lunes, 28 de marzo de 2016

Concierto de plantas para plantas

La semana pasada escuché un programa en la radio en el cual se debatía sobre la llamada “inteligencia artificial”, a propósito de que una computadora venció al campeón mundial del milenario juego chino Go. Tenía mi siguiente artículo en la cabeza: iba a reflexionar sobre la humanización de la tecnología y de los animales, sobre proceso a través del cuál el hombre crea rivales artificiales y se asusta cuando “le ganan”, y aquellas antigua ilusión de dar vida a la materia que atraviesa tanto Pinocho como RoboCop.
Cabalmente en estos días, mi esposa encontró el ejemplo que iba perfecto con mi argumento: una instalación donde las plantas daban un concierto para otras plantas. Todo cuadraba, era un evento donde se proponía que la naturaleza hacía algo estrictamente humano, como es un concierto.
Pues bien, mis razones se fueron esfumando cuando llegué al Jardín Botánico de la UNAM para ver de qué se trataba.
El músico Ariel Guzik –que además es herbolario, inventor y artista plástico dedicado a crear “mecanismos e instrumentos que exploran y dialogan con diversos lenguajes de la naturaleza”-, se empeñó hace varios años en crear puentes entre los sonidos de seres vivos, su energía y vibración, vinculándolos con artefactos capaces de resentirlas en forma de música. En este caso, el Concierto para plantas “es una instalación itinerante en donde el ejecutor es una planta conectada mediante pequeños electrodos a un Laúd y la música es dirigida a un público también conformado por plantas”.
Cierto, todo parece muy loco. Me acerco a un pequeño invernadero que en la puerta tiene un letrero que dice “disfruta del concierto en silencio”. Al interior hay un camino circular rodeado a ambos lados de cientos de cactus chicos en macetitas color terracota. Todos muy bien cuidados, una bellísima variedad cactácea que nunca había visto: los hay largos y esbeltos, expandidos por el suelo como serpientes, redondos, con flores, con hojas llenas de espinas, lizos, distintos tonos de verde, con pelusa o sin ella. En el centro, sobre un fino mantel rojo, está el artista, un elegante cactus verde claro con tres largas y delicadas ramas con dos delgados alambres incrustados en las hojas conectándolo al laúd de madera fina a su lado, puesto sobre una manta café claro.
Entro sin provocar ruido haciendo caso a las indicaciones y empiezo a escuchar una melodía suave que acaricia los oídos y te transporta a algún lugar místico donde te sientes flotar entre las notas. Camino un poco más, intento que mis pasos no perturben el ambiente, me dejo ir, o más bien me dejo llevar. Estoy cautivado, encantado. Veo un letrero en el piso: “Las plantas están disfrutando de su concierto, favor de no tocarlas”, y me siento un ser vivo más que también disfruta de esa maravilla.
Me queda claro: tendrá que esperar mi reflexión analítica sobre cómo el hombre transfiere sus cualidades al mundo natural. Aquí, hoy comulgo con la naturaleza.  
(Publicado en El Deber, 27/03/2016)
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lunes, 14 de marzo de 2016

El Face


Hugo José Suárez

Siempre llego tarde a la tecnología. Cuando todos mis amigos tenían un celular, yo tuve que sufrir un accidente en auto para convencerme de que, en ese momento, era indispensable tenerlo para pedir auxilio. Lo mismo me pasó con el Face: muchos abrieron sus cuentas y yo fui uno de los últimos.  Al principio anduve con cautelosa desconfianza por cada una de las páginas por las que transitaba, cuando invitaba a alguien a ser mi “amigo”, sentía que me estaba comprometiendo demasiado, lo propio cuando me llegaba alguna solicitud. Pero fueron pasando los meses y los años; ahora tengo centenas de “amigos” y prácticamente no hay día que no entre al menos dos o tres veces a mi cuenta. Ahí está lo bueno, lo malo y lo feo.

