleno, se anunció en el periódico La Jornada, lo presentó el investigador de la UNAM Massimo Modonesi, y luego recibió gratos comentarios de Coco Manto, entonces embajador de Bolivia durante una mesa que compartimos en la Casa Lamm analizando la situación política del país. Cuando le regalé un ejemplar a don Pablo González Casanova, me citó en su cubículo y, además de felicitarme y agradecerme, me sugirió que siga realizando la observación sistemática de los acontecimientos en el país para ir acumulando datos en el tiempo.
Mandé el texto a mi antiguo maestro Francois Houtart, quien me conectó con Editions Couleur Livres para publicarlo en francés en el 2009. Para la nueva versión, las fotos fueron retrabajadas e incorporé una introducción y un postfacio que situaban los tres años siguientes cuando las cosas se habían modificado y empezaba a consolidarse el respaldo popular al gobierno; me comentaron que lo habían visto expuesto una librería parisina.
Tiempo después, un colega me comentó que estaba dirigiendo una colección en la editorial Ocean Sur y me pidió que haga una versión más chica; la hice con gusto, pero, como son estas cosas, fue destituido y me quedé con el archivo en mi computadora. Cuando estaba gozando de un año sabático en Nueva York, conversando sobre el tema en el Village, con un café en medio, con un amigo, me sugirió que lo enviara al Ministerio de Comunicación, pues ese tipo de reflexiones "hacen mucha falta". Mi relación con el "Proceso de cambio" era entonces menos pasional; sin ser necesariamente distante, aprendí sobre la política y sus oscuros laberintos, a los cuales por suerte nunca me metí. Vi en gente cercana lo que hace el ejercicio cotidiano del poder y que agradecí haber rechazado constantemente los coqueteos que el destino me hizo para saltar a esa arena. Pero de todas maneras accedí a enviar mi manuscrito, con una nueva introducción pensando que, si en algo podía colaborar con un proceso al cual todavía le guardo algo de simpatía, cuánto mejor.
Otra vez trabajé una nueva versión, envié correos, archivos, fotos. El asunto avanzaba, incluso me enviaron una prueba final en PDF (que ya tenía ISBN). Al no ver el texto publicado, insistí preguntando hasta que se me informó que en las altas esferas del ministerio había sido bloqueado acusándome de ser militante del MSM. Eran los meses electorales del 2014. Luego me dieron otras explicaciones entreveradas, pero el caso es que, nuevamente, el libro quedó en mi computadora. Lamenté que no haya podido llegar a Bolivia y que no fuera bien aprovechado, pues contribuía a una visión progresista de la historia del país.

El caso es que aprendí mucho del libro hoy agotado, de su elaboración y su trayectoria. Lo hice con esa libertad intelectual que no deberíamos abandonar quienes nos dedicamos a las letras, y con esa soltura para utilizar todos los recursos explicativos -en este caso imágenes- que tenemos al alcance, sin olvidar el compromiso social y nuestro rol como analistas de la cultura. Pero también aprendí un poco más sobre los juegos del poder, sus cegueras, sus mezquindades. Como fuera, es un documento al que le tengo especial cariño por todo lo que me dio; fue muy atinado dedicarlo a mis abuelos, Hugo, José, Josefina y Elena, "a los que les debo tanto".

jueves, 30 de julio de 2015

Vida de ciudad. El macho en la ciudad -de México-




1. Estoy en la fila del Centro Nacional de las Artes con el objetivo de ver una pieza teatral para niños; claro me acompaña toda la familia. Hay mucha gente. De pronto, una mujer se acerca a la ventanilla saltándose a todos y recoge unos boletos. La protesta es general, pero un padre es más incisivo y le encara el abuso, que es respondido con un palabreo que va subiendo de tono. Hasta aquí, se trata de dos ciudadanos, sin importar el género, que discuten por una arbitrariedad, pero repentinamente ingresa el marido que lo increpa con una afirmación que precede a sus golpes: “¡Metete con un hombre!” Se le abalanza con los puños por delante, lo que provoca un zafarrancho en lo que tenía que ser una tranquila mañana familiar de teatro dominguero. Claro, el marido salió a defender la honra de su mujer, a cumplir el rol de macho que cuida la hembra, siendo que, antes de su brutal participación, si bien la discusión se acaloraba, no dejaba de estar dentro de los márgenes de la convivencia urbana. 

2. Me toca sentarme en el último asiento del bus en la Avenida Miguel Ángel de Quevedo. Cada que puedo intento evitar el transporte público por su implacable incomodidad e ineficiencia, pero a veces no tengo otra salida. A mi lado hay dos señoras y un joven. Vamos rebotando, con la puerta abierta y el frío que penetra por todo el cuerpo. Una mujer le pide al conductor, gritando porque está lejos, que cierre la puerta trasera. Por supuesto que no le hace caso. Repite la solicitud tres veces sin ningún impacto, hasta que el joven que está a mi lado dice con voz varonil y fuerte: "Cierre la puerta porque nos está haciendo frío. Gracias". Inmediatamente la solicitud es cumplida como orden. La mujer sentada a mi derecha comenta: "así había que pedirle, con una voz fuerte, de hombre".


