lunes, 28 de noviembre de 2016

Lo dejo a su conciencia


Hugo José Suárez
En mi muro del Facebook aparece la información sobre una página donde se puede descargar gratuitamente el libro de uno de mis autores favoritos: Howard Becker. En este momento de mi trayectoria como investigador, estoy repensando las herramientas de mi disciplina para la comprensión de la vida colectiva, así que el libro me viene como anillo al dedo; titula: Para hablar de sociedad, la sociología no basta. Por supuesto que sin dudarlo bajo el documento en PDF y veo el índice con avidez. La rápida mirada de los capítulos y de unas páginas me conduce a una clara determinación: lo necesito.
Cuando me sucede algo así, no puedo quedarme quieto. Salgo de mi casa luego de la comida y me dirijo directamente a una de las librerías más conocidas de Coyoacán. Le pido al librero que lo busque y cuando lo tengo entre mis manos, estoy convencido de que lo compraré, poco importa cuánto deba pagar por él. Lo curioso es que cuando miro el precio, aparece más barato de lo que me habían dicho originalmente: en vez de 700 pesos -500 con descuento- la pegatina dice 100 pesos.
Me asombra, así que le pido al vendedor que coteje el valor para ver si era el correcto. Se pone nervioso, ingresa a uno de los cuartos y sale un empleado muy formal –con todo y corbata- del departamento administrativo. Me dice solemnemente: “El libro cuesta 700 pesos, pero tiene descuento del 20%. Uno de los trabajadores se equivocó y puso 1 en vez de 7. Por ley le tengo que cobrar lo que está anunciado, pero la diferencia la va a pagar nuestro empleado que cometió el error. Lo dejo a su conciencia”.
Inmediatamente mi cabeza empieza a funcionar sobre la decisión que debo tomar. El dilema es pagar el precio fruto de un error que será cobrado al trabajador o pago lo que tenía pensado invertir sin afectar a nadie. Tengo dudas, así que sigo interrogando: “¿si no lo pago, se le cobrará al empleado de su salario o cubrirá la empresa la diferencia?”. La respuesta, verdadera o falsa, es obvia: “es el trabajador”. Ya decidí, yo lo cubro.
Me quedé reflexionando mucho tiempo básicamente en dos ideas. Por un lado, la perversa relación capital-trabajo que funciona con reglas en las cuales nunca la empresa pierde, todo déficit será cubierto por los trabajadores o por los clientes. Por otro lado, recordé el episodio de una serie de televisión que vi hace muchos años donde una persona en situación dramática tenía que decidir si hacía el bien o si afectaba a un tercero que no conocía, y al tener certeza de que sería un desconocido, optó por no importarle el destino del otro.
Cuando dejé la librería –libro en mano y billetera vacía- seguí elucubrando si me había visto muy ingenuo en vez de aprovechar la oportunidad del error ajeno en favor de mi economía, y cosas así. Pero todas mis disquisiciones terminaron cuando llegué a mi oficina, pues al buscar el lugar dónde ubicar mi nuevo tesoro, llegué al estante que alberga mis varios libros de Becker, y, sorpresa, ¡ese título ya lo tenía!
No es la primera vez que me pasa, he adquirido en varias ocasiones libros que descansan en mi biblioteca. Volví a acudir a mi red de Facebook y puse a Becker en oferta en mi muro: “vendo el libro Para hablar de la sociedad a preció económico”. Rápidamente una estudiante se pronunció y fue a parar sus manos.

Termino. De manera inesperada, Becker me volvió a invitar a hacer sociología de la vida diaria, utilizando las experiencias personales –y la necesidad de redactarlas reflexivamente- como fuente para entender la sociedad. No cabe duda, es un maestro de inagotables formas y agradables sorpresas. Al final de cuentas, el libro me salió barato.

martes, 22 de noviembre de 2016

El rincón de las solteronas


Hugo José Suárez
En el restaurante San Miguelito, en Morelia (Michoacán), me encuentro con lugar muy particular. Al fondo, luego de pasar entre mesas y comensales y observar objetos barrocos y coloniales, está El rincón de las solteronas. Empiezan los problemas. Mis hijas me preguntan “¿qué es una solterona?”.
Tengo que acudir a mis explicaciones sociológicas intentando no estigmatizar a nadie y recuerdo algunas cosas dichas por Pierre Bourdieu en su libro El baile de los solteros-. Les explicó que en otros tiempos el matrimonio era una institución fundamental que se lo entendía como el proceso de formalizar un lazo de un varón con una mujer –y en esas épocas sin ninguna otra combinación posible-. De acuerdo a los contextos, aquello debería suceder en años específicos de la vida de un individuo, y quien se pasaba, prácticamente perdía la oportunidad de formar una familia tradicional convirtiéndose, automáticamente, en una –o una- solterón o solterona.
Mis palabras suenan aburridas. La cosa se pone interesante para mis hijas cuando, más allá de cualquier argumento sociológico, entramos a la sala y nos encontramos con preciosas figuras de San Antonio de cabeza. Todo empieza a fluir. Es ampliamente conocida la práctica de voltear al Santo en caso de no cumplir con el deseo de encontrar pareja. Pero tener al frente una figura de metro y medio, con toda la indumentaria de sacerdote, reposando sobre su cuero cabelludo como si estuviera en posición yoga, es desconcertante. Lo rodean una serie de objetos que terminan de darle color a la experiencia.
Un exvoto muy cuidado pintado en madera, narra –con todo y fecha- el proceso del milagro. A la izquierda, una mujer vestida con traje oscuro, da las espaldas y se dirige a San Antonio con el siguiente texto: “Bendito, te pido con desesperación que llegue a mi vida el hombre que me quiera y se case conmigo”; es el  7 de septiembre del 2008. A la derecha, la misma mujer está, ahora mirando de frente, con un bello traje de novia completamente blanco, un ramo de alcatraces en las manos y en posición de oración. Dice: “Te agradesco (sic) profundamente el que me concedieras el milagro de que llegara el amor de mi vida”. Ha pasado exactamente un año.
Otro exvoto menos colorido y cuidado, tiene un dibujo tosco de un varón arrodillado frente al Santo a quien le escribe con tinta blanca sobre cartón beige: “Glorioso San Antonio que apartas las mujeres del mal... Me apartas dos para mañana...”.
Finalmente, antes de irme, me llevo un papelito con la Plegaria firmada por J. Cruz Márquez: “Oh glorioso San Antonio, santo de mujeres, no te estés haciendo pato y consígueme un marido, aunque te tardes un rato (...). No te pido un guapo mozo, no lo quiero con dinero, sólo un feo o andrajoso, y hasta un simple ranchero. Tampoco quiero exigirte un flamante diputado, sino un humano cualquiera, sea solo, viudo o divorciado. No me importa que esté picado, que sea cojo o hasta ciego, pues si tú así me lo das, yo lo acepto desde luego. Escúchame Toño mío, óyeme santo glorioso, consígueme a un baboso, que se atreva a ser mi esposo. Mira que si no lo haces, y conmigo eres ingrato, por Dios que te ha de pesar, pues de cabeza te has de quedar...”.

Dejó el restaurante, mis hijas ya no requieren más explicaciones. Es hora de partir.

Publicado en diario "El Deber"