domingo, 18 de junio de 2017

California: ida y vuelta


Hugo José Suárez

Debo asistir a un congreso de sociología de las religiones en la Universidad de Claremont, en California, a dos horas de Los Ángeles. Tengo poca información sobre cómo llegar, pero también voy con fe -por algo es un evento sobre creencias- que todo saldrá como lo planeado. Me compro un boleto de avión que sale de la Ciudad de México a Tijuana, pues me dicen que hay un túnel fantástico que, sin salir del aeropuerto, te despacha al otro lado: San Diego, Estados Unidos, y de ahí es fácil llegar a mi destino.
Empiezo mi viaje. Cuando llego a la terminal aérea de Tijuana, camino cauteloso y desconfiado siguiendo las flechas del “Cross Border Xpress”. Paso por un estante donde un empleado me cobra 16 dólares por el uso del servicio, camino y luego de un par de vueltas laberínticas llego a una placa pegada en el piso dividida por una línea y un punto en dos partes idénticas. En el lado izquierdo dice en letras sobresalientes: “Boundary of the United States of America”, y en el derecho: “Límite de los Estados Unidos mexicanos”. Llegué. Le sigue un letrero parco que sólo anuncia “Welcome to the USA”. Unos metros adelante me reciben enormes imágenes pegadas en la pared con bellos paisajes californianos y varias frases en inglés: “All families welcome”, “All dreams welcome”, “All adventures welcome”.
Cuando llego a las casetas con los agentes de migración, no lo puedo creer, no hay fila, paso inmediatamente, el funcionario ve mi pasaporte y con una sonrisa en menos de un minuto me despacha. Y como cereza del pastel, una amiga me espera a la salida para ir en coche hasta Claremont (son sólo dos horas de autopista). Todo salió perfecto, es la entrada menos accidentada a Estados Unidos. Estoy gratamente desconcertado.
En California caigo en cuenta de la importancia de tener automóvil. Sólo puedo ir a la esquina a pie, pero ni pensar intentar llegar más lejos. El transporte público es desastroso y la relación tiempo y desplazamiento es insensata: si vas en coche llegas a todo lado en 10 o 20 minutos, si pretendes caminar e ingeniártelas para atravesar las autopistas sin ser atropellado, todo está a no menos de una hora. Conseguir un taxi, además de ser carísimo, es igual de difícil.
Lo más grave viene cuando termina el evento y tengo que volver un día antes de que lo haga la amiga que gentilmente me llevó. Pregunto por las opciones para el regreso y nadie me logra dar información precisa. Intento averiguar por internet mecanismos para volver al túnel fantástico y pasar a Tijuana para tomar mi vuelo, pero las combinaciones son confusas. Finalmente encuentro una ruta.
Salgo de la Universidad en un taxi -Uber- hacia la estación del tren más cercano (pago 7 dólares). Espero que pase el tren hacia Los Ángeles (otros diez dólares), tardo una hora más. Continúo hacia San Diego en otro tren que demora tres horas en llegar (37 dólares más). Ahora me toca un “Trolly” -que en México llamamos “tren ligero” urbano- otra hora hasta la frontera. Salgo y ya todo se ve mexicano aunque todavía estoy en Estados Unidos, busco un taxi que por 25 $us me lleva al fabuloso punto de partida de mi viaje. En el camino el chofer -que por cierto intenta engañarme un dólar- me indica dónde desembocaba uno de los famosos túneles ocultos del narcotraficante Joaquín “Chapo” Guzmán en el estacionamiento de un tráiler, a unas cuadras de las autoridades.

En resumidas cuentas, si a la ida tardé dos horas en llegar, la vuelta me costó siete horas y más de 80 dólares. Me quedó claro por qué una migrante le dijo a mi amiga que para integrarse en la sociedad californiana no es necesario saber inglés; lo imprescindible es saber manejar y tener automóvil. La próxima vez lo tomaré en cuenta.

Publicado en diario el Deber 18 de Junio del 2017

martes, 13 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Recuerdos con Francois Houtart



