lunes, 14 de agosto de 2017

Me vale madres


Hugo José Suárez 

En el largo pasillo que desemboca al atrio de la iglesia dedicada a la Virgen de la Salud, en Pátzcuaro (Michoacán, México), se encuentran varios puestos de venta que alternan artículos religiosos con productos alternativos para la salud. En los primeros, como siempre, hay imágenes de Jesucristo en sus distintas versiones, del popular San Judas Tadeo, por supuesto de la Virgen de Guadalupe, además de Niño Dios, de Virgen de la Salud -entre otros-; todo rodeado de cirios, rosarios y crucifijos.
Es que el mercado religioso compite, en igualdad de condiciones, con la variada oferta de medicina tradicional con innumerables funciones: aceite de pino (tos, asma, bronquios), jarabe de achoque (anemia), gotitas para los ojos (carnosidad, vista cansada, ardor, comezón), semilla de zopilote (obesidad, diabetes), pomadas para barros, espinillas, hongos, hemorroides, gel de peyote con marihuana (torceduras, dolor de rodillas, nervio ciático), jugo de maguey (colitis, úlceras, próstata).
Entre tal variedad, la farmacia para el cuerpo y el alma tiene también un producto que no había visto antes -claro, el mercado es muy dinámico-: “Me vale madres”. Viene en dos tamaños, uno es extracto con 60 ml, y el otro son 60 cápsulas de 650 mg cada una. Se lo vende en una cajita típica de medicina, naranja, que tiene en un costado un perfil humano azul donde se resaltan con colores fuertes las diferentes partes del cerebro. Dice: Reforzado con flor de magnolia, original, 100% natural. Según el instructivo de la caja, la medicina tendría que curar tensión nerviosa, falta de sueño, cansancio y agotamiento, dolor de cabeza, mala memoria, mal carácter, migraña, estrés, depresión, ansiedad, irritabilidad, relajante. 
En México la expresión “me vale madres” es grosera (pero puede ser peor: “me vale verga”), no suele estar dirigida a una persona -aunque eventualmente sí-, sino que más bien es una especie de declaración ante la vida. Es una afirmación contundente que denota ausencia total, radical, de importancia respecto de algún tema particular (el equivalente en Bolivia sería: “me importa un carajo”).
En múltiples ocasiones me he encontrado con nombres de productos especialmente llamativos con interés comercial: alguna vez he comprado unos chocolates -deliciosos por cierto- llamados “pedo de monja”. Lo importante aquí es que el producto curativo es el resultado de una “afinidad electiva” -para ponernos sociólogos- entre la medicina tradicional y sus múltiples ofertas para atender los males del cuerpo, el lenguaje popular mexicano, y el espíritu de época con una interpretación del “buen vivir” que debe combatir el estrés, la depresión y hasta el mal carácter. Es una especie de compleja combinación entre la cultura oriental de la armonía y el equilibrio -muy yoga-, la afirmación mexicana de mandar todo al diablo, y el uso de hierbas para curar cuerpo y alma.


Unos años atrás en una farmacia en Nueva York encontré pastillas que traían cafeína y eran para curar el estrés. Cada cultura tiene sus maneras de resolver sus angustias existenciales; en el caso mexicano, sucede de la mano de la oferta religiosa. En fin, volviendo a la sociología, todo producto busca satisfacer la necesidad de una población, así que “me vale madres” es un signo de los tiempos de la sociedad actual. Juro que la próxima vez me compraré el tónico, cualquier rato lo puedo necesitar y conozco varios a quien regalar.  

Publicado en el Diario el Deber 13/08/17

jueves, 10 de agosto de 2017

Dilogar con Zizek


Hugo José Suárez Sociólogo

Leí una entrevista a Slavoj Zizek muy interesante. Tengo cierta reticencia a los autores estelares encargados de nutrir, alimentar y reproducir utopías a públicos ávidos de "profetas sociales” (como decía Bourdieu).

Además, el estilo espectacular de Zizek aveces me da desconfianza -es un "show-man” de las ideas-. Por eso reproduce en mi muro de "Face” hace unas semanas una crítica de Antonio Muñoz Molina en El País comentando la visita del filósofo a Madrid y su impacto, recordando su propio pasado cuando recibieron a Althusser con igual entusiasmo décadas atrás.

Pero, dicho lo anterior, quiero referirme a reflexiones que me han invitado a dialogar -que de eso es de lo que se trata- aparecidas en una entrevista a Zizek publicada en el suplemento del periódico mexicano Milenio (15/07/2017).


Juegos modernos

El filósofo reflexiona sobre la necesidad de considerar los distintos insumos de la globalización y de la tecnología como oportunidades para la creación y la crítica. Se refiere a un juego sobre Chernóbil hecho por ucranianos, donde existen los monstruos creados por la radiación. El tratamiento y las luchas que navegan sobre la plataforma tradicional del videojuego  ahora es utilizado para discutir los episodios tan dolorosos como fundamentales.

Otro tema, que viene de la mano de la filosofía del videojuego, es el "cambio de temporalidad”, donde la muerte no existe, pues el jugador siempre puede revivir. "Se trata de un tiempo circular” que cuestiona la cultura de la lineal mortalidad cristiana que necesita de Jesús y su obra resurrección en una narrativa horizontal -antes y después de Cristo-. En el videojuego se propone "un tiempo circular”, donde no existe la muerte como un fin, sino como una espiral infinita.

También asusta, como lo subraya Zizek, el control de información privada que está en manos de grandes empresas (como Google o Facebook) que saben lo que visitamos, por dónde vamos, lo que consumimos, lo que leemos. Su capacidad de anticipar nuestros gustos es sorprendente y espeluznante (por cierto, últimamente cada que entro a una página web me quieren vender cosas similares a mi última compra). Si eso lo cruzamos con el control de datos de los sistemas financieros (bancos, ministerios, autoridades), estamos completamente desnudos frente al Big Brother que conoce todos nuestros movimientos.

Otra inquietante cara de la medalla son los avances tecnológicos que empiezan a vincular cerebro con la máquina sin mediación corporal. Si bien esta es una fase experimental, es muy probable que en poco tiempo la tecnología permita que la instrucción mental opere directamente en algún tipo de robot que haga todo lo que queramos. ¿Cómo modificará eso nuestro comportamiento cotidiano? ¿Qué consecuencias? Es difícil preverlo, pero no es muy esperanzador.

Por último, la biogenética. Zizek reproduce asombrado una propaganda que vio en su viaje a China: "el objetivo de la biogenética en la República Popular China es regular física y mentalmente el bienestar de los chinos”. La reacción del autor no es menor: "¡Dios mío! ¡Y es algo que ya están haciendo! La idea es usar biogenética para controlar los impulsos de la gente, su agresividad o pasividad, su actitud en la sociedad del trabajo…”. El gran sueño de control de la mente no estaría tan lejos.

Explica el filósofo que esta agenda perversa, que se ve con claridad en series televisivas como  Orphan Black  o  Black Mirror, fue pensada por Stalin en 1931 que "les creía a unos locos biólogos que afirmaban que podían mezclar seres humanos con simios para obtener la máquina perfecta de trabajo. Entenderían lo elemental del lenguaje, pero no tendrían capacidad de protestar, de comprender. Era algo primitivo y no funcionó. Sin embargo, ahora nos aproximamos a algo aparecido”.  Estaríamos cerca de tener un hombre disciplinado construido biológicamente para reproducir un rol previamente asignado por una inteligencia de Estado. Aterrador.