Me asombra la intimidad hecha pública. Las fotos de enamorados, la comida, el mensaje amoroso -que se supone debería tener sólo un destinatario-, el sufrimiento, la alegría, el festejo. Parece que la gente disfrutaría compartiendo cosas que, en principio, sólo le importan a su emisor, o, si acaso a un receptor específico.

También es curiosa esa comunidad ilusoria a la cual uno siente pertenecer. Da la impresión de que escribiendo algo en “mi muro” todos lo verán, pero en realidad, no deja de ser como tirar al mar una botella con un mensaje sin tener claro cuál será su destino.

Los protocolos de comunicación en Face son tremendamente reductores y dirigidos.  Hasta hace poco, sólo se podía poner un “me gusta” a lo que el otro había subido en su cuenta; eso conducía a situaciones paradójicas donde frente a una noticia dramática o algo desagradable, quienes se sentían solidarios no tenían otra opción que un “me gusta”. La nueva iniciativa ha sido diversificar la participación con cinco reacciones más: un corazón y cuatro caritas sea de risa, sorpresa, llanto o enojo.

Por otro lado, los administradores de esa empresa han comenzado a brindar facilidades para la identificación con causas sociales. Así, el día del la diversidad sexual, cualquier usuario podía colorear su foto con líneas del arcoíris, o frente a los atentados en París, se teñía la imagen con la bandera francesa.

En ambos casos, el peligro es que el Face, por un lado, marca las formas de comunicación estandarizando los sentimientos y las maneras de expresarlos (no hay una carita para el desasosiego) empobreciendo y homogenizando la riqueza de las lenguas, y por otro lado, impone una agenda política y social.

Pero si hay algo irritante es el día del cumpleaños. Imagino que a todos les pasa, pero cuando llega el mío, recibo tantas felicitaciones que es difícil disfrutarlas cualitativamente. En el caso de varios mensajes, me es imposible identificar al responsable ni la calidad del vínculo que nos une. A algunos “amigos” no he visto en años, y como el tiempo hace lo suyo con los cuerpos, seguro que no los reconocería si me los encuentro en la calle.

También es cierto que, gracias al Face uno se entera de asuntos que no están en la prensa. Como vivo en México, parte de lo que sé de Bolivia es porque tengo tantos “amigos” allá que me entero de tensiones y pormenores imposibles de percibir de otra manera.

Visto positivamente, no hay que dejar de mencionar el rol de las llamadas “redes sociales” en la democratización de la información, la ruptura de los cercos mediáticos propios del poder monopólico o incluso la posibilidad de movilización social. Además, como lo ha señalado Benito Taibo en su sugerente libro Desde mi muro, donde recoge lo escrito en un par de años, ahí también circulan ideas libres y es un lugar de creatividad.



En suma, como se decía para la televisión años atrás, por el Face pasan moscas y mariposas, el chiste está en saberlas escoger y diferenciar. Y dejo este artículo aquí porque ya casi llegué a los 4000 caracteres y se hizo tarde: me urge ver si tengo nuevos mensajes, amigos o “me gusta” en mi cuenta.

Publicado en El Deber,13/3/2016


martes, 8 de marzo de 2016

Mujer, teóloga y feminista Diálogo con Ivonne Gebara (1998, publicada en América Libre N. 13)

Hugo José Suárez

Una de las mujeres que conoció en su historia personal la censura de la Iglesia es la religiosa brasileña Ivonne Gebara. En 1994, al escribir temas relativos a la mujer, el aborto, teología y otros, fue censurada por el Vaticano. Con la intención de que reformulara sus planteamientos fue «invitada» a trasladarse a Europa a realizar estudios teológicos en una institución católica.

Hoy, años más tarde, nos encontramos con ella en la Universidad Católica de Lovaina en vísperas de defender un doctorado con el tema de «El mal visto desde la mujer», como una crítica a la teología occidental que organizó su pensamiento a través de la jerarquización valorativa fundada en el patriarcado. Luego de un agradable almuerzo en la «Grand Rue» de Lovaina La Nueva y de redescubrir a una mujer fantástica de la que tanto habíamos escuchado hablar, iniciamos el diálogo.