Hugo José Suárez
IIS-UNAM



La muerte de Francois Houtart (7/6/2017) me ha puesto a repasar varios episodios vividos a su lado y su enorme generosidad. Sabía de él por dos frentes: por un lado, era uno de los pilares académicos que desde la Universidad Católica de Lovaina (UCL) contribuyeron con la formación del Movimiento de Izquierda Revolucionaria boliviano, profesor de líderes políticos que por lo pronto prefiero no nombrar, promotor de reflexiones sobre la izquierda y el socialismo; por otro lado, lo había leído como sociólogo de la religión, director de la revista Social Compass, director de tesis de latinoamericanos fundamentales para la sociología de la religión como el brasileño Pedro Ribiero de Oliveira, el venezolano Otto Maduro o el chileno Cristian Parker, todos grandes maestros. Religión y política eran los dos ejes de Houtart.
La primera vez que lo visité fue cuando tenía 24 años, en 1994. Pasé por Lovaina y me alojé en casa de unos conocidos suyos que él consiguió. Pude conocer a Genevieve Lemerciener, colega suya con quien publicó varios libros y artículos; poco después Genevieve murió, alguna vez acompañé a Francois a visitar su tumba.
Yo tenía la intención de estudiar un doctorado en la UCL y que él dirigiera mi trabajo, pero lamentablemente ya estaba jubilado. Eso no impidió que me diera todo su apoyo para conseguir una beca de estudios y que acompañara mi tesis hasta su defensa.
Dos años después ya era estudiante doctoral en la UCL. A mi llegada a Bélgica me encontré con la grata sorpresa del festejo de los 20 años del Centro Tricontinental (CETRI). Houtart fundó esa institución en 1976 para promover la solidaridad con los movimientos de liberación y movimientos sociales de Asia, Africa y América Latina. Con pocos recursos, convirtió su casa en Lovaina la Nueva en la sede del CETRI. Su recámara era lo único que él ocupaba; aparte había una sala de reuniones, cuartos para estudiantes, un centro de documentación y estudio, además de una biblioteca especializada que luego fue administrada por la UCL. Por el CETRI pasaban múltiples líderes políticos y sociales e intelectuales de la izquierda mundial.
Pero decía que tuve la suerte de asistir a la celebración de las dos décadas del CETRI; recuerdo haber visto a Pablo González Casanova, Samir Amín o Ernesto Cardenal, quien en esa ocasión recibía el Premio Cultura y Emancipación de los Pueblos que lo otorgaba el propio CETRI. Pedí permiso a Francois para cubrir fotográficamente el evento, y guardo hasta la fecha una simpática toma de Cardenal leyendo Mafalda.
Aprendí muchas cosas de Houtart. Sus libros fueron clave en mi formación, desde aquella fabulosa investigación sobre Sri Lanka (Religión e ideología), hasta sus reflexiones sobre su amigo Camilo Torres, sus estudios sobre Haití o Nicaragua, o sus textos de sociología de la religión (a propósito, hace un par de meses me encontré con una conferencia suya sobre ciudad y religión que apareció con inigualable pertinencia para mis inquietudes actuales de investigación).
Sostuve largas conversaciones, tanto en su casa como en mi departamento lovainense. Las tertulias abordaban muchos temas, contaba cómo fue su relación tensa con la propia UCL; sus intercambios con Vaticano en los distintos momentos, desde su participación en el Concilio Vaticano II hasta sus distancias con Juan Pablo II; su estancia en Chicago y su estudio sobre la religiosidad urbana; su relación con Cuba, Nicaragua, Bolivia y tantos países más. Alguna vez vino a casa luego de un viaje a La Habana, pues había sido invitado por Fidel como asesor cuando el Papa estaba de visita en la isla en 1998. Trajo una caja de puros regalados por el mismo Fidel que los compartió con nosotros. Aunque yo no fumaba en ese tiempo, por supuesto que lo guardé como un fetiche.
El CETRI siempre fue considerado un hogar para muchos estudiantes latinoamericanos. En mis años de doctorante, entre 1996 y 1998, abrió sus puertas para acoger al Foro Latinoamericano, que era un colectivo de jóvenes progresistas que nos juntábamos semanalmente a reflexionar sobre la situación de nuestros países. Además, los domingos, luego de seguir en la semana mis cursos de sociología de la religión, acudía al CETRI a las “misas sociológicas” -como las denominaba un amigo colombiano- de Francois. Era una reunión de no más de 5 a 7 personas, y en su homilía Houtart compartía sus actividades que siempre eran asombrosas: sus últimos viajes y encuentro con líderes religiosos o políticos, las publicaciones o nuevos movimientos sociales, todo a la luz de lo religioso.
Mi cariño hacia el Francois era enorme, por lo que le ofrecí vender la revista del CETRI, Alternatives Sud, en conferencias o eventos. Andaba con mi cajita de libros por las aulas de la UCL, acomodándolos al fondo de auditorios en una mesa en la espera de que algo se vendiera. En 1998, con otro sociólogo chileno hicimos un libro que juntaba mis fotos tomadas en Bélgica y los poemas que a él le nacían al verlas. Por supuesto no teníamos quién editara algo así; fue nuevamente Houtart que solidariamente se ofreció a publicar el libro que se llamó Destellos del norte, mirada y palabra del sur.
En el 2006 escribí Bolivia. País rebelde al calor de la llegada de Evo Morales al gobierno, es acaso mi libro más militante. Se lo mandé a Francois quien inmediatamente me sugirió publicarlo en francés, me conectó con una editorial y salió a la luz meses más tarde.
La última vez que lo vi fue en Bruselas hace unos diez años. Le regalé la reedición del libro póstumo de mi padre Luis Suárez Los cuatro días de la eternidad, le tomé una foto con el documento entre sus manos. Hace unos meses supe que venía a dar una conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM pero lamentablemente no pude acudir a escucharlo. Lástima, hubiera sido el un encuentro de despedida.
En su larga y fructífera vida, Francois Houtart articuló distintas dimensiones. Abrió brecha en la sociología de la religión utilizando las ciencias sociales -particularmente la clave marxista- para entender los procesos religiosos. Sus investigaciones representaron un giro a cómo se estudiaba la religión hasta mediados del siglo pasado, Houtart puso los datos en la lógica de explicación del fenómeno religioso. Fue un innovador intelectual que abrió una línea sociológica tremendamente pertinente, lo que se ve reflejado tanto en sus libros como en el sello que puso a la dirección de la revista Social Compass y en los estudiantes que formó.
Por otro lado, nunca dejó el compromiso político. Tenía claro que debía jugar el rol de vincular Asia, Africa, América Latina y Europa, promoviendo los movimientos sociales del sur. Por eso fundó el CETRI y sostuvo la revista Alternatives Sud. Fue uno de los pensadores del altermundismo y estuvo en centenas de foros y conferencias. Siempre con una palabra atinada y progresista. Así se entiende que su última trinchera haya ejercido como profesor y activista en Ecuador, donde murió.

Incansable, trabajador, lúcido, comprometido y solidario. Descansa, maestro.