Concluye el autor: "por eso digo que están ocurriendo cosas muy serias que exigen que redefinamos qué significa ser humanos… La naturaleza humana está, literalmente, cambiando”.

Decía que no me gustan los profetas sociales; sí los pensadores que invitan a pensar.


Publicado en: Diario Pagina 7.30 de julio de 2017

miércoles, 9 de agosto de 2017

Picasso, Rivera y Warhol

Hugo José Suárez

Le hago caso a mis maestros que insistían en lo mucho que los sociólogos podemos aprender del mundo del arte, y dedico un fin de semana a dos de las exposiciones más interesantes que suceden en este verano en la Ciudad de México.

El Palacio de Bellas Artes, magnífica construcción con la que el presidente Porfirio Díaz pretendía festejar el centenario de la independencia mexicana en 1910, acoge a una dupla impresionante: Picasso & Rivera, Conversaciones a través del tiempo. Se trata de cruzar dos pintores extraordinarios, mostrando sus encuentros, distancias, diálogos y tradiciones.

Y claro, el visitante que normalmente conoció cada uno por separado, y una pequeña muestra de cada quien, descubre una complejidad mayor. La matemática tiene su propia lógica en el arte: La suma de las partes es mucho más que el todo. Son como dos arroyos que se encuentran y se separan caprichosamente.

La entrada sorprende con dos autorretratos de los jóvenes -de 20 y 25 años- pintados el mismo año: 1906. Curiosa coincidencia. Luego se exhibe la obra en París, ciudad que los acogió y juntó. Se puede ver cómo cada uno evoluciona su trazo y adquiere personalidad quebrando con la academia de la época. El cubismo se instala en sus lienzos. Tanto la semejanza de algunas imágenes como el intercambio epistolar entre los artistas muestran una compleja interacción, aunque no siempre armónica.
En la sala siguiente el origen histórico y cultural toma relevancia: América y Europa en contraste. Picasso acude una y otra vez a la narrativa mítica griega y romana; se alterna el recorrido con bellas piezas antiguas de Atenas o Roma. Rivera evoca los códices mexicanos con una serie sobre el Popol Vuh, entre deslumbrantes esculturas indígenas prehispánicas. El curador de la exposición parece insistir en la importancia de la tradición, la potencia del encuentro y el intercambio, la necesidad de la innovación y la creatividad. En los muros de Bellas Artes se siente cómo Picasso y Rivera navegan cada uno en su propio barco, aunque coincidan en algunos puertos.
Al día siguiente, voy al Museo Jumex que acoge a Andy Warhol (1928-1987) con la exposición Estrella oscura. Quedé impresionado cuando vi sus cuadros en el MoMA en Nueva York, pero recién ahora puedo entender mejor el sentido de su obra.
Me detengo en las imágenes de Marilyn, Mao o Elvis y la intención de Warhol de tomar la celebridad, reinventarla bajándola de su pedestal y reproduciéndola con colores vistosos al lado de una lata de atún o de sopa Campbells. También me impactan las fotos de los accidentes automovilísticos o aéreos, las ambulancias; me sobrecoge pararme en frente de la silla eléctrica, quedo demudado al pensar el horror institucionalizado.
Warhol toma los extremos del auge de la sociedad industrial en su versión de cultura pop: La hermosa Marilyn con todo el glamour propio del símbolo sexual de una época, el enlatado que consolida el capricho humano de mantener alimentos viejos sin podrirse, el accidente no como una disfunción, el sistema legal que hace fino uso de la electricidad para aniquilar a quien considera culpable.
Se trata, en el fondo, de una poderosa crítica a la modernidad y sus distintos rostros perversos, sean culturales, políticos o económicos; es desnudar el otro lado del discurso del progreso a partir de la reinterpretación de sus propios íconos. En uno de los cuadros aparece la emblemática Estatua de la Libertad deformada, algo no encaja en esta sociedad, parece insistir el pintor americano. Sin duda es un visionario que develó las necesidades de la cultura de masas de los 60 como semillas que germinaron más bien en la era del internet.
Al salir, el pasillo tiene un gran muro con decenas de pequeñas imágenes de la cabeza de una vaca rosada sobre un fondo amarillo. Es el único lugar donde permiten tomar fotografías. Culmina la crítica a la “obsesión colectiva por la celebridad” que denuncia Warhol, pero claro, todo visitante se toma su respectiva selfie corroborando la incomprensión del mensaje del artista.
En suma, tres grandes que no podemos ver sin quedar tan inquietos como estimulados por la sociedad en que vivimos.


Publicado en el Diario el Deber 30/07/2017

domingo, 23 de julio de 2017

Adiós a Peter Berger, constructor de la sociología. Fallece el autor de La construcción social de la realidad.



Hugo José Suárez



Nació en Viena en 1929 en el seno de una comunidad de tradición protestante, lo que marcó sus intereses y formación durante toda su vida.

Le tocó ver los horrores de la Segunda Guerra Mundial, migró a Estados Unidos antes de cumplir los 20 años y adquirió rápidamente la nacionalidad americana. Empezó la carrera cursando una maestría y un doctorado en The New School of Social Research en Nueva York; luego de varios tránsitos se instaló como profesor en la Boston University, donde creó y dirigió un instituto dedicado al estudio de asuntos culturales y religiosos.

A lo largo de su carrera, Berger publicó una treintena de libros sobre la teoría sociológica, la religión y los valores, pero el indiscutible título que marcó la reflexión de las ciencias sociales fue La construcción social de la realidad -en colaboración con Thomas Luckmann- que apareció en 1966 y rápidamente se convirtió en un joven clásico ineludible. La intención fundamental de su libro fue mostrar que la sociedad -y todo lo que ella contiene- es el resultado de una construcción compleja: "toda sociedad humana es una empresa de construcción del mundo”.

Explicó las tres dimensiones clave: la externalización, la objetivación y la interiorización, y le dio un lugar central a la vida cotidiana, a la subjetividad y al lenguaje para comprender la colectividad.

Este impulso intelectual estuvo acompañado de un segundo libro al año siguiente: El dosel sagrado. Se trata de un volumen, ahora de autoría única, donde se concentra en la religión como construcción humana. Aborda los temas clave como la producción y reproducción de la cultura, la secularización, la individuación, la diversidad, etc.

Ambos textos constituyen una innovación teórica que permiten acercarse al problema de la subjetividad como un tema central de la sociedad y como el resultado de la acción del ser humano en su entorno.

Pero de tantas obras e ideas, debo confesar que la que más me atrapó fue un libro previo titulado Invitation to Sociology: A Humanistic Perspective, de 1963, traducido al castellano como  Introducción a la sociología. Se trata de una auténtica invitación con todas sus implicaciones, son letras que no aleccionan, seducen. Me quedo con algunos fragmentos que siempre llevo de cabecera cuando se me pregunta sobre mi oficio:

"La sociología será satisfactoria, a la larga, sólo para aquellas personas que no pueden pensar en otra cosa más fascinadora que observar a los hombres y comprender las cosas humanas… La sociología es un pasatiempo individual en el sentido de que algunas personas les interesa y a otras les aburre. A algunas les gusta observar a los seres humanos, a otras experimentar con ratones...