¿Cómo es que te conviertes en una teóloga feminista?

Yo estudié en Lovaina y llegué a Recife, Brasil, en agosto de 1973; estaba en plena efervescencia la Teología de la Liberación, así que volví a estudiar teología a través de ella. Leía todo lo que publicaban Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff y otros. Empecé de una manera muy entusiasta. En esos años -1973-1975- no pensaba en ser feminista. Había escuchado algo de Betty Fridam en Estados Unidos y en ese entonces no me gustaba nada; yo estaba interesada en la opción por los pobres.

Al final de los años setenta empecé a percibir que muchas cuestiones relativas a las mujeres no entraban en la reflexión de la Teología de la Liberación. Por ejemplo, el tema del cuerpo, la sexualidad, los problemas como el aborto, su culpabilidad, el trabajo en el hogar, etc., y comencé a ser más sensible a eso. Me sentía mal, pero tampoco tenía valor y coraje para hablar más fuerte de esto. Hasta que en 1980 leí en Concilium dos artículos; uno de Doroté Sölle, un texto bellísimo sobre la cultura de la obediencia, donde explica cómo el nazismo es fruto de la cultura de la obediencia, y nosotras, como mujeres, por nuestra sumisión y «complejo de inferioridad», hemos subrayado esa cultura. También leí el artículo de una estadounidense, Rosemary Radford, que habla de las imágenes de Dios. Comencé a leer a las feministas de Brasil, que tenían un periódico llamado «Mulherio». Empecé, de igual manera, a interesarme por la lucha de las Madres de la Plaza de Mayo. Yo misma había vivido la represión de la dictadura durante la cual una de mis compañeras fue asesinada. El feminismo me dio algunas luces para entender en parte lo que pasó en aquel tiempo a muchas mujeres.

Así, el feminismo ha sido para mí un encuentro, una conciencia, un encuentro con mujeres del medio popular, un malestar, un aprendizaje ... y de repente procedí a hablar y no sé cómo me volví teóloga feminista. No puedo decir que fue una determinada mujer la que me hizo cambiar, sino un movimiento, una conciencia creada por periódicos, libros, artículos y por el cotidiano vivir en un barrio, por mirar cómo vive la gente.

¿Cómo se ubica tu reflexión respecto a la Teología de la Liberación?
Me siento en la misma onda de la opción por los pobres, de las mayorías, de la cuestión de las contradicciones de clase y todo ese análisis sociológico. Este corte fundamental de la opción por los pobres sigue igual; pero lo que introduzco (y por eso digo que hay diferencia y no oposición) es que, desde el feminismo hago una crítica a la teología patriarcal que nunca ha considerado la intervención del género (construcción social de género). ¿Cómo siguen sin denuncia las injusticias que fueron cometidas sobre las mujeres? Por ejemplo, ¡cuántas mujeres han sido violadas en las revoluciones y guerras!, como en Ruanda, Haití. ¿Por qué el cuerpo de la mujer se torna un arma de guerra? ¿Por qué hacen la guerra sobre el cuerpo de la mujer? ¿Por qué nunca lo denuncian? Denuncian siempre las injusticias sociales, pero en estas injusticias hay cuerpos que son más injusticiados que otros.

¿La Teología de la Liberación se movía de todas maneras dentro del esquema patriarcal de pensamiento?

Sí, aunque la Teología de la Liberación ha tenido el valor de introducir el método sociológico y el análisis económico en la teología; ha explicado quiénes son «los pobres», que salen de una abstracción y generalidad de pobres de espíritu para convertirse en pobres concretamente hablando. En eso sí pienso que la Teología de la Liberación ha dado una contribución valiosa, pero no ha criticado el esquema teológico tradicional, la estructura del Dios creador, del Hijo único que sufrió por nosotros, etc.; entonces creo que hay que hacerlo ahora, porque vivimos en una sociedad muy sacrificial y la teología tiene una responsabilidad en esto, cómo salir de este sacrificio que la sociedad nos impone.