domingo, 4 de junio de 2017

Carnaval de Iztacalco


Hugo José Suárez

Son múltiples los puentes que vinculan México con Bolivia, desde los grandes intelectuales que hicieron carrera -encabezados por Zavaleta-, hasta aquellos que llegaron a estudiar o trabajar en distintos momentos (tema que abordé en el programa México, un encuentro con el destino que pasó unos años atrás en Radio Deseo, en La Paz) . La película El Carnaval de Oruro en Iztacalco (2016) de Sergio Sanjinés se ocupa de una de las formas de intercambio, ahora apoyado en la religión y la cultura.
En el filme se cuenta la historia de la devoción a la Virgen del Socavón en Iztacalco (Ciudad de México). Empieza con el testimonio de Estela, una odontóloga mexicana casada con un médico boliviano que, al contraer una infección que puso en riesgo su vida, depositó su confianza en una imagen de la Virgen que su marido se prestó y llevó a casa. La mujer adquirió la figura cuando su dueño dejó México y desde entonces organiza una fiesta en carnavales en Iztacalco, de donde es originaria.
El carnaval reproduce en pequeño lo que ocurre en Oruro: hay caporales, morenada y tinkus que bailan por las angostas calles del barrio, abriéndose campo entre los automóviles estacionados, y llegan a la Iglesia donde se organiza una fiesta mayor. A la vez, en la película se le da la palabra a dos chicas mexicanas conquistadas por el folklore boliviano que, además de participar en grupos de baile en México, se aventuran a viajar al sur para danzar en Oruro.
En su travesía, muy a la boliviana, enfrentan todos los inconvenientes propios del país: tienen que sortear un bloqueo de caminos que casi les impide llegar a su destino, sólo lo logran contratando una avioneta particular. Queda claro que en Bolivia la fiesta va de la mano con el conflicto.
Las dos muchachas no ocultan los sentimientos de haber logrado pasar de rodillas frente a la Virgen del Socavón luego del intenso cansancio de una jornada carnavalera. Con lágrimas en los ojos, igual que Estela cuando comparte el nacimiento de su fe, confiesan su devoción y amor a la Virgen y a Bolivia. No hay duda: somos el país de las emociones.
Decía que el Carnaval de Iztacalco se une a una larga lista de vínculos entre ambos países. Pienso, por ejemplo, en la fiesta del Ekeko que organizan unos amigos mexicanos año tras año en la Ciudad de México, con decenas de personas que van a pedirle cosas a través de pequeñas cartitas y a agasajarlo. Siempre me he preguntado cuál es el contenido de sus mensajes, tengo una deuda conmigo mismo, lo averiguaré en algún momento.
En términos más sociológicos, lo que sucede con la devoción a la Virgen del Socavón -y con el Ekeko- en México responde al encuentro de las necesidades de fe de los mexicanos con la oferta de salvación de la propia Virgen en un contexto de intercambios globales. El relato de conversión de Estela es típico de la religiosidad popular mexicana: en situaciones críticas de salud se acude a la divinidad creando un lazo fuerte que será alimentado con fiestas y oraciones. Y por otro lado, no extraña que las expresiones coloridas, vistosas y musicales encajen sin dificultad en una colonia popular acostumbrada a peregrinaciones callejeras, cohetes e imágenes con danzantes alrededor. Se trata, siguiendo con el argumento sociológico, de una “afinidad electiva” entre tradiciones religiosas y culturas de dos países distintos.
En suma, la película nos invita a pensar los lazos culturales tan intensos y emocionantes entre México y Bolivia. La historia es inagotable.

Publicado en el Diario "El Deber" 04 Junio del 2017


miércoles, 24 de mayo de 2017

Luis Barragán en diamante


Hugo José Suárez

Podría ser una historia macabra. Luis Barragán (1902-1988) fue uno de arquitectos más importantes de México, responsable de obras de envergadura mayor como las Torres de Satélite en la Ciudad de México o el Faro del Comercio en Monterrey. Su reconocimiento nacional e internacional estuvo respaldado en los múltiples premios acumulados en el transcurso de su carrera, el más importante: el Premio Pritzker de Arquitectura. Tras su muerte, sus restos fueron a la Rotonda de los Jaliciences Ilustres (en su natal Guadalajara) donde descansan los personajes célebres. Hasta aquí, todo normal.
La cosa adquiere otro tono cuando hace un par de años la artista estadounidense Jill Magib realiza una serie de gestiones con algunos de los herederos –no tuvo hijos- y deciden exhumar los restos cremados del laureado arquitecto para realizar un diamante como parte de su propuesta estética y política.  Y proceden.
Transitando por oscuros pasillos que permiten la interpretación jurídica a conveniencia, con el beneplácito de las autoridades respectivas acuden a la tumba de Barragán, abren el sarcófago, sacan la pequeña caja con las cenizas, extraen los 500 gramos requeridos para el diamante en una bolsa de plástico, lo pesan en una moderna y precisa balanza electrónica, y vuelven a sellar todo como si no hubiera pasado nada. Cenizas en mano, Magib parte al extranjero a proseguir con su objetivo. Un detalle, para compensar, se deja entre las cenizas un caballito del mismo peso de lo extraído.
¿Por qué semejante profanación? Argumentos siempre existen. Por múltiples razones propias del mercado del arte, el archivo del arquitecto le pertenece a la Barragán Foundation y está en Suiza desde 1995. Se dice que la venta del anillo con el diamante permitiría devolver a México el acerbo, esa sería la intención de la artista.
En abril del presente, se inauguró en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo la exposición de Magib titulada Una carta siempre llega a su destino, donde se exhibe tanto el anillo en cuestión como un video con todos los detalles morbosos de la exhumación (además de otras piezas). En la presentación, se explica la propuesta transgresora de la artista que se caracteriza por “la intersección de los aspectos personales, legales y artísticos del legado cultural y examina la noción de propiedad en términos tanto del cuerpo de trabajo como del artista". Sobre la exposición particular en el MUAC se afirma que “el propósito no es sólo presentar el controversial conjunto de obras, sino también compartir con el público su cuestionamiento del modo en que el legado modernista ha pasado crecientemente a estar bajo el dominio privado y el corporativo en el marco del capitalismo global".


El episodio plagado de oscuros argumentos ha generado revuelo en el mundo intelectual mexicano. Se ha cuestionado a los herederos, a las autoridades que permitieron la exhumación, a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM que promovió la exposición, y por supuesto a la propia Magid.
El domingo pasado, decidí ir al MUAC con toda mi familia. Les conté a mis hijas la historia para que estuvieran al tanto de lo que iban a ver. Alguna vez asistí al Museo de las Momias en Guanajuato y fui al Museo Universum cuando exhibieron los cuerpos plastinados. Ahora el espectáculo era igual de sórdido pero con otras características. Pasé por cada una de las salas intentando entender o sentir la propuesta de Magid, pero cuando llegué al video y finalmente al diamante, me invadió el desconcierto. Estaba frente a los restos humanos transformados, y, con el perdón de mis lectores laicos como yo, finalmente mi herencia católica me obliga a persignarme ante los muertos. No pude y no quise ver el diamante como si visitara Tiffany en Nueva York. Estaba frente a los restos de un hombre extraordinario sometido, después de su muerte y sin su consentimiento, a los caprichos de quienes lo sucedieron, sean familiares, políticos, artistas o mercaderes.

Lo que pretende ser una crítica del "capitalismo global" -de acuerdo con Majib- provoca el efecto contrario: introduce al mercado las cenizas de Barragán permitiendo el manoseo propio de los hombres de negocios. ¿A dónde vamos a llegar si otras personas siguieran las ocurrencias de la artista? ¿cuánto costará un anillo hecho con los restos de John Lennon o del Che? ¿cuándo se legalizará profanar las tumbas de los célebres para someter sus restos a procesos de conversión en diamantes con un valor en el mercado? Majib abrió las puertas muy sensibles de la condición humana respecto del tratamiento de la muerte y de los cuerpos. Y lo hizo con una irresponsabilidad peligrosa que puede conducirnos a escenarios alucinantes. Por lo pronto, lo más conveniente parece ser o morir en el anonimato, o tener asegurada la entereza de los herederos.

