domingo, 28 de febrero de 2016

Cuaderno de Notas Escribir


No sé bien por qué, pero tengo una relación especial con la escritura. Seguramente el origen debe estar en la repentina muerte de mi padre, cuando tenía apenas 10 años.
Él publicaba regularmente en los periódicos, y tras su desaparición, mi madre recopiló todo -artículos, poemas, canciones, cartas- y editó un libro que hasta ahora está en mi cabecera. Su ausencia fue, en parte, aminorada por sus textos. Desde ahí las palabras han ocupado un lugar especial en mi vida.
Años más tarde, cuando era estudiante de licenciatura, un profesor de esos que no se olvidan, nos dio como tarea escribir un diario. Nos decía que en él teníamos que vaciar todo lo que queramos, desde la descripción de una banalidad, hasta algún comentario razonado de un libro o película.
Seguí al pie de la letra la exigencia, y empecé a sentir una extraña sensación de estar construyendo un libro de mi propia existencia. Hubo un momento en que, el día que no me sentaba frente a mi máquina Olivetti –no había computadoras-, parecía que no lo hubiese vivido.
Luego mi profesión, la sociología, me condujo irremediablemente hacia los libros, los de otros y los míos. Así, poco a poco, la práctica escritural se me ha hecho algo tan regular que cuando llega la noche siento un vacío si no he pasado por el teclado. Las palabras se han vuelto una compañía indispensable, escribo para distraerme, para investigar, para comunicar, para soñar, para reír, para denunciar, para crear, para fantasear. Escribo, como bien lo han dicho tantos, para vivir, o para sentirme vivo.
Tengo claro que, a pesar de mi pasión por las letras, no soy propiamente lo que se conoce como un escritor, sé que soy sociólogo, pero insisto a mis colegas y a mis estudiantes incorporar esta práctica de manera sostenida. No faltará quien se pregunte el porqué de esta reflexión. Durante mucho tiempo he vivido un divorcio entre una manera de entender las ciencias sociales y su distancia con la literatura.
De hecho las últimas décadas he publicado varios libros científicos y, en la acera del frente, otros que más bien son narrativos. Pero el azar me ha sorprendido con varios autores que me han mostrado un camino que acerca estas dos maneras complementarias de conocer. Ahora estoy encantado –en el sentido más tradicional de estar sometido “a poderes mágicos”- con la escritura etnográfica, y espero seguir por ese sendero.
El caso es que esto me ha llevado también a intentar mantener una columna periodística donde pueda compartir ideas y experiencias. No ha sido fácil. Como vivo en México, la distancia con el país ha hecho que poco a poco me vayan dejando en el olvido. Por eso agradezco mucho a Carlos Morales, a Mónica Salvatierra y en general a El Deber por acogerme en sus páginas.
He decidido llamar esta columna quincenal Cuaderno de notas. Como muchos, ando por la vida con una libreta pequeña que es una bitácora de intimidades. No la suelto. Ahí registro ideas, experiencias, sentimientos. Prácticamente no hay un filtro, todo cabe.
De eso se tratará este espacio. Voy a dejar que la libertad conduzca mis dedos, me permitiré escribir sobre sociología, cultura, religión, política, cine, libros, música, vida cotidiana, angustias, paseos, recuerdos y todo cuanto puede caber en un cuaderno.
Buscaré que el tema no lo defina la coyuntura o la política, sino el placer y la sorpresa. Cada semana cuando me siente a preparar este texto, lo haré desde algún café, normalmente en Coyoacán en la ciudad de México, y disfrutaré de cada letra tecleada procurando compartir con quien me honre con su lectura.
Queda la invitación, ojalá me acompañen en esta nueva travesura

Publicado en "El Deber" 28/022016

lunes, 22 de febrero de 2016

Referéndum. ¿Para qué?



Hugo José Suárez

Hoy domingo los bolivianos saldremos a las urnas, incluso los que vivimos fuera. He pensado mucho antes de inscribirme para ir a votar, y tengo dudas de haber tomado la buena decisión. Pero ahí estaré, dudando hacia qué lado inclinar la balanza hasta el último momento.

Mientras vaya a la Embajada de Bolivia en México –que es donde debo acudir-, tendré en mi mente a los seis muertos de El Alto el fatal miércoles 17 de febrero. Escucharé sus gritos, su angustia, su respiración interrumpida por el humo que lentamente les iría quitando la vida. También pensaré en todo lo que he visto en los medios por internet los últimos días, en toda la cochinada dicha de un lado o de otro. En las mentiras cuyo origen poco importa; se parecen tanto entre ellos, es tan difícil diferenciarlos... Sólo sacaré una conclusión: vivimos una era de degradación de la política.

¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Quién nos ha conducido a este callejón sin salida? ¿Era necesario inyectarle tanto odio a la política? ¿Las luchas sociales, los mártires, las discusiones, las ideas, nuestra historia, todo sirvió para que hoy, frente a una boleta, tengamos que escribir con tinta roja una cruz en el “sí” o en el “no”? Y retomo la vieja pero no por ello menos vigente pregunta: ¿cuándo se jodió la política? ¿Cuándo el ejercicio de lo público se convirtió en sinónimo de falta de civilidad? Finalmente ¿quién gana y quién pierde con este Referéndum? Yo creo que perdemos todos, más allá del resultado que nos comuniquen al final de la jornada.

Este día quedará en la historia electoral boliviana como el ejercicio tal vez más caprichoso, más inútil, más terco en la lucha por el poder. Me saltarán de un lado y de otro, los unos dirán que aquí se juega el “proceso de cambio”, los otros que aquí se lucha por la democracia, pero lo más curioso es que ambos saben que no se juega ni lo uno ni lo otro. La democracia está en ambos lados, el proceso de cambio también, estamos asistiendo a una pantomima donde los luchadores artificialmente acentúan sus diferencias cuando en realidad son siameses, cada vez más perversos, cada día más cercanos.

En el anterior Referéndum Revocatorio del 2008, efectivamente estaban en juego dos proyectos de país, uno piloteado por el Presidente Evo Morales, y el otro por la élite en retirada que luchaba por no perder sus privilegios. La barrera entre ambas opciones era clara. Hoy siento que vivimos una trampa. Toda elección es mentirosa porque es el resultado de procesos que impiden que verdaderamente se elija, y se restringen las opciones a lo que legítimamente se ha decidido previamente en otras instancias. El proceso de construcción de una papeleta electoral es una metáfora de cómo se establecen filtros que enmarcan el universo de lo posible, y el votante es libre para desplazar su pluma al interior del papel que tiene en frente, si se sale del margen, queda anulado.

El gobierno nos quiere hacer creer que si no votamos por él el proceso de cambio estaría en riesgo. Saben que no es cierto, que seguirá de todas maneras, que habrán otras posibilidades y que más bien ellos mismos quedarían fortalecidos para buscar nuevos liderazgos construyendo más consensos sociales que permitan mayor proyección no dependiendo de una sola persona. La oposición quiere mostrarnos que la democracia es alternancia y que sólo si se va Evo habrá otro país, y saben que no es cierto, que cambiar el rostro de quien gobierna no implica una democracia.

Ambas opciones se presentan como excluyentes y son mentirosas. La gran dicotomía que nos han puesto al frente es “Sí a Evo y al proceso de cambio” (sí y sólo sí) vs. “No a Evo y no al proceso de cambio” (no y sólo no). Pero si descomponemos ambos elementos, tenemos, en vez de dos opciones, cuatro: aquellos que quieren que Evo continúe, pero no el proceso de cambio (por ejemplo la banca, la industria de la construcción, algunos empresarios y otros sectores que son los que más han ganado en los últimos diez años y que la estabilidad política les da jugosos réditos económicos), y aquellos que no quieren a Evo en la conducción pero sí el proceso (algo como “sí, pero no así”). Y con un poco más de imaginación, podríamos pensar en más combinaciones, que de hecho son las que se darán más allá del resultado.

El caso es que, como decía, caprichosos y mezquinos intereses nos han conducido a una confrontación irresoluble. Estamos en el despeñadero. Cuando más el país necesitaba puentes, han construido murallas con alambre de púas. La historia les pasará la factura.



 "Publicado en El Deber 21/2/12"



viernes, 12 de febrero de 2016

El presidente en calzoncillos


Hugo José Suárez

Llegué al texto por recomendación de un amigo, y al terminarlo de leer tuve claro que fue una buena decisión. Se trata de Yo, el Presidente, de Víctor H. Romero (Ed. 3600, La Paz, 2013). Son cuarenta y un capítulos contados en forma descendente, cada uno no pasa de dos páginas.  Es una lectura ágil, una escritura muy bien construida que fluye palabra tras palabra; es una novela policial que se concentra en la vida del presidente, el teniente encargado de su seguridad, una amenaza de muerte y la delicada situación económica y política del país.

