miércoles, 24 de mayo de 2017

Luis Barragán en diamante


Hugo José Suárez

Podría ser una historia macabra. Luis Barragán (1902-1988) fue uno de arquitectos más importantes de México, responsable de obras de envergadura mayor como las Torres de Satélite en la Ciudad de México o el Faro del Comercio en Monterrey. Su reconocimiento nacional e internacional estuvo respaldado en los múltiples premios acumulados en el transcurso de su carrera, el más importante: el Premio Pritzker de Arquitectura. Tras su muerte, sus restos fueron a la Rotonda de los Jaliciences Ilustres (en su natal Guadalajara) donde descansan los personajes célebres. Hasta aquí, todo normal.
La cosa adquiere otro tono cuando hace un par de años la artista estadounidense Jill Magib realiza una serie de gestiones con algunos de los herederos –no tuvo hijos- y deciden exhumar los restos cremados del laureado arquitecto para realizar un diamante como parte de su propuesta estética y política.  Y proceden.
Transitando por oscuros pasillos que permiten la interpretación jurídica a conveniencia, con el beneplácito de las autoridades respectivas acuden a la tumba de Barragán, abren el sarcófago, sacan la pequeña caja con las cenizas, extraen los 500 gramos requeridos para el diamante en una bolsa de plástico, lo pesan en una moderna y precisa balanza electrónica, y vuelven a sellar todo como si no hubiera pasado nada. Cenizas en mano, Magib parte al extranjero a proseguir con su objetivo. Un detalle, para compensar, se deja entre las cenizas un caballito del mismo peso de lo extraído.
¿Por qué semejante profanación? Argumentos siempre existen. Por múltiples razones propias del mercado del arte, el archivo del arquitecto le pertenece a la Barragán Foundation y está en Suiza desde 1995. Se dice que la venta del anillo con el diamante permitiría devolver a México el acerbo, esa sería la intención de la artista.
En abril del presente, se inauguró en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo la exposición de Magib titulada Una carta siempre llega a su destino, donde se exhibe tanto el anillo en cuestión como un video con todos los detalles morbosos de la exhumación (además de otras piezas). En la presentación, se explica la propuesta transgresora de la artista que se caracteriza por “la intersección de los aspectos personales, legales y artísticos del legado cultural y examina la noción de propiedad en términos tanto del cuerpo de trabajo como del artista". Sobre la exposición particular en el MUAC se afirma que “el propósito no es sólo presentar el controversial conjunto de obras, sino también compartir con el público su cuestionamiento del modo en que el legado modernista ha pasado crecientemente a estar bajo el dominio privado y el corporativo en el marco del capitalismo global".


El episodio plagado de oscuros argumentos ha generado revuelo en el mundo intelectual mexicano. Se ha cuestionado a los herederos, a las autoridades que permitieron la exhumación, a la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM que promovió la exposición, y por supuesto a la propia Magid.
El domingo pasado, decidí ir al MUAC con toda mi familia. Les conté a mis hijas la historia para que estuvieran al tanto de lo que iban a ver. Alguna vez asistí al Museo de las Momias en Guanajuato y fui al Museo Universum cuando exhibieron los cuerpos plastinados. Ahora el espectáculo era igual de sórdido pero con otras características. Pasé por cada una de las salas intentando entender o sentir la propuesta de Magid, pero cuando llegué al video y finalmente al diamante, me invadió el desconcierto. Estaba frente a los restos humanos transformados, y, con el perdón de mis lectores laicos como yo, finalmente mi herencia católica me obliga a persignarme ante los muertos. No pude y no quise ver el diamante como si visitara Tiffany en Nueva York. Estaba frente a los restos de un hombre extraordinario sometido, después de su muerte y sin su consentimiento, a los caprichos de quienes lo sucedieron, sean familiares, políticos, artistas o mercaderes.

Lo que pretende ser una crítica del "capitalismo global" -de acuerdo con Majib- provoca el efecto contrario: introduce al mercado las cenizas de Barragán permitiendo el manoseo propio de los hombres de negocios. ¿A dónde vamos a llegar si otras personas siguieran las ocurrencias de la artista? ¿cuánto costará un anillo hecho con los restos de John Lennon o del Che? ¿cuándo se legalizará profanar las tumbas de los célebres para someter sus restos a procesos de conversión en diamantes con un valor en el mercado? Majib abrió las puertas muy sensibles de la condición humana respecto del tratamiento de la muerte y de los cuerpos. Y lo hizo con una irresponsabilidad peligrosa que puede conducirnos a escenarios alucinantes. Por lo pronto, lo más conveniente parece ser o morir en el anonimato, o tener asegurada la entereza de los herederos.