Publicado en el Diario El Deber 21/05/17

martes, 2 de mayo de 2017

Whatsapp

Hugo José Suárez


Hace más de treinta años, cuando dejé La Paz y me fui a estudiar a México, el medio de comunicación con mi madre y hermana era el correo postal y, eventualmente, una corta llamada telefónica de no más de 10 minutos cada quince días. La economía familiar no daba para más, el segundo de comunicación por el auricular costaba una fortuna; había que ser preciso y rápido, ahorrarse las vueltas y los sentimientos para concentrarse en la información sustantiva: nada de llantos o formalidades de etiqueta que robaban tiempo a lo indispensable. Además, claro está, había que comprar o rentar una línea a alguna empresa luego de un trámite largo y complejo; si no se lograba tenerla, había que prestarse el teléfono de un amigo generoso. Recuerdo que una vez falló la coordinación con los dueños del teléfono, me hablaron desde Bolivia cuando no había nadie en el departamento y yo estaba afuera escuchando el timbre de la llamada pero sin poder entrar para contestar. Fue desesperante.
Con el correo el ritmo era distinto, imprimía su propio sello al intercambio. Los periódicos llegaban una vez al mes con el respectivo retraso, y las cartas traían novedades sucedidas semanas atrás. A menudo yo enviaba casetes grabados con canciones, relatos, llantos para transmitir lo que vivía en la distancia.
Y bien, sabemos que todo eso quedó atrás. Primero llegó el correo electrónico: era difícil concebir que un texto pudiera llegar a su destinatario en cosa de segundos. Luego Facebook, WhatsApp, Twitter y cuanto cobija lo que se viene a llamar “red social”.
De todas esas posibilidades de comunicación en internet, quiero referirme a WhatsApp. Me asombra la rapidez y contundencia de los mensajes, que acompañados por imágenes predeterminadas o no, facilitan la comunicación. Pero además establece una complicidad -a menudo involuntaria- pues el emisor puede saber si su texto fue efectivamente enviado, recibido y hasta leído. Hoy es difícil ocultarse bajo el pretexto de “no me llegó tu carta”, de ahí nace la frase “me dejaste en visto” cuando, habiendo tenido acceso al mensaje, deliberadamente se guardó silencio.
Otra particularidad del WhatsApp es la comunicación colectiva. Sirve para todo. A estas alturas todos “pertenecemos” -queramos o no- a varios grupos: la familia ampliada, la familia pequeña, los padres del curso de mis hijas, mi grupo religioso de la adolescencia, mi promoción del colegio al que pertenecía a mis 18 años, los compañeros de la universidad, los que me invitaron a cenar este sábado, y muchos más. Al final del día, si no se controla la participación en colectividades, el celular termina por recibir unos cincuenta mensajes innecesarios y sin importancia, la mayoría de ellos son “caritas felices”, sonrisas, oraciones, aplausos o “me gusta”. Tanto se ha abusado de los grupos que han surgido reglas espontáneas para regular el uso.
A estas alturas es difícil explicar a las nuevas generaciones cómo le hacíamos para comunicarnos un par de décadas atrás, y sin embargo las cosas fluían. No sé si me gusta o no esta sensación de estar constantemente conectado o “disponible”, en ocasiones me perturba, pero también me facilita la vida.
No reniego del WhatsApp, lo uso regularmente y agradezco sus múltiples posibilidades, aunque mi protocolo de redacción epistolar todavía sea a la antigua: no pongo la fecha y el lugar en la primera línea pero empiezo con una frase formal y amable (estimado, querido, etc.), continúo con la narración respectiva del asunto que me convoca, cierro con una palabra educada de despedida (atentamente, saludos, abrazo) y concluyo con mi nombre. Nada de caritas o aplausos. Además, intento cuidar la ortografía, los acentos, los puntos y comas.
Tal vez estoy un poco desfasado, pero ya sabemos que la modernidad es el tiempo de los desencuentros: todos estamos atrapados en distintas redes.

viernes, 21 de abril de 2017

Reacción a la reacción


Hugo José Suárez

La semana pasada, luego de que seis políticos hicieran pública la “Declaración conjunta en defensa de la democracia y la justicia” puse en mi muro de Facebook lo siguiente: “Harto recuerdo a los pactos de antaño me hizo ver la juntucha de ayer con la bandera boliviana y las palabras tan vacías como ‘Democracia y libertad’, palabras ahora de boca en boca y que dicen poco. Lamentable el reloaded”.
No voy a comentar el contenido del documento, su mensaje político, o quién ganan o pierde (de hecho creo que ganan los que sueñan con una venezuelización maniquea aunque el país se vaya al abismo, sus promotores están en el gobierno y fuera de él y se parecen tanto unos a otros…). Tampoco  voy a referirme a la descalificación personal que algunos añadieron en mi muro –“como tú no eres perseguido político tu opinión es cómoda y vacía” o “además de tu vista parcial del asunto eres precipitado y opinas como quien se baja del camión ‘al vuelo’”-, que por supuesto no merecen respuesta, ni a quienes muy respetuosamente en un espíritu de diálogo apoyaron o cuestionaron mis palabras con argumentos siempre sugerentes. Quiero concentrarme en lo que está detrás de algunos comentarios, en las premisas sobre las que reposan (y no lo hago en un clima de confrontación, en verdad agradezco la mayoría de las opiniones).
Tres son los pecados que se me inculpan.
i.      Estar afuera. Se me dice: “se nota que no vives en Bolivia”, “tal vez te está haciendo falta venir”, “sería saludable una vuelta prolongada”. Desde la primera vez que dejé el país he lidiado con la condena de vivir en el extranjero. Escribiré en algún momento un ensayo más largo, ahora solo quiero subrayar lo curioso que es escuchar repetidas veces el mismo argumento cuando alguien no concuerda con mi punto de vista. Como si “estar” implicara coincidir con sus opiniones. Por supuesto que jamás se me invita a repensar mis posiciones si éstas refuerzan cómo piensa quien me critica. Enorme tema que merece mucha más tinta, queda como promesa.
ii.     La imposición de lo posible. Se me dice que si no es así, “¿entonces qué?”, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es ampliamente conocido que el discurso político impone el horizonte de posibilidad, las reglas del juego, los márgenes de la discusión, mostrando que no existe otra opción, que no hay caminos alternos más allá de lo que ellos -los políticos- decidieron de antemano. Y ahí estamos obligados a jugar las cartas. Esta tiranía de la razón política aparece una y otra vez, y siempre la intento evitar. En tiempo electoral, cuando debemos “optar” en un escenario predefinido, es más tosca: se trata de callar, acatar y votar. Y sin embargo sabemos que siempre hay otras combinaciones, otras opciones que el propio juego del poder esconde voluntariamente, y la misión de cualquier intelectual es hacerlas visibles. Claro que hay otras rutas distintas a las que aparecieron la semana pasada en el sexteto, ellos lo saben, nosotros también.
iii.    El que no propone, debe callar. Se me exige una salida: “¿y la alternativa es? ¿Cuál es la propuesta?”, “¿qué hacemos?”, “unos tratan de hacer algo, otros no hacen nada”. A menudo se acude a la idea de que quien emite una crítica debe tener la solución, es como si -permítanme el ejemplo banal- a un usuario de transporte público se le prive de denunciar la disfuncionalidad del servicio porque no se le ocurre otra cosa mejor. La propuesta y la crítica no tienen necesariamente que venir de la misma fuente, es más, preferible que sean el resultado de una deliberación colectiva mayor. El derecho de criticar no está sujeto a la obligación de proponer.
En fin, se me acabó el espacio en un tema que da para mucho. No prometo continuar con esto, pero sí anuncio que estoy preparando un libro sobre la relación entre lo político y el rol del intelectual, aunque habrá que esperar unos años hasta que dé a luz.

