lunes, 31 de octubre de 2016

Teodoro González de León

Hugo José Suárez



Antes de dejar Oaxaca (México) luego de un viaje realizado en 2012, sigo el consejo de mi anfitrión: “no dejen de visitar el Centro de las Artes”.  La búsqueda no resulta fácil.  Subo por serpenteadas calles mal atendidas donde la vegetación empieza a ser más nutrida que en la carretera.  Me pierdo, pero recupero el rumbo preguntando a los lugareños.  No hay letreros ni indicaciones, sólo el conocimiento popular.

En la última curva, encuentro una imponente construcción incrustada en la montaña.  Se trata de la ex fábrica de hilados y tejidos La Soledad que funcionó desde finales del siglo XIX.  Luego de que su vida útil terminara, el inmueble abandonado y en ruinas fue comprado por el pintor y promotor cultural oaxaqueño Francisco Toledo, quien impulsó un verdadero centro de artes gráficas –tradicionales y digitales- y lo recuperó dándole un nuevo sello inolvidable.

En el rediseño, el agua que corre por los alrededores de la construcción juega un rol preponderante.  Es sonido, espejo y discreta compañía.  Se desliza por canales transitando por fuentes que ofrecen otra perspectiva al edificio con nuevos ángulos y sensaciones visuales que dialogan con los reflejos y las profundidades.  La naturaleza que acoge la propuesta estética forma parte de un escenario deslumbrante.

Entro a la nave central para continuar con los gratos encuentros.  Se trata de la exposición de maquetas y croquis del arquitecto mexicano Teodoro González de León (1926).  Había disfrutado de varias de sus creaciones.  Recorrí por ejemplo el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) en la Ciudad Universitaria de la UNAM dejándome llevar por cada uno de sus rincones y disfrutando de las múltiples maneras de contemplarlo.  Asistí a presentaciones de libros y repasé la librería y biblioteca de la Casa Matriz del Fondo de Cultura Económica en El Ajusco, me perdí en las estanterías del Centro Cultural Bella Epoca en La Condesa, y participé en decenas de coloquios, conferencias, seminarios y cursos en El Colegio de México.  Por supuesto me sumergí en innumerables melodías en el Auditorio Nacional.  Todos estos lugares diseñados por González de León.  Lo visto, lo vivido, lo escuchado en cada uno de estos rincones, pasó antes por la cabeza del maestro que buscó estructuras y diálogos entre las formas para que los consumidores ordinarios vivan sensaciones particulares. Sin conocerlo, ha influido –o impuesto, como es común en el oficio del arquitecto- maneras de apropiarme del espacio.  Y sin duda se lo agradezco. 

Pero aquí la cosa es diferente porque puedo ver la obra en miniatura, como si yo fuera un gigante a quien el diseñador enseña su trabajo. Percibo las estructuras mentales que lo habitan y que plasma en sus maquetas, esos diminutos montajes que luego todos recorreremos. Siento cómo el creador decide por dónde entrar o salir, el lugar donde la luz será la privilegiada, o el aire, el rincón para la privacidad, el encuentro, la idea, la lectura, la comida, el amor.  Y me siento uno de los muñecos que coloca en su maqueta para que el espectador tenga idea de las proporciones.  Una ficha más en su tablero de ajedrez.

Cuando vuelvo a la Ciudad de México miro las cosas de manera diferente.  En mi tránsito cotidiano construyo la red de las obras de González de León.  La Universidad Pedagógica, el MUAC, el Auditorio Nacional, el Fondo de Cultura Económica se enlazan, aprecio su armonía.  Ahora el contexto es un actor más, y comprendo cómo se construye el maravilloso paisaje urbano. 

Pero al pasar por la Plaza Rufino Tamayo en Insurgentes –diseñada por González de León y Ernesto Betancour- me invade el desasosiego.  Ese lugar cotidiano que estaba condenado a ser un cruce de avenidas simplón, se convierte en una obra de arte gracias al arquitecto.  Un corredor curvo cubierto por columnas y plantas colgantes, conduce un túnel de marcos en perspectiva decreciente en cuyo horizonte se ve la réplica de una acuarela de Tamayo.  Un pequeño puente de metal a prudente distancia permite la mejor visión, al cruzarlo se puede apreciar la perspectiva perfecta.  La maravillosa obra es invadida por mercaderes que venden elegantes coches Infiniti trepados en los jardines y gradas. 

Hace unos meses González de León cumplió 90 años, lo que fue motivo de homenajes en México. La escritora Elena Poniatowska le realizó una entrevista en la que se podía apreciar su lucidez y templanza (La Jornada, 8/5/2016). Teodoro cuenta  sus actividades diarias, el ejercicio cotidiano y sus planes inmediatos, entre otros, un viaje próximo a San Petersburgo, “yo nunca descanso” afirma el artista nonagenario. En pocas páginas, hace un resumen de su trayectoria, sus principales obras, sus premios y amistades –Octavio Paz, Rufino Tamayo, José Luis Cuevas-. Recuerda los años cuarenta en los que formó parte de quienes diseñaron el plano conceptual de la Ciudad Universitaria de la UNAM, “cuando México se pensaba en grande”. Subraya su amor por lo urbano, el gusto de viajar a otra urbe sólo para ver qué se ha hecho con ella: “la arquitectura tienes que verla, que transitarla, para sentirla. Ver ciudades para mí es indispensable”. En sus palabras se siente la fortaleza y la imaginación de uno de los grandes pensadores mexicanos de este tiempo. ¿Cómo se llega a las nueve décadas con esa sobriedad? “Es la pasión la que me mantiene vivo”, concluye Teodoro González de León.