La sociología se parece más a una pasión. La perspectiva sociológica es más similar a un demonio que se apodera de nosotros, que nos empuja apremiadamente una y otra vez hacia las preguntas que le son propias”.

Peter Berger, autor enorme que abrió pistas en la disciplina, murió en junio del presente. Hará falta.


 Nos deja su obra.

lunes, 17 de julio de 2017

Capitalismo de segunda


Capitalismo de segunda
Hugo José Suárez

He leído a muchos autores que explican que la economía mundial funciona en buena medida a partir del internet, que la compra-venta de productos por ese canal es impresionante, fácil, ágil y seguro. De hecho, tengo la grata experiencia de haber usado ese medio cuando viví en Nueva York: adquirí desde zapatos hasta computadoras y todo llegaba a la puerta de mi casa. Así que decido comprar un teclado musical para mi hija, pagar con tarjeta de crédito y recibirlo unos días más tarde. Finalmente, radico en México, país que se jacta de tener un mercado moderno y al hombre más rico del mundo entre sus ciudadanos. 
Me recuesto en mi cama y desde mi iPad empiezo la operación como lo hice tantas veces en otras ocasiones. Busco el instrumento en varias páginas web, encuentro una oferta en una de las tiendas más reconocidas, un sello mundial que se presenta diciendo ser la empresa que ofrece el mejor precio. Procedo, doy mi dirección, los datos de mi tarjeta, correo electrónico, etc., y aprieto el botón clave: comprar. Minutos después recibo la notificación de que el pedido va en curso. 
Hasta aquí todo va bien, pero olvidé que estamos en México… Al día siguiente me hablan del banco a mi celular, me dicen que si soy yo el que hice la compra y por razones de seguridad me piden una serie de datos. Estoy manejando, así que les digo que devolveré la llamada en una hora, cuando esté en un lugar más adecuado. Lo hago, respondo todas las preguntas para que tengan la certeza de que quiero el teclado para mi hija.
Pasan dos días y no tengo noticias, ni de la tienda ni del banco. Me contacto con el comercio y me informan que mi pedido se canceló por problemas de con el banco, les hablo y me aseguran que ya liberaron el pedido. Vuelvo a la tienda y me confirman que, por más que la tarjeta esté aprobada, el sistema -el famoso, oscuro, caprichoso y temperamental sistema- la rechazó y que tengo que volver a hacer el pedido (claro, si no llamaba, no me hubiera enterado de nada).
Repito la operación. Me recuesto en mi cama con mi iPad, busco el producto, etc., pero claro, la promoción ya pasó y ahora está más caro, ni modo. En el último paso, cambio de tarjeta y aprieto la indicación clave: comprar. Me rechaza. Lo intento nuevamente con otra tarjeta, nada. Me comunican que existe un teclado en la sucursal que queda a una hora y media de mi casa, son las seis de la tarde, cierran a las ocho, tendría que atravesar la ciudad. No tiene ningún sentido.
Al día siguiente, tomo conciencia de que estoy en México, donde todo funciona a medias pero con la fachada de “empresas de clase mundial”. Voy al centro comercial más cercano, veo, escucho, tiento el teclado en cuestión, pago en efectivo -a precio más elevado- y me lo llevo a casa. Algún día escribiré un libro -pensando claro en Ibargüengoitia- que titule: “Instrucciones para vivir en un capitalismo de segunda”.   

PD. No quiero irme sin dejar mi palabra solidaria para Rafael Archondo y Pablo Solón, personas honestas, íntegras y progresistas. El acecho por parte de las autoridades no es más que una triste muestra de que el poder ha perdido la brújula, ojalá que la encuentre antes de que sea demasiado tarde. 

Publicado en el Diario el Deber. 16/05/17

martes, 4 de julio de 2017

Los rostros del colonialismo


El desarraigo. La violencia del capitalismo en una sociedad rural.
Pierre Bourdieu y Abdelmalek Sayad.
Siglo XXI,
Buenos Aires, 2017.



Hugo José Suárez
La editorial Siglo Veintiuno de Argentina -que tiene títulos especialmente sugerentes- ha puesto en circulación uno de los primeros escritos de Bourdieu y Sayad. Se trata de una investigación llevada a cabo a finales de los 50 y principios de los 60 del siglo pasado que apareció publicada inicialmente en 1964 por Les Editions de Minuit en Francia, al año siguiente se cuenta con una versión de Nova Terra en Barcelona, y recién en el 2017 sale a la luz el título en una casa editorial latinoamericana.
Se sabe que Argelia fue el primer lugar de trabajo de investigación de Bourdieu, entonces filósofo, donde tuvo que comprender una sociedad en profunda transformación atravesada por un contexto de guerra. El joven y brillante estudiante de la prestigiosa escuela parisina tenía que poner a prueba sus conocimientos abstractos para ver si realmente eran eficaces; munido de sus lecturas filosóficas y sus referencias etnográficas, su confrontación con la realidad lo llevó a construir el primer esbozo de su aparato teórico sociológico, que años más tarde se constituiría en una de las principales corrientes contemporáneas. Bourdieu afirmó muchas veces que fue gracias a su estancia argelina que pudo emprender su proyecto intelectual en todas sus dimensiones.
El libro analiza “los estragos ocasionados por los reagrupamientos de población [que] son, sin duda, los más profundos y de mayores consecuencias a largo plazo de cuantos ha sufrido la sociedad argelina entre 1955 y 1962”. Estos desplazamientos forzados impulsados por la política colonial del momento provocan rupturas, tensiones, reorganizaciones de la sociedad rural con consecuencias económicas, laborales, habitacionales y simbólicas. En los capítulos se transita por las tensiones de ser “ciudadano sin ciudad” o “campesino descampesinizado”, las consecuencias de la imposición sistemática de “una organización idéntica del habitad, incluso en las regiones de más difícil acceso” (p.47), la tensa relación y contradicción entre “los modelos de comportamiento y el ethos económico importados por la colonización, [que] coexisten -en cada individuo- con los modelos y el ethos heredado de una tradición ancestral” (p. 201). En suma, las angustias de una modernización forzada que provoca miseria y desfases insalvables.
Leído en la distancia, el documento pone varios temas sobre la mesa. Primero, es una apuesta por un tipo de sociología pegada al dato y que no escatima en el uso de toda fuente siempre que refuerce el argumento y la explicación. Así, se toman cifras estadísticas, mapas o testimonios con igual seriedad; de hecho en ese tiempo Bourdieu construye un acervo fotográfico que sería publicado luego como Imágenes de Argelia (2003). Por otro lado, como lo dice Amín Pérez en el excelente prólogo, Bourdieu y Sayad hacen sociología pura y dura recolectando información en calles y campos cuando la violencia está en su momento más dramático. No es una reflexión de biblioteca y seminario universitario, todo lo contrario: diariamente sufren los embates de la guerra lo que obliga a la reflexión sobre la dimensión política de toda investigación; esta situación impuso una profunda reflexividad constante y, lo subraya Pérez, la “apuesta indisociablemente científica y política” (p. 14). De varias maneras, esta propuesta irá cobrando cada vez más forma en la relación de Bourdieu con lo público y el compromiso social, lo que se recoge en un libro posterior intitulado Intervenciones (2002). Por último, esta obra se ocupa del tema de la colonización, de la imposición los sectores dominantes locales vinculados a intereses y lógicas imperiales que arrasan con su población acelerando el proceso capitalista a toda costa. Leído desde América Latina, la colonización argelina y las consecuencias analizadas por los autores tienen mucho qué dialogar con la experiencia de este lado del planeta. De hecho, es una lástima y difícil de entender que un libro tan pertinente y útil para nuestro contexto, haya tenido que esperar más de medio siglo para ser publicado por este rumbo. Habla mal de nuestra política editorial y del diálogo entre experiencias de dominación y resistencia en el sur.