Por último, si en algo creo, es en la renovación de la izquierda, sin caudillos absolutos e indispensables ni partidos autoritarios, sin maniqueísmos, sin la premisa de amigo vs. enemigo como base de intercambio político. Creo más en quienes tienden puentes que en quienes construyen murallas y cavan trincheras, pero entendámonos bien, puentes en el horizonte de una sociedad progresista, igualitaria, auténticamente democrática y libertaria. Se me acusará de ingenuo, y seguro que tienen razón, pero espero no estar tan solo en este magullado país que paso a paso se dirige a la confrontación con insospechadas consecuencias.

Publicado en el diario El Deber.

martes, 18 de abril de 2017

Waze


Hugo José Suárez

Cuando llegué a la Ciudad de México por primera vez, a mediados de 1988, lo primero que mis amigos me regalaron fue una Guía Roji. Era un libro largo, de unas 200 páginas y cubierta roja. Se trataba de un mapa de toda la ciudad, indispensable para cualquier habitante de la urbe. Estaba dividida en dos partes, por un lado, un directorio de calles ordenadas alfabéticamente, con coordenadas horizontales y verticales que permitieran ubicar cualquier lugar; por otro, los pequeños mapas respectivos.
En efecto, en la Guía Roji estaba toda la ciudad. Sólo era necesario tener el nombre de la calle y la colonia, se buscaba en la primera parte y se encontraba en el mapa la indicación precisa de la ubicación. Asunto resuelto, sólo había que trazar la ruta (en mi caso, siempre en metro y microbuses) para llegar al destino.
Con mi libro rojo y alargado bajo el brazo recorrí decenas de calles, lo cargaba como predicador evangélico de domingo, no salía sin él. Al cabo de cinco años de arduo uso, quedó deshojado y maltratado por tantas travesías, pero en pie. Cuando terminé la carrera y tenía que dejar el país, lo regalé a uno amigo como herencia con historia.
Contar a mis hijas lo que viví con ese libro en mis años de estudiante es otro desafío. Por supuesto no entienden cómo un ser humano vivía sin un celular, y sobre todo cómo podía ir de un lado a otro. Claro, actualmente las decenas de aplicaciones han cambiado nuestra relación con el espacio, el tiempo, los mapas, las personas y cuanto hay. Hoy, para ir donde sea, es suficiente entrar a Waze, poner el nombre de la calle y en cosa de segundos el dispositivo -inteligente, le dicen- me dirá la ruta, el tiempo de llegada y hasta si me encontraré con control policial. Fabuloso. Ya casi no hay lugar al que no pueda ir. Los mapas mentales y las rutas que antes elaboraba quedaron atrás, deposito mi confianza en la tecnología. Y cuando estoy manejando, sigo las indicaciones del programa -a menudo con acentos extraños- que con precisión de reloj suizo me guía como si estuviera con los ojos cerrados. Metros antes de girar a la izquierda, una misteriosa voz me advierte que debo hacerlo, y así hasta llegar donde me dirijo. Waze me conduce por territorios que no tenía idea que existían, evitando tráfico y accidentes. Parece magia.

Pero, a veces se nos olvida, la tecnología puede fallar. Semanas atrás me compré un celular nuevo, y cuando hice funcionar el Waze, resulta que mi GPS no estaba habilitado. Intenté resolver el impasse sin éxito. Me lancé confiado en que todo saldría bien, pero fue un fracaso. Veía en el pequeño mapa un botón rojo -que se supone era yo- pero iba atrás de la realidad, es decir que las indicaciones de “gire a la derecha, en 300 metros a la izquierda”, etc. llegaban tarde. Con lo caótica que es la Ciudad de México, pasarse una calle es el peor error que un conductor puede cometer, volver a encontrar el camino puede tomar largos minutos. Me detuve en varias ocasiones, volví a programar, busqué cómo resolver mi conexión con el GPS, intenté rutas alternas, y nada funcionaba. Al final, llegué de milagro siguiendo aquel mapa mental de mis años de estudiante, transitando las avenidas más conocidas que, si bien estaban llenas, tenía certeza de que me llevarían a casa. Extrañé mi Guía Roji, ando buscando una pero no sé dónde comprarla, creo que ya ni la editan. La buscaré en alguna aplicación de mi celular, ojalá la encuentre. 

