viernes, 21 de abril de 2017

Reacción a la reacción


Hugo José Suárez

La semana pasada, luego de que seis políticos hicieran pública la “Declaración conjunta en defensa de la democracia y la justicia” puse en mi muro de Facebook lo siguiente: “Harto recuerdo a los pactos de antaño me hizo ver la juntucha de ayer con la bandera boliviana y las palabras tan vacías como ‘Democracia y libertad’, palabras ahora de boca en boca y que dicen poco. Lamentable el reloaded”.
No voy a comentar el contenido del documento, su mensaje político, o quién ganan o pierde (de hecho creo que ganan los que sueñan con una venezuelización maniquea aunque el país se vaya al abismo, sus promotores están en el gobierno y fuera de él y se parecen tanto unos a otros…). Tampoco  voy a referirme a la descalificación personal que algunos añadieron en mi muro –“como tú no eres perseguido político tu opinión es cómoda y vacía” o “además de tu vista parcial del asunto eres precipitado y opinas como quien se baja del camión ‘al vuelo’”-, que por supuesto no merecen respuesta, ni a quienes muy respetuosamente en un espíritu de diálogo apoyaron o cuestionaron mis palabras con argumentos siempre sugerentes. Quiero concentrarme en lo que está detrás de algunos comentarios, en las premisas sobre las que reposan (y no lo hago en un clima de confrontación, en verdad agradezco la mayoría de las opiniones).
Tres son los pecados que se me inculpan.
i.      Estar afuera. Se me dice: “se nota que no vives en Bolivia”, “tal vez te está haciendo falta venir”, “sería saludable una vuelta prolongada”. Desde la primera vez que dejé el país he lidiado con la condena de vivir en el extranjero. Escribiré en algún momento un ensayo más largo, ahora solo quiero subrayar lo curioso que es escuchar repetidas veces el mismo argumento cuando alguien no concuerda con mi punto de vista. Como si “estar” implicara coincidir con sus opiniones. Por supuesto que jamás se me invita a repensar mis posiciones si éstas refuerzan cómo piensa quien me critica. Enorme tema que merece mucha más tinta, queda como promesa.
ii.     La imposición de lo posible. Se me dice que si no es así, “¿entonces qué?”, “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es ampliamente conocido que el discurso político impone el horizonte de posibilidad, las reglas del juego, los márgenes de la discusión, mostrando que no existe otra opción, que no hay caminos alternos más allá de lo que ellos -los políticos- decidieron de antemano. Y ahí estamos obligados a jugar las cartas. Esta tiranía de la razón política aparece una y otra vez, y siempre la intento evitar. En tiempo electoral, cuando debemos “optar” en un escenario predefinido, es más tosca: se trata de callar, acatar y votar. Y sin embargo sabemos que siempre hay otras combinaciones, otras opciones que el propio juego del poder esconde voluntariamente, y la misión de cualquier intelectual es hacerlas visibles. Claro que hay otras rutas distintas a las que aparecieron la semana pasada en el sexteto, ellos lo saben, nosotros también.
iii.    El que no propone, debe callar. Se me exige una salida: “¿y la alternativa es? ¿Cuál es la propuesta?”, “¿qué hacemos?”, “unos tratan de hacer algo, otros no hacen nada”. A menudo se acude a la idea de que quien emite una crítica debe tener la solución, es como si -permítanme el ejemplo banal- a un usuario de transporte público se le prive de denunciar la disfuncionalidad del servicio porque no se le ocurre otra cosa mejor. La propuesta y la crítica no tienen necesariamente que venir de la misma fuente, es más, preferible que sean el resultado de una deliberación colectiva mayor. El derecho de criticar no está sujeto a la obligación de proponer.
En fin, se me acabó el espacio en un tema que da para mucho. No prometo continuar con esto, pero sí anuncio que estoy preparando un libro sobre la relación entre lo político y el rol del intelectual, aunque habrá que esperar unos años hasta que dé a luz.