El desarraigo es sin duda uno de los textos indispensables para comprender mejor la sociedad contemporánea, y para impulsar una sociología lúcida y políticamente transgresora.
Publicado en Diario Pagina Siete 02/07/17 

lunes, 3 de julio de 2017

El demonio llamado política


Hugo José Suárez

Una de las deudas conmigo mismo es escribir un libro sobre la política. Suena pretensioso, más para alguien que no ha trabajado seriamente el tema, pero la idea no es elaborar un complejo tratado trayendo conceptos y discutiendo con autores que harto, acaso demasiado, se han ocupado de ella. Lo que quiero hacer es una reflexión personal, con base en mi propia trayectoria.

Sucede que estuve involucrado en el ejercicio de lo público desde mi infancia, pues mi padre, comprometido con el quehacer nacional, luchó contra la dictadura en los setenta, en aquellos años en los que alzar la voz por la democracia implicaba arriesgar el pellejo -como bien diría Mauricio Lefebvre-, y fue asesinado en 1981. También quisiera traer a la memoria los meses y años posteriores, cuando mi hermana y yo le pedíamos a mi madre, con voz entrecortada, que no se metiera en política por temor a perderla.

En el libro que ahora anuncio como embrión, quiero recordar ese primer momento, los diálogos, los miedos, las pasiones, las emociones. Luego buscaré concentrarme en las varias ocasiones en las que me invitaron a candidatear para algún puesto, en las campañas que participé, en las decepciones y los asombros. En los varios cantos de sirenas que llegaron a mis oídos y mi constante esfuerzo -nada fácil- por desoírlos.

Un episodio fundamental tendrá que ser mi encantamiento por el Proceso de Cambio, mi militancia por el mismo y la defensa a capa y espada de Evo Morales en cualquier palestra. Pero tendrá que ir acompañada de la reflexión crítica posterior, de mis dudas, de mi suspicacia y de las evaluaciones más mesuradas no al calor de “patria o muerte”, de la idea de “amigo-enemigo”, o peor del papanatismo –definido por la RAE como “actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica”-, sino desde la distancia del tiempo y del espacio, y sobre todo desde el no haber atravesado por el ejercicio del poder. El capítulo final estará dedicado a reflexionar sobre el rol del intelectual y su relación con la política.

Esta intención que me viene rondando hace un buen tiempo se vio reanimada al leer un episodio del historiador marxista Eric Hobsbawm en su autobiografía Años interesantes. Una vida en el siglo XX (Ed. Crítica, Barcelona, 2003). El capítulo 9 titulado “Ser comunista” está dividido en dos partes, primero cuenta la experiencia de quienes adhiriéndose a esta doctrina no atravesaron por el ejercicio del poder, y, en la segunda parte, se refiere a quienes sí lo hicieron: “ellos no eran ajenos al poder, eran el poder; no eran la oposición, sino el Gobierno, a menudo de países donde no eran del agrado de su población. La policía no era su enemigo, sino su agente. Y para ellos el futuro glorioso tras la revolución no era un sueño, sino una realidad” (p. 138).

Sobre la primera opción, Hobsbawn dice: “El poder no corrompe necesariamente a las personas en cuando individuos, aunque no resulta fácil resistirse a esa corrupción. Lo que hace el poder, especialmente en tiempos de crisis y de guerra, es obligarnos a realizar actos que son inaceptables cuando los lleva a cabo un particular, y a intentar justificarlos. Los comunistas como yo, cuyos partidos nunca subieron al poder ni se vieron involucrados en situaciones que requieran decisiones acerca de la vida y la muerte de los demás (la resistencia, los campos de concentración), lo tuvimos más fácil” (p. 127).


Me quedo con esa última reflexión. Parte de mi “ventaja” es que nunca ocupé un cargo público, nunca tuve deudas con un líder ni subordinados, nunca debí guardar fidelidades que me lleven a oscuros laberintos de intercambios de favores y complicidades. Cierto, diría con Hobsbawn que la “tuve más fácil”, y la verdad, con tanta agua recorrida bajo el puente, creo que fue lo mejor.    
  
Publicado en el Diario El Deber 02/07/2017 


                                                                                 

domingo, 18 de junio de 2017

California: ida y vuelta


Hugo José Suárez

Debo asistir a un congreso de sociología de las religiones en la Universidad de Claremont, en California, a dos horas de Los Ángeles. Tengo poca información sobre cómo llegar, pero también voy con fe -por algo es un evento sobre creencias- que todo saldrá como lo planeado. Me compro un boleto de avión que sale de la Ciudad de México a Tijuana, pues me dicen que hay un túnel fantástico que, sin salir del aeropuerto, te despacha al otro lado: San Diego, Estados Unidos, y de ahí es fácil llegar a mi destino.
Empiezo mi viaje. Cuando llego a la terminal aérea de Tijuana, camino cauteloso y desconfiado siguiendo las flechas del “Cross Border Xpress”. Paso por un estante donde un empleado me cobra 16 dólares por el uso del servicio, camino y luego de un par de vueltas laberínticas llego a una placa pegada en el piso dividida por una línea y un punto en dos partes idénticas. En el lado izquierdo dice en letras sobresalientes: “Boundary of the United States of America”, y en el derecho: “Límite de los Estados Unidos mexicanos”. Llegué. Le sigue un letrero parco que sólo anuncia “Welcome to the USA”. Unos metros adelante me reciben enormes imágenes pegadas en la pared con bellos paisajes californianos y varias frases en inglés: “All families welcome”, “All dreams welcome”, “All adventures welcome”.
Cuando llego a las casetas con los agentes de migración, no lo puedo creer, no hay fila, paso inmediatamente, el funcionario ve mi pasaporte y con una sonrisa en menos de un minuto me despacha. Y como cereza del pastel, una amiga me espera a la salida para ir en coche hasta Claremont (son sólo dos horas de autopista). Todo salió perfecto, es la entrada menos accidentada a Estados Unidos. Estoy gratamente desconcertado.
En California caigo en cuenta de la importancia de tener automóvil. Sólo puedo ir a la esquina a pie, pero ni pensar intentar llegar más lejos. El transporte público es desastroso y la relación tiempo y desplazamiento es insensata: si vas en coche llegas a todo lado en 10 o 20 minutos, si pretendes caminar e ingeniártelas para atravesar las autopistas sin ser atropellado, todo está a no menos de una hora. Conseguir un taxi, además de ser carísimo, es igual de difícil.
Lo más grave viene cuando termina el evento y tengo que volver un día antes de que lo haga la amiga que gentilmente me llevó. Pregunto por las opciones para el regreso y nadie me logra dar información precisa. Intento averiguar por internet mecanismos para volver al túnel fantástico y pasar a Tijuana para tomar mi vuelo, pero las combinaciones son confusas. Finalmente encuentro una ruta.
Salgo de la Universidad en un taxi -Uber- hacia la estación del tren más cercano (pago 7 dólares). Espero que pase el tren hacia Los Ángeles (otros diez dólares), tardo una hora más. Continúo hacia San Diego en otro tren que demora tres horas en llegar (37 dólares más). Ahora me toca un “Trolly” -que en México llamamos “tren ligero” urbano- otra hora hasta la frontera. Salgo y ya todo se ve mexicano aunque todavía estoy en Estados Unidos, busco un taxi que por 25 $us me lleva al fabuloso punto de partida de mi viaje. En el camino el chofer -que por cierto intenta engañarme un dólar- me indica dónde desembocaba uno de los famosos túneles ocultos del narcotraficante Joaquín “Chapo” Guzmán en el estacionamiento de un tráiler, a unas cuadras de las autoridades.