Luego de tus accidentales vuelcos por Europa y de la censura que te impusieron, ahora estás a punto de defender tu trabajo sobre «El mal visto desde la mujer». ¿Cómo desarrollas este tema?

Para abordar este trabajo, no tomo primero las teorías teológicas sobre el mal, el pecado o el sufrimiento, sino más bien a los testigos, que son, en primer lugar las mujeres que cuentan su dolor. Ellas no hacen un discurso teórico y sistematizado sobre el dolor, sino que esto se encuentra mezclado en sus vidas. Tomo así el libro de Isabel Allende, Paula, en el que el mal es considerado como «mi país en el tiempo de la dictadura militar». La fuente de salvación para Isabel es escribir, escribir para no morir, para continuar aguantando el sufrimiento. Después tomo a una escritora india llamada Kamala Marcandaya, quien sufre el mal en la vida cotidiana, en su lucha por buscar comida, por sanar a su hijo enfermo, etc.; este tipo de dolor es para mí muy propio de las mujeres. También tomo los testimonios que presenta un periodista brasileño, Gilberto Dimestain, quien ha seguido la ruta de la prostitución de niñas; él, como periodista, ha viajado por donde ellas están, ha hablado con ellas y luego ha escrito un libro, y yo intento responder a la pregunta ¿cuál es el gran mal que ellas viven? Además hablo de las mujeres del Movimiento por la Vivienda de Brasil, de Domitila Chungara de Bolivia, de Sor Juana Inés de la Cruz de México y de otros casos concretos. La pregunta es cómo experimentan eso que nosotros llamamos «el mal». Ese es mi punto de partida. Luego tengo un capítulo sobre mi experiencia personal y hago algo que no es muy común en la teología en Lovaina: trabajar con la mediación de género. Y cuando digo género quiero decir que hombre y mujer no son realidades biológicas, sino realidades culturales, o sea que no se tiene un sexo biológico sino un sexo cultural; porque nos dicen qué es un hombre y qué es una mujer, cómo se tienen que comportar, etc. Mi preocupación es detectar el discurso plural del mal y descubrir cómo esta pluralidad es vivida por grupos distintos de mujeres y entro a lo que llamo el discurso teológico, donde planteo la pregunta, ¿cuál es el Dios de las mujeres?

¿Desde el enfoque de género no existe una noción de lo femenino y lo masculino? ¿Todo sería una construcción social?

Pienso que sí. Claro, está el hecho biológico, pero desde el momento en que nace una chica, ella entra en la construcción social, el papá y la mamá van a empezar a tratarla como a una hija. O sea que el hecho bruto de lo biológico no significa nada, o significa algo, pero es un biológico ya culturalizado. No creo que haya una esencia masculina o una esencia femenina preexistente al hombre histórico y a la mujer histórica que somos; no hay algo preexistente, más bien la diferencia biológica que tenemos es al mismo tiempo una diferencia cultural. Te dicen que tú, como hombre, no puedes hacer determinadas cosas, te visten de una manera, etc. Hay una construcción social de la cuestión biológica.

¿Cómo se desarrolla la interiorización del modelo jerárquico y masculino en la vida cotidiana de las mujeres y en la institución eclesial?

Es clarísima la jerarquía presente en el discurso. Cuando escuchas a las mujeres de Sao Paulo que trabajan en el movimiento por la vivienda, es interesante, porque ellas sienten la jerarquía, dicen: «hay algo cuando uno nace hombre o cuando nace mujer», y cuando se nace mujer te dicen «tú vas a aprender a lavar la loza y limpiar la casa», y cuando se nace hombre le dicen «tú vas afuera, a la calle, vas a ganar la vida»; al niño se le repite: «tú vas a dirigir a las mujeres». Si bien el discurso no siempre se explicita en esos términos, la cultura te educa de una manera en que son rarísismas las mujeres del medio popular que no tienen la mentalidad de sumisión.