El 16 de septiembre del presente, el maestro del espacio partió en búsqueda de nuevas formas. Descansa en paz.


Publicado en Página 7

martes, 4 de octubre de 2016

Por sus libros los conocerás

Hugo José Suárez
Un fin de semana largo decidimos con mi familia viajar a Pátzcuaro (Michoacán). Como están las cosas en estos tiempos, en vez de procurar un hotel, acudimos un buscador en Internet en el cual se encuentran hospedajes personales a precios muy convenientes. Es siempre un riesgo, pues a menudo uno no sabe con qué se va a topar; de hecho, la última vez que usamos ese servicio para pasar unos días en Acapulco, nos tocó un horrendo departamento del cual salimos corriendo al primer hostal que encontramos, perdiendo tiempo de playa y dinero. Pero ahora las cosas salieron mucho mejor.
La dueña de casa se anuncia de manera amable: “Actualmente doy servicios de psicoterapia, mi mayor interés es el despertar de la conciencia. Me encantan los animales y los niños y gozo de actividades grupales en proyectos colectivos. Me encanta la naturaleza, siempre extraño los campos y montañas”. Su presentación me cautiva, todo indica que se trata de alguien afín.
Cuando llegamos a la casa, encontramos un lugar agradable, con “buena vibra”, espacioso, limpio, acogedor. Entro a la sala y, como nos pasa a todos los intelectuales, me detengo en su biblioteca. Son tres estantes con títulos extraordinarios que tienen que ver directamente con mis intereses académicos y humanos. Empiezo a hojear título por título.
Democracia y Estado multiétnico en América Latina, coordinado por Pablo González Casanova y Marcos Roitman (1996). En aquel tiempo lo indígena fue un tema que estaba en el corazón del debate en las ciencias sociales;  González Casanova tuvo desde décadas atrás la lucidez de proponer una agenda de discusión y, para llevar adelante esa empresa, invitar a grandes personalidades. En ese volumen convoca –entre otros- a Rigoberta Menchú, Héctor Díaz-Polanco, Darcy Ribeiro y a nuestro querido Xavier Albó que escribe sobre “Nación de muchas naciones: nuevas corrientes políticas en Bolivia”. Un texto clave que años después sigue resonando.
Luego me encuentro con Metodología y Cultura (1994) de Jorge González y Jesús Galindo, importantes académicos que introdujeron el tema de la cultura desde la ciencia de manera contundente. En sus páginas, el primer capítulo lo escribe Gilberto Giménez. También está presente Julieta Haidar cuyos aportes en la semiótica y el análisis del discurso han sido fundamentales.
Salto unos volúmenes y llego a la Sociología de la vida cotidiana (1977), de Agnes Heller, prologado por Lukács, una reflexión capital. Al lado suyo un documento que fue un aporte clave en México: La ideología de la Revolución Mexicana, de Arnaldo Córdova, publicado en 1978 en su sexta edición; el autor tuvo su oficina frente a la mía hasta que murió en el 2014. Un investigador tan agrio como brillante.
Unos centímetros a la derecha, está Y venimos a contradecir. Los campesinos de Morelos y el estado nacional, de Arturo Warman (1976). Recuerdo que la primera vez que vi ese texto fue en casa de una amiga y quedé impactado con el párrafo testimonial de donde salía el título. Era un contra argumento a la modernización capitalista de estado desde una lógica campesina. Una reflexión notable.
La siguiente repisa resguarda la literatura: la jocosa novela de Vargas Llosa, Pantaleón y las visitadoras, el fabuloso texto de Fuentes, La región más transparente, algo de Bryce Echenique y Proust, reflexiones de José Vasconcelos y el documento infaltable en cualquier estante: El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. Continúo mi paseo y me topo con títulos de Néstor García Canclini y autores de izquierda como Gramsci, Marcuse, Marx y Engels, y el insufrible libro que fue un hit desde los 70: Los conceptos fundamentales del materialismo histórico, de Marta Harnecker, en su edición 26 de 1974.

En fin, no los canso más, el caso es que luego del paseo a vuelo de pájaro por su biblioteca, entiendo muy bien el por qué de la autodescripción de quien me renta esta casa en Pátzcuaro y me identifico plenamente con sus lecturas. Tengo una conclusión: ni bien pueda, contacto a la casera y le invito un café. Me encantará encontrarla personalmente, ya sé mucho de ella. Forzando el pasaje bíblico: “por sus libros los conocerán”.


Publicado en el Deber