En resumidas cuentas, si a la ida tardé dos horas en llegar, la vuelta me costó siete horas y más de 80 dólares. Me quedó claro por qué una migrante le dijo a mi amiga que para integrarse en la sociedad californiana no es necesario saber inglés; lo imprescindible es saber manejar y tener automóvil. La próxima vez lo tomaré en cuenta.

Publicado en diario el Deber 18 de Junio del 2017

martes, 13 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Recuerdos con Francois Houtart



Hugo José Suárez
IIS-UNAM



La muerte de Francois Houtart (7/6/2017) me ha puesto a repasar varios episodios vividos a su lado y su enorme generosidad. Sabía de él por dos frentes: por un lado, era uno de los pilares académicos que desde la Universidad Católica de Lovaina (UCL) contribuyeron con la formación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria boliviano, profesor de líderes políticos que por lo pronto prefiero no nombrar, promotor de reflexiones sobre la izquierda y el socialismo; por otro lado, lo había leído como sociólogo de la religión, director de la revista Social Compass, director de tesis de latinoamericanos fundamentales para la sociología de la religión como el brasileño Pedro Ribiero de Oliveira, el venezolano Otto Maduro o el chileno Cristian Parker, todos grandes maestros. Religión y política eran los dos ejes de Houtart.
La primera vez que lo visité fue cuando tenía 24 años, en 1994. Pasé por Lovaina y me alojé en casa de unos conocidos suyos que él consiguió. Pude conocer a Genevieve Lemerciener, colega suya con quien publicó varios libros y artículos; poco después Genevieve murió, alguna vez acompañé a Francois a visitar su tumba.
Yo tenía la intención de estudiar un doctorado en la UCL y que él dirigiera mi trabajo, pero lamentablemente ya estaba jubilado. Eso no impidió que me diera todo su apoyo para conseguir una beca de estudios y que acompañara mi tesis hasta su defensa.
Dos años después ya era estudiante doctoral en la UCL. A mi llegada a Bélgica me encontré con la grata sorpresa del festejo de los 20 años del Centro Tricontinental (CETRI). Houtart fundó esa institución en 1976 para promover la solidaridad con los movimientos de liberación y movimientos sociales de Asia, Africa y América Latina. Con pocos recursos, convirtió su casa en Lovaina la Nueva en la sede del CETRI. Su recámara era lo único que él ocupaba; aparte había una sala de reuniones, cuartos para estudiantes, un centro de documentación y estudio, además de una biblioteca especializada que luego fue administrada por la UCL. Por el CETRI pasaban múltiples líderes políticos y sociales e intelectuales de la izquierda mundial.
Pero decía que tuve la suerte de asistir a la celebración de las dos décadas del CETRI; recuerdo haber visto a Pablo González Casanova, Samir Amín o Ernesto Cardenal, quien en esa ocasión recibía el Premio Cultura y Emancipación de los Pueblos que lo otorgaba el propio CETRI. Pedí permiso a Francois para cubrir fotográficamente el evento, y guardo hasta la fecha una simpática toma de Cardenal leyendo Mafalda.
Aprendí muchas cosas de Houtart. Sus libros fueron clave en mi formación, desde aquella fabulosa investigación sobre Sri Lanka (Religión e ideología), hasta sus reflexiones sobre su amigo Camilo Torres, sus estudios sobre Haití o Nicaragua, o sus textos de sociología de la religión (a propósito, hace un par de meses me encontré con una conferencia suya sobre ciudad y religión que apareció con inigualable pertinencia para mis inquietudes actuales de investigación).
Sostuve largas conversaciones, tanto en su casa como en mi departamento lovainense. Las tertulias abordaban muchos temas, contaba cómo fue su relación tensa con la propia UCL; sus intercambios con Vaticano en los distintos momentos, desde su participación en el Concilio Vaticano II hasta sus distancias con Juan Pablo II; su estancia en Chicago y su estudio sobre la religiosidad urbana; su relación con Cuba, Nicaragua, Bolivia y tantos países más. Alguna vez vino a casa luego de un viaje a La Habana, pues había sido invitado por Fidel como asesor cuando el Papa estaba de visita en la isla en 1998. Trajo una caja de puros regalados por el mismo Fidel que los compartió con nosotros. Aunque yo no fumaba en ese tiempo, por supuesto que lo guardé como un fetiche.
El CETRI siempre fue considerado un hogar para muchos estudiantes latinoamericanos. En mis años de doctorante, entre 1996 y 1998, abrió sus puertas para acoger al Foro Latinoamericano, que era un colectivo de jóvenes progresistas que nos juntábamos semanalmente a reflexionar sobre la situación de nuestros países. Además, los domingos, luego de seguir en la semana mis cursos de sociología de la religión, acudía al CETRI a las “misas sociológicas” -como las denominaba un amigo colombiano- de Francois. Era una reunión de no más de 5 a 7 personas, y en su homilía Houtart compartía sus actividades que siempre eran asombrosas: sus últimos viajes y encuentro con líderes religiosos o políticos, las publicaciones o nuevos movimientos sociales, todo a la luz de lo religioso.
Mi cariño hacia el Francois era enorme, por lo que le ofrecí vender la revista del CETRI, Alternatives Sud, en conferencias o eventos. Andaba con mi cajita de libros por las aulas de la UCL, acomodándolos al fondo de auditorios en una mesa en la espera de que algo se vendiera. En 1998, con otro sociólogo chileno hicimos un libro que juntaba mis fotos tomadas en Bélgica y los poemas que a él le nacían al verlas. Por supuesto no teníamos quién editara algo así; fue nuevamente Houtart que solidariamente se ofreció a publicar el libro que se llamó Destellos del norte, mirada y palabra del sur.
En el 2006 escribí Bolivia. País rebelde al calor de la llegada de Evo Morales al gobierno, es acaso mi libro más militante. Se lo mandé a Francois quien inmediatamente me sugirió publicarlo en francés, me conectó con una editorial y salió a la luz meses más tarde.
La última vez que lo vi fue en Bruselas hace unos diez años. Le regalé la reedición del libro póstumo de mi padre Luis Suárez Los cuatro días de la eternidad, le tomé una foto con el documento entre sus manos. Hace unos meses supe que venía a dar una conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM pero lamentablemente no pude acudir a escucharlo. Lástima, hubiera sido el un encuentro de despedida.
En su larga y fructífera vida, Francois Houtart articuló distintas dimensiones. Abrió brecha en la sociología de la religión utilizando las ciencias sociales -particularmente la clave marxista- para entender los procesos religiosos. Sus investigaciones representaron un giro a cómo se estudiaba la religión hasta mediados del siglo pasado, Houtart puso los datos en la lógica de explicación del fenómeno religioso. Fue un innovador intelectual que abrió una línea sociológica tremendamente pertinente, lo que se ve reflejado tanto en sus libros como en el sello que puso a la dirección de la revista Social Compass y en los estudiantes que formó.
Por otro lado, nunca dejó el compromiso político. Tenía claro que debía jugar el rol de vincular Asia, Africa, América Latina y Europa, promoviendo los movimientos sociales del sur. Por eso fundó el CETRI y sostuvo la revista Alternatives Sud. Fue uno de los pensadores del altermundismo y estuvo en centenas de foros y conferencias. Siempre con una palabra atinada y progresista. Así se entiende que su última trinchera haya ejercido como profesor y activista en Ecuador, donde murió.