3. En la misma avenida, pero ahora en un trolebús, me toca un incidente entre el chofer y el conductor de un automóvil. No es más que un intercambio de bocinas y amagues de choque típicos del Distrito Federal. Uno de los pasajeros que va parado como yo, de origen popular, tal vez rural, le grita enojado al otro conductor desde dentro del bus -lo que por supuesto se escucha en cada rincón-: "Te he de buscar, te he de madrear". Y todos siguen su camino. 

Hugo José Suárez  

lunes, 22 de junio de 2015

Paseo Neoyorkino

1. Guerra de almohadas
Camino por la Quinta avenida hacia el sur hasta desembocar en Washington Square, histórica plaza donde se gestaron parte de las luchas de los actores sociales de los sesenta en Estados Unidos, donde la vida cultural siempre fue intensa y transgresora. A lo lejos, alcanzo a ver mucha gente en el centro y plumas flotando encima de ellos. No entiendo qué pasa. Me acerco y me encuentro con policías detrás de una valla con un montón de almohadas destrozadas. Un pequeño cartel da la información oficial sobre un evento del día anterior que, aunque nada tiene que ver, parece explicar lo que sucede: "¿Qué está pasando aquí? Estamos instalando nueva energía en el Arco de Washington. Gracias por su paciencia". Doy unos pasos y termino de comprender, se trata de una guerra de almohadas, una especie de carnaval de golpes juguetones entre conocidos y desconocidos hasta dejar que el viento se lleve lo que queda de aquel objeto que alguna vez sirvió para apoyar la cabeza y descansar. Mientras me alejo, me cruzo con pequeños grupos de jóvenes que van, almohada en mano, a formar parte de la fiesta. El juego de niños se trasladó a una de las plazas más importantes de Nueva York.
2. Necrológicos en los parques
Los neoyorquinos tienen una particular relación con el uso del espacio público, una mezcla de responsabilidad y propiedad. En varios parques y plazas, abundan las bancas que fueron donadas o remozadas gracias a tal o cual familia, y claro, como eso no puede permanecer en el anonimato, una placa se encarga de recordarnos quién y cuándo lo hizo. Pero lo que más llama la atención es que, a la vez, al menos en el Riverside Park, las placas son mensajes necrológicos en honor de algún pariente informando su período de vida, el cariño de sus dolientes y su relación con el parque. Así, por ejemplo, los hijos y amigos de Jody Pope recuerdan cuánto los quizo, cuánto amó la vida y la ciudad de Nueva York, o los familiares de Albert Marks (1919-1999) rememoran cómo el difunto tomaba fotos, disfrutaba del canto de los pájaros y paseaba a los niños en ese lugar. Al verlos, no puedo evitar el paralelo con las múltiples cruces en las calles de colonias populares de la Ciudad de México, que según dice la tradición popular, permiten a las almas un viaje en paz y marcan el punto de partida de este mundo.
3. Museo Metropolitano de Arte
Hay muchas maneras de recorrer un museo. A mí, lo que más me gusta es, en vez de hacerlo con agenda previamente definida, dejarme llevar por el instinto y el azar. Así, introducirse a las salas implica dejar que la mirada, la sensación, sea la que me detenga en una u otra pieza. Me siento en un laberinto al abrigo de lo estético; dejo que las emociones me obliguen a la pausa o al andar, dejo que un cuadro me exija tiempo frente a él o que otro me deje partir. Dejo, pensando en Barthes, que el punctum construya mi itinerario. La razón llega en un segundo movimiento, cuando leo los datos que me contextualizan el cuadro y me permiten entenderlo mejor. 
Tengo así algunos gratos episodios, como cuando me encontré con Madonna and Child de Berlinghiero. Me quedé mirándola, no podía desprenderme, sentía sus ojos clavados en los míos, sus manos me atraían, su luz resplandecía, su rostro me encantaba, su presencia me hipnotizaba. No sé cuánto tiempo quedé mirándola, o más bien no sé cuánto quedamos mirándonos.  Lo propio me pasó cuando fui a la sección del mundo islámico; recorrí maravillado por tantos objetos, tantos detalles, tanta fuerza concentrada, hasta que llegué a un ejemplar original del Corán. Me quedé quieto al frente, disfrutándolo, como si entendiera algo de sus incomprensibles letras. 

Hay muchas maneras, decía, de visitar un museo. Yo disfruto de perderme en él como cuando uno se adentra en una biblioteca sin saber qué terminará en sus manos. Es un viaje de aventura, un viaje donde sólo hay que obedecer a los sentidos y dejarse llevar por ellos. 
Publicado en suplemento Ideas de Página Siete, 21/06/2015