Publicado en el Diario el Deber.

lunes, 20 de marzo de 2017

Ingrata

Hugo José Suárez









Café Tacvba siempre me ha sorprendido, normalmente para bien. Durante años, canté a gritos su célebre canción Ingrata. Es cierto, coreaba sin ningún pudor “pues si quiero hacerte daño solo falta que yo quiera lastimarte y humillarte (…) Por eso ahora tendré que obsequiarte un par de balazos pa’ que te duela. Y aunque estoy muy triste por ya no tenerte voy a estar contigo en tu funeral”. A menudo la cantábamos en sendas borracheras, varones y mujeres, recordando algún episodio amoroso fallido. Pero a pesar del sentimiento puesto en cada nota cantada, juro por lo que más quieran, que jamás se me pasó por la mente pegarle balazos a quien dirigía mi voz ni quise ir a sepelio alguno.

Los integrantes de Cafeta, a quienes sigo, quiero y admiro hace más de 20 años, han decidido no tocar más Ingrata para no incentivar los feminicidios, como una manera de protesta frente al alto índice de violencia y por la sensación de que su letra puede promover agresiones .

Ahí está el problema. Denunciar la violencia es absolutamente legítimo y necesario, pero hay que poner las cosas en su lugar. La música –además de otras artes- reposa en la capacidad de figuración, de moverse en el plano de la ficción, representando situaciones no necesariamente reales pero que permiten conducirnos al laberinto de los sentimientos. La abstracción y el evocar escenarios imaginarios es lo que hace que una canción sea potente, trascendente, que nos haga llorar o reír, que nos permita volar o imaginar. Es gracias a ese proceso mágico que un compositor puede arrancarnos lágrimas, rabia o pasión tan solo escuchando sus palabras. Puede despertar nuestros miedos, nuestras furias, aquello que nos hace humanos.

Si tomáramos literalmente todo lo que se dice en la música –o en las novelas-, habría que empezar una auténtica cacería de brujas, una relectura de lo escrito hasta ahora y censurar, recortar, arreglar lo excesivo, como lo hace el fiscalizador de imágenes eróticas en la maravillosa película Cinema Paradiso.
Imagino a una comisión de aburridos caballeros que, como creyentes ortodoxos que leen la Biblia al pie de la letra y cuando se dice que “si tu mano te hace pecar córtatela” van por un hacha, revisen las letras de tanto que se ha escrito con un plumón rojo. Se encontrarían con párrafos como “rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho, infrahumano, espectro del infierno, maldita sabandija, cuánto daño me has hecho” (Rata de dos patas), o el memorable episodio donde Camelia la texana da siete plomazos al que lo traicionó. Tendrían que empezar a borrar, y borrar, y borrar. ¿Qué quedaría del bolero o del corrido en México si se le quita la figuración y el drama? Correcto: casi nada.

Durante largos siglos el catolicismo jugó un rol perverso controlando la producción estética. Los artistas pudieron poco a poco quitarse las cadenas y transitar por el sendero de la libertad dejando que la creatividad sea su principal guía. Todo indica que hoy se vuelve a erigir un sistema de control de lo políticamente correcto. Un nuevo mainstream cultural impone parámetros dentro de los cuales se debe mover quien quiera expresar algo. El fantasma del control renace, y Cafeta, el grupo más transgresor, crítico y lúcido de los 90, cayó en sus redes.


Me quedo con una última reflexión de un amigo en su muro de Facebook: “Tengo Ingrata versión en vivo en un cd doble original ¿qué debo hacer con este material, según la corrección política? 1. Quemarlo. 2. Esconderlo en un armario secreto. 3. Subastarlo como objeto extraño. 4. Reclamar a los tacubos la devolución de mi dinero”. Y algún cibernauta igual de audaz le dice: “te lo compro”

Publicado en diario "El Deber".

lunes, 27 de febrero de 2017

La historia de Carmela


Llegó, a ojo de buen cubero, con 14 años encima a la finca de mi tío en Yungas, habrá sido a mediados de los cuarenta del siglo pasado. Era de corta estatura y generoso volumen, morena, cabello negro como sus ojos. Risueña, agradable e inteligente, se quedó a trabajar en casa y no se separó de la familia hasta su muerte. No conocía su historia, ignoraba todo dato de su pasado, así que decidió crearse una vida y nutrirla con todo lo que se encontraba en el camino.  
Empezó buscando un apellido. Mi abuelo tenía un grupo con el que jugaba regularmente ajedrez en casa, todos caballeros ilustres de la época; uno de ellos se llamaba Aurelio Calderón de la Barca. Cuando Carmela escuchó el apellido, quedó encantada y decidió adoptarlo. Ya tenía un nombre completo: Carmela Calderón de la Barca. Pero todavía quedaban espacios libres para llenar un carnet de identidad. Supo que el festejo de la Virgen del Carmen es el 16 de julio, además, día de La Paz; todo cuadraba: tuvo fecha de nacimiento. Lo del año y demás detalles faltantes fueron resueltos frente al notario del pueblo.
Carmela fue niñera cuando mi madre era pequeña y luego pasó a ser empleada doméstica. Mi abuela tenía la costumbre de enseñar a las sirvientas a nadar, bordar, leer y escribir. Carmela fue muy buena alumna, aprendió todo menos las letras, por ello no podía leer una receta, lo que no le impedía aprenderlas de memoria. Su proceso pedagógico no reposaba en la libreta de anotaciones, sino en la experiencia, acuñó una máxima que luego repetimos en la familia hasta el cansancio: “No me digas cómo hacer, haremos”. Y claro, una vez aprendido el procedimiento, no se le olvidaba más.
En una ocasión, mis padres discutían a puerta cerrada. Entró Carmela y subiendo el tono y con el dedo índice alzado, se dirigió a mi padre: “No le vas a gritar, porque esta es una niña, y a mi niña nadie le grita”. Desde entonces bajaban la voz cuando discutían para impedir que volviera a intervenir. 
Le gustaban las fiestas y los alcoholes, cada que llegaba una celebración religiosa, desaparecía por tres días y volvía con los ojos demacrados, mostrando el dejo de la fiesta. Y claro, luego llegaban los hijos y Carmela no podía identificar con claridad al padre, el cálculo era: si nace en febrero, fue la fiesta de tal Virgen; si es en marzo, entonces es de otra. 
Durante la dictadura, todos dejamos mi casa de San Miguel por temor a que los paramilitares fueran a buscar a mi padre y arrasaran con todo. Le pedimos a Carmela que también dejara el domicilio porque no era seguro. Batalló, no quería separarse del hogar, tuvimos que convencerla de la brutalidad del régimen. Aun así, en el tiempo que estuvimos fuera, todos los días iba a ver si la casa seguía en pie.
Tuvo una relación estrecha con mi abuela y mi madre –y de paso con nosotros-.  Se trasladó a Cochabamba a acompañar a su hijo. Un día se enfermó, fue al hospital y murió pidiendo ver a “mi madrina de La Paz”. Nos enteramos tarde de la partida de Carmela Calderón de la Barca, se fue con muchas historias, recuerdos y cariño.
Para terminar, ¿por qué escribir sobre Carmela y no sobre el Museo de Evo Morales que ha llenado las planas las últimas semanas? ¿Quién merece un museo? ¿El presidente en turno preocupado por custodiar los regalos recibidos en sus años de gloria y presumir las poleras con las que jugaba fútbol o las miles de Carmelas que son el corazón de nuestro país?