Incansable, trabajador, lúcido, comprometido y solidario. Descansa, maestro.

domingo, 4 de junio de 2017

Carnaval de Iztacalco


Hugo José Suárez

Son múltiples los puentes que vinculan México con Bolivia, desde los grandes intelectuales que hicieron carrera -encabezados por Zavaleta-, hasta aquellos que llegaron a estudiar o trabajar en distintos momentos (tema que abordé en el programa México, un encuentro con el destino que pasó unos años atrás en Radio Deseo, en La Paz) . La película El Carnaval de Oruro en Iztacalco (2016) de Sergio Sanjinés se ocupa de una de las formas de intercambio, ahora apoyado en la religión y la cultura.
En el filme se cuenta la historia de la devoción a la Virgen del Socavón en Iztacalco (Ciudad de México). Empieza con el testimonio de Estela, una odontóloga mexicana casada con un médico boliviano que, al contraer una infección que puso en riesgo su vida, depositó su confianza en una imagen de la Virgen que su marido se prestó y llevó a casa. La mujer adquirió la figura cuando su dueño dejó México y desde entonces organiza una fiesta en carnavales en Iztacalco, de donde es originaria.
El carnaval reproduce en pequeño lo que ocurre en Oruro: hay caporales, morenada y tinkus que bailan por las angostas calles del barrio, abriéndose campo entre los automóviles estacionados, y llegan a la Iglesia donde se organiza una fiesta mayor. A la vez, en la película se le da la palabra a dos chicas mexicanas conquistadas por el folklore boliviano que, además de participar en grupos de baile en México, se aventuran a viajar al sur para danzar en Oruro.
En su travesía, muy a la boliviana, enfrentan todos los inconvenientes propios del país: tienen que sortear un bloqueo de caminos que casi les impide llegar a su destino, sólo lo logran contratando una avioneta particular. Queda claro que en Bolivia la fiesta va de la mano con el conflicto.
Las dos muchachas no ocultan los sentimientos de haber logrado pasar de rodillas frente a la Virgen del Socavón luego del intenso cansancio de una jornada carnavalera. Con lágrimas en los ojos, igual que Estela cuando comparte el nacimiento de su fe, confiesan su devoción y amor a la Virgen y a Bolivia. No hay duda: somos el país de las emociones.
Decía que el Carnaval de Iztacalco se une a una larga lista de vínculos entre ambos países. Pienso, por ejemplo, en la fiesta del Ekeko que organizan unos amigos mexicanos año tras año en la Ciudad de México, con decenas de personas que van a pedirle cosas a través de pequeñas cartitas y a agasajarlo. Siempre me he preguntado cuál es el contenido de sus mensajes, tengo una deuda conmigo mismo, lo averiguaré en algún momento.
En términos más sociológicos, lo que sucede con la devoción a la Virgen del Socavón -y con el Ekeko- en México responde al encuentro de las necesidades de fe de los mexicanos con la oferta de salvación de la propia Virgen en un contexto de intercambios globales. El relato de conversión de Estela es típico de la religiosidad popular mexicana: en situaciones críticas de salud se acude a la divinidad creando un lazo fuerte que será alimentado con fiestas y oraciones. Y por otro lado, no extraña que las expresiones coloridas, vistosas y musicales encajen sin dificultad en una colonia popular acostumbrada a peregrinaciones callejeras, cohetes e imágenes con danzantes alrededor. Se trata, siguiendo con el argumento sociológico, de una “afinidad electiva” entre tradiciones religiosas y culturas de dos países distintos.
En suma, la película nos invita a pensar los lazos culturales tan intensos y emocionantes entre México y Bolivia. La historia es inagotable.

Publicado en el Diario "El Deber" 04 Junio del 2017


miércoles, 24 de mayo de 2017

Luis Barragán en diamante


Hugo José Suárez

Podría ser una historia macabra. Luis Barragán (1902-1988) fue uno de arquitectos más importantes de México, responsable de obras de envergadura mayor como las Torres de Satélite en la Ciudad de México o el Faro del Comercio en Monterrey. Su reconocimiento nacional e internacional estuvo respaldado en los múltiples premios acumulados en el transcurso de su carrera, el más importante: el Premio Pritzker de Arquitectura. Tras su muerte, sus restos fueron a la Rotonda de los Jaliciences Ilustres (en su natal Guadalajara) donde descansan los personajes célebres. Hasta aquí, todo normal.
La cosa adquiere otro tono cuando hace un par de años la artista estadounidense Jill Magib realiza una serie de gestiones con algunos de los herederos –no tuvo hijos- y deciden exhumar los restos cremados del laureado arquitecto para realizar un diamante como parte de su propuesta estética y política.  Y proceden.
Transitando por oscuros pasillos que permiten la interpretación jurídica a conveniencia, con el beneplácito de las autoridades respectivas acuden a la tumba de Barragán, abren el sarcófago, sacan la pequeña caja con las cenizas, extraen los 500 gramos requeridos para el diamante en una bolsa de plástico, lo pesan en una moderna y precisa balanza electrónica, y vuelven a sellar todo como si no hubiera pasado nada. Cenizas en mano, Magib parte al extranjero a proseguir con su objetivo. Un detalle, para compensar, se deja entre las cenizas un caballito del mismo peso de lo extraído.
¿Por qué semejante profanación? Argumentos siempre existen. Por múltiples razones propias del mercado del arte, el archivo del arquitecto le pertenece a la Barragán Foundation y está en Suiza desde 1995. Se dice que la venta del anillo con el diamante permitiría devolver a México el acerbo, esa sería la intención de la artista.
En abril del presente, se inauguró en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo la exposición de Magib titulada Una carta siempre llega a su destino, donde se exhibe tanto el anillo en cuestión como un video con todos los detalles morbosos de la exhumación (además de otras piezas). En la presentación, se explica la propuesta transgresora de la artista que se caracteriza por “la intersección de los aspectos personales, legales y artísticos del legado cultural y examina la noción de propiedad en términos tanto del cuerpo de trabajo como del artista". Sobre la exposición particular en el MUAC se afirma que “el propósito no es sólo presentar el controversial conjunto de obras, sino también compartir con el público su cuestionamiento del modo en que el legado modernista ha pasado crecientemente a estar bajo el dominio privado y el corporativo en el marco del capitalismo global".