Publicado en el Diario El Deber 21/05/17

martes, 2 de mayo de 2017

Whatsapp

Hugo José Suárez


Hace más de treinta años, cuando dejé La Paz y me fui a estudiar a México, el medio de comunicación con mi madre y hermana era el correo postal y, eventualmente, una corta llamada telefónica de no más de 10 minutos cada quince días. La economía familiar no daba para más, el segundo de comunicación por el auricular costaba una fortuna; había que ser preciso y rápido, ahorrarse las vueltas y los sentimientos para concentrarse en la información sustantiva: nada de llantos o formalidades de etiqueta que robaban tiempo a lo indispensable. Además, claro está, había que comprar o rentar una línea a alguna empresa luego de un trámite largo y complejo; si no se lograba tenerla, había que prestarse el teléfono de un amigo generoso. Recuerdo que una vez falló la coordinación con los dueños del teléfono, me hablaron desde Bolivia cuando no había nadie en el departamento y yo estaba afuera escuchando el timbre de la llamada pero sin poder entrar para contestar. Fue desesperante.
Con el correo el ritmo era distinto, imprimía su propio sello al intercambio. Los periódicos llegaban una vez al mes con el respectivo retraso, y las cartas traían novedades sucedidas semanas atrás. A menudo yo enviaba casetes grabados con canciones, relatos, llantos para transmitir lo que vivía en la distancia.
Y bien, sabemos que todo eso quedó atrás. Primero llegó el correo electrónico: era difícil concebir que un texto pudiera llegar a su destinatario en cosa de segundos. Luego Facebook, WhatsApp, Twitter y cuanto cobija lo que se viene a llamar “red social”.
De todas esas posibilidades de comunicación en internet, quiero referirme a WhatsApp. Me asombra la rapidez y contundencia de los mensajes, que acompañados por imágenes predeterminadas o no, facilitan la comunicación. Pero además establece una complicidad -a menudo involuntaria- pues el emisor puede saber si su texto fue efectivamente enviado, recibido y hasta leído. Hoy es difícil ocultarse bajo el pretexto de “no me llegó tu carta”, de ahí nace la frase “me dejaste en visto” cuando, habiendo tenido acceso al mensaje, deliberadamente se guardó silencio.
Otra particularidad del WhatsApp es la comunicación colectiva. Sirve para todo. A estas alturas todos “pertenecemos” -queramos o no- a varios grupos: la familia ampliada, la familia pequeña, los padres del curso de mis hijas, mi grupo religioso de la adolescencia, mi promoción del colegio al que pertenecía a mis 18 años, los compañeros de la universidad, los que me invitaron a cenar este sábado, y muchos más. Al final del día, si no se controla la participación en colectividades, el celular termina por recibir unos cincuenta mensajes innecesarios y sin importancia, la mayoría de ellos son “caritas felices”, sonrisas, oraciones, aplausos o “me gusta”. Tanto se ha abusado de los grupos que han surgido reglas espontáneas para regular el uso.
A estas alturas es difícil explicar a las nuevas generaciones cómo le hacíamos para comunicarnos un par de décadas atrás, y sin embargo las cosas fluían. No sé si me gusta o no esta sensación de estar constantemente conectado o “disponible”, en ocasiones me perturba, pero también me facilita la vida.
No reniego del WhatsApp, lo uso regularmente y agradezco sus múltiples posibilidades, aunque mi protocolo de redacción epistolar todavía sea a la antigua: no pongo la fecha y el lugar en la primera línea pero empiezo con una frase formal y amable (estimado, querido, etc.), continúo con la narración respectiva del asunto que me convoca, cierro con una palabra educada de despedida (atentamente, saludos, abrazo) y concluyo con mi nombre. Nada de caritas o aplausos. Además, intento cuidar la ortografía, los acentos, los puntos y comas.
Tal vez estoy un poco desfasado, pero ya sabemos que la modernidad es el tiempo de los desencuentros: todos estamos atrapados en distintas redes.