Además de disfrutar de la lectura y de la construcción del relato, me encantó encontrarme con un texto que desnude la política desideologizándola, mostrándola como es, con su rostro más crudo, más real, más desapasionado, lo que no abunda en nuestro medio. Algo así como cuando uno se acerca a la serie House of Cards, para entender la lógica del poder por dentro.

Romero, que escribió el animé de la vida del Presidente Evo Morales y cuyos textos previos son claramente militantes, nos conduce no hacia el encantamiento de un líder carismático intentando suscitar en el lector ciega admiración, sino que devela las miserias de los laberintos interiores del personaje. Pero ojo,  su texto no está hablando de ninguna persona en particular, sino de la figura presidencial más allá de cualquier inquilino transitorio.  Ese es uno de los mayores aportes de la novela: no quedar prisionero de un nombre; y ese es el camino para que el texto sea más universal y transhistórico.

Varios elementos me llaman la atención. En el primer capítulo, el presidente  reflexiona sobre cuán importante es él en la historia de la nación y concluye que es un ciudadano más: “La gente que cree que ser presidente del país es trascendente, pero se equivoca, no es así, simple y llanamente significa ser parte de una larga fila de nombres y personajes a los que el tiempo fue calificando como imprescindibles, luego prescindibles y finalmente innecesarios” (p. 8).

La política y el engaño van de la mano, y quien se mete a ese juego tiene que aprender a mentir: “la mentira es el protocolo del poder político” (p. 23), asegura el presidente. Además, la política es “un eterno juego de poder y el sujeto político un eterno ludópata” (p. 72). Cuando se le acusa de ser populista, el mandatario rechaza contundentemente la calificación por ser equivocada, mis acciones, sostiene, “están sencillamente enfocadas a mantenerme en el poder, en la presidencia, en este vicio que me consume y devora hasta el más íntimo de mis deseos. La acción política se resume en una sola palabra: adicción. Todos somos adictos, unos a las drogas y otros a esa adrenalina que genera el poder, al hecho de tener siempre y en todo momento la razón, por mucho que la haya perdido” (p 31). Y más: “Nosotros siempre buscamos poder. Las ideologías, los principios tan sólo han sido un puente para lograr nuestro objetivo. El país, su futuro, su desarrollo las piedras en el camino” (p. 61). Y parte del éxito de quedarse en el poder está en conmover, en prédicas que salgan “del corazón y no de la razón (...). Las ideologías son para los despachos. Puedo hablar mucho y no decir nada” (p. 32), somos un país “peligrosamente emocional, emotivo hasta su esencia” (p. 71); pero a la vez se debe administrar manejo de los temores: “el miedo nos va a mantener en el poder” (p. 62).

El discurso del cambio y la revolución es arriesgado, “el cambio es mucho más peligroso de lo que se cree” (p. 32), y de hecho “quién más le teme al cambio es aquel que siempre lo pide” (p. 147); lo más prudente es “mantenerse en su lugar, mejorar ese espacio, pero jamás moverse más de lo necesario” (p. 32). “El cambio asusta, intriga y sobre todo conspira. Por mucha desigualdad que exista en este país, siempre se buscará que las cosas se mantengan tal y como están. Mover una ficha es patear un tablero que te puede dejar fuera del juego” (p. 33).

A ratos el presidente parece dar consejos prácticos de gobierno: “para acumular el poder, sí se necesitan alianzas, pero también ofrecer algo a cambio y para ganar su lealtad, hacerles creer que dependemos de ellos y mucha paciencia para esperar a que llegue ese instante que dejan de convertirse en aliados y pasan a ser servidores... públicos” (p. 80).

Yo, el Presidente es una lectura necesaria para todos los que se interesan en la política sin importar la posición que ocupen en ella, más allá de las pasiones que ciegan el análisis y de militantes enamorados de su líder cualquiera que sea. Y aunque bien decía previamente que el texto está fuera de la coyuntura, en este momento del país, parece que el autor estuviera escribiendo las noticias del día.  Por eso concluyo con este premonitorio pasaje redactado hace más de dos años: “ustedes me dieron el poder, dos veces, fue su elección. Tendrán que asumir las consecuencias de haberme elegido, de haberme pedido hasta el cansancio una patria mejor” (p. 147). Una novela tan brillante como cínica y despiadada.




Publicado en suplemento Ideas de Página Siete