El episodio plagado de oscuros argumentos ha generado revuelo en el mundo intelectual mexicano. Se ha cuestionado a los herederos, a las autoridades que permitieron la exhumación, a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM que promovió la exposición, y por supuesto a la propia Magid.
El domingo pasado, decidí ir al MUAC con toda mi familia. Les conté a mis hijas la historia para que estuvieran al tanto de lo que iban a ver. Alguna vez asistí al Museo de las Momias en Guanajuato y fui al Museo Universum cuando exhibieron los cuerpos plastinados. Ahora el espectáculo era igual de sórdido pero con otras características. Pasé por cada una de las salas intentando entender o sentir la propuesta de Magid, pero cuando llegué al video y finalmente al diamante, me invadió el desconcierto. Estaba frente a los restos humanos transformados, y, con el perdón de mis lectores laicos como yo, finalmente mi herencia católica me obliga a persignarme ante los muertos. No pude y no quise ver el diamante como si visitara Tiffany en Nueva York. Estaba frente a los restos de un hombre extraordinario sometido, después de su muerte y sin su consentimiento, a los caprichos de quienes lo sucedieron, sean familiares, políticos, artistas o mercaderes.

Lo que pretende ser una crítica del "capitalismo global" -de acuerdo con Majib- provoca el efecto contrario: introduce al mercado las cenizas de Barragán permitiendo el manoseo propio de los hombres de negocios. ¿A dónde vamos a llegar si otras personas siguieran las ocurrencias de la artista? ¿cuánto costará un anillo hecho con los restos de John Lennon o del Che? ¿cuándo se legalizará profanar las tumbas de los célebres para someter sus restos a procesos de conversión en diamantes con un valor en el mercado? Majib abrió las puertas muy sensibles de la condición humana respecto del tratamiento de la muerte y de los cuerpos. Y lo hizo con una irresponsabilidad peligrosa que puede conducirnos a escenarios alucinantes. Por lo pronto, lo más conveniente parece ser o morir en el anonimato, o tener asegurada la entereza de los herederos.

Publicado en el Diario El Deber 21/05/17

martes, 2 de mayo de 2017

Whatsapp

Hugo José Suárez


Hace más de treinta años, cuando dejé La Paz y me fui a estudiar a México, el medio de comunicación con mi madre y hermana era el correo postal y, eventualmente, una corta llamada telefónica de no más de 10 minutos cada quince días. La economía familiar no daba para más, el segundo de comunicación por el auricular costaba una fortuna; había que ser preciso y rápido, ahorrarse las vueltas y los sentimientos para concentrarse en la información sustantiva: nada de llantos o formalidades de etiqueta que robaban tiempo a lo indispensable. Además, claro está, había que comprar o rentar una línea a alguna empresa luego de un trámite largo y complejo; si no se lograba tenerla, había que prestarse el teléfono de un amigo generoso. Recuerdo que una vez falló la coordinación con los dueños del teléfono, me hablaron desde Bolivia cuando no había nadie en el departamento y yo estaba afuera escuchando el timbre de la llamada pero sin poder entrar para contestar. Fue desesperante.
Con el correo el ritmo era distinto, imprimía su propio sello al intercambio. Los periódicos llegaban una vez al mes con el respectivo retraso, y las cartas traían novedades sucedidas semanas atrás. A menudo yo enviaba casetes grabados con canciones, relatos, llantos para transmitir lo que vivía en la distancia.
Y bien, sabemos que todo eso quedó atrás. Primero llegó el correo electrónico: era difícil concebir que un texto pudiera llegar a su destinatario en cosa de segundos. Luego Facebook, WhatsApp, Twitter y cuanto cobija lo que se viene a llamar “red social”.
De todas esas posibilidades de comunicación en internet, quiero referirme a WhatsApp. Me asombra la rapidez y contundencia de los mensajes, que acompañados por imágenes predeterminadas o no, facilitan la comunicación. Pero además establece una complicidad -a menudo involuntaria- pues el emisor puede saber si su texto fue efectivamente enviado, recibido y hasta leído. Hoy es difícil ocultarse bajo el pretexto de “no me llegó tu carta”, de ahí nace la frase “me dejaste en visto” cuando, habiendo tenido acceso al mensaje, deliberadamente se guardó silencio.
Otra particularidad del WhatsApp es la comunicación colectiva. Sirve para todo. A estas alturas todos “pertenecemos” -queramos o no- a varios grupos: la familia ampliada, la familia pequeña, los padres del curso de mis hijas, mi grupo religioso de la adolescencia, mi promoción del colegio al que pertenecía a mis 18 años, los compañeros de la universidad, los que me invitaron a cenar este sábado, y muchos más. Al final del día, si no se controla la participación en colectividades, el celular termina por recibir unos cincuenta mensajes innecesarios y sin importancia, la mayoría de ellos son “caritas felices”, sonrisas, oraciones, aplausos o “me gusta”. Tanto se ha abusado de los grupos que han surgido reglas espontáneas para regular el uso.
A estas alturas es difícil explicar a las nuevas generaciones cómo le hacíamos para comunicarnos un par de décadas atrás, y sin embargo las cosas fluían. No sé si me gusta o no esta sensación de estar constantemente conectado o “disponible”, en ocasiones me perturba, pero también me facilita la vida.
No reniego del WhatsApp, lo uso regularmente y agradezco sus múltiples posibilidades, aunque mi protocolo de redacción epistolar todavía sea a la antigua: no pongo la fecha y el lugar en la primera línea pero empiezo con una frase formal y amable (estimado, querido, etc.), continúo con la narración respectiva del asunto que me convoca, cierro con una palabra educada de despedida (atentamente, saludos, abrazo) y concluyo con mi nombre. Nada de caritas o aplausos. Además, intento cuidar la ortografía, los acentos, los puntos y comas.
Tal vez estoy un poco desfasado, pero ya sabemos que la modernidad es el tiempo de los desencuentros: todos estamos atrapados en distintas redes.