Y esta realidad es más fuerte todavía en las instituciones como la Iglesia. Si tú preguntas cuántos son los sacramentos, son siete, pero en realidad son siete para los hombres y seis para las mujeres. La desigualdad está presente, las responsabilidades de poder y de decisión que tienen las mujeres dentro de la Iglesia son casi nulas. ¿Cuál es la elaboración teológica reconocida por la Iglesia que ha sido hecha por las mujeres? Sólo la de algunas que han repetido la misma cosa que los hombres, pero si intentas hablar desde tu dolor, desde cómo te sientes mujer, con tus sufrimientos, no te escuchan. El dolor de la mujer no es normativo, el dolor del hombre sí. La crucifixión del hombre Jesús tiene más sentido que el dolor de su madre María. La sangre de Jesús es redentora, nunca se habló de la sangre de las mujeres, que más bien es considerada como impureza. Yo quiero mostrar esas contradicciones dentro de la religión.

En este momento la Iglesia católica vive un estancamiento doctrinal (si no un retroceso) y son pocas las perspectivas de cambio. ¿Crees que existen posibilidades del sacerdocio para las mujeres o se puede pensar, por ejemplo, que alguna vez el Papa podría ser mujer?


Ahora no es posible, pero creo que el problema no es que nosotras como mujeres accedamos a ser papas. El problema es que este modelo jerárquico (jerarquía no sólo social sino también sexual) tiene que cambiar. La cuestión no es que la Iglesia establezca que las mujeres sean ordenadas, sino más bien el que exista una concepción distinta del ser humano. La salida no es ordenar a las mujeres, sino empezar a cambiar las relaciones, contenidos y acciones. Por ejemplo en los temas como el aborto, la sexualidad, los métodos anticonceptivos, etc., la posición de la jerarquía católica es muy conservadora con todo lo que es el cuerpo. En el caso de la planificación familiar, para ellos existe el método natural y el artificial y entonces, desde esa perspectiva, no deberían aceptar los marcapasos en el corazón, pues eso también es artificial; si haces una separación tan rígida, el tema se complica. Existe entonces una idea de naturaleza que hay que cambiar; el sacerdocio de las mujeres no es esencial, sino que se reconozca su derecho a pensar, actuar, tener liderazgo, decir cosas distintas que los hombres y que sean reconocidas por eso. Hay que crear nuevas relaciones en la sociedad; eso quiere decir que también hay que repensar los contenidos teológicos, porque hay cosas que ya no se pueden sustentar, que han sido válidas en un mundo teocéntrico y medieval, donde todo era organizado desde una imagen de Dios como «padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra», pero ahora ya no se tiene esa idea de Dios. Los nuevos paradigmas de la ciencia, los movimientos ecológicos, feministas, etc., han hecho cambiar la mentalidad, por lo que ya no se puede decir lo mismo que antes.

lunes, 7 de marzo de 2016

El regreso de la corbata

Los momentos que he usado corbata en mis 46 años se cuentan con la mitad de los dedos de una mano. Creo que la primera vez fue en la graduación del bachillerato, a mis 18. No tuve opción, había que ponérsela tanto para la foto como para la fiesta. El colegio jesuita al que pertenecía tenía inteligentes –y a menudo invisibles- mecanismos de coerción para quienes pretendían infringir las reglas. De ahí en adelante, no portar corbata fue un signo de rebeldía.

En múltiples ocasiones la evité y esquivé con éxito. Cuando quería verme elegante, me envolvía el cuello con un pañuelo de seda que me daba cierto glamour y prestancia. Así estuve en matrimonios, eventos formales, graduaciones y cuanto hay, marcando mi personalidad a partir de la diferencia. Un paraguas ideológico me acogía: en la generación que me precede –la de mis padres- la izquierda boliviana siempre se jactó de no usar corbata por ser un símbolo de clase. Incluso se les llamaba despectivamente “los descorbatados”. En algunos seminarios de formación de cuadros progresistas escuché el argumento de cómo la derechización iba de la mano de una mutación en la forma de vestir, lo que empezaba, en los varones, con el terno y la corbata en lugar de la camisa y la chamarra de cuero.

