domingo, 4 de junio de 2017

Carnaval de Iztacalco


Hugo José Suárez

Son múltiples los puentes que vinculan México con Bolivia, desde los grandes intelectuales que hicieron carrera -encabezados por Zavaleta-, hasta aquellos que llegaron a estudiar o trabajar en distintos momentos (tema que abordé en el programa México, un encuentro con el destino que pasó unos años atrás en Radio Deseo, en La Paz) . La película El Carnaval de Oruro en Iztacalco (2016) de Sergio Sanjinés se ocupa de una de las formas de intercambio, ahora apoyado en la religión y la cultura.
En el filme se cuenta la historia de la devoción a la Virgen del Socavón en Iztacalco (Ciudad de México). Empieza con el testimonio de Estela, una odontóloga mexicana casada con un médico boliviano que, al contraer una infección que puso en riesgo su vida, depositó su confianza en una imagen de la Virgen que su marido se prestó y llevó a casa. La mujer adquirió la figura cuando su dueño dejó México y desde entonces organiza una fiesta en carnavales en Iztacalco, de donde es originaria.
El carnaval reproduce en pequeño lo que ocurre en Oruro: hay caporales, morenada y tinkus que bailan por las angostas calles del barrio, abriéndose campo entre los automóviles estacionados, y llegan a la Iglesia donde se organiza una fiesta mayor. A la vez, en la película se le da la palabra a dos chicas mexicanas conquistadas por el folklore boliviano que, además de participar en grupos de baile en México, se aventuran a viajar al sur para danzar en Oruro.
En su travesía, muy a la boliviana, enfrentan todos los inconvenientes propios del país: tienen que sortear un bloqueo de caminos que casi les impide llegar a su destino, sólo lo logran contratando una avioneta particular. Queda claro que en Bolivia la fiesta va de la mano con el conflicto.
Las dos muchachas no ocultan los sentimientos de haber logrado pasar de rodillas frente a la Virgen del Socavón luego del intenso cansancio de una jornada carnavalera. Con lágrimas en los ojos, igual que Estela cuando comparte el nacimiento de su fe, confiesan su devoción y amor a la Virgen y a Bolivia. No hay duda: somos el país de las emociones.
Decía que el Carnaval de Iztacalco se une a una larga lista de vínculos entre ambos países. Pienso, por ejemplo, en la fiesta del Ekeko que organizan unos amigos mexicanos año tras año en la Ciudad de México, con decenas de personas que van a pedirle cosas a través de pequeñas cartitas y a agasajarlo. Siempre me he preguntado cuál es el contenido de sus mensajes, tengo una deuda conmigo mismo, lo averiguaré en algún momento.
En términos más sociológicos, lo que sucede con la devoción a la Virgen del Socavón -y con el Ekeko- en México responde al encuentro de las necesidades de fe de los mexicanos con la oferta de salvación de la propia Virgen en un contexto de intercambios globales. El relato de conversión de Estela es típico de la religiosidad popular mexicana: en situaciones críticas de salud se acude a la divinidad creando un lazo fuerte que será alimentado con fiestas y oraciones. Y por otro lado, no extraña que las expresiones coloridas, vistosas y musicales encajen sin dificultad en una colonia popular acostumbrada a peregrinaciones callejeras, cohetes e imágenes con danzantes alrededor. Se trata, siguiendo con el argumento sociológico, de una “afinidad electiva” entre tradiciones religiosas y culturas de dos países distintos.
En suma, la película nos invita a pensar los lazos culturales tan intensos y emocionantes entre México y Bolivia. La historia es inagotable.

Publicado en el Diario "El Deber" 04 Junio del 2017


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