Por último, si en algo creo, es en la renovación de la izquierda, sin caudillos absolutos e indispensables ni partidos autoritarios, sin maniqueísmos, sin la premisa de amigo vs. enemigo como base de intercambio político. Creo más en quienes tienden puentes que en quienes construyen murallas y cavan trincheras, pero entendámonos bien, puentes en el horizonte de una sociedad progresista, igualitaria, auténticamente democrática y libertaria. Se me acusará de ingenuo, y seguro que tienen razón, pero espero no estar tan solo en este magullado país que paso a paso se dirige a la confrontación con insospechadas consecuencias.

Publicado en el diario El Deber.

martes, 18 de abril de 2017

Waze


Hugo José Suárez

Cuando llegué a la Ciudad de México por primera vez, a mediados de 1988, lo primero que mis amigos me regalaron fue una Guía Roji. Era un libro largo, de unas 200 páginas y cubierta roja. Se trataba de un mapa de toda la ciudad, indispensable para cualquier habitante de la urbe. Estaba dividida en dos partes, por un lado, un directorio de calles ordenadas alfabéticamente, con coordenadas horizontales y verticales que permitieran ubicar cualquier lugar; por otro, los pequeños mapas respectivos.
En efecto, en la Guía Roji estaba toda la ciudad. Sólo era necesario tener el nombre de la calle y la colonia, se buscaba en la primera parte y se encontraba en el mapa la indicación precisa de la ubicación. Asunto resuelto, sólo había que trazar la ruta (en mi caso, siempre en metro y microbuses) para llegar al destino.
Con mi libro rojo y alargado bajo el brazo recorrí decenas de calles, lo cargaba como predicador evangélico de domingo, no salía sin él. Al cabo de cinco años de arduo uso, quedó deshojado y maltratado por tantas travesías, pero en pie. Cuando terminé la carrera y tenía que dejar el país, lo regalé a uno amigo como herencia con historia.
Contar a mis hijas lo que viví con ese libro en mis años de estudiante es otro desafío. Por supuesto no entienden cómo un ser humano vivía sin un celular, y sobre todo cómo podía ir de un lado a otro. Claro, actualmente las decenas de aplicaciones han cambiado nuestra relación con el espacio, el tiempo, los mapas, las personas y cuanto hay. Hoy, para ir donde sea, es suficiente entrar a Waze, poner el nombre de la calle y en cosa de segundos el dispositivo -inteligente, le dicen- me dirá la ruta, el tiempo de llegada y hasta si me encontraré con control policial. Fabuloso. Ya casi no hay lugar al que no pueda ir. Los mapas mentales y las rutas que antes elaboraba quedaron atrás, deposito mi confianza en la tecnología. Y cuando estoy manejando, sigo las indicaciones del programa -a menudo con acentos extraños- que con precisión de reloj suizo me guía como si estuviera con los ojos cerrados. Metros antes de girar a la izquierda, una misteriosa voz me advierte que debo hacerlo, y así hasta llegar donde me dirijo. Waze me conduce por territorios que no tenía idea que existían, evitando tráfico y accidentes. Parece magia.

Pero, a veces se nos olvida, la tecnología puede fallar. Semanas atrás me compré un celular nuevo, y cuando hice funcionar el Waze, resulta que mi GPS no estaba habilitado. Intenté resolver el impasse sin éxito. Me lancé confiado en que todo saldría bien, pero fue un fracaso. Veía en el pequeño mapa un botón rojo -que se supone era yo- pero iba atrás de la realidad, es decir que las indicaciones de “gire a la derecha, en 300 metros a la izquierda”, etc. llegaban tarde. Con lo caótica que es la Ciudad de México, pasarse una calle es el peor error que un conductor puede cometer, volver a encontrar el camino puede tomar largos minutos. Me detuve en varias ocasiones, volví a programar, busqué cómo resolver mi conexión con el GPS, intenté rutas alternas, y nada funcionaba. Al final, llegué de milagro siguiendo aquel mapa mental de mis años de estudiante, transitando las avenidas más conocidas que, si bien estaban llenas, tenía certeza de que me llevarían a casa. Extrañé mi Guía Roji, ando buscando una pero no sé dónde comprarla, creo que ya ni la editan. La buscaré en alguna aplicación de mi celular, ojalá la encuentre. 

Publicado en el Diario el Deber.