Claro, como sucede siempre, mi disidencia reposaba en una cómoda posición de clase media alta y en un capital social y familiar bien consolidado. Podía desafiar así sin problema ni consecuencias a las normas de la alta sociedad paceña sin ser excluido y pasando, más bien, como una simpática desviación que confirmaba la regla en las formas del vestir.

Cuando llegué a México ensayé continuar con mi tenida y en cierta ocasión no me dejaron entrar al Club de los Industriales, pero como era el conferencista, hice un pequeño berrinche que fue lo suficientemente eficaz como para que se me abrieran las puertas. El caso es que hace unas semanas me llegó una invitación para asistir al concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en el Palacio de Bellas Artes conmemorando los 45 años de una importante institución gubernamental de promoción de la ciencia. Me quedaba claro que en ese ámbito no tenía las credenciales –los capitales, diríamos sociológicamente- suficientes como para jugar a ser Carlos Monsiváis e ir con una chompita a un acto oficial – así lo hizo cuando le otorgaron el Premio Nacional de Ciencias y Artes-. Si quería ir, tenía que vestirme “como se debe”. Y así fue.

El primer paso era comprar ropa. Mi esposa me acompañó en la tarea. En una gran tienda fina, paseamos toda una mañana por el “departamento de caballeros” viendo cómo hacía de este investigador universitario un “caballero”. Primero fue el saco, luego la camisa, y finalmente la corbata. Busqué todas las combinaciones, hasta lograr el equilibrio de colores y formas. Y llegó el día. Empecé quitándome la ropa cotidiana –diríamos ordinaria- y empecé a desprender las etiquetas de cada una de mis nuevas prendas las que me puse con cuidado, como preparándome para una fiesta de disfraces. Cuando llegué a la corbata, recordé cómo se hace el nudo, mi padre me lo enseñó antes de morir; viene a mi memoria con nostalgia cómo, en una de las vueltas, él la retenía entre los dientes para lograr el triángulo perfecto y la distancia correcta entre los extremos, todo un arte. Intenté varias veces desempolvando mis saberes hasta que me salió bien. Me sentí tan extraño que me tomé varias fotos, una de esas la puse en mi página de Face y recibió casi 200 “me gusta”, un récord.

Como el centro está lejos y no hay nada peor que un coche si se quiere llegar rápido, tomé el metro. Al entrar, sentí que todos me miraban. Por supuesto que no lo hacían, en la ciudad de México no hay extravagancia que llame la atención, pero a mí me daba la impresión de estar en una pasarela con todos los ojos puestos en mi ropa. Cuando llegué a Bellas Artes, era parte del montón.

El concierto estuvo impecable, salvo por un curioso vecino que delante de mí se puso a chatear con su novia. No es que ande de fisgón, pero su celular tenía las letras enormes fáciles de leer desde mi butaca. Mientras la Orquesta Sinfónica Nacional tocaba el soberbio Danzón N. 2 de Arturo Márquez, me distraía el diálogo de adelante:

-         Gracias por acompañarme. Te amo
-         Yo te amo a ti, eres un hombre maravilloso
-         ¿Dónde dejaste las tortas?
-         En el refri, pero engordan.
-         ¿Engordan?
-         Sí.
-         Te amo.
-         Yo a ti. Eres mi orgullo.
-         Tú también.
-         ¿Qué tal tu concierto?
-         Bien, te voy a llamar para que lo escuches.

El susodicho llamó a la novia buscando compartir la música. Un detalle: no era un adolescente haciendo de las suyas con un dispositivo tecnológico, más bien un varón de unos cincuenta y cinco años, seguramente doctor o alguna autoridad viviendo su segunda primavera amorosa.

En suma, acabó el concierto y a la hora del coctel encontré algunos amigos con quienes platicar. Volví en taxi a casa tras haber pasado la nueva prueba de la corbata y la colgué en mi ropero. Habrá que ver cuándo la vuelvo a usar.

(Publicado en Página Siete, 6/03/2016)