martes, 21 de junio de 2016

Noticias

Hugo José Suárez

La vida en la red nos ha cambiado la relación que teníamos con la noticia, o lo que entendíamos por ella. Hace unas semanas, una amiga puso en su muro de Face algo como “gracias por pensar en mí, por suerte todos estamos bien”. No fue difícil intuir que si asumía que “todo está bien” era porque podría haber estado mal, es decir algo grave había pasado que no la afectó.
Seguí mi búsqueda por el propio Face, varias personas se referían a lo sucedido en Bélgica como una barbaridad y muchos informaban que salieron bien librados. Entré a las páginas de periódicos donde abundaban los datos sobre un atentado terrorista, pero lo curioso es que, como acababa de acontecer, todas las notas abonaban a algo ya contado, y no explicaban exactamente de qué se trataba.
Rápidamente supe que estaban buscando al tercer terrorista, las reacciones de los gobiernos, quién se atribuía los atentados, etc., pero por más que buscaba con empeño, no daba con la fuente primaria que me diga lo básico y que responda a la tradicional fórmula “qué, quién, cuándo, cómo”. Claro, un tiempo más tarde, y sobre todo al día siguiente, pude leer en el periódico la noticia completa, aunque antes ya había hablado con mis amigos en Bélgica que me contaron todo con detalles.
Me queda claro que en esta era de la hiperinformación, a menudo la primera fuente es la de los conocidos que en alguna red nos dicen cualquier cosa, y como consecuencia, es muy difícil rastrear la calidad y veracidad del dato.
Todos recordamos aquel histórico episodio en 1938 donde Orson Welles empezó una transmisión de radio narrando la invasión extraterrestre; mucha gente que llegó tarde al inicio del programa creyó que la ficción era noticia, lo que causó pánico. Hoy vivimos en el paraíso soñado por Welles: todas las historias que suceden en la red pueden ser ciertas o falsas, todos se pueden inventar algo, tergiversar datos o transmitir información con sólidas fuentes. Por ejemplo, sobre un tema de salud, una ocurrencia fácil e irresponsable tiene el mismo lugar que el resultado de un estudio científico. En la política sucede lo mismo, se puede mentir hasta el cansancio, y comprobar lo cierto o lo falso resulta casi imposible. Es emblemático el caso de aquella foto donde se muestra un supermercado tenebrosamente vacío como prueba de la escasez alimentaria en Venezuela; después de un tiempo se supo que la imagen había sido tomada en Estados Unidos.
Si bien desde el inicio del periodismo las posibilidades de falsear los hechos –o darles la orientación oficial del medio-  ya estaban ahí, ahora esa tendencia ha explotado múltiples direcciones. Curiosa contradicción: en la red tenemos acceso a toda la información, pero no podemos creer casi en nada.
En el internet, el plato de comida de un amigo es tan importante como una declaración de guerra; no hay un filtro ni una jerarquía. La comunidad imaginaria a la que pertenecemos en la web está conformada por agencias muy serias de noticias y por quienes comparten su estado de ánimo. Todo tiene el mismo valor.
En suma, en estos tiempos, hay que obrar con cautela para no dejarse llevar por el terrorismo mediático al cual estamos sometidos diariamente.