Publicado en el Deber 12 /02/2017

Todorov Cruzando fronteras

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domingo, 19 de febrero de 2017

lunes, 13 de febrero de 2017

Pensar la nación


Hugo José Suárez
Claudio Lomnitz (1957, profesor de la Universidad de Columbia) es uno de los autores cuyos libros compro prácticamente sin mirar el título, sé que sus letras están garantizadas. Así me pasó con La idea de la muerte en México (F.C.E. 2006), El regreso del camarada Ricardo Flores Magón (Era, 2016), y varios más que guardo en lugar especial. Unos meses atrás me encontré en una librería de Coyoacán con La nación desdibujada, México en trece ensayos (Malpaso, 2016); sin pensarlo, casi hipnotizado, minutos más tarde me vi frente al cajero. Y no me arrepiento.
El texto reúne documentos de distinta naturaleza que giran alrededor de una sola intención que explica el autor en el segundo párrafo: “El libro es una invitación a pensar la cuestión nacional contemporánea y ofrece al lector varios de los puntos de entrada por donde yo he procurado sondear de una temática que es de suyo polifacética” (p. 5).
El primer valor del documento está en recuperar los escritos paralelos a la producción académica formal en un solo volumen con un hilo conductor. Ahí uno se puede encontrar con un ensayo, una conferencia, un prólogo, un artículo. Se trata de recuperar las reflexiones que por distintas razones acaban desperdigadas en múltiples soportes y cuya compilación facilita su acceso a los lectores y permite comprender mejor el pensamiento de un autor.
También se agradece poder leer al universitario en sus episodios más personales, que a menudo se pierden –acaso se ocultan- en las grandes obras. Por ejemplo, Claudio explica que redactó esas letras porque migró a Nueva York en 1988 desarraigando a su familia: “Mis hijos a veces resentían esa decisión, y la cuestionaron en varios momentos. Quise escribir un libro acerca del México de los años ochenta para que ellos comprendieran algún día el contexto en que los había desarraigado” (p.8). En la misma dirección, en el apartado “A caballo en el río Bravo” el autor narra su trayectoria personal, su vida en Santiago de Chile –donde nació-, su llegada a México, sus estudios de antropología en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, su migración a la academia norteamericana, sus lecturas, su relación con sus padres. En suma, como bien sugería George Deveraux hace tiempo, no se oculta bajo la alfombra. Por el contrario, sus experiencias, sus miedos, sus apuestas están sobre la mesa y permiten comprender más sus escritos.
El documento muestra otra manera de analizar lo social no acudiendo solo a los lugares comunes y grandes nombres sobrados de legitimidad. Un ensayo sobre Octavio Paz convive con una reflexión sobre las “travesuras de Memín Penguín” –caricatura de los años 50 en México-; con la misma soltura habla de Oscar Lewis –autor del clásico Los hijos de Sánchez- que de Mamá Rosa -mujer responsable de un albergue para niños en Michoacán intervenido por autoridades federales-.
Son muchas más las virtudes del libro, a quien quiera leerlo, le recomiendo que empiece por el apartado “A caballo en el Bravo”, pues se encontrará con Lomnitz en sus hazañas vitales y sus vaivenes académicos. Verá con mayor claridad por qué escribe a galope entre la Ciudad de México y Nueva York, por qué se siente propio y ajeno en ambos lugares. Y sugiero continuar con el Bonus: “La etnografía y el futuro de la antropología en México”, para tener clara la importancia de la antropología, de mirar los datos más allá de los números, de darse el tiempo para convivir y pensar. Entenderá que escribir, describir y descubrir forman parte de un mismo proceso, y que toma tiempo, esfuerzo y mucha pasión. Luego se puede transitar por cualquiera de los capítulos; no dudo que, cuando concluya, el lector quedará satisfecho de haber compartido unas horas con un autor indispensable.
Publicado en el diario "El Deber" 