viernes, 21 de abril de 2017

Reacción a la reacción


Hugo José Suárez

La semana pasada, luego de que seis políticos hicieran pública la “Declaración conjunta en defensa de la democracia y la justicia” puse en mi muro de Facebook lo siguiente: “Harto recuerdo a los pactos de antaño me hizo ver la juntucha de ayer con la bandera boliviana y las palabras tan vacías como ‘Democracia y libertad’, palabras ahora de boca en boca y que dicen poco. Lamentable el reloaded”.
No voy a comentar el contenido del documento, su mensaje político, o quién ganan o pierde (de hecho creo que ganan los que sueñan con una venezuelización maniquea aunque el país se vaya al abismo, sus promotores están en el gobierno y fuera de él y se parecen tanto unos a otros…). Tampoco  voy a referirme a la descalificación personal que algunos añadieron en mi muro –“como tú no eres perseguido político tu opinión es cómoda y vacía” o “además de tu vista parcial del asunto eres precipitado y opinas como quien se baja del camión ‘al vuelo’”-, que por supuesto no merecen respuesta, ni a quienes muy respetuosamente en un espíritu de diálogo apoyaron o cuestionaron mis palabras con argumentos siempre sugerentes. Quiero concentrarme en lo que está detrás de algunos comentarios, en las premisas sobre las que reposan (y no lo hago en un clima de confrontación, en verdad agradezco la mayoría de las opiniones).
Tres son los pecados que se me inculpan.
i.      Estar afuera. Se me dice: “se nota que no vives en Bolivia”, “tal vez te está haciendo falta venir”, “sería saludable una vuelta prolongada”. Desde la primera vez que dejé el país he lidiado con la condena de vivir en el extranjero. Escribiré en algún momento un ensayo más largo, ahora solo quiero subrayar lo curioso que es escuchar repetidas veces el mismo argumento cuando alguien no concuerda con mi punto de vista. Como si “estar” implicara coincidir con sus opiniones. Por supuesto que jamás se me invita a repensar mis posiciones si éstas refuerzan cómo piensa quien me critica. Enorme tema que merece mucha más tinta, queda como promesa.
ii.     La imposición de lo posible. Se me dice que si no es así, “¿entonces qué?”, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es ampliamente conocido que el discurso político impone el horizonte de posibilidad, las reglas del juego, los márgenes de la discusión, mostrando que no existe otra opción, que no hay caminos alternos más allá de lo que ellos -los políticos- decidieron de antemano. Y ahí estamos obligados a jugar las cartas. Esta tiranía de la razón política aparece una y otra vez, y siempre la intento evitar. En tiempo electoral, cuando debemos “optar” en un escenario predefinido, es más tosca: se trata de callar, acatar y votar. Y sin embargo sabemos que siempre hay otras combinaciones, otras opciones que el propio juego del poder esconde voluntariamente, y la misión de cualquier intelectual es hacerlas visibles. Claro que hay otras rutas distintas a las que aparecieron la semana pasada en el sexteto, ellos lo saben, nosotros también.
iii.    El que no propone, debe callar. Se me exige una salida: “¿y la alternativa es? ¿Cuál es la propuesta?”, “¿qué hacemos?”, “unos tratan de hacer algo, otros no hacen nada”. A menudo se acude a la idea de que quien emite una crítica debe tener la solución, es como si -permítanme el ejemplo banal- a un usuario de transporte público se le prive de denunciar la disfuncionalidad del servicio porque no se le ocurre otra cosa mejor. La propuesta y la crítica no tienen necesariamente que venir de la misma fuente, es más, preferible que sean el resultado de una deliberación colectiva mayor. El derecho de criticar no está sujeto a la obligación de proponer.
En fin, se me acabó el espacio en un tema que da para mucho. No prometo continuar con esto, pero sí anuncio que estoy preparando un libro sobre la relación entre lo político y el rol del intelectual, aunque habrá que esperar unos años hasta que dé a luz.

Por último, si en algo creo, es en la renovación de la izquierda, sin caudillos absolutos e indispensables ni partidos autoritarios, sin maniqueísmos, sin la premisa de amigo vs. enemigo como base de intercambio político. Creo más en quienes tienden puentes que en quienes construyen murallas y cavan trincheras, pero entendámonos bien, puentes en el horizonte de una sociedad progresista, igualitaria, auténticamente democrática y libertaria. Se me acusará de ingenuo, y seguro que tienen razón, pero espero no estar tan solo en este magullado país que paso a paso se dirige a la confrontación con insospechadas consecuencias.

Publicado en el diario El Deber.

martes, 18 de abril de 2017

Waze


Hugo José Suárez

Cuando llegué a la Ciudad de México por primera vez, a mediados de 1988, lo primero que mis amigos me regalaron fue una Guía Roji. Era un libro largo, de unas 200 páginas y cubierta roja. Se trataba de un mapa de toda la ciudad, indispensable para cualquier habitante de la urbe. Estaba dividida en dos partes, por un lado, un directorio de calles ordenadas alfabéticamente, con coordenadas horizontales y verticales que permitieran ubicar cualquier lugar; por otro, los pequeños mapas respectivos.
En efecto, en la Guía Roji estaba toda la ciudad. Sólo era necesario tener el nombre de la calle y la colonia, se buscaba en la primera parte y se encontraba en el mapa la indicación precisa de la ubicación. Asunto resuelto, sólo había que trazar la ruta (en mi caso, siempre en metro y microbuses) para llegar al destino.
Con mi libro rojo y alargado bajo el brazo recorrí decenas de calles, lo cargaba como predicador evangélico de domingo, no salía sin él. Al cabo de cinco años de arduo uso, quedó deshojado y maltratado por tantas travesías, pero en pie. Cuando terminé la carrera y tenía que dejar el país, lo regalé a uno amigo como herencia con historia.
Contar a mis hijas lo que viví con ese libro en mis años de estudiante es otro desafío. Por supuesto no entienden cómo un ser humano vivía sin un celular, y sobre todo cómo podía ir de un lado a otro. Claro, actualmente las decenas de aplicaciones han cambiado nuestra relación con el espacio, el tiempo, los mapas, las personas y cuanto hay. Hoy, para ir donde sea, es suficiente entrar a Waze, poner el nombre de la calle y en cosa de segundos el dispositivo -inteligente, le dicen- me dirá la ruta, el tiempo de llegada y hasta si me encontraré con control policial. Fabuloso. Ya casi no hay lugar al que no pueda ir. Los mapas mentales y las rutas que antes elaboraba quedaron atrás, deposito mi confianza en la tecnología. Y cuando estoy manejando, sigo las indicaciones del programa -a menudo con acentos extraños- que con precisión de reloj suizo me guía como si estuviera con los ojos cerrados. Metros antes de girar a la izquierda, una misteriosa voz me advierte que debo hacerlo, y así hasta llegar donde me dirijo. Waze me conduce por territorios que no tenía idea que existían, evitando tráfico y accidentes. Parece magia.

Pero, a veces se nos olvida, la tecnología puede fallar. Semanas atrás me compré un celular nuevo, y cuando hice funcionar el Waze, resulta que mi GPS no estaba habilitado. Intenté resolver el impasse sin éxito. Me lancé confiado en que todo saldría bien, pero fue un fracaso. Veía en el pequeño mapa un botón rojo -que se supone era yo- pero iba atrás de la realidad, es decir que las indicaciones de “gire a la derecha, en 300 metros a la izquierda”, etc. llegaban tarde. Con lo caótica que es la Ciudad de México, pasarse una calle es el peor error que un conductor puede cometer, volver a encontrar el camino puede tomar largos minutos. Me detuve en varias ocasiones, volví a programar, busqué cómo resolver mi conexión con el GPS, intenté rutas alternas, y nada funcionaba. Al final, llegué de milagro siguiendo aquel mapa mental de mis años de estudiante, transitando las avenidas más conocidas que, si bien estaban llenas, tenía certeza de que me llevarían a casa. Extrañé mi Guía Roji, ando buscando una pero no sé dónde comprarla, creo que ya ni la editan. La buscaré en alguna aplicación de mi celular, ojalá la encuentre. 

Publicado en el Diario el Deber.