domingo, 5 de febrero de 2017

31 minutos en concierto

Hugo José Suárez

El programa de televisión chileno para niños 31 minutos (que empezó sus emisiones en el año 2003) es de lo mejor que ha pasado por la pantalla chica. Sus personajes, que son títeres sencillísimos, evocan la vida al interior de la tele desde una posición crítica que deja al desnudo lo frívolo y patético del discurso emitido desde los lujosos estudios que caracterizan ese mundo. Es el mejor intento de criticar la tele desde la tele, usando los recursos más simples y teniendo la imaginación como divisa principal.
En un momento en el que el aparato mediático se había convertido en el lugar de legitimidad del discurso neoliberal, de promoción de figuras vacías de farándula que alcanzaban la gloria y la fama en unos meses, de venta de productos inservibles con fantásticas publicidades que ocultaban la miseria de lo que vendía, y un largo etcétera que caracterizó la televisión chilena –y la latinoamericana con honrosas excepciones-, 31 minutos apostó por lo contrario: un programa hecho con calcetines con botones y material de reciclaje, con alto contenido crítico, mucha música e inteligencia.
Los directores entendieron bien que no es necesario apagar la tele para criticarla, sino que uno se puede meter a la entraña del monstruo y desde ahí disparar contra el sistema con mayor eficacia. Comprendieron también que un programa para niños no sólo es para ellos –como Los Simpson-, o más bien no es privativo para los adultos. Tuvieron claro que los niños no son idiotas ni humanos incompletos a los que hay que hablarles como subnormales, que son seres muy listos, exigentes, sinceros y entretenidos.
Hace unas semanas tuve el gusto de asistir a un concierto de 31 minutos en la Ciudad de México. En cuanto vi anunciada su presencia, compré boletos para mí y mi familia, seguro de que mis hijas la pasarían tan bien como yo. Y así fue.
Llegamos temprano, yo tenía muchas preguntas sobre cómo sería el show, pues se trata de un programa de títeres que pasa en televisión, ¿qué harían en un teatro tradicional? Nuevamente su creatividad me cautivó. El escenario estaba dividido en dos, adelante los músicos, y atrás el lugar para los muñecos. A los costados, dos pantallas. Uno podía seguir el espectáculo sea por la pantalla gigante, o dirigir la mirada al primer o segundo escenario. Construyeron una historia con el personaje principal –Tulio, un vanidoso conductor de noticiero- que era una sátira al delirio de grandeza de quienes trabajan diariamente en ese medio, e introdujeron sus magníficas canciones en el relato. Tuvieron al público mexicano aplaudiendo, gritando y cantando, especialmente cuando al interpretar “Diente blanco no te vayas” la empalmaron con el estribillo “Dime cuando tú vas a volver” de la canción Querida, del compositor recientemente fallecido Juan Gabriel, lo que fue motivo de algarabía general en todo el auditorio. Cada minuto de 31 minutos fue excitante, un deleite, una fiesta de la creatividad y la crítica lúcida.
Volví a casa –luego de atravesar, a la salida del concierto, por los mercaderes que vendían todo tipo de recuerdos a precios descabellados- a seguir escuchando canciones y charlar con mis hijas sobre el contenido y no dejar de admirar a esos maravillosos productores que supieron combinar Mafalda con el Show de los Muppets. Por suerte, la imaginación no tiene límites y no necesita más que entusiasmo y libertad para fluir. Quizás esa es la mejor enseñanza de 31 minutos.

Publicado en el diario "El Deber" 

lunes, 16 de enero de 2017

Dos conferencias


Hugo José Suárez
Cuando era estudiante iba a cuanta conferencia podía. Me pasaba tardes y mañanas escuchando lo que decían muchas personas. Como la Ciudad de México es muy grande, a menudo desplazase hasta el lugar del encuentro implicaba más tiempo de transporte que de evento, pero valía la pena.  Escuché a académicos, políticos, líderes sociales y religiosos. Pude ver “personalmente” –como parte de un público amplio- a Enrique Dussel, Leonardo Boff, Sergio Méndez Arceo, Rigoberta Menchú, Eduardo Galeano, Pablo González Casanova, Michael Lowy, y tantos más. Los años fueron pasando y paulatinamente mi tiempo para asistir a conferencias se iba reduciendo. Hoy, dedicarle unos minutos a un coloquio o seminario es un lujo que no me puedo dar muy a menudo. El asunto es más dramático porque trabajo en la Ciudad Universitaria de la UNAM, donde todos los días hay actividades académicas a cuál más interesante y con personalidades muy destacadas. Como diría Sabina, vivo “como párroco en un burdel”; si asistiera al 20% de lo que pasa por aquí, no tendría tiempo para mis propias investigaciones y quedaría despedido rápidamente.
Pero a pesar de todo, hace unas semanas le robé un espacio a mi agenda y asistí a dos conferencias en un día, no lo hacía desde mis años estudiantiles –donde, entre otras, me permitía también ver dos o tres películas en una tarde..., qué tiempos aquellos-. La primera fue de Ilán Semo, un académico muy sugerente de la Universidad Iberoamericana que habló sobre El dilema del tiempo presente. Explicó cómo se está transformando la sociedad contemporánea a través de la “condición electrónica”; a mediados de la década pasada, decía Semo, el apabullante ingreso de formas nuevas de comunicación como WhatsApp, Twiter, Facebook, Instagram, etc., creó una nueva manera de producir subjetividades. Eso llevó a entender la vida colectiva de otra manera, se disolvió la relación entre el productor de un mensaje y el receptor del mismo –todos somos productores y receptores a la vez-; cambió la noción de verdad –todos tenemos una verdad que la exponemos en la web sin filtro ni prueba-; se acabaron las “voces centrales” –o instituciones monopolizadoras de los sentidos- que guiaban en las múltiples esferas de la vida; se disolvió la idea de acontecimiento como un momento especial intensificando lo fugaz que puede no tener correlato con la realidad (aunque paralelamente crecen los eventos donde se necesita el contacto cara-a-cara, como los masivos conciertos, encuentros políticos o deportivos).  Estamos atrapados en la red –somos su extensión- y atravesamos por la reconfiguración de las formas societales.
En la tarde, vi a Manuel Delgado, antropólogo catalán, que habló de El espacio público y otros espejismos urbanos. El ejemplo de Barcelona. Su análisis se centró en la crítica del concepto de “espacio público”. Realizó una genealogía de esta idea para entender que, desde su origen, tuvo que ver con una manera republicana de entender el lugar de los intercambios en la calle que fue mutando hasta asumir ahora formas perversas. Tomó el ejemplo de Barcelona –de donde es originario y donde trabaja- para mostrar que en realidad  la idea de “espacio público” ha permitido la delegación de los lugares donde antes todos tenían derecho a participar, a grandes empresas que, por un lado mercantilizan cada metro cuadrado con negocios millonarios, y por otro crean una ciudad para el turismo sacrificando a los lugareños, sus formas de vida y cultura. Así, la Barcelona que se vende como el ícono de ciudad moderna, limpia, culta, organizada y exitosa, no es más que una muestra de cómo se puede sacrificar al vecino y convertir la urbe –o más bien su centro histórico- en una preciosa pieza de museo que sirve para impactar a los paseantes y generar dinero. Retomando la lectura crítica de Henri Lefebvre, Delgado denunció cómo las grandes corporaciones empresariales han convertido el centímetro de la ciudad en un valor de cambio privándolo de vida y cultura local.
En suma, aquel día aprendí más de lo que me imaginaba. En mi clase siguiente, recomendé a mis estudiantes que no dejen de asistir a cuanta conferencia puedan, palabras que las vuelco para mí mismo. Nada mejor que un seminario para aprender, discutir y crecer.

Publicado en diario"El Deber"